Friday, May 11, 2007

 

 

 

 

EL PLAN INFINITO - ISABEL ALLENDE

 

Primera Parte

 

Iban por los caminos del oeste si n prisa y sin rumbo obligatorio,

 

cambiando la ruta de acuerdo al ca pricho de un instante, al signo

 

premonitorio de una bandada de pájaros, a la tentación de un nom-

 

bre desconocido. Los Reeves interrum pían su errático peregrinaje

 

donde los sorprendiera el cansancio o encontraran a alguien dispues-

 

to a comprar su intangible mercadería. Vendían esperanza. Así r

 

eco-

 

rrieron el desierto en una y otra dirección, cruzaron las montañas y

 

una madrugada vieron aparecer el día en una playa del Pacífico. Cua-

 

renta y tantos años más tarde, durante una larga confesión en l

 

a que

 

pasó revista a su existencia y sacó la cuenta de sus errores y sus

 

 

 

aciertos, Gregory Reeves me describ ió su recuerdo más antiguo: un

 

niño de cuatro años, él mismo, orinando sobre una colina al atarde-

 

cer, el horizonte teñido de rojo y ámbar por los últimos rayos del sol,

 

a su espalda los picachos de los cerros y más abajo, una extensa

 

planicie donde su vista se pierde. El liquido caliente se escurre como

 

algo esencial de su cuerpo y de su espíritu, cada gota, al hundirse en

 

la tierra, marca el territorio con su firma. Demora el placer, juega

 

con el chorro, trazando un círculo color topacio sobre el polvo, perci-

 

be la paz intacta de la tarde, lo conmueve la inmensidad del mundo

 

con un sentimiento de euforia. porque él es parte de ese paisaje lim-

 

pio y pleno de maravillas, una inconmensurable geografía a explorar.

 

A poca distancia lo aguarda su fa milia. Todo está bien, por primera

 

vez tiene conciencia de la felicidad ; es un momento que jamás olvi-

 

dará. A lo largo de su vida Gregory Reeves sintió en varias ocasiones

 

ese deslumbramiento ante las sorp resas del mundo, esa sensación

 

de pertenecer a un lugar espléndido donde todo es posible y cada

 

cosa, desde lo más sublime hasta lo más horrendo, tiene una razón

 

de ser, nada sucede por azar, nada es inútil, como predicaba a gritos

 

su padre, ardiendo de fervor mesiánico, con una serpiente enroscada

 

a sus pies. Y cada vez que tuvo ese chispazo de comprensión recor-

 

daba aquella puesta de sol en la co lina. Su niñez fue una época de-

 

masiado larga de confusiones y pe numbras, excepto esos años via-

 

jando con su familia. Su padre, Charles Reeves, guiaba a la pequeña

 

tribu con severidad y reglas claras, todos juntos, cada uno cumplien-

 

do con sus deberes, premio y cast igo, causa y efecto, disciplina ba-

 

sada en una escala de valores inmutable. El padre vigilaba como el

 

ojo de Dios. Los viajes determinaban la suerte de los Reeves sin alte-

 

rarles la estabilidad, porque las rut inas y las normas eran precisas.

 

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Ése fue el único período en que Gr egory se sintió seguro. La rabia

 

empezó más tarde, cuando desapa reció el padre y la realidad co-

 

menzó a deteriorarse de manera irreparable.

 

El soldado inició la marcha en la mañana con su mochila a la espalda

 

y a media tarde ya estaba arrepent ido de no haber tomado el bus.

 

Partió silbando contento, pero con el paso de las horas le dolía la cin-

 

tura y la canción se le enredaba con palabrotas. Eran sus primeras

 

vacaciones después de un año de serv icio en el Pacífico y regresaba

 

a su pueblo con una cicatriz en el vientre, los resabios de un ataque

 

de malaria y tan pobre como siempre había sido. llevaba la camisa

 

suspendida de una rama para impr ovisar sombra, sudaba y su piel

 

tenía el brillo de un espejo oscuro.

 

Pensaba aprovechar cada instante de ese par de semanas de liber-

 

tad, pasar las noches jugando b illar con los amigos y bailando con

 

las chicas que contestaron sus ca rtas, dormir a pierna suelta,

 

despertar con el olor del café reci én colado y de los panqueques de

 

su madre, único plato apetitoso de su cocina, lo demás olía a caucho

 

quemado, pero a quién podía impo rtarle la habilidad culinaria de la

 

mujer más hermosa en cien millas a la redonda, una leyenda viviente

 

con largos huesos de escultura y oj os amarillos de leopardo. Hacía

 

mucho que no pasaba un alma por es as soledades, cuando sintió a

 

su espalda los estertores de un mo tor y divisó a lo lejos la silueta

 

imprecisa de un camión temblequ eando como un esforzado espejis-

 

mo en la reverberación de la luz. Esperó que se aproximara para pe-

 

dirle un levantón, pero al tenerlo má s cerca cambió de idea, asusta-

 

do por aquella inusitada aparición, un cacharro pintado de colores in

 

-

 

solentes, cargado hasta el tope co n una montaña de bártulos, coro-

 

nado por una jaula con pollos, un perro atado de una cuerda, y sobre

 

el techo un megáfono y un cartel donde se leía en grandes letras “

 

El

 

Plan Infinito”. Se apartó para de jarlo pasar, lo vio detenerse pocos

 

metros más adelante y por la ve ntanilla asomó una mujer de pelo

 

color tomate que le hizo señas para llevarlo. No supo si alegrarse; se

 

acercó cauteloso, calculando que se ria imposible entrar en la cabina

 

donde viajaban apretados tres adultos y dos niños, y se requería pe-

 

ricia de acróbata para trepar en la parte trasera. Se abrió la puerta y

 

el conductor saltó al camino.

 

-Charles Reeves -se presentó cortés, pero con inequívoca autoridad.

 

-Benedict… señor… King Benedict -replicó el joven secándose la

 

frente.

 

-Vamos un poco incómodos, como ve, pero donde caben cinco caben

 

seis.

 

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El resto de los pasajeros también descendió, la mujer de greñas ro-

 

jas se alejó en dirección a unos arbustos, seguida por una chiquil

 

la

 

de unos seis años quien para ganar tiempo iba bajándose los calzo-

 

 

 

nes, mientras el niño menor le sacaba la lengua al desconocido, me-

 

dio oculto tras la otra viajera. Ch arles Reeves desató una escalera

 

del costado del camión, se subió sobre la carga con agilidad y soltó al

 

perro, que se bajó de un brinco temerario y echó a correr por los

 

al-

 

rededores olisqueando las matas.

 

-A los niños les gusta viajar atrás, pero es peligroso, no pueden

 

ir

 

solos. Olga y usted los cuidarán. Pondremos a Oliver delante para

 

que no lo moleste, es todavía un cachorro, pero ya tiene mañas de

 

animal viejo -decidió Charles Reeves, indicándole que subiera.

 

El soldado lanzó su mochila sobre el cerro de bártulos y se trepó,

 

luego estiró los brazos para recibi r al niño menor, que Reeves había

 

alzado sobre su cabeza, un chico flac o, de orejas salidas y una irre-

 

sistible sonrisa que le llenaba la ca ra de dientes. Cuando regresaron

 

la mujer y la niña se subieron también atrás, los otros dos entraron a

 

la cabina y poco después el camión se puso en marcha.

 

-Yo me llamo Olga y éstos son Judy y Gregory -se Presentó la de ca-

 

bello imposible, esponjando sus faldas mientras repartía manzanas y

 

galletas-.

 

-No se siente sobre esa caja, ahí va la boa y no hay que taparle los

 

huecos de ventilación -agregó.

 

El pequeño Gregory dejó de sacar la lengua apenas se dio cuenta de

 

que el viajero venía de la guerra, entonces una expresión reverent

 

e

 

reemplazó las morisquetas burlonas y comenzó a interrogarlo sobre

 

 

 

aviones de combate, hasta que lo venció la modorra. El soldado in-

 

tentó conversar con la pelirroja, pe ro ella contestaba con monosíla-

 

bos y no se atrevió a insistir. Se puso a canturrear canciones de su

 

pueblo, mirando de reojo la misteriosa caja, hasta que los demás se

 

durmieron sobre la pila de bultos, entonces pudo observarlos a su

 

antojo. Los niños eran de pelo casi blanco y los ojos tan claros que

 

 

 

de perfil parecían ciegos; en cambio la mujer tenía el color aceit

 

una-

 

do de algunas razas mediterráneas. Llevaba abiertos los primeros

 

botones de la blusa, gotas de sudor mojaban su escote y descendían

 

como un lento hilo por la hendidura entre los senos. Había levantado

 

un brazo para apoyar la cabeza sobre un cajón, revelando unos ve-

 

llos oscuros en la axila y una mancha húmeda en la tela. Desvió lo

 

s

 

ojos,temeroso de ser sorprendido y de que ella interpretara mal su

 

curiosidad; hasta entonces esas pe rsonas habían sido amables, de-

 

masiado amables, pensó, pero nunc a se puede estar seguro con los

 

blancos. Dedujo que los chiquillos eran de la otra pareja, aunque a

 

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juzgar por las edades aparentes de los Reeves también podrían ser

 

sus nietos. Pasó revista a la carga y llegó a la conclusión de que esa

 

gente no se estaba mudando de casa, como había supuesto al prin-

 

cipio, sino que viajaban en su vivienda permanente. Notó que lleva-

 

ban un tambor con varios galones de agua y otro con combustible y

 

se preguntó cómo conseguían gasolina, racionada por la guerra

 

des-

 

de hacía ya un buen tiempo. Todo estaba dispuesto en un orden

 

meticuloso; de garfios y ganchos colgaban utensilios y herramien-

 

tas, compartimentos exactos conten ían las maletas, nada quedaba

 

suelto. Cada bulto estaba marcado y había varias cajas con libros.

 

Pronto el calor y el vapuleo del viaje lo agotaron y se adormeció re-

 

costado contra la jaula de pollos.

 

Despertó a media tarde al sentir que se detenían. El cuerpo del mu-

 

chacho sobre sus piernas no pesaba casi nada, pero la inmovilidad

 

le había acalambrado los músculos y sentía la garganta seca. P

 

or

 

unos instantes no supo dónde estaba, echó mano al bolsillo del pan-

 

talón en busca de su cantimplora de whisky y se bebió un largo sor-

 

bo para aclarar la mente. La muje r y los niños estaban cubiertos de

 

polvo y el sudor les marcaba líneas por las mejillas y el cuello. Char-

 

les Reeves se había desviado del camino y se encontraban bajo un

 

grupo de árboles, única sombra en esa desolación, allí acamparían

 

para que se enfriara el motor, pero al día siguiente podría lleva

 

rlo

 

hasta su casa, le explicó al soldado, quien para entonces estaba más

 

tranquilo; esa extraña familia empeza ba a inspirarle simpatía. Ree-

 

ves y Olga bajaron algunos bultos del camión y armaron dos gasta-

 

das tiendas de campaña, mientras la otra mujer, que se presentó

 

como Nora Reeves, preparaba la comida en un armatoste a querose-

 

no con ayuda de su hija Judy, y el muchacho buscaba palos para una

 

fogata, con el perro tras sus talones.

 

-¿Vamos a cazar liebres, papá? -suplicó tironeando los pantalones de

 

su padre.

 

-Hoy no hay tiempo para eso, Greg -replicó Charles Reeves sacando

 

un pollo de la jaula y desnucándolo con un tirón firme del pescuezo.

 

 -No se consigue carne. Guardamo s los pollos para ocasiones espe-

 

ciales… -explicó Nora, como pidiendo disculpas.

 

-¿Hoy es un día especial, mamá? -preguntó Judy.

 

-Sí. hija, el señor King Benedict es nuestro invitado.

 

Al atardecer el campamento estaba listo, el ave hervía en una olla y

 

cada uno se dedicaba a lo suyo a la luz de las lámparas de carburo y

 

al calor del fuego: Nora y los mu chachos hacían tareas escolares,

 

Charles Reeves hojeaba una manoseada copia del National Geo-

 

graphic y Olga fabricaba collares con cuentas de colores.

 

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-Son para la buena fortuna -le notificó al huésped.

 

-Y también para la invisibilidad -dijo la niña.

 

-¿Cómo?-Si usted empieza a volverse invisible se pone uno de estos

 

collares y todos pueden verlo -aclaró Judy.

 

-No le haga caso, son cosas de niños -se rió Nora Reeves.

 

-¡Es verdad, mamá!-No contradiga s a tu madre -la cortó Charles

 

Reeves secamente.

 

Las mujeres instalaron la mesa, un tablón cubierto con un mantel,

 

platos de loza, vasos de vidrio e impecables servilletas. Aquel des-

 

pliegue le pareció al soldado poco práctico para un campamento; en

 

su propia casa comían con vajilla de latón, pero se abstuvo de hacer

 

comentarios. Sacó de su bolsa una conserva de carne y se la pasó

 

tímidamente a su anfitrión, no qu ería aparecer como pagando la ce-

 

na, pero tampoco podía aprovechar la hospitalidad sin contribuir con

 

 

 

algo. Charles Reeves la colocó al centro de la mesa, junto a los frijo-

 

les, el arroz, y la fuente con el pollo. Se tomaron de las manos y el

 

padre bendijo la tierra que los acog ía y el don de los alimentos. No

 

había bebidas alcohólicas a la vista y el huésped no se atrevió a sa-

 

car su frasco de whisky pensando que tal vez los Reeves eran abs-

 

temios por motivos religiosos. Le llamó la atención que en su breve

 

oración el padre no nombrara a Dios. Notó que comían con delicade-

 

za, cogiendo los cubiertos con las puntas de los dedos, pero no había

 

 

 

nada pretencioso en sus modales. Después de cenar trasladaron los

 

tiestos a una batea con agua para lavarlos al día siguiente, taparon

 

 

 

la cocina y le dieron las sobras de los platos a Oliver. Para entonces

 

ya era noche cerrada, la densa osc uridad derrotaba las luces de las

 

lámparas y la familia se instaló alred edor del fuego que iluminaba el

 

centro del campamento. Nora Reev es cogió un libro y leyó en alta

 

voz una enredada historia de egipci os que por lo visto los niños ya

 

conocían porque Gregory la interrumpió.

 

-No quiero que Aida se muera encerrada en la tumba, mamá.

 

 -Es sólo una ópera, hijo.

 

-¡No quiero que se muera!

 

-Esta vez no morirá, Greg -determinó Olga.

 

-¿Cómo lo sabes?

 

-Lo vi en mi bola.

 

-¿Estás segura?

 

-Completamente segura.

 

Nora Reeves se quedó mirando el libro con cierto aire de consterna-

 

ción, como sí cambiar el final fu era para ella un inconveniente insu-

 

perable.

 

-¿Qué bola es ésa? -preguntó el soldado.

 

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-La bola de cristal donde Olga ve todo lo que nadie más puede ver

 

explicó Judy en el tono de quien le habla a un retardado.

 

-No todo, sólo algunas cosas -aclaró Olga.

 

-¿Puede ver mi futuro? -pidió Bene dict con tal ansiedad que hasta

 

Charles Reeves levantó la mirada de su revista.

 

-¿Qué quiere saber?

 

-¿Viviré hasta el fin de la guerra? ¿Volveré entero?

 

Olga partió al camión y poco desp ués regresó con una esfera de vi-

 

drio y un desteñido paño de terciopelo bordado, que colocó sobr

 

e la

 

mesa. El hombre sintió un escalofrío supersticioso y se preguntó

 

 si

 

acaso habría caído en una secta maldita, como esas que raptaban

 

criaturas para arrancarles el corazón en sus misas satánicas, sobre

 

todo niños negros, como aseguraban las comadres en su pueblo. Ju-

 

dy y Gregory se acercaron curiosos, pero Nora y Charles Reeves vol-

 

vieron a sus lecturas. Olga indicó al soldado que se sentara al frente,

 

rodeó la bola con sus dedos de uñas mal pintadas, escrutó la esfera

 

por un buen rato, luego tornó las manos de su cliente y examinó con

 

gran atención las palmas claras cruzadas de líneas oscuras.

 

 -Usted vivirá dos veces -dijo al fin.

 

-¿Cómo dos veces?-No lo sé. Sólo puedo decirle que vivirá

 

 dos veces

 

o dos vidas.

 

-O sea que no moriré en la guerra.

 

-Si se muere seguro resucita -dijo Judy.

 

-¡Moriré o no?!

 

-Supongo que no -dijo Olga.

 

-Gracias. señora, muchas gracias… -se le iluminó la cara como si ella

 

le hubiera entregado un certificado irrevocable de permanencia en el

 

mundo.

 

 -Bueno, ya es hora de dormir, mañana saldremos temprano inte-

 

rrumpió Charles Reeves.

 

Olga ayudó a los niños a ponerse su s piyamas y pronto se retiró con

 

ellos a la carpa más pequeña, seguidos por Oliver. Al poco rato Nora

 

Reeves se asomó a gatas en el umbral para dar una última mirada a

 

sus hijos antes de irse a la cama. Tendido cerca del fuego, King Be-

 

nedict escuchó sus voces.

 

-Mamá, ese hombre me da miedo -susurró Judy.

 

-Por qué, hija?

 

-Porque es negro como un zapato.

 

-No es el primero que ves, Judy, ya sabes que hay gente de muchos

 

colores y es bueno que así sea. Los blancos somos los menos.

 

 -Yo veo más blancos -que negros, mamá.

 

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-Éste es sólo un pedazo del mundo, Judy. En África hay más negros

 

que blancos. En China tienen la piel amarilla. Si nosotros viviéramos

 

al sur de la frontera seríamos unos bichos raros en ¡a calle; la gente

 

quedaría atónita ante tu pelo blanco.

 

-De todos modos ese hombre me asusta.

 

-La piel no importa nada. Mírale los ojos. Parece un hombre bueno.

 

-Tiene los mismos ojos de Oliver -anotó Greg con un bostezo.

 

Hacia el final de la Segunda Gue rra Mundial la vida era dura. Los

 

hombres todavía partían al frente co n cierto entusiasmo aventurero,

 

pero a las mujeres la propaganda patriótica no les hacía más ll

 

evade-

 

ra la soledad, para ellas Europa era una pesadilla remota, estaban

 

hartas de trabajar para mantener la casa, de criar solas a sus hijos y

 

del racionamiento. No se veía la pobreza generalizada de la década

 

anterior, pero tampoco había prosperidad y aún deambulaban por las

 

 

 

carreteras algunos campesinos en busca de nuevas tierras; la basura

 

blanca, como los llamaban para di ferenciarlos de otros tan pobres

 

como ellos, pero mucho más humillad os: los negros, los indios y los

 

braceros mexicanos. Aunque las úni cas posesiones terrenales de los

 

Reeves eran el camión y su conten ido, gozaban de mejor situación,

 

parecían menos toscos y desesperad os, tenían las manos libres de

 

callos y la piel, aunque curtida po r la intemperie, no era una suela

 

seca, como la de los trabajadores de la tierra. Al cruzar las fronteras

 

estatales los policías los trataban sin altanería, porque sabía

 

n distin-

 

guir los sutiles niveles de la pobrez a y en esos viajeros no detecta-

 

ban asomo de humildad. No los obligaban a descargar el camión y

 

abrir sus bultos. como a los campesinos expulsados de sus propieda-

 

des por las tormentas de polvo, las sequías o las máquinas del pro-

 

greso, ni los provocaban con insultos buscando pretexto para violen-

 

tarlos, como a los latinos, los negr os y los pocos indios sobrevivien-

 

tes de las masacres y el alcohol; se limitaban a preguntarles adónde

 

se dirigían. Charles Reeves, un sujeto de rostro ascético y mirada ar-

 

diente que se imponía por presenc ia, replicaba que era artista y lle-

 

vaba sus cuadros a vender a una ciudad cercana. No mencionaba su

 

otra mercancía para no crear confusión y verse obligado a dar largas

 

explicaciones. Había nacido en Australia y después de dar vueltas por

 

medio mundo en buques de contra bandistas y traficantes, desem-

 

barcó una noche en San Francisco. De aquí ya no me muevo, deci-

 

dió, pero su naturaleza errante le impedía permanecer quieto en un

 

lugar determinado, y apenas se le agotaron las sorpresas emprendió

 

la marcha por el resto del país. Su padre, un ladrón de caballos q

 

ue

 

cumplió condena deportado a Sidney, cultivó en él la pasión por esos

 

animales y por los espacios abiertos ; el aire libre se lleva en la san-

 

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gre, decía. Enamorado de los vastos paisajes y de la leyenda heroica

 

de la conquista del oeste, pintaba tierras inmensas, indios y vaque-

 

ros. De su pequeña industria de cu adros y de las adivinanzas de Ol-

 

ga, vivía la familia.

 

Charles Reeves, Doctor en Ciencias Divinas, como él mismo se pre-

 

sentaba, había descubierto el significado de la vida en una revelación

 

mística. Contaba que se hallaba solo en el desierto, como Jesús de

 

Nazaret, cuando un Maestro se mate rializó en forma de víbora y le

 

mordió un tobillo, vean la cicatriz. Agonizó por dos días y cua

 

ndo sin-

 

tió el hielo de la muerte subirle del vientre al corazón, su inteligencia

 

se expandió de súbito y ante sus ojos afiebrados apareció el ma

 

pa

 

perfecto del universo con sus leyes y secretos. Al despertar estaba

 

curado del veneno y su mente ha bía entrado en un plano superior

 

del cual no pensaba descender. Dura nte aquel radiante delirio el

 

Maestro le ordenó divulgar La única Verdad del Plan Infinito y él lo

 

hizo con disciplina y dedicación, a pesar de los graves inconveniente

 

s

 

que esa misión representaba, como decía siempre a sus oyentes.

 

Tantas veces repitió la historia que acabó creyéndola y no se acorda-

 

ba de que adquirió la cicatriz en una caída de bicicleta. Sus sermones

 

y libros aportaban muy poco dinero, apenas suficiente para alquilar

 

el local de las reuniones y publicar sus obras en breves ediciones or-

 

dinarias. El predicador no contaminaba su labor espiritual con grose-

 

ros propósitos comerciales, como er a el caso de tantos charlatanes

 

que en esa época recorrían el país aterrorizando a la gente con la ira

 

de Dios para esquilmarla de sus escasos ahorros. Tampoco usaba el

 

infame recurso de amedrentar a la audiencia hasta crear un clima de

 

histeria, incitando a los participantes a expulsar al Maligno mediante

 

espumarajos y revolcones, principalmente porque negaba la existen-

 

cia de Satanás y esos escándalos le repugnaban. Cobraba un dólar

 

por entrar a sus prédicas y otros dos por salir, porque en la puerta

 

montaban guardia Nora y Olga con una pila de sus libros y nadie

 

osaba pasar por delante sin adquirir un ejemplar. Tres dólares no era

 

una suma exagerada, considerando los beneficios recibidos por los

 

oyentes, que partían reconfortados en la certeza de que sus desgra-

 

cias eran parte de un diseño divino, tal como sus almas eran partícu-

 

las de la energía universal, no esta ban desamparados, ni el cosmos

 

era un negro espacio donde prevalecía el caos; existía un Gran Esp

 

í-

 

ritu Unificador que le daba sentido a la existencia. Para preparar sus

 

sermones Reeves echaba mano de las briznas de información a su

 

alcance, de su experiencia y su cert era intuición, amén de las lectu-

 

ras de su mujer y de sus propias indagaciones en la Biblia y en el

 

Reader’s Digest.

 

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Durante la Gran Depresión se ganó la vida pintando murales en las

 

oficinas postales; así conoció casi todo el país, desde las tie

 

rras

 

húmedas y calientes donde todavía se escuchaban ecos del llanto de

 

los esclavos, hasta las montañas de hielo y los altos bosques; pero

 

siempre volvía al oeste. Le había prometido a su mujer que su pere-

 

grinación terminaría en San Francisco, donde arribarían un lumi

 

noso

 

día de verano en un futuro hipotético, y allí descargarían e

 

l camión

 

por última vez y se instalarían para siempre. Aunque el trabajo de

 

los murales para el correo había terminado hacía mucho, todavía

 

conseguía de vez en cuando pint ar un letrero comercial para una

 

tienda o un cuadro alegórico para una parroquia, en cuyo caso los

 

viajeros se detenían por un tiempo en el mismo sitio y los niños tení-

 

an oportunidad de hacer amigos. Fanfarroneaban ante otras criaturas

 

enredándose en tantas exageracio nes y mentiras que ellos mismos

 

acababan temblando ante la visión pavorosa de osos y coyotes que

 

los asaltaban de noche, indios que los perseguían para arrancarles el

 

 

 

cuero cabelludo y bandoleros que su padre combatía a escopetazos.

 

De las brochas y pinceles de Charles Reeves brotaban con asombro-

 

sa facilidad desde una rubia opulenta con una botella de cerveza en

 

la mano, hasta un tremebundo Moisés aferrado a las Tablas de la

 

Ley, pero esos trabajos importante s no eran frecuentes, en general

 

sólo lograba vender modestas telas fabricadas a medias con Olga.

 

Prefería pintar la naturaleza que lo apasionaba, rojas catedrales de

 

roca viva, secas planicies del desier to y costas abruptas, pero nadie

 

compraba lo que podía mirar con su s propios ojos y le recordaba las

 

asperezas de su suerte. ¿Para qué colgar en la pared lo mismo que

 

se divisaba por la ventana? El c liente seleccionaba en el National

 

Geographic el paisaje más próximo a sus fantasías o aquel cuyo colo-

 

rido hiciera juego con los gastados muebles de su sala. Otros cuatro

 

dólares le daban derecho a un indio o un vaquero, y el resultado era

 

un piel roja emplumado en las gélidas cumbres del Tibet o un par de

 

vaqueros con sombrero de alas y botas de tacón batiéndose en duelo

 

sobre las arenas nacaradas de una playa polinésica. Olga no demo-

 

raba mucho en copiar el paisaje de la revista, Reeves hacía la figura

 

humana de memoria en pocos minutos y los clientes pagaban al con-

 

tado y partían con el óleo aún fresco.

 

Gregory Reeves hubiera jurado que Olga siempre estuvo con ellos.

 

Mucho más tarde preguntó cuál era su papel en la familia, pero nadie

 

pudo contestarle porque en esos entonces su padre había muerto y

 

del tema no se hablaba. Nora y Olga se conocieron en el barco de re-

 

fugiados que las trajo de Odesa a través del Atlántico hasta Nortea-

 

mérica, se perdieron de vista por muchos años y la casualidad las

 

 

 

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reunió cuando Nora ya estaba casa da y la otra había consolidado su

 

vocación de curandera. Entre ellas hablaban en ruso. Eran totalmen-

 

te diferentes, tan introvertida y tímida la primera como exuberante

 

la segunda. Nora, de huesos largos y movimientos lentos, tenía ros-

 

tro de gato y peinaba en un moño sus largos cabellos pálidos, no

 

usaba maquillaje ni adornos y siem pre parecía recién aseada. En

 

esos viajes polvorientos donde escaseaba el agua para lavarse y re-

 

sultaba imposible planchar un vestido, ella se las arreglaba para pre-

 

sentarse tan pulcra como el blanco mantel almidonado de su mesa.

 

Su carácter reservado se acentuó con los años, poco a poco se des-

 

prendió de la tierra, elevándose a una dimensión donde nadie pu

 

do

 

darle alcance. Oiga, varios años menor, era una morena bien planta-

 

da, baja de estatura, con redondos volúmenes, cintura apretada y

 

piernas cortas, pero bien formadas e insolentes. Una mata de pelo

 

salvaje teñido con henna caía sobr e sus hombros como una estrafa-

 

laria peluca en diversos tonos de bermellón; se colgaba tantos abalo-

 

 

 

rios que parecía un ídolo cubierto de baratijas, aspecto que la ay

 

u-

 

daba en sus tareas divinatorias; la bola de vidrio y las cartas del Ta-

 

rot brotaban como extensiones na turales de sus manos con anillos

 

en todos los dedos. No tenía la menor curiosidad intelectual, sólo leía

 

los crímenes en la prensa amarilla y una que otra novela romántica;

 

también cultivaba la clarividencia con algún estudio sistematizado

 

,

 

porque la consideraba un talento visceral. O se tiene o no se tiene.

 

es inútil tratar de adquirirla en lo s libros, decía. Nada Sabía de ma-

 

gia, astrología, cábala y otros temas propios de su oficio, apenas co-

 

nocía los nombres de los signos zodiacales, pero a la hora de usar su

 

 

 

bola de maga o sus naipes marcados resultaba un portento. Lo suyo

 

no era una ciencia oculta, sino ar te de fantasía, compuesto en su

 

mayor parte de intuición y astucia. Estaba genuinamente convencida

 

de sus poderes sobrenaturales; hubiera apostado la cabeza en favor

 

de sus profecías y si le fallaban siempre tenía a flor de labios una

 

disculpa razonable, por lo general se trataba de una mala interpreta-

 

ción de sus palabras. Cobraba un dólar por adelantado para adivina

 

r

 

el sexo de los niños en el vientr e de la madre. Acostaba a la mujer

 

en el suelo, con la cabeza hacia el norte, le colocaba una moneda en

 

el ombligo y balanceaba sobre su barriga un trozo de plomo atado a

 

un hilo de pescar. Si ese improvis ado péndulo se movía en la direc-

 

ción de las agujas del reloj nacería un niño y al revés una

 

niña. El

 

mismo sistema aplicaba con vacas y yeguas preñadas, apuntando a

 

las ancas del animal. Daba su veredicto, lo escribía en un papel y lo

 

 

 

guardaba como prueba contundente. Cierta vez regresaron a un ca-

 

serío donde habían estado meses antes y una mujer acudió, acom-

 

 

 

 11

 

 

 

Page No 12

 

 

 

pañada por una procesión de curiosos mal dispuestos, a reclamar su

 

dólar.

 

 -Usted me aseguró que iba a tene r un niño y mire lo que me salió,

 

otra chiquilla. ¡Y ya tengo tres!- No puede ser ¿está segura que le

 

pronostiqué un varón?-¡Claro. Cómo no voy a saber lo que usted me

 

dijo, si para eso le pagué!-Me entendió mal -replicó Olga termi

 

nante.

 

Se encaramó al camión, hurgó un rato en su baúl y produjo un trozo

 

de papel que mostró a los presen tes, donde había una sola palabra

 

escrita: niña. Un hondo suspiro de admiración recorrió a los visitan-

 

tes, incluyendo a la madre, que se rascó la cabeza, confundida. Olga

 

no tuvo que devolverle el dólar y además fortaleció su reputaci

 

ón de

 

adivina, no le alcanzó la tarde y parte de la noche para atender a la

 

 

 

fila de clientes dispuestos a verse la suerte. Entre los amuletos y po-

 

tiches que ofrecía, lo más solicitado era su “agua magnetizada, mila-

 

groso líquido envasado en toscos fr ascos de vidrio verde. Explicaba

 

que se trataba sólo de agua común, pero dotada de poderes curati-

 

vos porque estaba impregnada de fluidos psíquicos. Realizaba esta

 

operación en noche de luna llena y, según habían comprobado Jud

 

y y

 

Gregory, consistía simplemente en llenar los frascos, taparlos con un

 

 

 

corcho y ponerles las etiquetas. pero ella aseguraba que al hacerlo

 

cargaba el agua de fuerza positiva, y así debía ser, porque las bo

 

te-

 

llas se vendían como pan caliente y los usuarios nunca se quejaron

 

de los resultados. Según cómo se empleara prestaba diversos servi

 

-

 

cios: bebiéndola lavaba los riñones, frotándola aliviaba dolores de ar-

 

tritis y en el peinado mejoraba la concentración mental, pero no te-

 

nía efecto en dramas pasionales, como celos, adulterio o involuntaria

 

soltería, en este punto la hechicera era muy clara y así se lo advertía

 

a los compradores.

 

Tan escrupulosa era en sus recetas como en asuntos de dinero, sos-

 

tenía que no existe buen remedio gratuito; sin embargo no cobraba

 

por ayudar en un parto, le gustaba traer criaturas a este mundo, na-

 

da podía compararse al instante en que aparecía la cabeza del recién

 

nacido en la sangrante abertura de su madre. Ofrecía sus servicios

 

de comadrona en las fincas aisladas y los sectores más pobres de los

 

pueblos, en especial los barrios de negros, donde la idea de dar a luz

 

en un hospital era todavía una novedad. Mientras esperaba junto a la

 

 

 

futura madre, cosía pañales y tejía botines para el niño y sólo en

 

esas raras ocasiones se dulcificaba su pintarrajeado rostro de hechi-

 

cera. Cambiaba el tono de su voz para animar a su paciente durante

 

las horas más difíciles y para cant ar la primera canción de cuna a la

 

criatura que había traído al mundo. A los pocos días, cuando madre e

 

hijo habían aprendido a conocerse mutuamente, se reunía con los

 

 12

 

 

 

Page No 13

 

 

 

Reeves, que acampaban cerca. Al despedirse anotaba en un cuader-

 

no el nombre del niño, la lista er a extensa y a todos los llamaba su-

 

sahijados. Los nacimientos traen bu ena suerte, era su brusca expli-

 

cación por no cobrar sus servicios. Tenía una relación de herma

 

na

 

con Nora y de tía regañona con Judy y Gregory a quienes considera-

 

ba sus sobrinos. A Charles Reeves lo trataba como a un socio, con

 

una mezcla de petulancia y buen humor. Nunca se tocaban, parecían

 

no mirarse siquiera, pero actuaban en equipo, no sólo en el negocio

 

de los cuadros, sino en todo o que hacían juntos. Ambos disponían

 

del dinero y los recursos de la familia, consultaban los mapas y deci-

 

dían los caminos; salían a cazar, perdiéndose durante horas bosque

 

adentro. Se respetaban y se reían de las mismas cosas, ella era in-

 

dependiente, aventurera y de carácter tan decidido como el predica-

 

dor; estaba fabricada de su mismo acero, por lo mismo no la impre-

 

sionaban el carisma ni el talento artístico de ese hombre. Era la re-

 

ciedumbre masculina de Charles Reeves, que más tarde sería tam-

 

bién la característica de su hijo Gregory, lo único que en algunos

 

momentos la subyugaba.

 

Nora, la mujer de Charles Reeves, era uno de esos seres predestina-

 

dos al silencio. Sus padres, Judíos rusos, le dieron la mejor educa-

 

ción que pudieron costear, se grad uó de maestra y aunque dejó su

 

profesión al casarse, se mantenía en forma estudiando historia, ge

 

o-

 

grafía y matemáticas para enseñarles a sus hijos, porque resultaba

 

imposible enviarlos a la escuela con la vida de bohemios que lleva-

 

ban. Durante los viajes leía revist as y libros esotéricos, pero sin la

 

presunción de analizar esas lecturas; se limitaba a entregar la infor

 

-

 

mación al Doctor en Ciencias Divina s para que él la utilizara. No le

 

cabía la menor duda de que su marido estaba dotado de poderes

 

psíquicos para ver lo oculto y descubrir la verdad allí donde el r

 

esto

 

de las personas sólo encontraban sombras. Se habían conocido

 

cuando ninguno de los dos era muy joven y su relación siempre tuvo

 

un tono educado y maduro. Nora estaba incapacitada para la vida

 

práctica; su mente se perdía en sueños de otro mundo, más preocu-

 

pada de las posibilidades del espíri tu que de las vicisitudes cotidia-

 

nas. Amaba la música, y los momentos más espléndidos de su ano-

 

 

 

dina existencia fueron unas cuantas óperas a las que asistió en su

 

 

 

juventud; atesoraba cada detalle de esos espectáculos, podía cerrar

 

los ojos y escuchar las voces magi strales, conmoverse con las trági-

 

cas pasiones de los personajes y ap reciar el colorido y las texturas

 

del decorado y el vestuario. Leía partituras imaginando cada escena

 

como parte de su propia vida, y los primeros cuentos que escucharon

 

sus hijos fueron los amores maldit os y las muertes inevitables de la

 

 13

 

 

 

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lírica universal. En ese ámbito ex agerado y romántico se refugiaba

 

cuando las vulgaridades de la re alidad la agobiaban. Por su parte

 

Charles Reeves había recorrido todos los mares y se había ganado la

 

subsistencia en diversos oficios; tenía a su haber más aventuras de

 

las que alcanzaba a contar, varios amores fracasados a la espalda y

 

algunos hijos sembrados por aquí y por allá, de quienes nada sabía.

 

Al verlo arengar a un grupo de atónitos feligreses, Nora se prendó de

 

él. Estaba resignada a su suerte de solterona, como tantas otras mu-

 

jeres de su generación a quienes el azar no les puso un novio por de-

 

lante y no tuvieron el coraje de salir a buscarlo, pero ese enamora-

 

miento repentino a edad tardía le dio valor para vencer su natural

 

modestia. El predicador había alq uilado una sala cerca de la escuela

 

donde ella enseñaba y distribuía propaganda para su charla cuando

 

 

 

ella le echó la primera mirada. La impresionaron su rostro noble y su

 

actitud decidida y por curiosidad fue a escucharlo, anticipando un

 

charlatán como tantos que pasaban por allí sin dejar más rastro que

 

unos papeles descoloridos pegados en los muros, pero se llevó una

 

sorpresa. De pie ante su auditorio, frente a una naranja colgada por

 

un hilo del techo, Reeves explicaba la posición del hombre en el uni-

 

verso y en El Plan Infinito. No amenazaba con castigos ni proponía

 

salvación eterna, se limitaba a ofrecer soluciones prácticas para

 

me-

 

jorar la convivencia, aquietar la angustia y preservar los recursos del

 

planeta. Todas las criaturas pueden y deben vivir en armonía, Asegu-

 

raba; y para probarlo destapaba el cajón de la boa y se la enrollaba

 

 

 

en el cuerpo, como una manguera de bombero, ante el asombro de

 

sus oyentes que no habían visto nunca una culebra tan larga ni tan

 

gorda. Esa noche Charles Reeves pu so en palabras los sentimientos

 

confusos que a Nora la agobiaban y no sabía expresar. Había descu-

 

bierto las enseñanzas de Bahai U llah y adoptado la religión Bahai.

 

Esos conceptos orientales de amorosa tolerancia, de unidad entre los

 

hombres, de búsqueda de la verdad y de rechazo de los prejuicios,

 

se estrellaban contra su rígida fo rmación judía y contra la estrechez

 

provinciana de su medio, pero al oír a Reeves todo le pareció fá

 

cil;

 

no había necesidad de calentarse el cerebro con aquellas contradic-

 

ciones fundamentales puesto que ese hombre conocía las respuestas

 

y podía servirle de guía. Deslumbrada por la elocuencia del discu

 

rso

 

no puso atención en las vaguedades del contenido. Se sintió tan

 

conmovida que logró vencer su timidez y acercarse a él cuando lo vio

 

solo, con la intención de preguntarle si estaba enterado de la fe Ba-

 

hai y en caso de que no lo estuviera, ofrecerle las obras de Shogi Ef-

 

fendi. El Doctor en Ciencias Divi nas conocía el efecto excitante de

 

sus sermones sobre algunas mujeres y no vacilaba en hacer uso de

 

 14

 

 

 

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tal ventaja. Sin embargo la maestra lo atrajo de manera diferente;

 

había algo límpido en ella, una cualidad transparente que no era sólo

 

inocencia, sino auténtica rectitud, un rasgo luminoso, frío e inconta-

 

minado, como el hielo. No sólo deseó tomarla en sus brazos, aunque

 

ése fue su primer impulso al ver su extraño rostro triangular y la piel

 

cubierta de pecas, sino también pe netrar en la materia cristalina de

 

esa desconocida y encender las bras as dormidas de su espíritu. Le

 

propuso seguir viaje con él y ella aceptó de inmediato con la sensa-

 

ción de haber sido tomada de la ma no de una vez para siempre. En

 

ese momento, cuando imaginó la posi bilidad de entregarle su alma,

 

comenzó el proceso de abandono que marcaría su destino. Partió

 

sin

 

despedirse de nadie, con una bols a de libros como único equipaje.

 

Meses después, cuando descubrió que estaba embarazada, se casa-

 

ron. Si acaso existía en verdad un fuego potencial bajo su flemática

 

apariencia sólo su marido lo su po. Gregory vivió intrigado por la

 

misma curiosidad que atrajo a Ch arles Reeves en aquella sala alqui-

 

lada en un pueblo pobre del medio este, intentó mil veces derribar

 

los muros que aislaban a su madre y tocar sus sentimientos, pero

 

como nunca lo consiguió decidió que en su interior no había nad

 

a,

 

estaba vacía y era incapaz de amar a nadie con certeza; a lo más

 

manifestaba una imprecisa simpatía por la humanidad en general.

 

Nora se acostumbró a depender de su marido, transformándose en

 

una criatura pasiva que cumplía sus funciones por reflejo mientras su

 

alma se evadía de los asuntos mate riales. Era tan fuerte la persona-

 

lidad de ese hombre, que para darle espacio ella se fue borrando del

 

mundo, convirtiéndose en una sombra. Participaba en las rutinas de

 

la convivencia, pero aportaba poco a la energía del pequeño grupo;

 

sólo intervenía en los estudios de los niños y en asuntos de higiene y

 

buena salud. Llegó al país en un ba rco de inmigrantes. y durante los

 

primeros años, hasta que su fam ilia logró vencer a la mala fortuna,

 

se alimentó poco y mal, esa época de miseria le dejó para siemp

 

re el

 

aguijón del hambre en la memoria, tenía la manía de los alimentos

 

nutritivos y las píldoras de vitami nas. A sus hijos les comentaba al-

 

gunos aspectos de su fe Bahai en el mismo tono empleado para en-

 

señarles a leer o para nombrar las estrellas, sin el menor ánimo de

 

convencerlos, sólo se apasionaba al hablar de música, únicas oc

 

asio-

 

nes en que acentuaba la voz y el rubor teñía sus mejillas. Más

 

tarde

 

aceptó criar a los niños en la Igles ia Católica, como era usual en el

 

barrio hispano donde les tocó vivir, porque comprendió la necesidad

 

de que Judy y Gregory se integrar an al medio. Debían soportar de-

 

masiadas diferencias de raza y de costumbres como para mortificar-

 

los además con creencias ignotas como su fe Bahai. Por otra parte,

 

 15

 

 

 

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consideraba las religiones básicamente iguales; sólo le preocupaba

 

n

 

los valores morales, de cualquier manera Dios se encontraba por en-

 

cima de la comprensión humana, bastaba saber que el cielo y el in-

 

fierno eran símbolos de la relac ión del alma con Dios, la cercanía al

 

Creador conduce a la bondad y al go ce apacible, la lejanía produce

 

maldad y sufrimiento. En contraste con su tolerancia religiosa no ce-

 

día un ápice en los principios de decencia y cortesía; a sus hijos les

 

lavaba la boca con jabón cuando pr oferían palabrotas y los dejaba

 

sin comer si usaban mal el tenedor, pero los demás castigos corrían

 

por cuenta del padre, ella se limitab a a acusarlos. Un día sorprendió

 

a Gregory robando un lápiz en una ti enda y se lo dijo a su marido,

 

quien obligó al niño a devolverlo y a pedir disculpas y luego le q

 

uemó

 

la palma de la mano con la llama de un fósforo, ante la mirada impa-

 

sible de Nora. Gregory anduvo una semana con la llaga viva, pronto

 

olvidó el motivo del escarmiento y quien se lo había infligido, lo único

 

que guardó en su mente fue la rabia contra su madre. Muchas déca-

 

das después, cuando se reconcilió con la imagen de ella, pudo agra-

 

decerle calladamente los tres bienes capitales que le dejó: amor por

 

la música, tolerancia y sentido del honor.

 

Hace un calor implacable, el paisaje está seco, no ha llovido desde el

 

comienzo de los tiempos y el mundo parece cubierto de un fino talco

 

rojizo. Una luz inclemente distorsiona el contorno de las cosas, el

 

horizonte se pierde en la polvareda.

 

Es uno de esos pueblos sin nombre , igual a tantos otros, una calle

 

larga, una cafetería, una solitaria bomba de gasolina, un retén de po-

 

licía, los mismos míseros comercios y casas de madera, una escuela

 

en cuyo techo flota una bandera de steñida por el sol. Polvo y más

 

polvo. Mis padres han ido al almacén a comprar las provisiones de la

 

 

 

semana, Olga ha quedado a cargo de Judy y de mí. Nadie anda por

 

la calle, las persianas están cerrada s, la gente espera que refresque

 

para volver a la vida. Mi hermana y Olga dormitan en un banco en el

 

porche de la tienda, aturdidas por el calor, las moscas las acosan,

 

pero ya no se defienden y dejan que les caminen por la cara.

 

En el aire flota un aroma inesperado de azúcar tostada. Grandes la-

 

gartijas azules y verdes se asolea n inmóviles, pero cuando trato de

 

atraparlas huyen a refugiarse bajo las casas. Estoy descalzo y siento

 

la tierra caliente en la planta de los pies. Juego con Oliver, le tiro una

 

gastada pelota de trapo, me la trae, la lanzo de nuevo, y así me ale-

 

jo del lugar; doblo una esquina y me encuentro en un callejón estre-

 

cho, en parte sombreado por los rús ticos aleros de las casas. Veo a

 

dos hombres, uno es rollizo y tiene la piel de un rosado encendido, el

 

otro es de pelo amarillo, visten ov eroles de trabajo, están sudando,

 

 16

 

 

 

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tienen las camisas y los cabellos empapados. El gordo mantiene

 

atrapada a una chiquilla negra, no debe tener más de diez o doce

 

años, con una mano le tapa la boca y con el otro brazo la inmoviliza

 

en el aire, ella patea un poco y lueg o se queda quieta, tiene los ojos

 

enrojecidos por el esfuerzo de resp irar a través de la mano que la

 

amordaza. El otro me da la espald a y forcejea con sus pantalones.

 

Ambos están muy serios, concentrad os, tensos, jadeando. Silencio,

 

sólo oigo esos resoplidos ajenos y el latido de mi propio corazón. Oli-

 

ver ha desaparecido, las casas tamb ién, sólo quedan ellos suspendi-

 

dos en el polvo, moviéndose como en cámara lenta, y yo, paralizado.

 

El de pelo amarillo escupe dos veces en su mano y se acerca, separa

 

las piernas de la niña, dos palillos delgados y oscuros que cuelgan

 

inertes, ahora no puedo verla a ella, aplastada entre los cuerpos ma-

 

cizos de los violadores. Quiero escapar, estoy aterrorizado, pero

 

también deseo mirar, sé que está sucediendo algo fundamental y

 

prohibido, soy partícipe de un violen to secreto. Se me va el aliento,

 

trato de llamar a mi padre. abro la boca y la voz no me sale, trago

 

fuego, un alarido me llena por dentro y me ahoga. Debo hacer algo,

 

todo está en mis manos, la decisión justa nos salvará a los dos, a la

 

chica negra y a mí, que me estoy muriendo, pero no se me ocurre

 

nada y tampoco puedo hacer ningún ge sto, me he vuelto de piedra.

 

En ese instante oigo a lo lejos mi nombre, Greg, Greg y aparece Olga

 

en el callejón. Hay una larga paus a, un minuto eterno en el cual na-

 

da sucede, todo está quieto. Entonces vibra el aire con el largo grito,

 

el ronco y terrible grito de Olga y enseguida los ladridos de Oliver y

 

la voz de mi hermana como un chillid o de rata, y por fin logro sacar

 

la respiración y empiezo a gritar también, desesperado. Sorprendi-

 

dos, los hombres sueltan a la chica, que toca el suelo y echa a correr

 

como un conejo despavorido. Nos observan, el de pelo amarillo tiene

 

algo morado en la mano, algo que no parece parte de su propio

 

cuerpo, y trata de introducirlo dentro de los pantalones, por último

 

 

 

dan media vuelta y se alejan, no están turbados, se ríen y hacen

 

gestos obscenos, no quieres un poco tú también, puta loca, le gritan

 

a Olga, ven que te lo metemos. En la calle queda la braga de la mu-

 

chacha. Olga nos agarra de la ma no a Judy y a mí, llama al perro y

 

caminamos de prisa; no, corremos hacia el camión. El pueblo ha

 

despertado y la gente nos mira.

 

El Doctor en Ciencias Divinas esta ba resignado a difundir sus ideas

 

entre campesinos incultos y trab ajadores pobres que no siempre

 

eran capaces de seguir el hilo de su complicado discurso, sin embar-

 

go no le faltaban seguidores. Muy pocos asistían a sus prédicas por

 

fe, la mayoría iba por simple curios idad, por esos lados eran pocas

 

 17

 

 

 

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las diversiones y la llegada del Plan Infinito no pasaba inadvertida.

 

Después de armar el campamento salía a buscar un local. Solía con-

 

seguirlo gratis si contaba con alg unos conocidos, en caso contrario

 

debía alquilar una sala o acondicionar una bodega o un granero. Co-

 

mo no tenía dinero, entregaba en garantía el collar de perlas con

 

broche de diamantes de Nora, única herencia de su madre, con el

 

compromiso de pagar al final de cada función. Entretanto su mujer

 

almidonaba la pechera y el cuello de la camisa de su marido, plan-

 

chaba su traje negro, reluciente por el mucho uso, lustraba sus zapa-

 

tos, cepillaba su sombrero de copa y preparaba los libros, mientras

 

Olga y los niños salían a repartir casa por casa unos volantes impre-

 

sos invitando al Curso que cambiaría su vida, Charles Reeves, Doctor

 

en Ciencias Divinas, lo ayudará a alcanzar la dicha y obtener prospe-

 

ridad.

 

Olga bañaba a los niños y les ponía sus ropas de domingo y Nora

 

 se

 

vestía con su traje azul con cuello de encaje, severo y pasado de

 

moda, pero aún decente. La guerra había cambiado el aspecto de las

 

mujeres, se usaban las faldas estrechas a la rodilla, chaquetas con

 

hombreras, zapatos de plataforma, moños elaborados, sombreros

 

adornados con plumas y velos. Con su vestido monjil Nora semejaba

 

una pulcra abuelita de comienzos de siglo. Olga tampoco seguía la

 

moda, pero en su caso nadie pod ía acusarla de mojigatería, parecía

 

más bien un papagayo. Por lo demás en esos pueblos ignoraban refi-

 

 

 

namientos de ese tipo, la existenc ia transcurría trabajando de sol a

 

sol; los placeres consistían en uno s cuantos tragos de alcohol, toda-

 

vía clandestino en algunos estados, rodeos, cine, un baile de vez en

 

cuando y seguir por la radio los pormenores de la guerra y del béis-

 

bol, Por lo mismo cualquier nove dad atraía a los curiosos. Charles

 

Reeves debía competir con los Re vivals que pregonaban el nuevo

 

despertar del cristianismo, la vuelta a los principios fundamentales

 

de los doce apóstoles y a la letra exacta de la Biblia, evangelistas

 

que recorrían el país con sus carpas , orquestas, fuegos de artificio,

 

gigantescas cruces iluminadas, co ros de hermanos y hermanas ata-

 

viados como ángeles y bocinas para pregonar a los cuatro vientos el

 

nombre del Nazareno, exhortando a los pecadores a arrepentirse

 

porque Jesús estaba en camino látigo en mano para azotar a los far

 

i-

 

seos del templo, y llamando a combatir las doctrinas de Satanás,

 

como la teoría de la evolución, inve nto maléfico de Darwin. ¡Sacrile-

 

gio! ¡El hombre está hecho a imag en y semejanza de Dios y no de

 

los monos! ¡Compra un bono por Je sús! ¡¡Aleluya, aleluya.! aullaban

 

los altoparlantes. En las carpas se aglomeraban feligreses en busca

 

de redención y circo, todos cantando, muchos bailando y de vez en

 

 18

 

 

 

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cuando alguno contorsionando en los estertores del éxtasis, mientras

 

los baldes de la colecta se llenaban hasta el tope con las dádivas de

 

quienes adquirían boletos para el cielo. Nada tan grandilocuente

 

ofrecía Charles Reeves, pero era mucha su carisma, su poder de

 

convicción y el fuego de su discurso. Imposible ignorarlo. A veces al-

 

guien avanzaba hasta la plataforma rogando que lo liberara del dolor

 

o de insoportables remordimientos, entonces Reeves, sin ningún as-

 

paviento de santón, con sencillez pe ro también con gran autoridad,

 

colocaba sus manos en torno a la ca beza del penitente y se concen-

 

traba en aliviarlo. Muchos creían ver chispas en sus palmas y los be-

 

neficiados por el tratamiento as eguraban haber sido sacudidos por

 

un corrientazo en el cerebro. A la mayoría del público le bastaba

 

es-

 

cucharlo una vez para engancharse en el Curso, adquirir sus libros y

 

convertirse en adepto.

 

-La Creación se rige mediante el Plan Infinito. Nada sucede por azar.

 

Los seres humanos somos parte fundamental de ese plan porque es-

 

tamos colocados en la escala de la ev olución entre los Maestros y el

 

resto de las criaturas, somos intermediarios. Debemos conocer nues-

 

tro lugar en el cosmos -comenzaba Charles Reeves galvanizando a

 

su auditorio con su voz profunda, vestido de pies a cabeza en su ne-

 

gro atavío, solemne ante la naranja colgada del techo y con la boa a

 

 

 

sus pies como un grueso rollo de cuerda marinera. El animal era to-

 

talmente abúlico y salvo alguna provocación directa permanecía

 

 

 

siempre inmóvil-. Presten mucha atención, para que comprendan los

 

principios del Plan Infinito, pero si no los entienden no importa, basta

 

con que cumplan mis mandamientos. El universo entero pertenece a

 

la Suprema Inteligencia, que lo creó y es tan inmensa y perfecta que

 

el ser humano jamás podrá conocerla. Por debajo de ella están l

 

os

 

Logi, delegados de la luz y encargad os de llevar partículas de la Su-

 

prema Inteligencia a todas las galax ias. Los Logi se comunican con

 

los Maestros Funcionarios a través de quienes hacen llegar los men-

 

sajes y las normas del Plan Infinito a los hombres. El ser humano se

 

compone de Cuerpo Físico, Cuerpo Mental y Alma. Lo más importan-

 

te es el Alma, que no pertenece a la atmósfera terrestre, sino que

 

opera desde la distancia; no está dentro de nosotros, pero domina

 

nuestra vida.

 

En este punto, cuando los oyente s, algo aturdidos por su retórica,

 

comenzaban a intercambiar mirada s de temor o de burla, Reeves

 

galvanizaba a la audiencia de nuevo señalando la naranja para expli-

 

car el aspecto del Alma flotando en el éter, como un borroso ecto-

 

plasma que sólo algunos expertos ocultistas podían ver. Para probar-

 

lo invitaba a varias personas del público a mirar fijamente la naranja

 

 19

 

 

 

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y describir su aspecto. Invariablemente describían una esfera amari-

 

lla, es decir, una naranja vulgar, él en cambio, veía el Alma. Ens

 

e-

 

guida presentaba los Logi que se encontraban en la sala en estado

 

gaseoso y por lo tanto invisible, y explicaba que ellos mantenían en

 

marcha la maquinaria precisa del universo. En cada época y en cada

 

región los Logi elegían Maestros Funcionarios para comunicarse con

 

los hombres y divulgar los propósitos de la Suprema Inteligencia. Él,

 

Charles Reeves, Doctor en Ciencias Divinas, era uno de ellos. Su mi-

 

sión consistía en enseñar las paut as a los simples mortales, y una

 

vez cumplida esa etapa pasaría a formar parte del privilegiado con-

 

tingente de los Logi. Decía que to do acto y pensamiento humano es

 

importante, porque pesa en el equilibrio perfecto del universo, por lo

 

tanto cada persona es responsable de cumplir los mandamientos del

 

Plan Infinito al pie de la letra. Luego enumeraba las reglas de la sa-

 

biduría mínima, mediante las cuales se evitaban errores gafarrales

 

,

 

capaces de descalabrar el proyec to de la Suprema Inteligencia.

 

Quienes no captaban todo esto en una sola charla, podían tomar el

 

curso de seis sesiones, donde apre nderían las normas de una buena

 

vida, incluyendo dieta, ejercicios físicos y mentales, sueños dirigidos

 

y diversos sistemas para recargar las baterías energéticas del Cuerpo

 

Físico y el Cuerpo Mental, así se asegurarían un destino decoroso y la

 

paz del Alma después de la muerte.

 

Charles Reeves era un adelantado pa ra su época. Veinte años más

 

tarde varias de sus ideas serían divulgadas por diversos mentalistas

 

a lo largo y ancho de California, la última frontera, donde llegan los

 

aventureros, los desesperados, los inconformistas, los fugitivos de la

 

justicia, los genios desconocidos, los pecadores impenitentes y los

 

locos sin remedio, y donde prolifer an todavía todas las fórmulas po-

 

sibles para evitar la angustia de vi vir. Sin embargo no se puede cul-

 

par a Charles Reeves de haber iniciado estos estrafalarios movimien-

 

tos. Hay algo en ese territorio que alborota los espíritus. O tal vez

 

 

 

quienes llegaron a poblar esa región iban tan apurados en busca de

 

fortuna o de olvido fácil, que se les quedó el alma rezagada y todavía

 

la están buscando. Incontables charlatanes se han beneficiado ofre-

 

ciendo fórmulas mágicas para llena r ese vacío doloroso que deja el

 

espíritu ausente. Cuando Reeves predicaba, muchos ya habían des-

 

cubierto allí la manera de enriquecerse vendiendo intangibles benefi-

 

cios para la salud del cuerpo y consuelos para el alma, pero él no era

 

de ésos, tenía a honor su austeridad y decoro y así ganó el respeto

 

de sus seguidores. Olga, en cambio, vislumbró la posibilidad de utili-

 

zar a los Logi y a los Maestros Funcionarios en algo más rentable, tal

 

vez adquirir un local y formar una ig lesia propia, pero ni Charles ni

 

 20

 

 

 

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Nora compartieron jamás esa codiciosa idea, para ellos la divulgación

 

de su verdad era sólo una pesada e inevitable carga moral y en nin-

 

gún caso un negocio de mercachifes.

 

Nora Reeves podía señalar el día exacto en que perdió la fe en la

 

bondad humana y comenzaron sus silenciosas dudas sobre el signifi-

 

cado de la existencia. Era de esas personas capaces de recordar fe-

 

chas insignificantes, así es que con mayor razón se le grabaron la

 

s

 

dos bombas de proporciones cataclísmicas que pusieron punto final a

 

la guerra con el Japón. En los años venideros se vistió de luto

 

 para

 

ese aniversario justamente cuando el resto del país se volcaba en ce-

 

lebraciones. Se agotó su interés hasta por las personas más cerca-

 

nas, es cierto que el instinto maternal nunca fue su principal caracte-

 

rística, pero a partir de ese momento pareció desprenderse por com-

 

pleto de sus dos hijos. También se alejó de su marido sin el menor

 

alboroto, con tanta discreción que no pudo reprocharle nada. Se aisló

 

en un claustro secreto donde se las arregló para permanecer intoca-

 

da por la realidad hasta el final de sus días; cuarenta y tantos años

 

más tarde murió convertida en princesa de los Urales sin haber parti-

 

cipado jamás de la vida. Aquel día se festejaba la derrota final d

 

el

 

enemigo de ojos oblicuos y piel amarilla, tal como meses antes se

 

había celebrado la de los alemanes. Era el fin de una larga contienda,

 

los japoneses habían sido vencidos por el arma más contundente de

 

la historia, que mató en pocos mi nutos ciento treinta mil seres

 

humanos y condenó a una lenta agon ía a otros tantos. La noticia de

 

lo ocurrido produjo un silencio de horror en el mundo, pero los ven-

 

cedores ahogaron las visiones de cadáveres chamuscados y ciudades

 

pulverizadas en una algazara de banderas, desfiles y bandas de mú-

 

sica, anticipando el regreso de los combatientes.

 

-¿Se acuerda de ese soldado negr o que recogimos por el camino?

 

¿Vivirá todavía? ¿Volverá a su casa él también? -pr

 

eguntó Gregory a

 

su madre antes de ir a ver los fuegos artificiales.

 

Nora no respondió. Estaban en una ciudad de paso y mientras su

 

familia bailaba con la muchedumbre, ella se quedó sola en la cabina

 

del camión. En los últimos meses las noticias provenientes de Europa

 

habían minado su sistema nervio so y la devastación atómica acabó

 

de sumirla en la incertidumbre. Por la radio no se hablaba de otra

 

cosa, los periódicos y el cine mo straban dantescas imágenes de los

 

campos de concentración. Seguía paso a paso el relato minucioso de

 

las atrocidades cometidas y de los sufrimientos acumulados, pensan-

 

do que en Europa los trenes no se detenían, llevando implacables su

 

carga a los hornos crematorios, y también calcinados perecían milla-

 

res en el Japón en nombre de otra ideología. Nunca debí traer hijos a

 

 21

 

 

 

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este mundo, murmuraba espantada. Cuando Charles Reeves llegó

 

eufórico con la noticia de la bomba, ella consideró obsceno alegrarse

 

por semejante masacre; también su marido parecía haber perdido el

 

juicio, como los demás.

 

-Nada volverá a ser como antes, Charles. La humanidad ha cometido

 

algo más grave que el pecado origin al. Esto es el fin del mundo -

 

comentó descompuesta, pero sin alter ar su largo hábito de buenas

 

maneras.

 

 -No digas tonterías. Debemos aplaudir los progresos de la ciencia.

 

Menos mal las bombas no están en manos enemigas, sino en las

 

nuestras. Ahora nadie se atreverá a hacernos frente.

 

-¡Volverán a usarlas y acabarán co n la vida en la tierra!-Terminó la

 

guerra y se evitaron males peor es. Muchos más hubieran sido los

 

muertos si no lanzamos las bombas.

 

-Pero murieron cientos de miles, Charles.

 

-Ésos no cuentan, eran todos japoneses -se rió su marido.

 

Por primera vez Nora dudó de la calidad de su alma y se preguntó si

 

era realmente un Maestro, como decía. Muy tarde en la noche regre-

 

só su familia. Gregory venía dormid o en brazos de su padre y Judy

 

traía un globo pintado con estrellas y rayas. -Por fin se terminó la

 

guerra. Ahora tendremos mantequilla, carne y gasolina -anunció Ol-

 

ga radiante agitando los restos de una bandera de papel.

 

Aunque pasó casi un año entre la depresión de su madre y la agonía

 

de su padre, Gregory recordaría ambos eventos como uno solo; en

 

su memoria ambos hechos estarían siempre relacionados. fue el co-

 

mienzo del estropicio que acabó con la época feliz de su niñez. Poco

 

después, cuando Nora parecía recu perada y ya no hablaba de los

 

campos de concentración y de, las bombas, se enfermó Charles Ree-

 

ves. Desde un principio los síntomas fueron alarmantes, pero conta-

 

ba con su fortaleza y no quiso ac eptar la traición de su cuerpo. Se

 

sentía joven, todavía era capaz de cambiar una rueda del camión en

 

pocos minutos o pasar varias hora s sobre una escalera pintando un

 

mural sin calambres en la espalda. Cuando se le llenó la boca de

 

sangre lo atribuyó a una espina de pescado que probablemente se le

 

había clavado en la garganta y la segunda vez que le ocurrió no se lo

 

dijo a nadie, compró un frasco de Leche de Magnesia y empezó a

 

tomarla cuando sentía el estómago en llamas. Pronto dejó de comer

 

y subsistía con pan remojado en le che, sopas aguadas y papillas de

 

recién nacido; perdió peso, se le llenaron los ojos de niebla, no podía

 

ver con claridad el camino y Olga debió tomar el volante. La mujer

 

adivinaba cuando el enfermo ya no podía más con los sobresaltos del

 

viaje, entonces se detenía y acam paban. Las horas se hacían muy

 

 22

 

 

 

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largas, los niños se entretenían correteando por los alrededores,

 

porque su madre había guardado los cuadernos y ya no les hacía cla

 

-

 

ses. Nora no se había puesto en el caso de que Charles Reeves fuera

 

mortal, no lograba entender por qué se apagaba su energía, que era

 

también la suya. Por muchos años su marido había controlado todos

 

los aspectos de su existencia y la de sus hijos, los reglamentos mi-

 

nuciosos del Plan Infinito, que admi nistraba a su antojo, no dejaban

 

espacio para dudas. A su lado cier tamente no tenían libertad, pero

 

tampoco los asediaban inquietudes o temores. No hay razón para

 

alarmarse, se decía, en verdad Charles nunca tuvo mucho pelo y

 

esas arrugas profundas no son nuevas, se las marcó el sol desde

 

hace tiempo. está más delgado, es cierto, pero se recuperará en

 

 po-

 

cos días apenas empiece a comer co mo antes, seguro esto es una

 

indigestión ¿verdad que hoy está mucho mejor? preguntaba a nadie

 

en particular. Olga observaba sin hacer comentarios. No intentó cu-

 

rar a Reeves con sus bebedizos y ca taplasmas, se limitaba a ponerle

 

paños húmedos en la frente para bajarle la fiebre. A medida que el

 

 

 

enfermo empeoraba, el miedo entr ó inexorable en la familia; por

 

primera vez se sintieron a la deriva y percibieron el tamaño de su

 

pobreza y su vulnerabilidad. Nora se encogió como un animal apa-

 

leado, incapaz de pensar en alguna solución; buscó consuelo en su fe

 

Bahai y dejó a Olga a cargo de los problemas, incluyendo el cuidado

 

de su marido. Ella no se atrevía a tocar a ese viejo sufriente, era un

 

desconocido, imposible reconocer al hombre que la había seducido

 

con su vitalidad. Se desmoronaron la admiración y la dependencia,

 

bases de su amor, y como no supo construir otras, el respeto se le

 

transformó en repugnancia. Apenas encontró una buena disculpa se

 

instaló en la tienda de los niños y Olga se fue a dormir con Charles

 

Reeves para atenderlo durante la noche, según dijo. Gregory y Judy

 

se acostumbraron a verla casi desnuda en la cama de su padre, pero

 

Nora ignoró la situación, dispuesta a fingir indefinidamente que nada

 

había cambiado.

 

Por un tiempo se suspendió la divulgación del Plan Infinito, porque el

 

Doctor en Ciencias Divinas carecía de ánimo para dar esperanza a

 

otros, si él mismo comenzaba a pe rder la suya y a preguntarse en

 

secreto si acaso el espíritu realmente trasciende o basta un dolor de

 

vientre para hacerlo añicos. Tamp oco podía dedicarse a pintar. Los

 

viajes continuaron con grandes penurias y sin un propósito determi-

 

nado, como si buscaran algo que siempre estaba en otra parte. Olga

 

ocupó con naturalidad el lugar del padre y los demás no se pregunta-

 

ron si era esa la mejor solución; decidía la ruta, manejaba el camión,

 

se echaba al hombro los bultos más pesados, reparaba el motor

 

 23

 

 

 

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cuando daba guerra, cazaba liebres y pájaros y con la misma autori-

 

dad impartía órdenes a Nora o prop inaba un par de nalgadas a los

 

niños cuando se sublevaban. Evit aba las grandes ciudades por la

 

competencia despiadada y el celo de la policía, salvo que pudiera

 

acampar en zonas industriales o cerca de los muelles, donde siempre

 

encontraba clientes. Dejaba a los Reeves instalados en las carpas,

 

cogía sus bártulos de nigromante y partía a vender sus artes. P

 

ara

 

viajar usaba toscos pantalones de obrero, camiseta y gorra; pero pa-

 

ra ejercer su oficio de clarividente rescataba de su baúl chillona falda

 

de flores, blusa escotada, ruidosos collares y botas amarillas. Se ma-

 

quillaba a brochazos, sin el menor cuidado: las mejillas de payaso, la

 

boca roja, los párpados azules, el efecto de esa máscara, esos vesti-

 

dos y el incendio de su pelo era atemorizante y pocos se atrevían a

 

rechazarla por miedo a que de una mo risqueta los convirtiera en es-

 

tatuas de sal. Abrían la puerta, se encontraban ante esa grotesca

 

aparición con una bola de vidrio en la mano y el estupor los dejaba

 

boquiabiertos, vacilación que ella ap rovechaba para introducirse en

 

la casa. Era muy simpática si tenía necesidad de serlo; a menudo re-

 

gresaba al campamento con un trozo de pastel o carne, regalos de

 

clientes satisfechos no sólo por el futuro prometido en los naipes

 

mágicos, sino sobre todo por el chispazo de buen humor que encen-

 

día en el aburrimiento perenne de sus vidas. En ese período de tan

 

-

 

tas incertidumbres la maga afinó el talento; apremiada por las cir-

 

cunstancias desarrolló fuerzas desconocidas y creció hasta convertir-

 

se en ese mujerón formidable que tanta influencia tendría en la ju-

 

ventud de Gregory. Al entrar a una vivienda le bastaba olisquear el

 

aire por unos segundos para impreg narse del clima, sentir las pre-

 

sencias invisibles, captar las huellas de la desgracia, adivinar los

 

sueños, oír los susurros de los muertos y comprender las necesida-

 

 

 

des de los vivos. Pronto aprendió que las historias se repiten con

 

muy pocos cambios, las personas se parecen mucho, todos sienten

 

amor, odio, codicia, sufrimiento, alegría y temor de la misma mane-

 

ra. Negros, blancos, amarillos, todos iguales bajo la piel, como decía

 

Nora Reeves, la bola de cristal no di stinguía razas, sólo dolores. To-

 

dos querían escuchar la misma buena fortuna, no porque la creyeran

 

posible, sino porque imaginarla servía de consuelo. Olga descubrió

 

 

 

también que hay sólo dos clases de enfermedades: las mortales y las

 

que se curan solas a su debido ti empo. Echaba mano de sus frascos

 

de píldoras de azúcar pintadas de colores diversos, de su bolsa de

 

hierbas y de su caja de amuletos para vender salud a los recupera-

 

bles, convencida de que si el paci ente ponía su mente a trabajar en

 

favor de sanarse, lo más probable es que eso ocurriera. La gente

 

 24

 

 

 

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confiaba más en ella que en los gélid os cirujanos de los hospitales.

 

Sus únicas intervenciones importantes eran casi todas ilegales: abor-

 

tos, extracciones de muelas, costuras de heridas, pero tenía buen ojo

 

 

 

y buena mano, de modo que nunca se metió en un lío serio. Le bas-

 

taba una mirada para percibir las señales de la muerte y en tal caso

 

no recetaba en parte por escrúpulo y en parte para no perjudicar su

 

propia reputación de curandera. Su práctica en asuntos de salud no

 

sirvió para ayudar a Charles Reev es, porque estaba demasiado cer-

 

ca, y si vio síntomas fatídicos no quiso admitirlos.

 

Por orgullo o por temor el predicador se negó a ver un médico, dis

 

-

 

puesto a vencer el sufrimiento a fu erza de obstinación, pero un día

 

se desmayó y desde entonces el poco mando que le quedaba pasó

 

por completo a manos de Olga. Estaban al este de Los Ángeles, don-

 

de se concentraba la población latina, y ella tomó la decisión de con-

 

ducirlo a un hospital. En esa época la atmósfera de la ciudad ya e

 

s-

 

taba cargada de cierto tinte mexicano, a pesar de la obsesión única-

 

mente americana de vivir en perfecta salud, belleza y felicidad. Cen-

 

tenares de miles de inmigrantes ma rcaban el ambiente con su des-

 

precio por el dolor y la muerte, su pobreza, fatalismo y desconfianza,

 

sus violentas pasiones, y también la música, comidas picantes y

 

atrevidos colores. Los hispanos estaban relegados a un ghetto, pero

 

por todas partes flotaba su influencia, no pertenecían a ese país y en

 

apariencia no deseaban pertenecer, pero en secreto aspiraban a que

 

sus hijos se integraran.

 

Aprendían inglés a medias y lo transformaban en un Spánglish de

 

 

 

raíces tan firmes que con el tiempo acabó aceptado como la lengua

 

 

 

chicana. Aferrados a su tradición católica y el culto a las ánimas, a

 

un enmohecido sentimiento patriótico y al machismo, no se asimila-

 

ban y permanecían relegados por una o dos generaciones a los servi-

 

cios más humildes. Los americanos los consideraban gente malévola,

 

 

 

impredecible, peligrosa y muchos reclamaban que cómo diablos no

 

era posible atajarlos en la frontera, para qué sirve la maldita polic

 

ía,

 

carajo, pero los empleaban como mano de obra barata, aunque

 

siempre vigilados. Los inmigrantes asumían su papel de marginales

 

con una dosis de soberbia: doblados si, pero partidos nunca, herma-

 

no. Olga había frecuentado ese ba rrio en varias oportunidades y allí

 

se sentía a sus anchas, chapuceaba el español con desfachatez y casi

 

no se notaba que la mitad de su vocabulario se componía de pala-

 

bras inventadas. Pensó que allí podía ganarse la vida con su ar

 

te.

 

Llegaron en el camión hasta la puerta del hospital y mientras Nora y

 

Olga ayudaban a bajar al enfermo, los niños, aterrados, enfrentaban

 

las miradas curiosas de quienes se asomaron a observar aquel ex-

 

 25

 

 

 

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traño carromato con símbolos esotéricos pintados a todo color e

 

n la

 

carrocería.

 

-¿Qué es esto? -inquirió alguien.

 

-El Plan Infinito, ¿no lo ve? -replic ó Judy señalando el letrero en la

 

parte superior del parabrisas. Nadie preguntó más.

 

Charles Reeves quedó interno en el hospital, donde pocos días des-

 

pués le quitaron la mitad del estó mago y le suturaron los agujeros

 

que tenía en la otra mitad. Entre tanto Nora y Olga se acomodaron

 

temporalmente con los niños, el perro, la boa y sus bultos, en el pa-

 

tio de Pedro Morales, un mexicano generoso que había estudiado

 

años atrás el curso completo de las doctrinas de Charles Reeves y

 

ostentaba en la pared de su casa un diploma acreditándolo como al-

 

ma superior. El hombre era maci zo como un ladrillo, con firmes ras-

 

gos de mestizo y una máscara orgullosa que se transformaba en una

 

expresión bonachona cuando estaba de buen humor. En su sonrisa

 

flameaban varios dientes de oro qu e se había puesto por elegancia

 

después de hacerse arrancar los sanos. No permitió que la familia

 

de

 

su maestro quedara a la deriva. -Las mujeres no pueden estar sin

 

protección, hay muchos bandidos por estos lados -dijo-, pero no

 

había espacio en su casa para tantos huéspedes, porque tenía se

 

is

 

hijos, una suegra desquiciada y algunos parientes allegados bajo su

 

techo. Ayudó a armar las carpas e instalar la cocina a queroseno de

 

los Reeves en su patio, y se prep aró para socorrerlos sin ofender su

 

dignidad. Trataba a Nora de doña con gran deferencia, pero a Oiga, a

 

 

 

quien consideraba más cercana a su propia condición, la llamaba sólo

 

señora. Inmaculada Morales, su mujer, permanecía impermeable a

 

las costumbres extranjeras y a diferencia de muchas de sus compa-

 

triotas en esa tierra ajena, que andaban maquilladas, equilibrándose

 

 

 

en tacones de estilete y con rizos quemados por las permanentes y

 

el agua oxigenada, ella se mantenía fiel a su tradición indígena. Era

 

pequeña, delgada y fuerte, con un rostro plácido y sin arrugas, lleva-

 

ba el cabello en una trenza que le colgaba a la espalda hasta más

 

abajo de la cintura, usaba delantale s sencillos y alpargatas, excepto

 

en las fiestas religiosas cuando lu cía un vestido negro y sus aros de

 

oro. Inmaculada representaba el pilar de la casa y el alma de la

 

familia Morales. Cuando se le llenó el patio de visitas no se inmutó

 

,

 

simplemente aumentó la comida co n trucos generosos echándole

 

más agua a los frijoles, como decía, y cada tarde invitaba a los R

 

ee-

 

ves a cenar, órale comadre, venga con los chamacos para que prue-

 

ben estos burritos, o para que no se pierda el chile, miren que hay

 

mucho, bendito Dios, ofrecía tímida. Algo avergonzados, sus hué

 

spe-

 

des se sentaban a la hospitalaria mesa de los Morales.

 

 26

 

 

 

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Varios meses costó a Judy y Gregory comprender las reglas de la vi-

 

da sedentaria. Se vieron rodeados por una calurosa tribu de chiqui-

 

llos morenos que hablaban un inglés chapuceado y no tardaron en

 

enseñarles su lengua, comenzando por “chingada” la palabra má

 

s

 

sonora y útil de su vocabulario, aunque no era prudente mencionarla

 

delante de Inmaculada. Con los Morales aprendieron a ubicarse en el

 

laberinto de las calles, a regatear, distinguir de una mirada a los mu-

 

chachos enemigos, esconderse y e scapar. Con ellos iban a jugar al

 

cementerio y a observar de lejos a las prostitutas y de cerca a las

 

víctimas de accidentes fatales. Juan José, de la misma edad de Gre-

 

gory, tenía un olfato infalible para la desgracia, siempre sabía d

 

ónde

 

ocurrían los choques de automóviles, los atropellos, las peleas a na-

 

vajazos y las muertes. Él se enca rgó de averiguar en pocos minutos

 

el sitio exacto donde un marido a quien su mujer abandonó por se-

 

guir a un vendedor viajero, se su icidó parándose delante del tren,

 

porque no pudo con la vergüenza de ser llamado cornudo. Alguien lo

 

vio fumando calmadamente de pie entre las dos líneas y le gritó que

 

se apartara porque venía la máquina, pero él no se movió. El chisme

 

llegó a oídos de Juan José antes de que ocurriera la tragedia. Los ni-

 

ños Morales y los Reeves fueron los primeros en aparecer en el sitio

 

de la muerte y, una vez superado el espanto inicial, ayudaron a re-

 

coger los pedazos, hasta que la policía los sacó de allí. Juan José se

 

guardó un dedo como recuerdo, pero cuando comenzó a ver al difun-

 

to por todas partes comprendió que debía desprenderse de su trofeo.

 

Sin embargo, ya era tarde para de volverlo a los deudos porque los

 

fragmentos del suicida habían sido sepultados hacía días. El mucha-

 

cho, aterrorizado por el alma en pena, no supo cómo disponer del

 

dedo, lanzarlo a la basura o dárselo a la boa de los Reeves no le pa-

 

reció una forma respetuosa de repa rar el mal. Gregory consultó en

 

secreto a Olga y ella sugirió la so lución perfecta: dejarlo discreta-

 

mente sobre el altar de la igles ia, lugar consagrado donde ningún

 

ánima en su sano juicio podría sent irse ofendida. Allí lo encontró el

 

Padre Larraguibel, a quien todos llamaban simplemente Padre por la

 

dificultad de pronunciar su apellido, un cura vasco de alma atormen-

 

tada, pero gran sentido práctico, quien lo echó al excusado sin co-

 

mentarios. Bastantes problemas te nía con sus numerosos feligreses

 

como para perder tiempo indagando el origen de un dedo solitario.

 

Los hermanos Reeves fueron a la e scuela por primera vez en sus vi-

 

das. Eran los únicos rubios de ojos azules en una población de inmi-

 

grantes latinos donde la regla de so brevivencia era hablar español y

 

correr rápido. Los alumnos tenían prohibición de usar su lengua nati-

 

va, se trataba de aprender inglés para integrarse pronto. Cuando a

 

 27

 

 

 

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alguien se le salía una palabra castiza al alcance del oído de la

 

maes-

 

tra, recibía un par de palmetazos en el trasero. Si a Cristo le bastó el

 

inglés para escribir la Biblia, no se necesita otro idioma en el mundo,

 

era la explicación para tan drásti ca medida. Por desafío los niños

 

hablaban castellano en toda ocasió n posible y quien no lo hacía era

 

calificado de besa-culo, el peor ep íteto del repertorio escolar. Judy y

 

Gregory no tardaron en percibir el odio racial y temieron ser conver-

 

tidos en papilla en cualquier descuido. El primer día de clases Grego-

 

ry estaba tan asustado que no le salía la voz ni para decir su nom-

 

bre.

 

 -Tenemos dos nuevos alumnos -s onrió la maestra, encantada de

 

contar con un par de chicos blanco s entre tantos morenos-. Quiero

 

que los traten bien, los ayuden a es tudiar y a conocer las reglas de

 

esta institución.

 

-¿Cómo se llaman, queridos?

 

Gregory se quedó mudo, aferrado al vestido de su hermana. Por fin

 

Judy lo sacó del apuro.

 

-Yo soy Judy Reeves y éste es el tonto de mi hermano -anunció. To-

 

da la clase, incluyendo a la profesor a, se echó a reír. Gregory sintió

 

algo caliente y pegajoso en los pantalones.

 

-Está bien, vayan a sentarse -les ordenó. Dos minutos más tarde

 

 Ju-

 

dy empezó a apretarse la nariz y a mirar a su hermano con expre-

 

sión poco amable. Gregory fijó la vista en el suelo y trató de

 

imagi-

 

nar que no estaba allí, que iba en el camión por los caminos, al aire

 

libre, que su padre nunca se había enfermado y esa escuela maldita

 

no existía, era sólo una pesadilla. Pronto el resto de los niños perci-

 

bió el olor y se armó un jaleo.

 

-Vamos a ver… ¿quién fue? -pre guntó la profesora con esa sonrisa

 

falsa que parecía tener pegada en los dientes-. No hay nada de qué

 

avergonzarse, es un accidente, le puede ocurrir a cualquiera…

 

¿quién fue?-¡Yo no me cagué y mi hermano tampoco, lo juro! -gritó

 

Judy desafiante. Un coro de burlas y carcajadas acogió su declara-

 

ción.

 

La maestra se acercó a Gregory y le sopló al oído que saliera de la

 

clase, pero él se agarró a dos manos del pupitre, con la cabeza me

 

ti-

 

da entre los hombros y los párpados apretados, rojo de bochorno. La

 

mujer trató de sacarlo de un brazo, primero sin violencia y luego a

 

tirones, pero el niño estaba adherido a su silla con la fuerza de la de-

 

sesperación.

 

-¡Váyase a la chingada! -aulló Judy a la profesora en su reciente es-

 

pañol-. ¡Esta escuela es una mierda! -agregó en inglés.

 

La mujer se quedó pasmada de sorpresa y enmudeció la clase.

 

 28

 

 

 

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-¡Chingada. Chingada. Chingada! Vámonos, Greg, -Y los dos herma-

 

nos salieron de la sala tomados de la mano, ella con la barbilla en al-

 

to y él con la suya pegada al pecho.

 

Judy se llevó a Gregory a una estación de gasolina, lo escondió entre

 

unos tambores de aceite y se las arregló para lavarle los pantalones

 

con una manguera sin que nadie los viera. Volvieron a la casa en si-

 

lencio.

 

-¿Cómo les fue? -preguntó Nora Reeves extrañada de verlos de

 

 vuel-

 

ta tan temprano.

 

-La maestra dijo que no tenemos que volver. Nosotros somos mucho

 

más inteligentes que los otros alumn os. Esos mocosos ni siquiera

 

hablan como la gente, mamá. ¡No saben inglés!

 

-¿Qué cuento es ése? -interrumpió Olga-

 

-¿y por qué Gregory tiene la ropa empapada?

 

De manera que al día siguiente debieron regresar a la escuela, arras-

 

trados de un brazo por Olga, quien los acompañó hasta la sala, los

 

 

 

obligó a pedir disculpas a la maestra por los insultos proferidos y de

 

paso advirtió a los demás niños que tuvieran mucho cuidado con

 

mo-

 

lestar a los Reeves. Antes de salir enfrentó a la compacta masa de

 

chiquillos morenos haciendo el ge sto de maldecir, ambos puños ce-

 

rrados y el índice y el meñique apuntando como cuernos. Su aspecto

 

extraño, su acento ruso y aquel gesto tuvieron el poder de aplacar a

 

 

 

las fieras, al menos por un tiempo.

 

Una semana después Gregory cumplió siete años. No lo celebraron;

 

en verdad nadie ce acordó, porque la atención de la familia estaba

 

puesta en el padre. Olga, la única que iba a diario al hospital, trajo la

 

noticia de que Charles Reeves se encontraba por fin fuera de peligro

 

y había sido trasladado a una sala común donde podían visitarlo

 

. No-

 

ra e Inmaculada Morales lavaron a los niños hasta sacarles lustre, les

 

pusieron sus mejores ropas, pein aron con gomina a los varones y

 

con cintas en los moños a las niñas. En procesión partieron al

 

hospi-

 

tal con modestos ramos de margarit as del jardín de la casa y una

 

fuente con tacos de pollo y frijoles refritos con queso, preparada por

 

Inmaculada. La sala era tan gran de como un hangar, con camas

 

idénticas a ambos lados y un eterno pasillo al centro que recorrieron

 

en puntillas hasta el lugar donde se encontraba el enfermo. El nom-

 

bre de Charles Reeves escrito en un cartón a los pies de la cama les

 

permitió identificarlo; de otro modo no lo hubieran reconocido. Esta-

 

ba transformado en un extraño, se había envejecido mil años, te

 

nía

 

la piel color de cera, los ojos hund idos en las órbitas y olía a almen-

 

dras. Los niños, apretados codo a codo, se quedaron con las flores

 

en las manos, sin saber dónde ponerlas. Inmaculada Morales, rubori-

 

 29

 

 

 

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zada, cubrió la fuente de tacos con su chal, y Nora Reeves comenzó

 

 

 

a temblar. Gregory presintió que alg o irreparable había sucedido en

 

su vida.

 

-Está mucho mejor, pronto podrá comer -dijo Olga acomodando la

 

aguja del suero en la vena del enfermo.

 

Gregory retrocedió hasta el pasillo, bajó las escaleras a saltos y lue-

 

go echó a correr hacia la calle. En la puerta del hospital se acurrucó,

 

con la cabeza entre las rodillas, abrazado a sus piernas como un ovi-

 

llo, repitiendo chingada, chingada, como una letanía.

 

Al llegar los inmigrantes mexicanos caían en casas de amigos o pa-

 

rientes, donde se hacinaban a me nudo varias familias. Las leyes de

 

la hospitalidad eran inviolables, a nadie se negaba techo y comida en

 

los primeros días, pero después cada uno debía valerse solo. Ve

 

nían

 

de todos los pueblos al sur de la fr ontera en busca de trabajo, sin

 

más bienes que la ropa puesta, un atado a la espalda y las mejores

 

intenciones de salir adelante en esa Tierra Prometida, donde les

 

habían dicho que el dinero crecía en los árboles y cualquiera bien lis-

 

to podía convertirse en empresario, con un Cadillac propio y una ru-

 

bia colgada del brazo. No les hab ían contado, sin embargo, que por

 

cada afortunado cincuenta quedaban por el camino y otros cincuenta

 

regresaban vencidos, que no serían ellos los beneficiados, estaban

 

destinados a abrir paso a los hijos y los nietos nacidos en ese suelo

 

hostil. No sospechaban las penurias del destierro, cómo abusarían de

 

ellos los patrones y los perseguirían las autoridades, cuánto esfuerzo

 

costaría reunir a la familia, traer a los niños y a los viejos, el dolor de

 

decir adiós a los amigos y dejar atrás a sus muertos. Tampoco les

 

advirtieron que pronto perderían su s tradiciones y el corrosivo des-

 

gaste de la memoria los dejaría sin recuerdos, ni que serían los más

 

humillados entre los humildes. Pero si lo hubieran sabido, tal vez de

 

todos modos habrían emprendido el viaje al norte. Inmaculada y Pe-

 

dro Morales se llamaban a sí mism os “alambristas mojados”, combi-

 

nación de “alambre” y de “lomo mo jado”, como se designaba a los

 

inmigrantes ilegales, y contaban, mu ertos de la risa, cómo cruzaron

 

la frontera muchas veces, algunas atravesando a nado el Río Grande

 

y otras cortando los alambres del ce rco. Habían ido de vacaciones a

 

su tierra en más de una ocasión, entrando y saliendo con hijos de

 

 

 

todas las edades y hasta con la abuela, a quien trajeron desde su al-

 

dea cuando enviudó y se le descompuso el cerebro. Al cabo de varios

 

años, lograron legalizar, sus papeles y sus hijos era ciudadanos ame-

 

ricanos. No faltaba un puesto en su mesa para los recién llegados y

 

los niños crecieron oyendo historias de pobres diablos que cruzaban

 

la frontera escondidos como fardos en el doble fondo de un camión,

 

 30

 

 

 

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saltaban de trenes en marcha, o se arrastraban bajo tierra por viejas

 

alcantarillas. siempre con el terror de ser sorprendidos por la policí

 

a,

 

la temida «Migra», y enviados de vuelta a su país en grillos, d

 

espués

 

de ser fichados como criminales. Muchos morían baleados por los

 

guardias, también de hambre y de sed. otros se asfixiaban en com-

 

partimentos secretos de los vehículos de los “coyotes”, cuyo negocio

 

consistía en transportar a los desesperados desde México hasta un

 

 

 

pueblo al otro lado. En la época en que Pedro Morales hizo el primer

 

viaje todavía existía entre los latin os el sentimiento de recuperar un

 

territorio que siempre fue suyo. Para ellos violar la frontera no cons-

 

tituía un delito sino una aventura de justicia. Pedro Morales tenía en-

 

tonces veinte años. acababa de terminar el servicio militar y como no

 

deseaba seguir los pasos del padre y del abuelo, míseros campesinos

 

de una hacienda de Zacatecas, prefirió emprender la marcha hacia el

 

norte. Así llegó a Tijuana, donde esperaba conseguir un contrato c

 

o-

 

mo ‘bracero” para trabajar en el campo, porque los agricultores ame-

 

ricanos necesitaban mano de obra barata, pero se encontró sin dine-

 

ro. no pudo esperar que se cumplieran las formalidades o sobornar a

 

los funcionarios y policías, ni le gustó ese pueblo de paso, donde se-

 

gún él los hombres carecían de ho nor y las mujeres de respeto. Es-

 

taba cansado de ir de acá para allá buscando trabajo y no quiso pe

 

-

 

dir ayuda ni aceptar caridad. Por fin se decidió a cruzar el cerco para

 

ganado que limitaba la frontera, cortando los alambres con un alica-

 

te, y echó a andar en línea recta en dirección al sol, siguiend

 

o las in-

 

dicaciones de un amigo con más experiencia. Así llegó al sur de Cali-

 

fornia. Los primeros meses lo pasó mal, no le resultó fácil ganarse la

 

vida como le habían dicho. Fue de granja en granja cosechando fru-

 

ta, frijoles o algodón, durmiendo en los caminos. en las estaciones

 

de trenes, en los cementerios de carros viejos, alimentándose de pan

 

y cerveza, compartiendo penurias con miles de hombres en la misma

 

situación. Los patrones pagaban menos de lo ofrecido y al primer re-

 

clamo acudían a la policía, siempre ale rta tras los ilegales. Pedro no

 

podía establecerse en ningún sitio por mucho tiempo, la «Migra

 

an-

 

daba pisándole los talones, pero fi nalmente se quitó el sombrero y

 

los huaraches, adoptó el bluyin y la cachucha y aprendió a chapucear

 

unas cuantas frases en inglés. Apenas se ubicó en la nueva tierra re-

 

gresó a su pueblo en busca de la novia de infancia. Inmaculada lo

 

esperaba con el traje de boda almidonado.

 

-Los gringos están todos chiflados , le ponen duraznos a la carne y

 

mermelada a los huevos fritos, mandan los perros a la peluquería, no

 

 

 

creen en la Virgen María, los hombres friegan los platos en la casa y

 

 

 

las mujeres lavan los automóviles en la calle, con sostén y calzones

 

 31

 

 

 

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cortos, se les ve todito, pero si no nos metemos con ellos, se puede

 

vivir de lo mejor -informó Pedro a su prometida.

 

Se casaron con las ceremonias y fiestas habituales, durmieron la

 

primera noche de esposos en la cama de los padres de la muchacha,

 

prestada para la ocasión, y al día siguiente cogieron el bus rumbo al

 

norte. Pedro llevaba algo de dinero y ya era experto en cruzar la

 

frontera, estaba en mejores condiciones que la primera vez, pero

 

igual iba asustado; no deseaba exponer a su mujer a ningún peligro.

 

Se contaban historias espeluznantes de robos y matanzas de bandi-

 

dos, corrupción de la policía mexica na y maltratos de la americana,

 

historias capaces de escarmenta r al más macho. Inmaculada, en

 

cambio, marchaba feliz un paso detrás de su marido, con el bulto de

 

sus pertenencias equilibrado en la cabeza, protegida de la mala suer-

 

te por el escapulario de la Virgen de Guadalupe, una oración en los

 

labios y los ojos bien abiertos para ver el mundo que se extendía an-

 

 

 

te ella como un magnífico cofre repleto de sorpresas. No había salido

 

nunca de su aldea y no sospechaba que los caminos podían ser in-

 

terminables; pero nada logró desanimarla, ni humillaciones ni fatigas

 

ni las trampas de la nostalgia, y cuando por fin se encontró instalada

 

con su hombre en un mísero cuarto de pensión al otro lado del lí

 

mi-

 

te, creyó haber atravesado el umbral del cielo. Un año más tarde na-

 

ció el primer niño, Pedro consiguió un puesto en una fábrica de cau-

 

chos en Los Ángeles y tomó un c urso nocturno de mecánica. Para

 

ayudar a su marido, Inmaculada se empleó enseguida en una indus-

 

tria de ropa y luego para servicio doméstico, hasta que los embara-

 

zos y las criaturas la obligaron a qu edarse en la casa. Los Morales

 

eran gente ordenada y sin vicios, estiraban el dinero y aprendieron a

 

utilizar los beneficios de ese país donde ellos siempre serían extran-

 

jeros, pero en el cual sus hijos tendrían un lugar. Estaban siempre

 

dispuestos a abrir su puerta para amparar a otros, su casa se convir-

 

tió en un pasadero de gente. Hoy por ti, mañana por mí, a veces

 

 to-

 

ca dar y otras recibir, es la ley na tural de la vida, decía Inmaculada.

 

Comprobaron que la generosidad tien e efecto multiplicador, no les

 

falló la buena fortuna ni el trabajo, los hijos resultaron sanos y las

 

amistades agradecidas; con el ti empo superaron las pobrezas del

 

comienzo. Cinco años después de lle gar a la ciudad Pedro instaló su

 

propio taller de automóviles. Para la época en que los Reeves fueron

 

a vivir en su patio eran la fam ilia más digna del barrio, Inmaculada

 

se había convertido en una madr e universal y Pedro era consultado

 

como hombre justo de la comunida d. En ese ambiente, donde a na-

 

die le pasaba por la mente acudir a la policía o la justicia para res

 

ol-

 

 32

 

 

 

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ver sus conflictos, él actuaba como árbitro en los malentendidos y

 

juez en las disputas.

 

Olga tenía razón, al menos en parte. Un mes después de la operación

 

Charles Reeves salió del hospital por sus propios pies, pero su idea

 

 

 

de volver a deambular por los caminos resultaba absurda porque era

 

evidente que la convalecencia sería muy larga. El médico ordenó

 

 

 

tranquilidad, dieta y control permanen te, ni pensar en una vida nó-

 

mada por un buen tiempo, tal vez años. El dinero de los ahorros se

 

había terminado hacía mucho y la familia le debía una suma resp

 

eta-

 

ble a los Morales. Pedro no quiso oír hablar de ese asunto pues tenía

 

con su Maestro una deuda espiritual imposible de pagar. Charles

 

Reeves no era hombre capaz de ac eptar caridad, ni siquiera de un

 

buen amigo y discípulo, tampoco podían seguir acampando en el pa-

 

tio de una casa ajena y a pesar de las súplicas de los niños, que veí-

 

an alejarse para siempre la posibilidad de abandonar la opresión de

 

la escuela, el camión fue vendido luego de quitarle el letrero y el

 

megáfono. Con el dinero recaudado y otro tanto conseguido en prés-

 

tamos, los Reeves pudieron comprar una cabaña en ruinas en los lí-

 

mites del barrio mexicano.

 

Los Morales movilizaron a sus parientes para ayudar a reconstruir la

 

choza. Ése fue un fin de semana indeleble para Gregory Reeves, la

 

música y la comida latinas quedarían para siempre unidas en su

 

mente con la idea de amistad. El sábado en la madrugada apareció

 

en el lugar una caravana de diversos vehículos, desde una camioneta

 

manejada por un hombronazo de co ntagiosa sonrisa, hermano de

 

Inmaculada, hasta una columna de bicicletas en las cuales se trasla-

 

daron primos, sobrinos y amigos, todos provistos de herramientas y

 

materiales de construcción. Las mujeres instalaron mesones en el te-

 

rreno y arremangadas cocinaron para esa multitud. Volaban las ca-

 

bezas decapitadas de los pollos, se apilaban los trozos de cerdo y va-

 

cuno, hervían las mazorcas, los frij oles y las papas, se asaban las

 

tortillas, bailaban los cuchillos picando, partiendo y pelando, relucían

 

al sol las fuentes con fruta y aguardaban en la sombra las de jitoma-

 

te con cebolla, salsa brava y guac amole. De las ollas escapaban

 

aromas de guisos suculentos, de garrafas y botellas escanciaban el

 

tequila y la cerveza, y de las guita rras brotaban las canciones de la

 

tierra generosa del otro lado de la frontera. Los niños correteaban

 

con los perros entre las mesa, las niñas, muy compuestas, ayudaban

 

en el servicio; un primo retardado de plácido rostro asiático lava

 

ba

 

los platos, la abuela chiflada, sentada bajo un árbol contribuía al coro

 

de rancheras con su voz de jilgue ro; Olga repartía tacos entre los

 

hombres y mantenía a raya a los chiq uillos. Durante todo el fin de

 

 33

 

 

 

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semana, hasta muy tarde en la noch e, trabajaron alegremente bajo

 

las órdenes de Charles Reeves y Pedro Morales, aserruchando, cla-

 

vando y soldando. Fue una parrand a de sudor y canto y el lunes

 

amaneció la casa con las paredes bien apuntaladas, las ventanas en

 

sus goznes, las planchas de zinc en el techo, y un piso de tablas

 

nuevas. Los mexicanos desarmaron las mesas de la comilona, reco-

 

gieron sus herramientas, sus guita rras y sus hijos, subieron a sus

 

vehículos y desaparecieron por donde habían llegado, discretamente

 

 

 

para que nadie les diera las gracias.

 

Cuando los Reeves entraron en su nuevo hogar Gregory preguntó si

 

esa casa no se desarmaba, incrédulo ante la firmeza de las paredes.

 

A los niños ese par de modestas habitaciones les pareció un palace-

 

te, nunca antes habían dispuesto de un techo sólido sobre sus cabe

 

-

 

zas, sólo la tela de una carpa o el cielo. Nora instaló su cocina a que-

 

roseno, puso en su cuarto la vieja máquina de escribir y en la sala,

 

en un sitio de honor, su fonógrafo a manivela para escuchar ópera y

 

música clásica; enseguida se dispuso a iniciar una nueva etapa.

 

Olga, sin muchas explicaciones, decidió separarse de ellos. Al princi-

 

pio se quedó en el patio de los Morales con el pretexto de que la casa

 

de los Reeves estaba muy lejos y hasta allí no llegaría su clientela, y

 

poco después consiguió un cuarto de alquiler en los altos de un gara-

 

je, en el otro extremo del barrio, donde colgó un letrero ofreciendo

 

sus servicios de adivina, comadrona y curandera. El rumor de su ta-

 

lento se regó rápidamente y conf irmó su reputación cuando hizo

 

desaparecer para siempre la barba y los bigotes de la dueña del al-

 

macén. En ese lugar, donde ni lo s hombres tenían mucho pelo en la

 

cara, la almacenera era blanco de las burlas más crueles hasta que

 

Olga intervino liberándola con una pócima de su invención; la m

 

isma

 

que recetaba para curar la sarna. Cuando por fin la barbuda pudo lu-

 

cir sus mejillas a plena luz del d ía las malas lenguas dijeron que al

 

menos los pelos le daban un aire interesante; en cambio sin ellos era

 

sólo una señora con cara de pirata. Se corrió la voz de que así

 

 como

 

la curandera sanaba con sus ens almos y ungüentos, igual podía

 

hacer mal con sus brujerías; y la gente le tuvo respeto. Judy y Gre-

 

gory iban a verla seguido y ella ap arecía de vez en cuando a almor-

 

zar los domingos donde los Reeves, pero sus visitas se espaciaron y

 

al fin se suspendieron del todo. Poco a poco su nombre dejó de men-

 

cionarse en la familia porque al hace rlo el aire se cargaba de tensio-

 

nes. Judy, distraída con tantas no vedades, no la echaba de menos,

 

pero Gregory no perdió contacto con ella.

 

Charles Reeves volvió a ganarse la vida pintando. A partir de una fo-

 

tografía podía producir una imagen bastante fiel en el caso de los

 

 

 

 34

 

 

 

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hombres y muy mejorada en el de las señoras, a quienes les borraba

 

las huellas de la edad, les atenuaba la herencia indígena o africana,

 

les aclaraba la piel y el cabello y las vestía de gala. Apenas se sintió

 

con fuerzas suficientes regresó tamb ién a sus prédicas y a escribir

 

sus libros, que él mismo imprimía. A pesar de los obstáculos ec

 

onó-

 

micos de la empresa, El Plan Infinito siguió su curso a trastabillones,

 

pero con tenacidad. El público se componía principalmente de obre-

 

ros y sus familias, muchos de los cuales apenas entendían inglés, pe-

 

ro el predicador aprendió algunas palabras claves en español y cuan-

 

do le fallaba el vocabulario recurría a un pizarrón donde dibujaba sus

 

ideas. Al comienzo asistían sólo am igos y parientes de los Morales,

 

más interesados en ver de cerca a la boa que en los aspectos filosófi-

 

cos de la conferencia; pero pronto se supo que el Doctor en Ciencias

 

Divinas era muy elocuente y podía tr azar a gran velocidad unas ca-

 

ricaturas de lo más chulas, fíjese, hay que ver cómo las hace, así no

 

más, sin mirar siquiera, y los Mor ales no tuvieron necesidad de pre-

 

sionar a nadie para llenar la sala. Al enterarse de las precarias condi-

 

 

 

ciones en que vivían sus vecinos, Reeves pasó semanas en la Biblio-

 

teca, estudiando las leyes; así pu do ofrecer a sus oyentes, además

 

de apoyo espiritual, consejos para navegar en las aguas desconoci-

 

das del sistema. Gracias a él los inmigrantes supieron que a pesar de

 

ser ilegales gozaban de algunos dere chos ciudadanos, podían acudir

 

al hospital, enterrar a sus muertos en el cementerio del condado

 

aunque siempre preferían enviarlos a su pueblo de origen y un sin-

 

número de otras ventajas que hast a entonces desconocían. En ese

 

barrio El Plan Infinito competía con los oropeles del ceremonial cató-

 

lico, los bombos y platillos del Ejército de Salvación, la novedos

 

a po-

 

ligamia de los mormones y los ritos de las siete iglesias protestantes

 

del vecindario, incluyendo a los ba utistas que se sumergían vestidos

 

en el río, los adventistas que reg alaban tarta de limón los domingos

 

y los pentecostales que andaban co n las manos levantadas para re-

 

cibir al Espíritu Santo. Como no era necesario renunciar a la propia

 

religión, porque en el Curso de Charles Reeves se acomodaban todas

 

las doctrinas, el Padre Larraguibel de la Iglesia de Lourdes y los pas-

 

tores de las otras creencias no pudieron objetar, aunque por una vez

 

estuvieron todos de acuerdo y ca da uno desde su púlpito acusó al

 

predicador de ser un charlatán sin fundamento.

 

Desde el primer encuentro, cuando el camión de los Reeves desem-

 

barcó su cargamento en el patio de los Morales, Gregory y Carmen,

 

la hija menor de la familia, se hici eron íntimos amigos. Una mirada

 

les bastó para establecer la complicidad que habría de durarles to

 

da

 

la vida. La niña era un año menor, pero en los aspectos prácticos re-

 

 35

 

 

 

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sultaba mucho más avispada, a ella le tocaría revelarle al otro las

 

claves y los trucos de la sobrevivencia en el barrio. Gregory era alto,

 

 

 

delgado, muy rubio, y ella pequeña, rechoncha, color azúcar dorada.

 

El muchacho había adquirido conoci mientos poco usuales, podía lu-

 

cirse contando argumentos de óper a, describiendo paisajes del Na-

 

tional Geographic o recitando versos de Byron: sabía cazar un pato,

 

destripar un pescado y calcular en un instante cuánto recorre un ca-

 

mión en cuarenta y Cinco minutos si viaja a treinta millas por hora,

 

 

 

todo de escasa utilidad en su nue va situación. Sabía meter una boa

 

en un saco, pero no podía ir a la esquina a comprar pan; no había

 

 

 

convivido con otras criaturas ni había entrado a una sala de clases,

 

 

 

nada sospechaba de la maldad de los niños ni de las tremendas ba-

 

rreras raciales, porque Nora le ha bía inculcado que las personas son

 

buenas -lo contrario es un vicio de la naturaleza- y todas son iguales.

 

 

 

Hasta que fue a la escuela Gregory lo creyó. El color de su piel y su

 

 

 

absoluta falta de malicia irritaban a los demás, que le caían encima

 

cuando podían, por lo general en el baño, y lo dejaban medio aturdi-

 

do a golpes. No siempre inocente , a menudo provocaba los enfren-

 

tamientos. Con Juan José y Carmen Morales inventaban bromas pe-

 

sadas, como quitar con una jeringa el relleno de menta a unos bom-

 

bones de chocolate, reemplazarlo por la salsa más picante de la coci-

 

na de Inmaculada y ofrecerlo a la ba nda de Martínez como quien fu-

 

ma una pipa de la paz, para que seamos amigos ¿okey? Después de-

 

bieron ocultarse por una semana.

 

Cada día, apenas tocaban la campana de salida, Gregory corría como

 

un celaje hasta su casa, perseguido por una jauría de muchachos

 

dispuestos a liquidarlo. Era de piernas tan veloces que solía detener-

 

se en medio de la carrera para in sultar a sus enemigos. Cuando su

 

familia acampaba en el patio de los Morales no pasaba susto, porque

 

la casa quedaba cerca, Juan José lo acompañaba y nadie podía al-

 

canzarlo en un trecho corto, pero cuando se trasladaron a la nueva

 

propiedad la distancia era diez ve ces mayor y las posibilidades de

 

llegar a la meta a tiempo se reducían en forma alarmante. Cambiaba

 

el recorrido, cogía por diversos atajos y conocía escondites donde so-

 

lía esperar agazapado hasta que se aburrían de buscarlo. Una vez se

 

deslizó en la parroquia, porque en clase de religión el Padre contó

 

que desde la Edad Media existía la tr adición de asilo dentro de las

 

iglesias. Pero la pandilla de Martínez lo persiguió al interior del edifi-

 

cio y después de una escandalosa carrera saltando bancos, lo agarra-

 

ron frente al altar y procedieron a darle una pateadura ante la mira-

 

da, impávida de los santos de bulto bajo sus aureolas de latón dora-

 

 36

 

 

 

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do. A los gritos acudió el enérgico cura, quien se encargó de quitar a

 

Gregory los enemigos de encima tirándolos de los pelos.

 

-¡Dios no me salvó! -gritaba el niño más furioso que adolorido seña-

 

lando al Cristo ensangrentado que precedía el altar.

 

-¿Cómo que no? ¿Y no llegué yo a ayudarte, mal agradecido? -rugió

 

el párroco.

 

-¡Demasiado tarde! ¡Mire cómo me tienen! -aullaba señalando sus

 

moretones.

 

 -Dios no tiene tiempo para pendejadas. Ponte de pie y límpiate la

 

nariz -le ordenó el Padre.

 

-Usted dijo que aquí uno está seguro…

 

-Claro, siempre que el enemigo sepa que se trata de un lugar sagra-

 

do, pero estos atorrantes no sospechan el sacrilegio que han cometi-

 

do.

 

 -¡Su pinche iglesia no sirve para nada!

 

-¡Cuidado con lo que dices, mira que te vuelo los dientes, muchacho

 

desgraciado! -lo amenazó con la mano en alto el Padre.

 

-¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! -alcanzó a recordarle Reeves y eso tuvo la

 

virtud de aplacar el hervor de la sangre vasca en las venas del sa-

 

cerdote, que respiró profundo para despejar la ira y trató de hablar

 

en un tono más apropiado a sus santas vestiduras.

 

-Escucha, hijo, tienes que aprender a defenderte. Ayúdate, que Dios

 

te ayudará, como dice el refrán.

 

Y a partir de ese día el buen homb re, que en su juventud había sido

 

un campesino pendenciero, se encerraba con Gregory en el patio de

 

la sacristía para enseñarle a boxear sin mayores contemplaciones por

 

las reglas de la caballerosidad. Su primera lección consistió en tres

 

principios inapelables: lo único im portante es ganar, el que pega

 

primero pega dos veces y dale dire cto a las bolas, hijo, y que Dios

 

nos perdone. De todos modos el chico decidió que el templo era me-

 

nos seguro que el firme regazo de Inmaculada Morales, fortaleció la

 

confianza en sus puños en la misma medida en que tambaleaba su fe

 

en la intervención divina. Desde entonces, si estaba en apuros corría

 

a la casa de sus amigos, saltaba la cerca del patio y se metía a la co-

 

cina, donde aguardaba que Judy ac udiera en su rescate. Con su

 

hermana podía caminar a salvo porq ue era la niña más bonita de la

 

escuela; todos los muchachos estaban enamorados de ella y ninguno

 

habría cometido la estupidez de hacerle una barrabasada a Gregory

 

en su presencia. Carmen y Juan Jo sé Morales trataban de servir de

 

enlace entre su nuevo amigo y el resto de la chiquillería, pero no

 

siempre lo lograban porque Gregor y resultaba extraño, no sólo por

 

su color, sino porque era orgulloso, testarudo y taimado. Tenía la ca-

 

 37

 

 

 

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beza repleta de cuentos de indios , de animales salvajes, protagonis-

 

tas de ópera y de teorías de almas en forma de naranjas flotantes y

 

Logi, y Maestros Funcionarios, de las cuales ni el Padre ni las profe-

 

soras deseaban oír detalles. Adem ás, perdía el control a la menor

 

provocación y se lanzaba de frente, con los ojos cerrados y los puños

 

listos; peleaba a ciegas y casi siempre perdía, era el más golpead

 

o

 

de la escuela. Se reían de él, de su perro -un bastardo de patas cor-

 

tas y mala catadura- y hasta del aspecto de su madre, que se vestía

 

a la antigua y repartía folletos de la religión Bahai o del Plan Infinito.

 

Pero las peores burlas se centra ban en su temperamento sentimen-

 

tal. El resto de los muchachos ha bía interiorizado las lecciones ma-

 

chistas de su medio: los hombre s deben ser despiadados, valientes,

 

dominantes, solitarios, rápidos con las armas y superiores a las mu-

 

jeres en todo sentido. Las dos reg las básicas, aprendidas por los ni-

 

ños en la cuna, son que los hombres no confían jamás en nadie y no

 

lloran por ningún motivo. Pero Gregory escuchaba a la maestra

 

hablar de las focas de Canadá ex terminadas a palos por los cazado-

 

res de pieles o al Padre referirse a los leprosos de Calcuta y, con los

 

ojos aguados, decidía de inmediato irse al norte a defender a las po-

 

 

 

bres bestias o al Lejano Oriente de misionero. En cambio lo aturdían

 

 

 

a golpes sin arrancarle lágrimas; por soberbio prefería que lo chinga-

 

ran antes que pedir clemencia, sólo por eso los otros muchachos no

 

lo consideraban maricón perdido. A pesar de todo era un chico ale-

 

gre, capaz de sacarle música a cualquier instrumento, con una me-

 

moria infalible para los chistes, el favorito de las niñas en el recr

 

eo.

 

A cambio de sus lecciones de boxeo el Padre le exigió ayuda en las

 

misas del domingo. Cuando Gregory lo comentó en casa de los Mora-

 

les tuvo que soportar una andanada de bromas de Juan José y sus

 

hermanos. hasta que Inmaculada los interrumpió para anunciar que

 

por burlarse, su hijo Juan José también sería monaguillo y a mucha

 

honra, bendito Dios. Los dos amigos pasaban horas a regañadientes

 

en la iglesia esparciendo incienso, tocando campanillas y recitando

 

latinazgos, ante la mirada atenta del sacerdote, quien aun en los

 

momentos álgidos los vigilaba con su famoso tercer ojo, ese que la

 

gente decía que tenía en la nuca pa ra ver los pecados ajenos. Al

 

hombre le gustaba que uno de sus ayudantes fuera moreno y el otro

 

rubio; consideraba que esa integración racial sin duda complacía a

 

l

 

Creador. Antes de la misa los niños preparaban el altar y después

 

 

 

ordenaban la sacristía; al irse recibían un pan de anís de regalo, pero

 

el verdadero premio eran unos sorb os clandestinos del vino ceremo-

 

nial, un licor añejo, dulce y fuerte como jerez. Una mañana fue tanto

 

el entusiasmo que sin medirse de spacharon la botella y se quedaron

 

 38

 

 

 

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sin vino para la última misa. Gregor y tuvo la inspiración de sustraer

 

unos centavos de la colecta y salir disparado a comprar Coca-Cola.

 

La revolvieron para quitarle el gas y enseguida llenaron la vinajera.

 

Durante el oficio estaban hechos unos payasos y ni siquiera las mira-

 

das asesinas del sacerdote lograron impedir cuchicheos, carcajadas,

 

tropezones y campanillazos a destiempo. Cuando el Padre levantó el

 

copón para consagrar la Coca-Cola, los muchachos se sentaron en

 

las gradas del altar porque no se tenían en pie de la risa. Minutos

 

más tarde el sacerdote bebió el líquido con reverencia, absorto en las

 

palabras litúrgicas y al primer sorbo se dio cuenta de que el diablo

 

había metido mano en el Cáliz, a menos que por una vez la consa-

 

gración hubiera producido un cambio verificable en las moléculas d

 

el

 

vino, idea que su sentido práctico descartó de inmediato. Tenía un

 

largo entrenamiento en las vicisitu des de la vida y continuó la misa

 

impertérrito, sin un gesto que reve lara lo ocurrido. Terminó el ritual

 

sin prisa, salió dignamente seguido por sus dos monaguillos a trasta-

 

billones, y una vez en la sacristía se quitó una de sus pesadas sanda-

 

lias de suela y procedió a darles una contundente paliza.

 

Ése fue el primero de muchos años difíciles para Gregory Reeves; fue

 

un tiempo de inseguridad y temore s en el cual muchas cosas cam-

 

biaron, pero también de travesura s, amistad, sorpresas y descubri-

 

mientos.

 

Apenas mi familia se organizó en las nuevas rutinas y mi padre se

 

sintió más fuerte, se iniciaron los arreglos de la cabaña. Con

 

la ayuda

 

de los Morales y sus amigos ya no se veía en ruinas, pero todavía

 

faltaban algunas comodidades esenciales. Mi padre instaló un primi-

 

tivo sistema de luz eléctrica, levantó una casucha para el excusado y

 

entre él y yo limpiamos el terreno de piedras y malezas para que mi

 

madre plantara la huerta de vegetales y flores que siempre había de-

 

seado. Construyó también una pequ eña bodega en el borde mismo

 

del barranco donde terminaba la propiedad, para guardar sus herra-

 

mientas y el equipo de viaje, no perdía la ilusión de volver algún día

 

a sus travesías en otro camión. Después me ordenó hacer un hoyo;

 

afirmaba que de acuerdo a un filósofo griego antes de morir todo

 

hombre debe procrear un hijo, escribir un libro, construir una casa y

 

plantar un árbol y él ya había cumplido con los tres primeros requisi-

 

tos. Cavé donde me indicó sin ni ngún entusiasmo, pues no deseaba

 

contribuir a su muerte, pero no me atreví a negarme ni a dejar la la-

 

bor a medias. En una ocasión, cuan do yo viajaba en el plano astral

 

fui conducido a una habitación muy grande, como una fábrica, expli-

 

caba Charles Reeves a sus oyentes. Allí vi muchas máquinas intere-

 

santes, algunas no estaban terminad as y otras eran absurdas, los

 

 39

 

 

 

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principios mecánicos estaban equivocados y nunca funcionarían bien

 

.

 

Le pregunté a un Logi a quién pert enecían. Éstas son tus obras in-

 

completas, me explicó. Recordé que en mi juventud tuve la ambición

 

de convertirme en inventor. Esas máquinas grotescas eran productos

 

de aquel tiempo y desde entonc es estaban almacenadas allí espe-

 

rando que yo dispusiera de ellas . Los pensamientos toman forma,

 

mientras mas definida una idea, mas concreta es la forma. No se de-

 

ben dejar ideas ni proyectos inac abados, deben ser destruidos, por-

 

que sino se malgasta energía que estaría mejor empleada en otro

 

asunto. Hay que pensar de manera constructiva, pero cuidadosa. Yo

 

había escuchado este cuento a me nudo, me fastidiaba esa obsesión

 

por completar todo y por dar a cada objeto y a cada pensamiento un

 

lugar preciso, porque a juzgar po r lo que veía a mi alrededor, el

 

mundo era un puro desorden.

 

Mi padre salió temprano y regresó con Pedro Morales en la camione-

 

ta cargando un sauce de buen tamaño. Entre los dos lo arrastraron a

 

duras penas y lo plantaron en el hoyo. Durante varios días observé al

 

árbol y a mi padre, esperando que en cualquier instante el primero

 

se secara o el segundo cayera fu lminado, pero como nada de eso

 

ocurrió, supuse que los antiguos filósofos eran unos pelafustanes.

 

 El

 

temor de quedar huérfano me ven ía a la mente con frecuencia. En

 

sueños Charles Reeves se me ap arecía como un crujiente esqueleto

 

de ropajes oscuros con una gruesa serpiente enrollada a los pies, y

 

despierto lo recordaba reducido a una piltrafa, tal como lo vi en el

 

hospital. La idea de la muerte me aterrorizaba. Desde que nos insta-

 

lamos en la ciudad me perseguía un presentimiento de peligro, las

 

normas conocidas se me descalabraron, hasta las palabras perdieron

 

sus significados habituales y tuve que aprender nuevos códigos,

 

otros gestos, una lengua extraña de erres y jotas sonoras. Los cami-

 

nos sin fin y los vastos paisajes fueron reemplazados por un hacina-

 

miento de callejuelas ruidosas, sucias, malolientes, pero también

 

fascinantes, donde las aventuras salían a cada paso. Imposible resis-

 

tir la atracción de las calles; en ellas transcurría la existencia, eran

 

escenario de peleas, amores y ne gocios. Me embelesaba con la mú-

 

sica latina y la costumbre de contar historias. La gente hablaba de

 

sus vidas en tono de leyenda. Creo que aprendí español sólo para no

 

perder palabra de aquellos cuentos. Mi lugar preferido era la cocina

 

de Inmaculada Morales entre las frag ancias de las ollas y los afanes

 

de la familia. No me cansaba de es e circo eterno, pero también sen-

 

tía la secreta necesidad de recuperar el silencio de la naturaleza en la

 

cual me criaron, buscaba árboles, caminaba horas para subir a una

 

pequeña colina donde por unos minutos volvía a sentir el placer de

 

 

 

 40

 

 

 

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existir en mi propia piel. El resto del tiempo mi cuerpo resultaba un

 

estorbo; debía protegerlo de am enazas permanentes, me pesaban

 

como lastres mi pelo claro, el color de mi piel y mis ojos, mi esquele-

 

to de pájaro. Dice Inmaculada Morales que yo era un niño ale-

 

gre,lleno de fuerza y energía, con un tremendo gusto por la vida, pe-

 

ro no me recuerdo así; en el ghetto experimenté la desazón de ser

 

diferente, no me integraba, deseaba ser como los otros, diluirme en

 

la multitud, volverme invisible y así moverme tranquilo por las calles

 

o jugar en el patio de la escuela, libre de las pandillas de muchachos

 

morenos que descargaban en mi las agresiones que ellos mismos re-

 

cibían de los blancos apenas asom aban las narices fuera de su ba-

 

rrio.

 

Cuando mi padre salió del hospital reiniciamos en apariencia una vi-

 

da normal, pero el equilibrio de la familia estaba roto. También pe-

 

saba en el ambiente la ausencia de Olga y echaba de menos su baúl

 

de tesoros, sus utensilios de nigr omante, sus vestidos escandalosos,

 

su risa descarada, sus cuentos, su infatigable diligencia, la casa sin

 

ella era como una mesa coja. Mis padres cubrieron el asunto de si-

 

lencio y no me atreví a pedir exp licaciones. Mi mamá se tornaba por

 

momentos más silenciosa y apartada, mientras mi padre, quien

 

siempre tuvo buen dominio sobre su carácter, se volvió rabioso, im-

 

predecible, violento. Es culpa de la operación, la química de su Cuer-

 

po Físico está alterada, por eso su aura se ha oscurecido, pero pron-

 

to estará bien, lo justificaba mi mamá en la jerga del Plan Infinito,

 

pero sin la menor convicción en su tono. Nunca me sentí cómodo con

 

ella, ese ser descolorido y amable era muy diferente a las madres de

 

otros niños. Las decisiones, los pe rmisos y los castigos provenían

 

siempre de mi padre; el consuelo y la risa de Olga, las confidencias

 

eran con Judy. A mi madre sólo me unían libros y cuadernos escola-

 

res, música y la afición por observ ar las constelaciones del cielo. Ja-

 

más me tocaba, me acostumbré a su distancia física y a su tempe-

 

ramento reservado.

 

Un día perdí a Judy, entonces experimenté el pánico de la so

 

ledad

 

absoluta que no logré superar hasta varias décadas más tarde cuan-

 

do un amor inesperado revocó esa especie de maldición. Judy había

 

sido una niña abierta y simpática, que me protegía, me mandaba,

 

 

 

me llevaba prendido de sus faldas. Por las noches me deslizaba en su

 

cama y ella me contaba cuentos o me inventaba sueños con instruc-

 

ciones precisas sobre cómo soñarlos. Las formas de mi hermana

 

dormida, su calor y el ritmo de su respiración acompañaron la prime-

 

ra parte de mi infancia; encogido a su lado olvidaba el miedo, junto a

 

ella nada podía hacerme daño. Una noche de abril, cuando Judy iba a

 

 41

 

 

 

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cumplir nueve años y yo tenía siete, esperé que todo estuviera en si-

 

lencio y salí de mi saco de dormir para introducirme en el suyo, co-

 

mo siempre hacía, pero me encontré ante una resistencia feroz. Ta-

 

pada hasta la barbilla y con las manos enzañadas sujetando su saco,

 

me zampó que no me quería, que nunca más me dejaría dormir c

 

on

 

ella, que se acabaron los cuentos, los sueños inventados y todo lo

 

demás y que yo estaba muy grande para esas tonterías.

 

-¿Qué te pasa, Judy? -le supliqué espantado, no tanto por sus pala-

 

bras como por el rencor en su voz.

 

-¡Ándate al carajo y no vuelvas a tocarme en los días de tu vid

 

a! -y

 

rompió a llorar con la cara vuelta a la pared.

 

Me senté a su lado en el suelo sin saber qué decir, mucho más triste

 

por su llanto que por el rechazo. Un buen rato después me levanté

 

en puntillas y abrí la puerta a Oliver ; a partir de ese día dormí abra-

 

zado a mi perro. En los meses siguientes tuve la sensación de que

 

existía un misterio en mi casa del cual yo estaba excluido; un secreto

 

entre mi padre y mi hermana, o tal vez entre ellos y mi madre, o en-

 

tre todos y Olga. Presentí que era mejor ignorar la verdad y no traté

 

de averiguarla. El ambiente estaba tan cargado que procuraba au-

 

sentarme de la casa lo más posible, visitaba a Olga o a los Morales,

 

daba largas caminatas por los camp os cercanos, me alejaba varias

 

millas y regresaba al anochecer; me escondía en la pequeña bodega,

 

entre herramientas y bultos, y llora ba durante horas sin saber por

 

qué. Nadie me hizo preguntas.

 

La imagen de mi padre comenzó a borrarse y fue reemplazada por la

 

de un desconocido, un hombre injusto y rabioso, que mientras acari-

 

ciaba a Judy a mí me golpeaba al menor pretexto y me empujaba de

 

su lado, vete a jugar fuera, los muchachos deben hacerse fuertes en

 

la calle, me gruñía. Ninguna semeja nza había entre el pulcro y ca-

 

rismático predicador de antes y aquel anciano asqueroso que pasaba

 

el día escuchando la radio en un sillón, a medio vestir y sin afeitarse.

 

Para entonces ya no pintaba y ta mpoco podía dedicarse al Plan Infi-

 

nito; la situación en la casa desm ejoró a ojos vista y nuevamente

 

Inmaculada Morales se hizo presente con sus picantes comistrajos,

 

su sonrisa generosa y su buen ojo para captar las necesidades aje-

 

nas. Olga me daba dinero con inst rucciones de ponerlo con disimulo

 

en la cartera de mi madre. Esta inusitada forma de ingresos se man-

 

tuvo por muchos años, sin que mi madre hiciera jamás el menor co-

 

mentario, como si no percibiera es a multiplicación misteriosa, de bi-

 

lletes.

 

Olga tenía el talento de marcar su entorno con su sello extravagante.

 

Era un pájaro migratorio y aventure ro, pero donde se detenía, aun-

 

 42

 

 

 

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que fuera por unas horas, lograba crear la ilusión de un nido perma-

 

nente. Poseía pocos bienes, pero sabía distribuirlos a su alrededor de

 

tal modo que si el espacio era pequ eño se contenían en un baúl y si

 

era más grande se esponjaban ha sta llenarlo. Bajo una carpa en

 

cualquier recodo del camino, en una choza o en la cárcel, donde fue

 

a parar más tarde, ella era reina en su palacio. Cuando se separó

 

de

 

los Reeves consiguió una habitación alquilada a un precio módic

 

o, un

 

cuchitril algo sórdido con la pátina melancólica del resto del barrio,

 

pero logró realzarlo con colores propios, trasformándolo en poco

 

tiempo en punto de referencia pa ra quienes solicitaban una direc-

 

ción: tres cuadras para adelante, doble a la derecha y donde vea una

 

casa pintarrajeada le da a la izquierda, y ya está. La escalera de ac

 

-

 

ceso y las dos ventanas fueron deco radas en su estilo, colgajos de

 

conchas y cristales llamaban a los pasantes con su sonajera de cam-

 

panas, luces multicolores evocab an una Navidad interrumpida y su

 

nombre en letras cursivas coro naba aquella extraña pagoda. Los

 

dueños de la propiedad se cansaron de exigir un poco de discreción y

 

por último se resignaron a los chirimbolos en el edificio. A poco nadie

 

en varias millas a la redonda igno raba dónde vivía Olga. Puertas

 

adentro la vivienda presentaba un aspecto igualmente estrafalario,

 

con una cortina separó la habitación en dos partes, una para atend

 

er

 

a su clientela y otra donde puso su cama y su ropa colgada de clavos

 

en la pared. Aprovechando sus dote s artísticas y la caja de pinturas

 

al óleo de los tiempos de su empr esa con Charles Reeves, cubrió las

 

paredes de signos del Zodiaco y palabras en alfabeto cirílico, que

 

producían gran impresión en los vi sitantes. Compró un mobiliario de

 

segunda mano y en un pase de imaginación lo convirtió en divanes

 

orientales; en estanterías se alineaban estatuillas de santos y magos,

 

potiches con sus pócimas, velas y amuletos; del techo colgaban ata-

 

dos de hierbas secas y resultaba difícil desplazarse entre las mesas

 

 

 

enanas donde atesoraba pebeteros con incienso de dudosa calidad,

 

comprado en las tiendas de los pakistanos. Esa fragancia dulzona lu-

 

chaba eternamente con la de planta s y pócimas medicinales, esen-

 

cias para el amor y cirios de ensalmo. Cubrió las lámparas de chales

 

con flecos, tiró por el suelo una apolillada piel de cebra y cerca de

 

 la

 

ventana reinaba orondo un gran Buda de yeso dorado. En aquella

 

cueva se las ingeniaba para cocinar, vivir y ejercer su oficio, todo en

 

 

 

un espacio mínimo que por arte de fantasía se acomodaba a sus ne-

 

cesidades y caprichos. Concluida la decoración de su casa echó a co-

 

rrer la voz de que hay mujeres capa ces de desviar el curso de las

 

desgracias y ver en la oscuridad del alma y ella era una de ésas.

 

Luego se sentó a esperar, pero no por mucho porque la gente ya es-

 

 43

 

 

 

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taba enterada de la curación de la almacenera barbuda y pronto los

 

clientes se apiñaban para contratar sus servicios.

 

Gregory visitaba a Olga a cada rato. Al término de las clases salía es-

 

capando, perseguido por la patota de Martínez, un muchacho algo

 

mayor que todavía estaba en segundo grado, no había aprendido a

 

leer y no le entraba el inglés en el cerebro, pero ya tenía el cuerpo y

 

la actitud de un matón. Oliver ag uardaba ladrando junto al quiosco

 

de periódicos en un valiente afán de detener a los enemigos y dar

 

 

 

ventaja a su amo, para después seguirlo como flecha a su destino fi-

 

nal. Para despistar a Martínez el niño solía desviarse a casa de Olga.

 

Sus visitas a la adivina eran una fies ta. En cierta ocasión se deslizó

 

bajo la cama sin que ella lo viera y desde su escondite presenció una

 

de sus extraordinarias consultas. El dueño del bar “Los tres Amigos”,

 

mujeriego y vanidoso con bigotillo de actor de cine y un faja elástic

 

a

 

para contenerse la barriga, se pr esentó turbado donde la hechicera

 

en busca de alivio para un mal secr eto. Ella lo recibió envuelta en

 

una túnica de astróloga en el cuarto apenas iluminado por bombillo

 

s

 

rojos y perfumado de incienso. El hombre se sentó ante la mesa re-

 

donda donde ella atendía a sus c lientes, y contó con titubeantes

 

preámbulos y rogando la mayor di screción, que sufría de un ardor

 

constante en los genitales.

 

-A ver, muéstremelo -ordenó Olga y procedió a examinarlo larga-

 

mente con una linterna de bolsillo y una lupa, mientras Gregory se

 

mordía las manos para no estallar de risa bajo la cama.

 

-Me hice los remedios que me rece taron en el hospital, pero nada.

 

Hace cuatro meses que me estoy muriendo, doña.

 

-Hay enfermedades del cuerpo y enfermedades del alma -diagnosticó

 

la maga volviendo a su trono a la ca becera de la mesa-. Esta es una

 

enfermedad del alma, por eso no se cura con medicinas normales.

 

Por donde pecas, pagas.

 

-¿Ah?-Usted le ha dado mal uso a su órgano. A veces las faltas se

 

pagan con pestes y otras con pica zón moral -explicó Olga, que esta-

 

ba al tanto de todos los chismes del barrio, conocía la mala reputa-

 

ción del cliente y la semana anterior le había vendido polvos para

 

 la

 

fidelidad a la desconsolada esposa del tabernero-. Puedo ayudarlo,

 

pero le advierto que cada consulta le costará cinco dólares y que no

 

va a ser muy agradable. Al ojo puedo calcular que necesitará cinco

 

sesiones por lo menos.

 

-Si con eso me voy a mejorar…

 

-Tiene que pagarme quince dólares al empezar. Así nos aseguramos

 

de que no se arrepienta por el camino; mire que una vez comenzado

 

el ensalmo debe terminarse o si no se le seca el miembro y le queda

 

 44

 

 

 

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como un ciruela pasa ¿me entiende ?-Cómo no, doñita, usted manda

 

-accedió aterrorizado el galán.

 

-Quítese todo para abajo, puede dejarse la camisa -ordenó ella antes

 

de desaparecer tras el biombo a preparar los elementos necesarios

 

para la curación.

 

Colocó al hombre de pie al centro del cuarto, lo rodeó con un cí

 

rculo

 

de velas encendidas, le echó uno s polvos blancos en la cabeza, al

 

tiempo que recitaba una letanía en lengua desconocida, enseguida

 

untó la zona afectada con algo que Gregory no pudo ver, pero sin

 

duda era de gran efectividad, porque a los pocos segundos el infeliz

 

daba saltos de mono y gritaba a todo pulmón.

 

-No se me salga del circulo -indic ó Olga mientras esperaba calma-

 

damente a que se le pasara la picazón.

 

-¡Ay qué chingadera, madrecita! Esto es peor que salsa de chile pi-

 

quín… -gimió el paciente cuando recuperó la respiración.

 

 

 

-Si no duele no cura -determinó e lla, conocedora de los beneficios

 

del castigo para quitar la culpa, lavar la conciencia y aliviar las en-

 

fermedades nerviosas-. Ahora le voy a poner algo fresquecito y lo

 

pintó a brochazos con tintura azul de metileno, luego le ató una cinta

 

rosada y le ordenó regresar a la semana siguiente sin quitarse la cin-

 

ta por ningún motivo y echarse la tintura todas las mañanas.

 

-Pero cómo voy a… bueno, usted me entiende, con ese lazo ahí…

 

-Tendrá que portarse como un santo no más. Esto le pasó por and

 

ar

 

de picaflor ¿por qué no se conforma con su esposa? Esa pobre mujer

 

 

 

tiene ganado el cielo, usted no la merece -y con esa última recomen-

 

dación de buena conducta lo despachó.

 

Gregory le apostó un dólar a Juan José y a Carmen Morales que el

 

dueño del bar tenía el pirulo azul decorado con una cinta de cum-

 

pleaños. Los muchachos pasaron una mañana trepados al techo de

 

“Los Tres Amigos” espiando el baño por un agujero hasta comprob

 

ar

 

con sus propios ojos el fenómeno.

 

Poco después todo el barrio sabía el cuento y desde entonces el ta-

 

bernero debió soportar el apodo de Pito-de-lirio, que había de acom-

 

pañarlo hasta su tumba.

 

Como Olga no siempre le abría la puerta porque solía estar ocupada

 

 

 

con algún cliente, Gregory se sentaba en la escalera a hacer un in-

 

ventario de los nuevos adornos de la fachada, maravillado del talento

 

de la mujer para renovarse cada día. En algunas ocasiones ella se

 

asomaba, apenas cubierta por una bata, con el pelo revuelto como

 

una maraña de algas rojas, y le daba galletas o una moneda; no

 

puedo verte hoy, Greg, tengo trabajo, regresa mañana, le decía con

 

 

 

un beso fugaz en la mejilla. El chic o partía frustrado, pero compren-

 

 45

 

 

 

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día que ella tenía deberes ineludible s. Los clientes eran de muchos

 

tipos: desesperados en busca de mejorar su fortuna, mujeres preña-

 

das dispuestas a utilizar cualquier recurso para derrotar a la natura-

 

leza, enfermos desalentados por la medicina tradicional, amantes

 

despechados y ansiosos de venganza, solitarios atormentados por el

 

silencio y gente ordinaria que sólo quería un masaje, un fetiche,

 

una

 

lectura de la palma de las manos o té de flores orientales para el do-

 

lor de cabeza. Para cada uno Oiga disponía de una dosis de magia e

 

ilusión, sin detenerse a considerar la legitimidad de sus métodos,

 

porque en ese barrio nadie entendía y ni daba importancia a las le-

 

yes de los gringos.

 

La adivina no tuvo hijos propios y adoptó en su corazón a los de

 

Charles Reeves. No se ofendió con los desaires de Judy, porque sabí

 

a

 

que apenas la niña la necesitara estaría de nuevo a su lado, y agr

 

a-

 

deció calladamente la fidelidad de Gregory, a quien premiaba con

 

mimos y regalos. Por él se enteraba del destino de los Reeves. Mu-

 

chas veces el chiquillo le preguntó por qué no visitaba la casa, pero

 

sólo obtuvo respuestas vagas. En una de aquellas oportunidades en

 

que la adivina no pudo recibirlo, creyó escuchar la voz de su padre a

 

través de la puerta y el corazón casi le revienta en el pecho; se

 

vio

 

de pie al borde de un abismo sin fondo, a punto de destapar una caja

 

de horrores. Disparó corriendo, sin deseos de averiguar lo que temía,

 

pero la curiosidad pudo más y a medio camino volvió para esconder-

 

se en la calle a esperar que saliera el cliente de Olga. Cayó la noche

 

sin que la puerta se abriera y por fin debió regresar a su casa. Al lle-

 

gar encontró a Charles Reeves leye ndo el periódico en su sillón de

 

mimbre.¿Cuánto vivió mi padre en realidad? ¿Cuándo empezó a mo-

 

rirse? En los meses finales ya no era él, su cuerpo había cambiado

 

tanto que era difícil reconocerlo y su espíritu tampoco estaba allí. Un

 

soplo maléfico animaba a ese vi ejo que seguía llamándose Charles

 

Reeves, pero no era mi padre. Por eso yo no tengo malos recuerdos.

 

Judy, en cambio, está llena de odio. Hemos hablado de esto y no co-

 

incidimos en los hechos ni en los personajes, como si cada uno fuera

 

protagonista de un cuento diferent e. Vivíamos juntos en la misma

 

casa al mismo tiempo, sin embargo su memoria no registró lo mismo

 

que la mía. Mi hermana no compre nde por qué sigo aferrado a la

 

imagen de un padre sabio y a una época dichosa acampando al aire

 

libre bajo la cúpula profunda de un ci elo lleno de estrellas o cazando

 

patos agazapado entre unos juncos al amanecer. Jura que las cosas

 

nunca fueron así; que siempre hubo violencia en nuestra familia, que

 

 

 

Charles Reeves fue un charlatán de poca monta, un vendedor de

 

mentiras, un degenerado que murió de puro vicioso y no nos dejó

 

 46

 

 

 

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nada bueno. Me acusa de haber bl oqueado el pasado; dice que pre-

 

fiero ignorar sus vicios; debe ser verdad porque no sabía que fuera

 

alcohólico y lleno de maldad, como ella sostiene. ¿No te acuerdas

 

cómo te azotaba por cualquier tontería con un cinturón de cuero

 

? me

 

repite Judy. Sí, pero no le guardo rencor por eso, en aquellos tiem-

 

pos a todos los muchachos les pegaban, era parte de la educación. A

 

Judy la trataba mejor, no se acostumbraba golpear tanto a las niñas,

 

parece. Además yo era muy inquieto y testarudo; mi madre nunca

 

pudo doblegarme, por eso intentó deshacerse de mí en más de una

 

 

 

ocasión. Poco antes de morir, en uno de esos raros encuentros en

 

que pudimos hablar sin herirnos, me aseguró que no lo hizo por falta

 

de cariño; siempre me quiso mucho, dijo, pero no podía mantener a

 

dos niños y naturalmente prefirió quedarse con mi hermana, que era

 

más dócil, en cambio a mí no era capaz de controlarme. A veces

 

 

 

sueño con el patio del orfelinato. Judy era mucho mejor que yo, de

 

eso no hay duda, una chiquilla mansa y simpática, siempre estaba

 

dispuesta a obedecer y tenía esa co quetería natural de las niñas bo-

 

nitas. Así fue como hasta los trece o catorce años, después se

 

trans-

 

formó.

 

Lo primero fue el olor a almendras . Volvió solapadamente, casi im-

 

perceptible al principio, una ráfaga tenue que pasaba sin dejar ras-

 

tros, tan leve que me resultaba imposible determinar si la había sen-

 

 

 

tido en realidad o si era sólo el recuerdo de la visita al hospital,

 

cuando operaron a mi padre, Después fue el ruido. El cambio más

 

notable fue ese ruido. Antes. en los tiempos de los viajes en el ca-

 

mión, el silencio era parte de la vida, cada sonido tenía su espac

 

io

 

preciso. En la ruta sólo se escuchaba el motor del vehículo y a veces

 

la voz de mi madre leyendo; al acampar percibíamos el crepitar de la

 

leña en el fuego, el cucharón en la olla, las lecciones escolares, bre-

 

ves diálogos, la risa de mi herman a jugando con Olga, el ladrido de

 

Oliver. En la noche el silencio era tan denso que el graznido de una

 

lechuza o el aullar de un coyote parecían escandalosos. De acuerdo a

 

mi padre, tal como cada cosa tien e su lugar, cada sonido tiene su

 

momento. Se indignaba cuando alg uien interrumpía en la conversa-

 

ción; en sus sermones se debía retener el aire, porque hasta una tos

 

involuntaria provocaba su mirada de hielo. Al final, todo se desorde-

 

nó en la mente de Charles Reeves . En sus peregrinaciones astrales

 

debe haber encontrado no sólo aquel hangar lleno de artefactos ma-

 

logrados y de inventos demenciales, sino también cuartos atiborra-

 

dos de olores, sabores, gestos y palabras sin sentido, otros llenos a

 

reventar de intenciones disparatadas y uno donde los ruidos del des-

 

calabro retumbaban como el repique de una monstruosa campana de

 

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hierro. No me refiero a los sonidos del barrio; el tráfico en la calle,

 

los gritos de la gente, las máquinas de los obreros construyendo la

 

gasolinera, sino a esa confusión que marcó sus últimos meses. La

 

radio, que antes sólo se encendía para escuchar noticias de la guerra

 

y música clásica, atronaba ahora día y noche con toda suerte de

 

mensajes inútiles, juegos de pelota y canciones vulgares. Por encima

 

de ese estrépito mi padre reclamab a a gritos por nimiedades, daba

 

órdenes contradictorias, nos llamaba a cada rato, leía en alta voz sus

 

propios sermones o pasajes de la Biblia, tosía, escupía sin cesar y se

 

soplaba la nariz con un alboroto injustificado, martillaba clavos en las

 

 

 

paredes y jugaba con sus herramientas como si estuviera arreglando

 

algún desperfecto, pero en realidad esos frenéticos quehaceres no

 

tenían un fin preciso. Hasta dormido era ruidoso. Ese hombre, antes

 

tan pulcro en sus modales y en sus hábitos, se dormía de pronto en

 

la mesa, con la boca llena de comida, sacudido por un ronquido pro-

 

fundo, jadeando y murmurando perdido en el laberinto de quién sabe

 

qué desvaríos lujuriosos. Basta, Ch arles, lo despertaba mi madre

 

azorada cuando lo sorprendía manose ándose el sexo en sueños; es

 

la fiebre, niños; agregaba para tranquilizamos. Mi padre deliraba, no

 

 

 

hay duda, la fiebre lo atacaba a mansalva en cualquier momento del

 

día, pero durante la noche no te nía descanso, amanecía empapado

 

de transpiración. Mi madre lavaba las sábanas cada mañana, no sólo

 

por el sudor de la agonía, también por las manchas de sangre y pus

 

de los forúnculos. En sus piernas crecían abscesos purulentos, que él

 

trataba con árnica y compresas de agua calientes. Desde que co-

 

menzó su enfermedad mi madre no dormía en su cama, pasaba la

 

noche recostada en un sillón cubierta con un chal.

 

Hacia el final, cuando mi padre ya no podía levantarse, Judy se ne-

 

gaba a entrar a su cuarto, no qu ería verlo, y ninguna amenaza o re-

 

compensa lograban acercarla al enfe rmo; entonces yo pude aproxi-

 

marme poco a poco, primero a observarlo desde el umbral y después

 

a sentarme en el borde de la cama. Estaba demacrado, la piel verdo-

 

sa pegada a los huesos, los ojos hund idos en las órbitas, sólo el ru-

 

mor asmático de su respiración in dicaba que aún vivía. Tocaba su

 

mano, él abría los párpados y su mi rada no me reconocía. A ratos le

 

bajaba la fiebre y parecía resuci tar de una larga muerte, bebía un

 

poco de té, pedía que encendieran la radio, se levantaba y daba unos

 

pasos vacilantes. Una mañana salió medio desnudo al patio a ver el

 

sauce y me mostró las ramas tierna s; está creciendo y vivirá para

 

llorarme, dijo. Ese día, al regresar de la escuela, Judy y yo vimos

 

desde lejos la ambulancia en el c allejón de nuestra casa. Yo corrí,

 

pero mi hermana se sentó en la ac era, abrazada a su bolsón de li-

 

 48

 

 

 

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bros. Ya se habían juntado algunos curiosos en el patio, Inmaculada

 

Morales estaba en el porche ayudando a dos enfermeros a pasar una

 

camilla a través del umbral demasiado estrecho. Entré a la casa y me

 

aferré al vestido de mi madre, pero me rechazó descompuesta, como

 

si tuviera náuseas, En ese momento sentí una bocanada intensa de

 

olor a almendras y un anciano escuálido apareció de pie, en la puerta

 

del cuarto; llevaba sólo una camiseta, iba descalzo, revuelto el poco

 

 

 

cabello que aún le quedaba en la cabeza, los ojos llameantes por la

 

locura de la fiebre, y un hilo de saliva escurriendo por las comisuras

 

de la boca. Con la mano izquierda se apoyaba en la pared, con la de-

 

recha se masturbaba.

 

-¡Basta, Charles, deja eso! -le or denó mi madre-. Basta, por favor

 

basta -suplicó ocultando la cara entre las manos.

 

Inmaculada Morales abrazó a mí madr e mientras los enfermeros co-

 

gían a mi padre, lo sacaban al po rche y lo colocaban en la camilla

 

cubierto con una sábana y atado con dos correas, Lanzaba maldicio-

 

nes y terribles palabrotas, un lenguaje que hasta entonces yo nunca

 

le había oído, Lo acompañé a la ambulancia, pero mi madre no

 

 me

 

permitió ir con ellos; el vehículo se alejó aullando en una nub

 

e de

 

polvo; Inmaculada Morales cerró la puerta de la casa, me cogió de la

 

mano, llamó a Oliver con un silbido y echó a andar. Por el camino

 

encontramos a Judy, que seguía inmóvil en el mismo sitio, sonriendo

 

de una extraña manera,-Vamos, niños, les compraré algodones de

 

 

 

azúcar -dijo Inmaculada Morales, aguantando las lágrimas.

 

Ésa fue la última vez que vi a mi padre con vida; horas después mu-

 

rió en el hospital, derrotado por incontenibles hemorragias internas.

 

Esa noche dormirnos con Judy en casa de los amigos mexicanos, Pe-

 

dro Morales estuvo ausente, acompañaba a mi madre en los trámites

 

de la muerte. Antes de sentarnos a cenar, Inmaculada nos llevó

 

aparte a mi hermana y a mí y nos explicó lo mejor que pudo que ya

 

no debíamos preocuparnos, el Cuerpo Físico de nuestro padre habí

 

a

 

dejado de sufrir y su Cuerpo Mental había volado al plano astral,

 

donde seguramente se había reunido con los Logi y los Maestros

 

Funcionarios, a los cuales pertenecía,

 

-Es decir, se fue al cielo con los ángeles –agregó suavemente, mucho

 

más cómoda con los términos de su fe católica que con los del Plan

 

Infinito.

 

Judy y yo nos quedamos con los ni ños Morales, que dormían de dos

 

o tres por cama, todos en la mism a habitación; Inmaculada permitió

 

entrar a Oliver que estaba mal acostumbrado y si se quedaba afuera

 

armaba un escándalo de gemidos. Yo empezaba a cabecear, agotado

 

por emociones contradictorias, cuan do oí en la oscuridad la voz de

 

 49

 

 

 

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Carmen susurrando que le hiciera un hueco y sentí su cuerpo peque-

 

ño y tibio deslizarse a mi lado. Abre la boca y cierra los ojos, me d

 

i-

 

jo, y sentí que me ponía un dedo en los labios, un dedo untado con

 

algo viscoso y dulce, que chupé como un caramelo. Era leche con-

 

densada. Me incorporé un poco y metí también el dedo en el tarr

 

o

 

para darle a ella y así estuvimos lamiéndonos y chupándonos, hasta

 

que se terminó el dulce. Despué s me dormí tranquilo, empalagado

 

de azúcar, con la cara y las manos pegajosas, abrazado a ella, con

 

Oliver a los pies, acompañado por la respiración y el calor de los

 

 

 

otros niños y el ronquido de la abuela chiflada atada con una larga

 

cuerda a la cintura de Inmaculada Morales, en el cuarto contiguo.

 

La muerte del padre desquició a la familia; en poco tiempo se perdió

 

el rumbo y cada uno debió navegar solo. Para Nora la viudez fue una

 

traición, se consideró abandonada en un medio bárbaro, con dos

 

 

 

hijos y sin recursos, pero al mismo tiempo sintió un inconfesable ali-

 

vio, porque en los últimos tiempos su compañero no era el mismo

 

hombre que había amado y la convivencia con él se había convertido

 

en un martirio. Sin embargo, poco después del funeral comenzó a ol-

 

vidar su decrepitud final y a acar iciar recuerdos anteriores, imagina-

 

ba que estaban unidos por un hilo invisible, como aquel del cual col-

 

gaba la naranja del Plan Infinito; esa imagen le devolvió la segurida

 

d

 

de antaño, cuando su marido rein aba sobre el destino de la familia

 

con su firmeza de Maestro. Nora se rindió a la languidez de su tem-

 

peramento, se acentuó el letargo iniciado por el horror de la guerra,

 

un deterioro de la voluntad que creció solapadamente y se manifestó

 

en toda su magnitud al enviudar. Nunca hablaba del difunto en pasa-

 

do, aludía a su ausencia en términos vagos, como si hubiera partido

 

a un prolongado viaje astral, y má s tarde, cuando comenzó a comu-

 

nicarse con él en sueños, se refe ría al asunto con el tono de quien

 

comenta una conversación telefóni ca. Sus hijos, avergonzados, no

 

querían oír hablar de esos delirio s, temiendo que la condujeran a la

 

locura. Se quedó sola. Era extranje ra en ese medio, apenas mascu-

 

llaba un poco de español y se veía muy diferente a las demás muje-

 

res. La amistad con Olga había te rminado, con sus hijos se relacio-

 

naba apenas, no intimó con Inma culada Morales o con alguna otra

 

persona del barrio, era amable, pero la gente la evitaba porque pare-

 

cía extraña; nadie quería oír sus desv aríos de óperas o del Plan Infi-

 

nito. La costumbre de la dependencia estaba tan arraigada en ella

 

que al perder a Charles Reeves quedó como aturdida. Realizó algu-

 

nos intentos de ganarse el sustento con dactilografía y costura, pero

 

nada le resultó. Tampoco pudo traducir del hebreo o del ruso, como

 

pretendió, porque nadie necesitaba esos servicios en el barrio y la

 

 50

 

 

 

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perspectiva de aventurarse al centro de la ciudad para buscar trabajo

 

la aterrorizaba. No se inquietó de masiado por mantener a sus hijos

 

porque no los consideraba comple tamente suyos; tenía la teoría de

 

que las criaturas pertenecen a la es pecie en general y a nadie en

 

particular. Se sentó en el porche de su casa a mirar el sauce, inmóvil

 

durante horas, con una expresión ausente y apacible en su hermoso

 

rostro eslavo, que ya comenzaba a decolorarse. En los años siguien-

 

tes desaparecieron sus pecas, se desdibujaron sus facciones y toda

 

ella pareció borrarse de a poco. En la vejez llegó a ser tan tenue que

 

costaba recordarla y como a nadie se le ocurrió tomarle fotografía

 

s,

 

después de su muerte Gregory llegó a temer que tal vez su madre no

 

había existido nunca. Pedro Morales trató de convencer a Nora de

 

que se ocupara en algo, recortó avisos de diversos empleos y la

 

acompañó en las primeras entrevistas. hasta que se convenció de su

 

incapacidad para enfrentar los pr oblemas reales. Tres meses más

 

tarde, cuando la situación se tornó insostenible, la llevó a las oficinas

 

de la Beneficencia Social para conseguirle ayuda como indigente,

 

agradecido de que su maestro Charles Reeves no estuviera vivo para

 

presenciar semejante humillación. El cheque de la caridad pública,

 

 

 

apenas suficiente para cubrir los gastos mínimos, fue el único ingreso

 

seguro de la familia por muchos años; el resto provino del trabajo de

 

 

 

los hijos, de los billetes que Olga mandaba colocar en la cartera de

 

Nora y de la ayuda discreta de los Morales. Surgió un comprador pa-

 

ra la boa y el pobre animal acabó ex puesto a las miradas de los cu-

 

riosos en un teatro de mala reputación, junto a unas coristas livianas

 

de ropas, un ventrílocuo obsceno y diversos números artísticos de

 

poca monta que divertían a los em brutecidos espectadores. Allí so-

 

brevivió algunos años, alimentada con ratas y ardillas vivas y los

 

desperdicios que echaban en la jaula sólo para verla abrir sus fauces

 

de bestia aburrida; creció y engordó hasta adquirir aspecto terrorífi-

 

co, aunque no se alteró la mansedumbre de su carácter.

 

Los chicos Reeves sobrevivieron solos, cada uno en su estilo. Judy se

 

empleó en una panadería, donde trabajaba cuatro horas diarias des-

 

pués de la escuela, y por las noches solía cuidar niños o limpiar ofici-

 

nas. Era muy buena estudiante; apre ndió a imitar cualquier tipo de

 

caligrafía, y por una suma razonable hacía las tareas de otros alum-

 

nos. Mantuvo ese negocio clandestin o sin ser sorprendida, mientras

 

seguía portándose como una muchac ha ejemplar, siempre sonriente

 

y dócil, sin revelar jamás los demo nios de su alma, hasta que los

 

primeros síntomas de la pubertad le trastornaron el carácter. Cuando

 

le brotaron dos firmes cerezas en los senos, se le marcó la cintura y

 

sus facciones de bebé se afinaron, todo cambió para ella. En ese ba-

 

 51

 

 

 

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rrio de gente morena y más bien baja, su color de oro y sus propor-

 

ciones de walkiria llamaban de tal manera la atención que le era im-

 

posible pasar inadvertida. Siempre había sido bonita, pero cuando

 

cruzó el umbral de la infancia y lo s hombres de todas las edades y

 

condiciones comenzaron a asediarla, esa niña dulce se transformó en

 

un animal rabioso. Sentía las mirada s de deseo como una violación,

 

llegaba a menudo a su casa gritan do maldiciones, golpeando las

 

puertas, a veces llorando de impotencia porque en la calle la silbaban

 

o le hacían gestos procaces. Desarrolló un lenguaje de filibustero

 

 pa-

 

ra replicar a los piropos y si alguien intentaba tocarla se defendía con

 

un largo alfiler de sombrero, que siempre llevaba al alcance de la

 

mano como una daga, y que no tenía el menor escrúpulo en clavár

 

-

 

selo a su admirador en la parte má s vulnerable. En la escuela arre-

 

metía contra los varones por sus miradas maliciosas y contra sus

 

compañeras por rencores de raza y por los celos que inevitablemente

 

provocaba. Gregory vio varias veces a su hermana en esas extrañas

 

riñas de muchachas -revolcones, ar añazos, tirones de pelo, insultos

 

tan diferentes a las peleas de los hombres, por lo general breves, si-

 

lenciosas y contundentes. Las mu jeres buscaban humillar a su ene-

 

miga, los hombres parecían dispuestos a matar o morir. Judy no ne-

 

cesitaba ayuda para defenderse, co n la práctica se convirtió en un

 

verdadero luchador. Mientras otra s jóvenes de su edad ensayaban

 

los primeros maquillajes, practicaban besos franceses y contaban el

 

tiempo que les faltaba para poners e tacones altos, ella se cortó el

 

cabello como un presidiario, se vistió con ropa de hombre y devoraba

 

 

 

con ansias las sobras de masa y de dulce de la panadería. Se le llenó

 

la cara de granos y cuando entr ó a la secundaria había aumentado

 

tanto de peso que nada quedaba de la delicada muñeca de porcelana

 

que fue en la infancia; parecía un león marino, como ella misma de-

 

cía buscando denigrarse.

 

A los siete años Gregory se lanzó a la calle. No estaba unido a su

 

 

 

madre por sentimentalismos, sino apenas por algunas rutinas com-

 

partidas y por una tradición de honor sacada de cuentos edificantes

 

sobre hijos abnegados que reciben recompensa y de ingratos que

 

van a parar al horno de una bruja. Le tenía lástima, estaba seguro de

 

que sin Judy y él, Nora moriría de inanición sentada en el sill

 

ón de

 

mimbre contemplando el vacío. Ni nguno de los dos niños considera-

 

ba la indolencia de su madre como un vicio, sino como una enferme-

 

dad del espíritu, tal vez su Cuerpo Mental había partido en busca del

 

padre y se había perdido en el laberinto de algún plano cósmico, o se

 

había quedado rezagado en uno de es os vastos espacios repletos de

 

máquinas estrafalarias y de almas desconcertadas. La intimidad con

 

 52

 

 

 

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Judy había desaparecido y cuando Gregory se cansó de buscar cami-

 

nos de encuentro con ella, reemplazó a su hermana por Carmen Mo-

 

rales, con quien compartía el cariño brusco, las peleas y la lealtad de

 

los buenos compinches. Era travieso e inquieto, en la escuela se por-

 

taba pésimo y se le iba la mitad del tiempo cumpliendo diversos cas-

 

tigos, desde pararse de cara al rincón con orejas de burro, hasta so-

 

portar los palmetazos en el trasero propinados por la directora. En su

 

casa actuaba como pensionista, llegaba a dormir lo más tarde posi-

 

ble, prefería ir donde los Morales o a visitar a Olga. El resto de su

 

 vi-

 

da transcurría en la jungla del barri o, que llegó a conocer hasta en

 

sus últimos secretos. Lo llamaban “el gringo” y a pesar de los

 

renco-

 

res de raza, muchos lo querían porque era alegre y servicial. Contaba

 

con varios amigos: el cocinero de la taquería, quien siempre tenía al-

 

gún plato sabroso para ofrecerle, la dueña del almacén, donde leía

 

las revistas de historietas sin paga r, el acomodador del cine, quien

 

de vez en cuando lo introducía por la puerta trasera y le permitía ver

 

la película. Hasta Pito-de-Lirio, quien jamás sospechó su intervención

 

en el apodo, solía ofrecerle una gase osa de vez en cuando en el bar

 

“Los Tres Amigos”. Tratando de aprender español perdió buena

 

 parte

 

del inglés y terminó hablando mal los dos idiomas. Por un tiempo se

 

puso tartamudo y la directora llamó a Nora Reeves para recomendar-

 

le que colocara a su hijo en la escuela para retardados de las monjas

 

del barrio; pero intervino su maes tra, Miss June, quien se compro-

 

metió a ayudarlo con las tareas. Los estudios le interesaban poco, su

 

mundo eran las calles, allí aprend ía mucho más. El barrio era una

 

ciudadela dentro de la ciudad, un ghetto tosco y pobre, nacido por

 

impulso espontáneo en torno a la zona industrial, donde los inmi-

 

grantes ilegales podían emplearse sin que nadie les hiciera pregun-

 

tas. El aire estaba infectado por el olor de la fábrica de cauchos; en

 

días de semana se sumaban el humo del tráfico y de las cocinerías y

 

se formaba una nube espesa flotando sobre las casas como un man-

 

to visible. Los viernes y los sába dos resultaba peligroso aventurarse

 

al oscurecer, cuando pululaban los borrachos y los drogados prontos

 

a estallar en batallas mortales. Por las noches se oían disputas de

 

parejas, gritos de mujeres, llantos de niños, riñas de hombres, a ve-

 

ces balazos y sirenas de la policía. En el día las calles hervían de ac-

 

tividad, mientras en las esquinas languidecían hombres sin trabajo,

 

ociosos, bebiendo, molestando a las mujeres, jugando dados y espe-

 

rando que se cumplieran las horas con un fatalismo de cinco siglos a

 

la espalda. Las tiendas exhibían los mismos productos baratos de

 

cualquier pueblo mexicano, los restaurantes servían platos típicos

 

 y

 

los bares tequila y cerveza; en el salón de baile se tocaba música la-

 

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tina y en las celebraciones no faltaban las bandas de mariachis con

 

sus enormes sombreros y trajes de luces cantándole a la honra y al

 

despecho. Gregory, que los conoc ía a todos y no se perdía ninguna

 

fiesta, entraba a la saga de los mú sicos como la mascota del grupo;

 

los acompañaba en el canto y lanza ba el inevitable ayayay de las

 

rancheras como un experto, provoc ando entusiasmo en el público

 

que no había visto a un gringo con tales aptitudes. Saludaba a medio

 

 

 

mundo por su nombre y gracias a su expresión de angelote se ganó

 

la confianza de mucha gente. Se se ntía mejor que en su casa en el

 

laberinto de callejuelas y pasajes, en los sitios baldíos y en los edifi-

 

cios abandonados, donde jugaba con los hermanos Morales y media

 

docena de otros niños de su edad, evitando siempre el encuentro con

 

las pandillas mayores. Tal como ocurría con los jóvenes negros,

 

orientales o blancos pobres en otros puntos de la ciudad, para los

 

hispanos el barrio era más importante que la familia, era su territorio

 

inviolable. Cada pandilla se identifi caba por su lenguaje de signos,

 

sus colores, su graffiti en los muros. De lejos todas parecían iguales,

 

muchachos desarrapados, agresivos, incapaces de articular un pen-

 

samiento; de cerca eran diferentes , cada una con sus ritos y su in-

 

trincado lenguaje simbólico de gestos. Para Gregory el aprendizaje

 

de los códigos fue asunto de primera necesidad, podía distinguir a

 

 los

 

miembros de las diferentes bandas por el tipo de chaquetas o de go-

 

rras, por los signos de las manos con los cuales se enviaban mensa-

 

jes o se provocaban para la guerra; le bastaba ver el color de una le-

 

tra solitaria en la pared para sabe r quiénes la habían trazado y qué

 

significaba. El graffiti marcaba los límites y cualquiera que se aven

 

tu-

 

rara en el ámbito ajeno por ignora ncia o por atrevimiento lo pagaba

 

caro. Por eso debía dar largos rodeos en cada una de sus salidas. La

 

única banda de niños de la escue la primaria era la de Martínez, que

 

se entrenaba para pertenecer un día a Los Carniceros, la más temi-

 

 

 

ble pandilla del barrio. Sus miembros se identificaban por el color

 

morado y la letra C, su bebida era tequila con refresco de uva, por el

 

color, y su saludo la mano dere cha engarfiada tapando la boca y la

 

nariz. En guerra eterna contra otros grupos y con la policía, tenía

 

como único propósito dar un sentido de identidad a los jóvenes,

 

 la

 

mayoría de los cuales había abandonado la escuela, carecía de traba-

 

jo y vivían en la calle o en cuar tos comunitarios. Los pandilleros es-

 

taban fichados por múltiples ingresos a la cárcel por raterías, tráfico

 

de marihuana, borracheras, asaltos y robos de coches. Unos pocos

 

andaban armados con pistolas artesanales fabricadas con un pedazo

 

de cañería, un mango de madera y un detonante, pero en general

 

usaban cuchillos, cadenas, navajas y garrotes, lo que no impedía que

 

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en cada batalla callejera la ambulancia se llevara a dos o tres en es-

 

tado grave. Las pandillas representaban la mayor amenaza para

 

Gregory, nunca podría incorporarse a ninguna, aquello también era

 

una cuestión de raza, y enfrentarlas constituía un acto de locura. No

 

se trataba de adquirir fama de valiente, sino de sobrevivir, pero

 

tampoco podía pasar por un cobarde, porque se ensañarían con él.

 

Bastaron algunas palizas para hacerle comprender que los héroes so-

 

litarios sólo triunfan en las pelícu las, que debía aprender a negociar

 

con astucia, no llamar la atención, conocer al enemigo para sacar

 

ventaja de sus debilidades y eludir peleas, porque tal como decía el

 

pragmático Padre Larraguibel, Dios ayuda a los buenos cuando son

 

más que los malos.

 

La casa de los Morales se convirtió en el verdadero hogar de Gregory

 

adonde llegaba en calidad de hijo en cualquier momento. En el tu-

 

multo de muchachos era uno más y la misma Inmaculada se pregun-

 

taba distraída cómo le había salido un niño rubio. En esa tribu nadie

 

se quejaba de soledad o de aburrimiento; todo se compartía, desde

 

las angustias asistenciales hasta el único baño, y lo intrascendental

 

se discutía a gritos, pero los asunt os importantes se mantenían en

 

estricto secreto familiar de acuerd o a un milenario código de honor.

 

La autoridad del padre no se cues tionaba; los pantalones los llevo

 

yo, rugía Pedro Morales cada vez que alguien le movía el piso bajo

 

los pies, pero en el fondo, Inma culada era el verdadero jefe de la

 

familia. Nadie se dirigía directamen te al padre y preferían pasar por

 

la burocracia materna. Ella no contradecía a su marido ante testigos,

 

pero se las arreglaba para salirse con la suya. La primera vez que el

 

hijo mayor apareció vestido de pa chuco, Pedro Morales le dio una

 

tunda de correazos y lo echó de la casa. El muchacho estaba harto

 

de trabajar el doble que cualquier americano por la mitad del pago y

 

vagaba gran parte del día con su s compinches por boliches y bares

 

de mala muerte, sin más dinero en los bolsillos que el ganado en

 

apuestas y el que su madre le pasa ba a escondidas. Para evitar dis-

 

cusiones con su mujer, Pedro Mo rales hizo la vista gorda mientras

 

pudo, pero cuando se presentó ante sus ojos emperifollado como un

 

chulo y con una lágrima tatuada en una mejilla, lo molió a golpes.

 

Esa noche, cuando los demás estaban ya en la cama, se escuchó por

 

horas el murmullo de la voz de Inmaculada ablandando la resistencia

 

de su marido. Al día siguiente Pedr o salió a buscar a su hijo, lo en-

 

contró parado en una esquina piropeando a las mujeres que pasa-

 

ban, lo cogió del cuello y se lo llevó a su garaje; le quitó a tirones su

 

atuendo de pachuco, le puso un pantalón engrasado y lo obligó a

 

trabajar de sol a sol durante varios años, hasta convertirlo en el me-

 

 55

 

 

 

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jor mecánico de los alrededores y dejarlo instalado por su cuenta en

 

un taller propio. Cuando Pedro Morale s cumplió medio siglo, su hijo

 

casado, con tres niños y una casa propia en los suburbios, se hizo

 

quitar la lágrima de la mejilla como regalo de cumpleaños para su

 

padre; la cicatriz fue el único recuerdo que quedó de su época de re-

 

beldía. Inmaculada pasaba la existencia atendiendo como una escla-

 

va a los hombres de su familia, de niña debió hacerlo con su padre y

 

hermanos y más tarde lo hizo con su marido y sus hijos. Se levanta-

 

ba al alba para cocinar un desayuno contundente a Pedro, quien de-

 

bía abrir el taller muy temprano; nunca sirvió en su mesa tortillas

 

añejas, pues habría desacreditado su dignidad. El resto del día se le

 

iba en mil tareas ingratas incluyen do la preparación de tres comidas

 

completas y diferentes, convencida de que los hombres necesitan

 

alimentarse con platos enormes y siempre variados.

 

Jamás se le ocurrió pedir ayuda a sus hijos, cuatro fornidos hombro-

 

nazos, para raspar los pisos, sacu dir los colchones o lavar la tosca

 

ropa del taller, tiesa de aceite de motor, que refregaba a mano. A las

 

dos niñas, en cambio, les exigía que sirvieran a los varones porque lo

 

consideraba su obligación. Dios quiso que naciéramos mujeres; mala

 

suerte; estamos destinadas al trab ajo y al dolor, decía en tono

 

pragmático, sin asomo de autocompasión.

 

Ya en esos años Carmen Morales era un bálsamo para las asperezas

 

de la existencia de Gregory Reeves y una luz en sus momentos de

 

aturdimiento, tal como lo sería siem pre en el futuro. La niña parecía

 

una comadreja inquieta, infatigable y hábil, con un tremendo sentido

 

práctico que le permitía evadir las severas tradiciones familiares

 

 sin

 

enfrentarse con su padre quien tenía ideas muy claras sobre la posi-

 

ción de las mujeres: calladas y en la casa; y no vacilaba en propinar

 

una zurra a cualquier sublevado in cluyendo sus dos hijas. Carmen

 

era su preferida, pero no ambici onaba para ella un destino diferente

 

al de las niñas sumisas de su aldea en Zacatecas; en cambio traba-

 

jaba sin respiro para educar a sus cuatro hijos varones, en quienes

 

había puesto esperanzas desproporcionadas, y deseaba verlos eleva-

 

dos muy por encima de sus humildes abuelos y de sí mismo. Con

 

una tenacidad inagotable, a punta de sermones, castigos y buen

 

ejemplo, mantuvo a la familia unida y logró salvar a sus muchachos

 

del alcohol y la delincuencia, oblig arlos a terminar la secundaria y

 

encaminarlos en diversos oficios. Con excepción de Juan José, que

 

murió en Vietnam, todos tuvieron cierto éxito. Al final de sus dí

 

as

 

Pedro Morales, rodeado de nietos que no hablaban palabra de caste-

 

llano, se felicitaba por su descendencia, orgulloso de ser el tronco de

 

esa tribu, aunque bromeaba dicien do que ninguno llegó a millonario

 

 56

 

 

 

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ni se hizo famoso. Carmen estuvo a punto de lograrlo, pero a ella

 

nunca le reconoció mérito en público; eso habría sido una ca

 

pitula-

 

ción de sus principios de macho. Envió a las dos niñas a la esc

 

uela

 

porque era obligatorio y no se trat aba de dejarlas sumidas en la ig-

 

norancia, pero no esperaba que tomaran en serio los estudios sino

 

que aprendieran oficios domésticos, ayudaran a su madre y cuidaran

 

su virginidad hasta el día del matrimonio, única meta para una joven

 

decente.

 

 -Yo no pienso casarme, quiero trabajar en un circo con fieras

 

amaestradas y un trapecio bien alt o para columpiarme de cabeza y

 

mostrarle a todo el mundo los c alzones -susurraba secretamente

 

Carmen a Gregory.

 

-Mis hijas serán buenas madres y esposas o irán al convento -

 

alardeaba Pedro Morales cada vez que alguien venía con el cuento de

 

una muchacha soltera que quedaba preñada antes de terminar la se-

 

cundaria.

 

 -¡Que encuentren un buen marido, San Antonio bendito! -clamaba

 

Inmaculada Morales, colgando la estatua del santo patas arriba para

 

obligarlo a escuchar sus modestas súplicas. Para ella era evidente

 

que ninguna de sus hijas tenía vocación de monja y no deseaba ima-

 

ginar la tragedia de verlas comporta rse como esas perdidas que re-

 

tozaban sin casarse y dejaban un desp erdicio de condones en el ce-

 

menterio.

 

Pero todo eso fue mucho después. En los tiempos de la escuela pri-

 

maria, cuando Carmen y Gregory sellaron su pacto de hermandad

 

todavía esas cuestiones no se planteaban y nadie esgrimió argumen-

 

tos de virtud para impedirles juga r sin vigilancia. Tanto se acostum-

 

braron a verlos juntos que después, cuando los amigos estaban en

 

plena pubertad, los Morales confiab an en Gregory más que en sus

 

propios hijos para acompañar a Carmen. Cuando la muchacha pedía

 

permiso para ir a una fiesta la pr imera pregunta era si él iba tam-

 

bién, en cuyo caso los padres se sentían seguros. Lo acogieron sin

 

reservas desde el primer día y en los años futuros hicieron oídos sor-

 

dos a las murmuraciones inevitables de las vecinas, convencidos, co-

 

ntra toda lógica y experiencia, de la pureza de sentimientos de los

 

muchachos. Trece años más tarde, cuando Gregory dejó para siem-

 

pre esa ciudad, la única nostalgia que nunca lo abandonó fue la del

 

hogar de los Morales.

 

La caja de lustrar de Gregory co ntenía betún negro, café, amarillo y

 

rojo oscuro, pero faltaban cera neutra para el cuero gris o azul, tam-

 

bién de moda, y tinta para repasar las peladuras. Se había propuesto

 

juntar dinero para completar sus materiales de trabajo, pero le falla-

 

 57

 

 

 

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ba la determinación apenas aparecía una nueva película. El cine era

 

su adicción secreta, en la oscuridad era uno más del montón de chi-

 

quillos ruidosos, no se perdía función de la sala del barrio, dond

 

e pa-

 

saban películas mexicanas, y los sábados iba con Juan José y Car-

 

men al centro de la ciudad a ver las seriales americanas.

 

El espectáculo terminaba con el pr otagonista atado de pies y manos

 

en un galpón lleno de dinamita al cual el villano había encendido una

 

mecha; en el momento culminante la pantalla se volvía negra y una

 

voz invitaba a ver la continuación el próximo sábado. A veces Grego-

 

ry se sentía tan desdichado que de seaba morir, pero postergaba el

 

suicidio hasta la semana siguiente; imposible abandonar este mundo

 

sin saber cómo diablos su héroe escapaba de la trampa. Y siempre

 

se salvaba; en verdad era asombr oso que pudiera arrastrarse entre

 

las llamas y salir ileso, con el somb rero puesto y la ropa limpia. La

 

película transportaba a Gregory a otra dimensión y por un par de

 

horas se convertía en El Zorro o el Llanero Solitario, y todos sus sue-

 

ños se cumplían; por arte de magia el bueno se recuperaba de ma-

 

chucones y heridas, se soltaba de las amarras y los cepos, triunfaba

 

sobre sus enemigos por sus propios méritos y se quedaba con la chi-

 

ca, los dos besándose en primer plano mientras a su espalda brillaba

 

el sol o la luna y una orquesta de cuerdas y vientos dejaba oír su

 

música lánguida. No había que preocu parse; el cine no era como su

 

barrio; en las películas sólo cabían sorpresas agradables y el malo

 

era siempre vencido por el buen o y pagaba sus crímenes con la

 

muerte o la prisión. A veces se a rrepentía y después de una inevita-

 

ble humillación reconocía sus errores, se alejaba escoltado por un

 

a

 

música de escarmiento, por lo general trompetas y timbales. Gregory

 

sentía que la vida era hermosa y Amér ica la tierra de los libres y el

 

hogar de los bravos, donde alguien como él podía convertirse en pre-

 

sidente; todo era cuestión de mantener el corazón puro, amar a Dios

 

y a su madre, ser eternamente fiel a una sola novia, respetar las le-

 

yes, defender a los desvalidos y de spreciar el dinero, porque los

 

héroes nunca esperan recompensa. Sus incertidumbres se esfuma-

 

ban en ese formidable universo en blanco y negro. Salía del teatro

 

reconciliado con la vida, pletórico de amables intenciones que le du-

 

 

 

raban un par de minutos, cuando el impacto de la calle le devolvía el

 

sentido de la realidad. Olga se encargó de informarle que las pelí

 

cu-

 

las se hacían en Hollywood a poca distancia de su propia casa y que

 

todo era una monumental mentira; lo único cierto eran los bailes y

 

cantos de las comedias musicales y lo demás eran trucos de la cáma-

 

ra; pero el chiquillo no permitió que esa revelación lo perturbara

 

.

 

 58

 

 

 

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Trabajaba lejos de su casa, en una zona de oficinas, bares y peque-

 

ños comercios. Su radio de acción eran cinco cuadras que recorrí

 

a en

 

ambas direcciones ofreciendo sus mo desto servicios, la vista fija en

 

el suelo, observando los zapatos de la gente, tan gastados y defor-

 

mes como los de sus vecinos latin os. Allí tampoco usaban calzado

 

nuevo, excepto algunos pandilleros y traficantes con mocasines de

 

charol, botas con remaches de p lata o calzado de dos colores muy

 

difíciles de lustrar. Adivinaba la cara de las personas por la forma de

 

caminar y por los zapatos; los hisp anos usaban rojos con tacón, los

 

negros y mulatos preferían amarillos puntiagudos, los chinos eran de

 

pies pequeños, los blancos tenían las puntas levantadas y los tacos

 

gastados. Lustrar le resultaba fácil; lo más arduo era conseguir clien-

 

tes dispuestos a pagar diez céntim os y perder cinco minutos en el

 

aspecto de su calzado. ¡Bien lustrado, bien recibido! pregonaba hasta

 

desgañitarse, pero pocos le hacían caso. Con suerte hacía cincuenta

 

céntimos en una tarde, el equiv alente a un pito de marihuana. Las

 

pocas veces que fumó yerba calculó que no valía la pena lustrar tan-

 

tas horas para financiar esa porquería que le dejaba el estómago re-

 

vuelto y la cabeza resonando como un tambor, pero en público fingí

 

a

 

que lo elevaba al cielo, como aseg uraban los demás, para no pasar

 

por tonto. Para los mexicanos, que la habían visto crecer como male-

 

za en los campos de su país, era sólo un pasto, pero para los gringos

 

fumarla era signo de hombría. Por imitación y para impresionar a las

 

rubias, los muchachos del barrio la usaban a destajo. Dado su escaso

 

éxito con la marihuana y para dars e aires, Gregory se acostumbró a

 

lucir un cigarrillo pegado en los labios, copiando a los villanos del ci-

 

ne. Tenía tanta práctica que podía conversar y masticar chicle

 

sin

 

perder el cigarro. Cuando necesitaba posar de macho delante de los

 

amigos sacaba una pipa de manufactura casera y la llenaba con una

 

mezcla de su invención: restos de cigarros recogidos en la calle, algo

 

de aserrín y aspirina molida, que según el rumor popular hacía volar

 

tanto como cualquier droga conocida. Los sábados trabajaba todo el

 

día y por lo general ganaba algo más de un dólar, que entregaba casi

 

completo a su madre, dejando sólo diez céntimos para el cine de la

 

semana y a veces otros cinco para la caja de los misioneros en la

 

China. Si juntaba cinco dólares, el Padre le entregaba un certificado

 

de adopción de una niña china, pero la gracia era reunir diez, lo

 

cual

 

le daba derecho a un niño. Que el Señor te bendiga, decía el cura

 

cuando Gregory llegaba con sus cinco centavos para la alcancía, y en

 

una ocasión Dios no sólo lo bendijo, también lo premió con u

 

na bille-

 

tera con quince dólares que puso en el cementerio para que la en-

 

contrara. Ése era el lugar preferid o de las parejas clandestinas al

 

 59

 

 

 

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atardecer, allí se escondían entre las tumbas para retozar a gusto

 

 

 

espiadas por los niños del barrio que no se perdían el espectác

 

ulo

 

tumultuoso de aquellos escarceos de amor. Ay, qué miedo. Aquí an-

 

dan penando, lloriqueaban las muje res, confundiendo las risas sofo-

 

cadas de los mirones con susurros de ánimas, pero igual se dejaban

 

levantar los vestidos para rodar entre lápidas y cruces. Nuestro ce-

 

menterio es el mejor de la ciudad , mucho más bonito que el de los

 

millonarios y las actrices de Holly wood, que sólo tiene pasto y árbo-

 

les; parece una cancha de golf y no un camposanto; dónde se ha vis-

 

to que los difuntos no tengan ni una estatua para acompañarlos? -

 

opinaba Inmaculada Morales-. Aunque en realidad sólo los ricos po-

 

dían pagar los mausoleos y los án geles de piedra, los inmigrantes

 

apenas alcanzaban financiar una lápida con una inscripción sencill

 

a.

 

En noviembre, para la celebración del Día de los Muertos, los mexi-

 

canos visitaban a los parientes fallecidos que no habían podido man-

 

dar de vuelta a sus pueblos, llevándoles música, flores de papel y

 

 

 

dulces. Desde la madrugada se escu chaban las rancheras, las guita-

 

rras y los brindis, y al anochecer todos estaban achispados, inclu-

 

yendo a las almas del purgatorio a quienes escanciaban tequila en la

 

tierra. Los niños Reeves iban al camposanto con Olga, quien les

 

compraba calaveras y esqueletos de azúcar para comer sobre la

 

tumba de su padre. Nora se quedaba en casa, decía que no le gusta-

 

ban esas fiestas paganas, buen pretexto para parranda y vicio; pero

 

Gregory sospechaba que la verdadera razón era su deseo de evitar el

 

encuentro con Olga, o tal vez negaba que su marido estuviera ente-

 

rrado. Para ella Charles Reeves se encontraba en otro ámbito ocupa-

 

do del Plan Infinito. La billetera con los quince dólares estaba disimu-

 

lada debajo de unos arbustos. Greg ory andaba buscando arañas de

 

agujero; en esa época todavía le atraían más las maravillosa

 

s tram-

 

pas para cazar insectos tejidas po r las arañas y sus bolsas con un

 

centenar de minúsculas crías, que los torpes sacudones y los incom-

 

prensibles gemidos de las parejas. También recogía unos globos de

 

goma blanca, que quedaban por allí y al inflarlos tomaban la forma

 

de largas salchichas.

 

Vio la cartera al inclinarse sobre un agujero y sintió una estampida

 

en el corazón y en las sienes, nunc a había encontrado nada de valor

 

y no supo si se trataba de una dádiva celestial o una tentación del

 

diablo. Echó una mirada alrededor para asegurarse de que estaba

 

solo, la cogió apresuradamente y corrió a ocultarse tras un mausol

 

eo

 

para revisar su tesoro. La abrió con manos temblorosas y extrajo

 

tres flamantes billetes de cinco dólares, más dinero del que habí

 

a

 

visto junto en toda su existencia. Pensó en el Padre Larraguibel,

 

 60

 

 

 

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quien le diría que el Señor los co locó allí para ponerlo a prueba y

 

comprobar si se quedaba con el botí n o lo depositaba en la caja de

 

las Misiones para adoptar de un tirón a dos niños. No había nad

 

ie tan

 

rico en la escuela como para pagar por un chino de cada sexo, eso lo

 

convertiría en una celebridad; sin embargo decidió que una bicicle

 

ta

 

era mucho más práctica que dos remotas criaturas orientales a quie-

 

nes de todos modos jamás conoce ría. Tenía echado el ojo a la

 

bicicleta desde hacía meses, un veci no de Olga se la había ofrecido

 

por veinte dólares, un precio exorbitante, pero esperaba que ante los

 

billetes se tentaría. Era un aparato primitivo y en estado calamitoso,

 

pero aún en condiciones de rodar. Pertenecía a un indio envilecido

 

por una vida de tráficos inconfesables, a quien Gregory temía porque

 

con diversos pretextos lo llevaba a un garaje donde intentaba meter-

 

le la mano dentro de los pantalones, así es qué le pidió a Olga que lo

 

acompañara.

 

-No muestres la plata, no abras la boca y déjame a mí hacer el tra

 

-

 

bajo -le indicó ella. Tan bien regateó que por doce dólares y un amu-

 

leto contra el mal de ojo obtuvo la bicicleta. Los tres que sobraron se

 

los das a tu madre ¿me oíste? -le ordenó al despedirse.

 

Partió pedaleando entusiasmado po r la mitad de la calle y no vio a

 

un camión de refresco que venía en sentido contrarío. Se estrelló de

 

frente. El impacto no lo despachurró por milagro, pero de la bicicleta

 

quedaron apenas unos pedazos de hierro torcidos y las astillas de las

 

ruedas. El chofer del camión se ba jó maldiciendo, lo cogió de la ca-

 

misa, lo puso de pie, lo sacudi ó corno un plumero y enseguida lo

 

mandó a su casa con un dólar de consuelo.

 

-¡Agradece que no te meto preso por andar con la boca abierta en la

 

vía pública, chiquillo condenado! -masculló el hombre, más asustado

 

que su, víctima.

 

-Jamás he visto a nadie más tonto que tú, debiste cobrarle dos

 

dóla-

 

res por lo menos -lo increpó Judy al saberlo.

 

-Esto te pasa por desobediente, te he dicho mil veces que no te me-

 

tas en el cementerio, dinero m al habido no tiene buen fin -

 

diagnosticó Nora Reeves mientras le echaba whisky en las peladuras

 

de rodillas y codos.

 

-Jesús bendito, menos mal que estás con vida -lo abrazó Inmacul

 

ada

 

Morales.

 

Conseguir dinero se convirtió en una obsesión para Gregory. Estaba

 

dispuesto a hacer cualquier trabajo, incluso pelar los granos de maíz

 

para hacer tortillas, un tedioso proceso que le despellejaba las ma-

 

nos y cuyo olor lo dejaba con náuseas por varias horas. Después op-

 

tó por robar, pero nunca se le ocurrió robar plata; eso era una aven-

 

 61

 

 

 

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tura, un deporte, no una forma de ganarse la vida. De noche se me-

 

tía por un hueco a través de la cerc a de la escuela, se trepaba al te-

 

cho del quiosco de golosinas, leva ntaba una plancha de zinc y se

 

deslizaba adentro para sacar helados; se tomaba dos o tres y le lle-

 

vaba otro a Carmen. Esas excurs iones nocturnas le producían una

 

mezcla de exaltación y culpa; las rí gidas normas de honestidad im-

 

puestas por su madre le martillaban la cabeza, se sentía perverso no

 

tanto por desafiarla sino porque la dueña del quiosco era una vieja

 

bonachona que lo distinguía entre los demás niños y siempre estaba

 

dispuesta a regalarle un dulce. Una noche la mujer regresó a buscar

 

algo, abrió la puerta, encendió la lu z antes que él alcanzara a huir y

 

lo sorprendió con la evidencia del delito en la mano. Quedó parali

 

za-

 

do, mientras ella gimoteaba ¡cómo puedes hacerme esto a mí, que

 

 

 

he sido tan buena contigo! Gregor y se echó a llorar pidiéndole per-

 

dón y jurando pagar todo lo que le había robado. ¡Cómo! ¿Esta no es

 

la primera vez? Y el otro debió confesar que le debía más de seis dó-

 

lares en helados. A partir de ese d ía sólo se le acercaba para cance-

 

lar su deuda que pagó de a poco. Aunque la mujer lo perdonó, no

 

volvió a sentirse cómodo en su pr esencia. Fue menos afortunado en

 

la tienda de deshechos del Ejército , donde robaba despojos de gue-

 

rra que no le servían para nada. En la bodega de las herramientas

 

juntaba sus tesoros dentro de un saco: cantimploras, botones, go-

 

rras y hasta un par de enormes botas que se llevó escondidas en el

 

bolsón de la escuela, sin sospechar que el dueño de la tienda lo tenía

 

en la mira. Una tarde sustrajo una linterna, se la metió bajo la cami-

 

sa y ya iba por la puerta cuando lle gó el carro de la policía. Fue im-

 

posible escapar, se lo llevaron al re tén y lo colocaron en una celda,

 

desde donde pudo ver la feroz golpiza que le propinaron a un mu-

 

chacho moreno. Esperó su turno, aterrorizado; sin embargo lo trata-

 

ron bien, se limitaron a registrar sus datos, darle una reprimenda y

 

obligarlo a devolver lo que oculta ba en su casa. Fueron a buscar a

 

Nora Reeves, a pesar de que les im ploró casi histérico que no lo

 

hicieran, porque le partirían el co razón. Ella se presentó con su ves-

 

tido azul de cuello de encaje, como una aparición escapada de un re-

 

trato antiguo, firmó el libro, oyó lo s cargos en silencio y del mismo

 

modo salió seguida por su hijo. Ag radece que eres blanco, Greg, si

 

fueras del color de mis hijos te habrían dado duro, le dijo Inmaculada

 

Morales cuando se enteró. Nora estaba tan avergonzada que enmu-

 

deció por varias semanas y cuando habló fue para decirle que se la

 

-

 

vara y se pusiera su único traje, el del funeral de su padre, que ya

 

le

 

quedaba bastante estrecho, porque iban a una diligencia importante.

 

Se lo llevó al orfelinato de las monjas, para rogar a la madre superio-

 

 62

 

 

 

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ra que lo aceptara, porque se sentía incapaz de sacar adelante a ese

 

 

 

hijo de mala índole. De pie detrás de su madre, con los ojos clavados

 

en sus propios zapatos, mascullando no voy a llorar, no voy a llorar,

 

mientras las lágrimas le caían a raud ales. Gregory se juró que si lo

 

dejaban allí se treparía a la torre de la Iglesia y se lanzaría

 

 de cabe-

 

za. No fue necesario, porque las monjas lo rechazaron. había dema-

 

siadas criaturas huérfanas a quienes recoger y él tenía familia, vivía

 

en una casa propia y recibía ayuda de la Beneficencia Social, no cali-

 

ficaba para el orfelinato. Cuatro días después su madre puso sus co-

 

sas en una bolsa y lo llevó en bus fuera de la ciudad, a casa de unos

 

 

 

granjeros dispuestos a adoptarlo. Se despidió de su hijo con un beso

 

triste en la frente, asegurándole que le escribiría, y se fue sin mirar

 

hacia atrás. Esa noche Gregory se sentó a cenar con su nueva fami-

 

lia, sin decir palabra y sin levantar los ojos, pensando en que nadie

 

le daría de comer a Oliver, que nunca más vería a Carmen Morales y

 

que había dejado su cortaplumas en la bodega.

 

-Nuestro único hijo se murió hace once años -dijo el granjero-. Noso-

 

tros somos gente de Dios, gente de trabajo. Aquí no tendrás tiempo

 

para divertirte, la escuela, la iglesia y ayudarme en el campo. Eso es

 

todo. Pero la comida es buena y si te portas bien recibirás buen tra-

 

to.

 

-Mañana te haré flan de leche -dijo la mujer-. Debes estar cansado

 

,

 

seguro quieres acostarte. Te mostra ré tu cuarto, era el de nuestro

 

hijo, no hemos cambiado nada desde que se fue.

 

Por primera vez Gregory disponía de una habitación propia y una

 

cama; hasta entonces había usado un saco de dormir. Era un cuarto

 

pequeño con una ventana abierta hacia el horizonte de campos culti-

 

vados, amoblado con lo indispensable. Las paredes lucían fotos de

 

veteranos jugadores de béisbol y de antiguos aviones de guerra,

 

muy diferentes a los que aparec ían en los modernos documentales

 

del cine. Pasó revista sin atreverse a tocar nada, acordándose de

 

su

 

padre, de la boa, de los collares para la invisibilidad de Olga y de la

 

 

 

cocina de Inmaculada, de Carmen Morales y del empalagoso sabor

 

de la leche condensada, mientras le crecía dentro del pecho una te-

 

rrible bola de hielo. Sentado sobre la cama, con la bolsa de sus mo-

 

destas pertenencias sobre las rod illas, esperó que la casa estuviera

 

dormida, luego salió silenciosamente, cerrando con cuidado la puer-

 

ta. Los perros ladraron, pero los ig noró. Echó a andar en dirección a

 

la ciudad, por el mismo camino por donde había llegado en el bus y

 

que retuvo como un mapa en su mente. Caminó toda la noche y

 

temprano en la mañana se presentó ante la puerta de su casa exte-

 

nuado. Oliver lo recibió con ruidosa alegría y Nora Reeves apareció

 

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en el umbral, tomó el atado de ropa de su hijo y estiró la otra ma

 

no

 

para hacerle una caricia, pero el gesto se detuvo en el aire.

 

-Trata de crecer pronto -fue todo lo que dijo.

 

Esa tarde a Gregory se le ocurrió to rear al tren. Corro colina arriba

 

seguido por Oliver, buscando los ár boles, jadeando, las ramas me

 

arañan las piernas, me caigo y me rompo la rodilla, mierda, grito

 

mierda y dejo que el perro me lama la sangre; casi no veo dónde

 

pongo los pies, pero sigo corriendo hasta mi refugio verde, donde

 

siempre me escondo. No necesito ver las marcas en los troncos para

 

encontrar mi camino, he estado tantas veces allí que puedo llegar a

 

ciegas, conozco cada eucalipto, cada mata de moras salvajes, cada

 

peñasco. Levanto una rama y aparece la entrada, un estrecho túnel

 

 

 

bajo un arbusto espinudo, debe haber sido una madriguera de zo-

 

rros, justo el ancho de mi cuerpo; si me arrastrocon los codos, desli-

 

zándome con cuidado y calculando bien la curva, con la cara entre

 

los brazos, puedo pasar sin espinarm e; afuera Oliver espera que lo

 

llame; conoce la rutina. Ha llovido en la semana y el suelo está blan-

 

do, hace frío, pero tengo fiebre por todo el cuerpo desde hace horas,

 

desde la mañana en el cuarto de las escobas en la escuela, un fuego

 

que nunca terminará, estoy seguro. Algo me sujeta por atrás y me

 

sale un grito, son sólo las espina s de las ramas en mi chaleco. Así

 

me cogió Martínez, por la espalda, todavía siento la punta del

 

cuchi-

 

llo en el cuello, pero parece que ya no me sale sangre, si te mueves

 

te mato pinche gringo hijo de la chingada, y no pude defenderme, lo

 

único que hice fue llorar y maldecir mientras me lo hacía. Ahora co-

 

rre a contárselo a la Miss June y ah í mismo le corto la cara a tu her-

 

mana y ya sabes lo que te hago a ti, me dijo después, mientras se

 

acomodaba los pantalones. Se fue riéndose. Si los demás se enteran

 

estoy jodido, me llamarán maricón para el resto de mi vida. ¡Na

 

die

 

tiene que saberlo Jamás! ¿Y si Mart ínez lo cuenta? ¡Quiero matarlo!

 

Tengo las manos, la ropa y la cara manchadas de barro, mi madre se

 

pondrá furiosa, más vale que se me ocurra alguna disculpa: me

 

atropelló un auto o me agarró la pandilla de nuevo, pero entonces

 

me acuerdo que no será necesario inventar ninguna mentira porque

 

voy a morir y cuando encuentren mi cuerpo no le importará la mu-

 

gre, así lo espero; estará desesperada, no pensará en mis malda

 

des,

 

sólo en mi lado bueno, que lavo los platos y le doy casi todo lo que

 

gano lustrando, y por fin se dará cuenta de que soy un buen hijo y

 

lamentará no haber sido más cariñosa conmigo, haber querido rega-

 

larme a las monjas y a los granjeros y no haberme hecho huevos al

 

desayuno ni una sola vez, y no es que eso sea tan difícil, doña Inma-

 

culada los hace a ojos cerrados, hasta un retardado puede freír un

 

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par de huevos, se arrepentirá pero será tarde porque yo estaré

 

muerto. Habrá un acto en la escuela, me rendirán homenaje como a

 

Zárate, que se ahogó en el mar, dirán que yo era el mejor compañe-

 

ro y tenía un gran futuro; pondrán a los alumnos en fila y los obliga-

 

rán a pasar delante de mi ataúd pa ra besarme en la frente, los más

 

chicos se echarán a llorar y las niñas seguro se desmayan, las muj

 

e-

 

res no aguantan ver sangre, to das chillarán menos Carmen, que

 

abrazará mi cadáver sin asco. Ojalá en el funeral no se le ocurra a la

 

Miss June leer la carta que le escribí, híjole, para qué hice eso, nunca

 

más podré mirarla a la cara, es tan chula, parece un hada o una ac-

 

triz de cine. Si ella supiera las co sas que se me ocurren en la clase,

 

ella allá adelante, explicando las sumas en el pizarrón y yo en mi

 

 pu-

 

pitre mirándola como un cretino, co n la cabeza en las nubes ¡quién

 

puede pensar en números con ella! Pienso, por ejemplo, que me de-

 

cía te voy a ayudar en las tareas, Greg, porque tus notas son un de-

 

sastre, entonces yo me quedaba después de clases, los demás se

 

iban y estábamos solos en el edificio, y sin que yo le dijera nada co-

 

mo que se volvía loca y se acostaba en el suelo y yo hacía pipí entre

 

sus piernas. Nunca, en todos los días de mi vida le voy a confesar al

 

Padre estas porquerías que se me ocurren, soy un degenerado, un

 

inmundo. ¡Mira que escribirle esa carta de despedida a Miss June!

 

Hay que ser bien pendejo.

 

Bueno, al menos no tendré que so portar la vergüenza de volver a

 

verla, estaré completamente muer to cuando ella la lea. Y Carmen,

 

pobre Carmen… por lo único que me da pena de morirme es porque

 

no volveré a verla. Si supiera lo que me hizo Martínez me acompaña-

 

ría para morirse aquí conmigo; pero no se lo puedo decir a nadie,

 

mucho menos a ella.

 

Esto es lo más terrible que me ha pasado en toda mi vida, es la mal-

 

dad más grande que me ha hecho el desgraciado de Martínez, peor

 

que en la Primera Comunión, cuan do me obligó a comer un pedazo

 

de pan antes de comulgar, para que al tragarme la hostia me partie-

 

ra un rayo y me fuera de cabeza al infierno; pero no me pasó nada.

 

no sentí ninguna cosa porque el pecado no fue mío, sino suyo, y

 

quien hervirá en las pailas de Satanás será él y no yo, por inducirme

 

al pecado, lo cual es más grave que el pecado mismo, como nos ex-

 

plicó el Padre Larraguibel cuando nos contó lo de Adán y Eva. Esa

 

vez tuve que escribir quinientas ve ces no debo blasfemar porque le

 

dije al cura que el pecado era de Dios, puesto que le había colocado

 

 

 

la manzana en el Jardín del Edén sa biendo que Adán se la iba a co-

 

mer de todos modos, y si eso no era inducir al pecado ¿qué era?

 

Peor que cuando Martínez me desnudó en el gimnasio y me escondió

 

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la ropa, si no llega la señora de la limpieza y me ayuda habría pa

 

sa-

 

do la noche en la ducha y al otro día toda la escuela me habría vi

 

sto

 

en pelotas. Peor que cuando anunc ió a gritos en el patio que me

 

había visto en el baño jugando al doctor con Ernestina Pereda. Lo

 

odio, desde el fondo de mi alma lo odio, ojalá se muera, pero no de

 

enfermedad, sino que alguien lo mate , pero primero le corte el pito,

 

para que el cabrón de Martínez me las pague todas, lo odio, lo odi

 

o.

 

Ya estoy en mi guarida. Le silbo a Oliver y lo oigo arrastrarse por el

 

túnel, lo abrazo y se queda quieto, acezando, con la lengua afuera,

 

me mira con sus ojos de miel y co mprende; es el único que conoce

 

todos mis secretos. Oliver es un perro bastante feo, Judy lo detesta,

 

es mezcla de varias razas y salió con una cola gorda y larga como

 

bate de béisbol. Además es mañoso, se come la ropa, se revuelca

 

 en

 

la caca de otros perros y después se echa en las camas, le gustan las

 

peleas y a veces llega todo mordido, pero es caliente y cuando no se

 

ha metido en porquerías huele rico . Meto la nariz en su cuello, por

 

encima tiene el pelo duro y corto, junto a la piel encuentro una pelu-

 

sa suave, como de algodón, y allí me gusta olisquearlo, no hay nada

 

mejor que el olor a perro. Se ha pu esto el sol y está lleno de som-

 

bras, hace frío, es una de esas ra ras tardes invernales, y a pesar de

 

que estoy ardiendo puedo sentir qu e se me hielan las orejas y las

 

manos, una sensación limpia. Deci do no rebanarme el pescuezo con

 

mi cortaplumas, como tenía planea do; me voy a morir de frío, me

 

voy a helar de a poco durante la noche y mañana estaré tieso, una

 

 

 

muerte lenta pero más tranquila que el tren. Esa fue la primera idea,

 

pero siempre que corro delante del tr en me acobardo y en el último

 

instante pego el salto y me salvo por un pelo. No sé cuántas veces lo

 

he intentado y no me decido a mo rir así, debe doler mucho, y ade-

 

más me repugna ese desparrame de tripas, no quiero que me reco-

 

jan con una pala ni que algún gracio so guarde mis dedos de recuer-

 

do. Empujo a Oliver para que no me abrigue, o no me congelaré

 

nunca, escarbo un poco el suelo pa ra acomodarme y me tiendo de

 

espalda. Permanezco inmóvil, co n ese dolor allí -maldito Martínez

 

maricón desgraciado- y la cabeza llena de pensamientos, de visiones,

 

 

 

de palabras, pero después de un rato muy largo se me terminan las

 

lágrimas y empiezo a respirar como siempre y entonces percibo la

 

tierra blanda y fresca acogiéndome como el abrazo de doña Inmacu-

 

lada, me hundo, me abandono y pienso en el planeta, redondo, flo-

 

tando sin gravedad en el abismo negro del cosmos, girando y giran-

 

do, y también en las estrellas de la Vía Láctea y en cómo se

 

rá el fin

 

del mundo, cuando todo explote y salgan las partículas disparadas

 

como los fuegos artificiales del 4 de Julio y siento que yo soy parte

 

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de la tierra, estoy hecho del mismo material, cuando me muera me

 

desintegraré, me volveré puras migajas como un queque y seré par-

 

te del suelo y crecerán árboles de mi cuerpo. Se me ocurre que no

 

estoy solo en el universo, que ni siquiera soy algo especial, debo ser

 

apenas un trozo de barro, tal vez no tengo un alma propia, de repen-

 

te existe una sola alma grande para todos los seres vivientes, incluso

 

Oliver, y no hay cielo, infierno ni purgatorio, deben ser pamplinas del

 

 

 

Padre, que de puro viejo tiene la mente aturdida, y los Logi y los

 

Maestros de mi papá tampoco ex isten y la única que anda más o

 

menos cerca de la verdad es mi mamá con su religión Bahai, aunque

 

ella se enreda con unas chingaderas que están buenas para Persia,

 

pero cómo las vamos a usar aquí. La idea de ser una partícula me

 

gusta, ser un grano de arena cósmic a. Dice Miss June que el rabo

 

errante de los cometas está form ado por polvo estelar, millares de

 

piedrecillas que reflejan la luz. Me invade una calma profunda, se me

 

olvidan Martínez, el miedo, el dolor y el cuarto de las escobas, estoy

 

en paz, me elevo y me voy volando con los ojos abiertos hacia el va-

 

cío sideral, me voy volando, volando con Oliver.

 

Desde pequeña Carmen Morales tuvo la misma habilidad manual que

 

la caracterizó el resto de su vida, cualquier objeto entre sus dedos

 

 

 

perdía la forma original y se transf ormaba. Podía fabricar collares

 

con fideos de sopa, soldados con tu bos de papel higiénico, juguetes

 

con carretes de hilo y cajas de fósforo. Un día, jugando con tres

 

 

 

manzanas, descubrió que podía mantenerlas todas en el aire sin nin-

 

guna dificultad, pronto hacía malabarismo con cinco huevos y de eso

 

pasó naturalmente a objetos más exóticos.

 

-Lustrando zapatos se suda mucho y se gana poco, Greg. Aprende

 

alguna gracia y trabajamos juntos. Yo necesito un socio -le ofreció a

 

 

 

su amigo.

 

Después de innumerables huevos re ventados quedó en evidencia la

 

torpeza de Gregory. No logró dominar ningún truco interesante, fue-

 

ra de mover las orejas y comer moscas vivas, pero tocaba la armóni-

 

ca con buen oído. Oliver resultó más talentoso, le enseñaron a cami-

 

nar en dos patas con un sombrero en el hocico y a sacar papeles de

 

una caja. Al comienzo se los tragab a, pero después aprendió a pa-

 

sarlos con delicadeza al cliente. Carmen y Gregory prepararon cuida-

 

dosamente los detalles del espectáculo y partieron lo más lejos posi-

 

ble para escapar de las miradas de sus amigos y vecinos, pues sabí-

 

an que si el asunto llegaba a oídos de Pedro o Inmaculada Morales

 

nadie los salvaría de una buena paliza, como la que se llevaron

 

cuando tuvieron la idea de pedir limosna por el barrio. La chica fabri-

 

có una falda con pañuelos multicolores y un bonete con plumas de

 

 67

 

 

 

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gallina, y consiguió prestadas las botas amarillas de Olga. Gregory

 

sustrajo el sombrero de copa y el corbatín de mariposa que su padre

 

usaba para predicar y que Nora pr eservaba como reliquias. Solicita-

 

ron ayuda de Oiga para la redacción de los papeles de la suerte, ase-

 

gurándole que se trataba de un juego para la fiesta de fin de curso;

 

ella les lanzó una de sus miradas más penetrantes, pero no pidió ex-

 

plicaciones y procedió a dictarles una retahila de profecías al estilo

 

de las galletas chinas de la fortuna. Completaron su equipo con hue-

 

vos, velas y cinco cuchillos de coci na escondidos en una bolsa, por-

 

que no podían salir con ese cargam ento de sus casas sin levantar

 

sospechas. A Oliver le dieron un ba ño de manguera y le ataron una

 

cinta en el cogote con intención de atenuar en algo su aspecto de fie-

 

ra. Se instalaron en una esquina bien alejada del barrio, vistieron sus

 

ropas de juglares y enseguida iniciar on el acto. Pronto se congregó

 

una pequeña multitud alrededor del par de niños y el perro. Carmen

 

,

 

con su diminuta figura, sus trapos estrafalarios y su increíble habili-

 

dad para lanzar al aire velas encendidas y cuchillos afilados, resulta-

 

ba una atracción irresistible, mien tras Gregory se perdía en las can-

 

ciones de su armónica. En una pa usa de la malabarista el muchacho

 

abandonó la música e invitó a los presentes a probar suerte. Por una

 

módica suma el perro escogía un papelillo doblado y se lo pasaba a

 

l

 

cliente, algo baboseado, es cierto, pero perfectamente legible. En un

 

par de horas los chiquillos juntaron tanto dinero como un obrero en

 

una jornada completa de trabajo en cualquiera de las fábricas de los

 

alrededores. Cuando comenzó a oscure cer se quitaron los disfraces,

 

guardaron sus bártulos, se repartieron las utilidades y regresaron a

 

 

 

sus casas después de jurar que ni bajo tortura revelarían el asunto.

 

Carmen enterró su botín en una caja en el patio y Gregory lo entregó

 

de a poco en su casa, para evitar preguntas incómodas, guardándose

 

una parte para el cine.

 

-Si aquí ganamos tanto, imagínate cuánto podemos hacer en la Pl

 

aza

 

Pershing. Nos haríamos millonarios . Ahí va mucha gente a oír a los

 

locos y también están los ricos qu e entran y salen del hotel -dijo

 

Carmen.

 

Tamaño atrevimiento no había pasado por la mente de Gregory, para

 

quien existía una frontera invisible que no sobrepasaban las personas

 

de su condición: al otro lado el mundo era diferente, los hombres

 

caminaban de prisa porque tenían trabajo y proyectos urgentes, las

 

mujeres paseaban con guantes, las tiendas eran lujosas y los auto-

 

móviles relucientes. Había estado allí un par de veces, acompañando

 

a su madre a tramitar papeles, pero no se le habría ocurrido aventu-

 

rarse solo. Carmen le reveló en un instante las posibilidades del mer-

 

 68

 

 

 

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cado: llevaba tres años lustrando zapatos por diez céntimos entre

 

los

 

más pobres de los pobres, sin pe nsar que pocas cuadras más lejos

 

podía cobrar el triple y conseguir más clientela. Pero enseguida d

 

es-

 

cartó la idea asustado.

 

-Estás loca.

 

-¿Porqué eres tan pajarón, Greg ory? Apuesto que no conoces el

 

hotel.

 

 -¿El hotel? ¿Has entrado al hotel?-Claro. Es como un palacio, con di-

 

bujos en los techos y en las puer tas, cortinas con pompones, y unas

 

lámparas que ni te cuento, parecen barcos llenos de luces. En las al-

 

 

 

fombras se hunden los pies, como en la playa, y todo el mundo se

 

viste elegante y sirven té con pasteles.

 

-Tomaste té en el hotel?

 

-Bueno, no exactamente, pero he visto las bandejas.

 

Hay que entrar sin mirar a nadie, como si la mamá nos estuviera es-

 

perando en una mesa ¿entiendes?

 

-¿Y si te pillan?

 

-Nunca hay que confesar nada. Por pr incipio. Si alguien te dice algo

 

tú te haces el niño rico, levantas la nariz y contestas una grosería.

 

Un día te voy a llevar. En todo caso, por ahí es el mejor lugar pa

 

ra

 

trabajar.

 

-No podemos ir con Oliver en el tr anvía -alegó. débilmente Gregory.

 

-Caminaremos -replicó ella.

 

A partir de ese día fueron a la plaza Pershing cada vez que Carmen

 

Morales lograba escapar a la vigilancia materna.

 

Atraían más público que los predic adores encaramados en sus cajo-

 

nes hablando con pasión inútil de cosas que a nadie le importaban.

 

Sin las pruebas de malabarismo el espectáculo carecía de novedad,

 

de modo que sí su amiga no podía acompañarlo, Gregory volvía a su

 

rutina de lustrar, aunque ahora lo hacía en las calles del distrito c

 

o-

 

mercial. Los niños estaban unidos por la necesidad mutua y el secre-

 

to compartido, además de muchas otras complicidades.

 

A los dieciséis años Gregory estaba en la secundaria con Juan José

 

Morales, Carmen estudiaba un c urso mas abajo y Martínez había

 

abandonado la escuela y formaba pa rte de la banda de Los Carnice-

 

ros. Reeves no lo tenía cerca y mi entras pudiera evitarlo se sentía a

 

salvo. Para entonces se había atenuado la rebeldía que antes lo ma

 

n-

 

tenía en permanente movimiento, pero otras angustias silenciosas lo

 

martirizaban. En la secundaría hab ía una mayoría de alumnos blan-

 

cos, ya no se sentía señalado con el dedo ni debía disparar corriendo

 

apenas tocaran la campana para eludir a sus enemigos. La educación

 

obligatoria no siempre se cumplía entre los pobres y menos entre los

 

 69

 

 

 

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latinos, que apenas finalizada la pr imaria debían ganarse la vida en

 

un empleo. Su padre había inculcado a Gregory la ambición de estu-

 

diar, que él nunca pudo satisfacer porque desde los trece años reco-

 

rría los campos de Australia esquilando ovejas. Su madre también le

 

alimentaba la idea de adquirir una profesión para que no se partiera

 

 

 

la espalda en los oficios más humildes, saca la cuenta, hijo, un tercio

 

de las horas de tu vida se gastarán durmiendo, un tercio trasladán

 

-

 

dote de un lado para otro y cumpliendo rutinas, y el tercio más inte-

 

resante se te irá trabajando, por eso es mejor hacerlo en algo que te

 

guste, decía. La única ocasión en que habló de dejar la escuela para

 

buscar trabajo, Olga le vio la suerte en las barajas y le salió la ca

 

rta

 

de la Ley.

 

-Ni se te ocurra. Serás bandido o policía y en ambos casos es mejor

 

tener estudios -determinó.

 

-No quiero ser ninguna de las dos cosas.

 

-Esta carta dice claramente que estarás metido con la ley.

 

-¿No dice si voy a ser rico?

 

-A veces rico y a veces pobre.

 

-Pero llegaré a ser alguien importante ¿verdad?

 

-En la vida no se llega a ninguna parte, Gregory. Se vive no más.

 

Con Carmen Morales aprendieron a bailar los ritmos americanos y

 

llegaron a ser tan expertos en pasos ornamentales que la gente

 

hacía rueda para aplaudirlos en sus exhibiciones de jitter bug y

 

rock’n roll. Ella volaba con las pie rnas en el aire y cuando estaba a

 

punto de estrellarse de cabeza, él le daba una vuelta imposible por

 

encima del hombro, se la pasaba en tre las piernas arrastrándola por

 

el suelo y de un tirón la dejaba de pie sana y salva, todo esto sin

 

perder el ritmo ni los dientes. Gregory ahorró durante meses para

 

comprarse una chaqueta de cuero negro y trató de cultivar un rizo

 

sobre los ojos, pero como ningún exceso de gomina lograba evitar el

 

triste aspecto de fleco de su pe lo, optó por un peinado corto hacia

 

atrás, más cómodo pero menos ad ecuado a la imagen de rebelde

 

que hacía temblar de temor y de gusto a las chicas. Carmen tampoco

 

se parecía a las protagonistas de las películas para adolescentes, ru-

 

bia, virtuosa y algo tonta, por quien suspiraban los muchachos y a

 

quien intentaban inútilmente imitar las morenas y rechonchas niñas

 

mexicanas que se decoloraban el pelo con agua oxigenada. Ella era

 

pura pólvora. Los fines de semana los dos amigos se emperifollaban

 

con sus mejores ropas, él siempre con su chaqueta de cuero negro

 

aunque hiciera un calor de infie rno, ella con pantalones ajustados

 

que escondía en una bolsa y se colocaba en un baño público, por

 

que

 

si su padre los hubiera visto se lo s arrancaba del cuerpo, y partían a

 

 70

 

 

 

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los salones donde ya los conocían y no pagaban la entrada, porque

 

eran la mejor atracción de la noch e. Bailaban incansables sin consu-

 

mir siquiera un refresco porque no podían pagarlo. Carmen se había

 

 

 

convertido en una intrépida joven de melena negra y rostro simpáti-

 

co con cejas y labios gruesos, era de risa fácil y curvas firmes, con

 

 

 

los senos demasiado grandes para su estatura y su edad, protube-

 

rancias que detestaba como una de formación, pero Gregory los ob-

 

servaba crecer calculando que cada día estaban más llenos. Al bailar

 

la zarandeaba sólo para ver aquellos pechos de cortesana desafiar

 

las leyes de la gravedad y de la decencia, pero al comprobar que no

 

era el único en admirarlos, sentía una rabia sorda. Su amiga no lo

 

 

 

atraía con un deseo concreto, la sola idea lo habría horrorizado como

 

pecado de incesto. La consideraba tan hermana suya como Judy, sin

 

embargo a veces sus buenas inte nciones se tambaleaban bajo la

 

traición de sus hormonas, que lo mantenían en permanente estado

 

de emergencia. El Padre Larraguibel se encargó de llenarle la cabeza

 

 

 

de apocalípticos pronósticos respecto a las consecuencias de pensar

 

con malicia en mujeres y de tocarse el cuerpo. Amenazaba a los las-

 

civos con rayos fulminantes, aseguraba que salían pelos en la palma

 

de las manos, aparecían granos purulentos, el pene se gangrenaba y

 

finalmente el culpable moría en medio de atroces sufrimientos, amén

 

de irse de cabeza al infierno, en ca so de morir sin confesión. El mu-

 

chacho dudaba del rayo divino y de los pelos en la palma de las ma-

 

nos, pero estaba seguro de que los otros males eran ciertos, los

 

había visto en su padre, recordaba cómo se llenó de pústulas y cómo

 

se murió por manosearse. Ni pensar tampoco en buscar consuelo en-

 

tre las niñas de la escuela o del barri o, que para él estaban fuera de

 

los límites alcanzables, ni recurrir a prostitutas, que le parecían casi

 

tan temibles como Martínez. Andaba desesperado de amor, encendi-

 

do por un calor brutal e incomprensib le, asustado del tambor de su

 

corazón, de la miel pegajosa en su saco de dormir, de los sueños

 

turbulentos y de las sorpresas de su cuerpo; se le estiraban los hue-

 

sos, le aparecían músculos, le crecían vellos y se le cocinaba la san-

 

gre en una calentura pertinaz. Bastaba un estímulo insignificante pa-

 

ra estallar en un placer súbito, qu e lo dejaba consternado y medio

 

desvanecido. El roce de una mujer en la calle, la vista de una pierna

 

femenina, una escena del cine, una frase en un libro, hasta el trému-

 

lo asiento del tranvía, todo lo ex citaba. Además de estudiar debía

 

trabajar, sin embargo el cansancio no anulaba el deseo insondable

 

de hundirse en un pantano, de perd erse en el pecado, de padecer

 

otra vez ese goce y esa muerte siempre demasiado breves. Los de-

 

portes y el baile lo ayudaban a lib erar energía, pero se requería algo

 

 71

 

 

 

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más drástico para acallar el bullicio de sus instintos. Tal como en la

 

infancia se enamoró como un deme nte de Miss June, en la adoles-

 

cencia padecía unos súbitos arreba tos pasionales por muchachas in-

 

accesibles por lo general mayores, a quienes no se atrevía a acercar-

 

se y se conformaba con adorar a la distancia. Un año más tarde al-

 

 

 

canzó de un tirón su tamaño y peso definitivos, pero a los dieciséis

 

era todavía un adolescente delgado, con las rodillas y las orejas de-

 

 

 

masiado grandes, algo patético, aunque se podía adivinar su buena

 

 

 

pasta.

 

 -Si te escapas de ser bandido o policía, serás actor de cine y las mu-

 

jeres te adorarán -le prometía Olga para consolarlo cuando lo veía

 

sufrir en el cilicio de su propia piel.

 

Fue ella quien lo rescató finalmente de los incandescentes suplicios

 

de la castidad. Desde que Martínez lo acorraló en el cuarto de las es-

 

cobas en la escuela primaria, lo asediaban dudas inconfesables res-

 

pecto a su virilidad. No había vuelto a explorar a Ernestina Pereda ni

 

a ninguna otra chica con el pretex to de jugar al médico y sus cono-

 

cimientos sobre ese lado misterioso de la existencia eran vagos y

 

contradictorios. Las migajas de información obtenidas a hurtadillas

 

en la biblioteca sólo contribuían a desconcertarlo más, porque se es-

 

trellaban contra la experiencia de la calle, las chiligotas de los her-

 

manos Morales y otros amigos, las pr édicas del Padre, las revelacio-

 

nes del cine y los sobresaltos de sus fantasías. Se encerró en la sole-

 

dad, negando con terca determinación las perturbaciones de su cora-

 

zón y el desasosiego de su cuerpo, tratando de imitar a los castos

 

caballeros de la Tabla Redonda o a los héroes del Lejano Oeste, pero

 

a cada instante el ímpetu de su naturaleza lo traicionaba. Ese dolor

 

sordo y esa confusión sin nombre lo doblegaron por un tiempo eter-

 

no, hasta que ya no pudo seguir so portando aquel martirio y si Olga

 

no acude en su socorro habría terminado medio loco. La mujer lo vio

 

nacer, había estado presente en todos los momentos importantes de

 

su infancia, lo conocía como a un hijo, nada referente al muchacho

 

escapaba a sus ojos y lo que no deducía por simple sentido común,

 

 

 

lo adivinaba mediante su talent o de nigromante, que en buenas

 

cuentas consistía en el conocimien to del alma ajena, buen ojo para

 

observar y el estado de desfachatez para improvisar consejos y pro-

 

fecías. En todo caso, no se requer ían dotes de clarividencia para ver

 

de desamparo de Gregory. En aquella época Olga estaba en la cua-

 

rentena de su vida, las redondeces de la juventud se habían conver-

 

tido en grasa y los trastrueques de su vocación gitana le habían m

 

ar-

 

chitado la piel, pero mantenía su gr acia y su estilo, el follaje de cri-

 

nes rojizos, el rumor de sus faldas y la risa vehemente. Todavía vivía

 

 72

 

 

 

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en el mismo lugar, pero ya no ocupaba sólo una habitación, había

 

comprado la propiedad para convertirla en su templo particular, don-

 

de disponía de un cuarto para las medicinas, el agua magnetizada y

 

toda clase de hierbas, otro para masajes terapéuticos y abortos y

 

una sala de buen tamaño para sesiones de espiritismo, magia y adi-

 

vinación. A Gregory lo recibía siempre en la pieza encima del garaje.

 

Ese día lo encontró demacrado y volvió a conmoverla esa ruda com-

 

pasión que en los últimos tiempo s era su sentimiento primordial

 

hacia él.

 

-¿De quién estás enamorado ahora? -se rió.

 

 -Quiero irme de este lugar de mierda -masculló Gregory con la ca-

 

beza entre las manos, derrotado por ese enemigo en el bajo vientre.

 

 -¿Adónde piensas irte?

 

 -A cualquier parte; al carajo; no me importa.

 

 -Aquí no pasa nada, no se puede respirar, siento que me estoy aho-

 

gando.

 

 -No es el barrio, eres tú. Te estás ahogando en tu propio pellejo.

 

La adivina sacó del armario una botella de whisky, le escanció un

 

buen chorro en el vaso y otro para ella, esperó que lo bebiera y le

 

sirvió más. El muchacho no esta ba acostumbrado al licor fuerte,

 

hacía calor, las ventanas estaban cerradas y el aroma de incienso,

 

hierbas medicinales y patchulí espesaba el aire. Aspiró el olor de Ol-

 

ga con un estremecimiento. En un in stante de inspiración caritativa,

 

la mujerona se le aproximó por detr ás y lo envolvió en sus brazos,

 

sus senos ya tristes se aplastaron contra su espalda, sus dedos cu-

 

biertos de baratijas desabotonaron a ciegas su camisa, mientras él

 

se convertía en piedra, paralizado por la sorpresa y el miedo, pero

 

entonces ella comenzó a besarlo en el cuello, a meterle la lengua en

 

las orejas, a susurrarle palabras en ruso, a explorarlo con sus manos

 

expertas, a tocarlo allí donde nadie lo había tocado nunca, hasta

 

que

 

él se abandonó con un sollozo, pr ecipitándose por un acantilado sin

 

fondo, sacudido de pavor y de anticipada dicha, y sin saber lo que

 

hacía ni por qué lo hacía se volvió hacia ella, desesperado,

 

 rompién-

 

dole la ropa en la urgencia, asalt ándola como un animal en celo, ro-

 

dando con ella por el suelo, patean do para quitarse los pantalones,

 

abriéndose camino entre las enaguas, penetrándola en un impulso de

 

desolación y desplomándose enseguida con un grito, a tiempo que se

 

 

 

vaciaba a borbotones, como si una arteria se le hubiera reventado en

 

las entrañas. Olga lo dejó descansar un rato sobre su pecho, rascán-

 

dole la espalda, como muchas veces lo había hecho cuando era niño,

 

y apenas calculó que le empezaban los remordimientos se levantó y

 

 73

 

 

 

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fue a cerrar las cortinas. Enseguida procedió a quitarse reposada-

 

mente la blusa rota y la falda arrugada.

 

-Ahora te enseñaré lo que nos gu sta a ¡as mujeres -le dijo con una

 

sonrisa nueva-. Lo primero es no apurarse, hijo…

 

-Necesito saber algo Olga, júrame que me vas a decir la verdad.

 

-¿Qué quieres saber?

 

-Mi padre y tú… quiero decir, ustedes…

 

-Eso no te incumbe, no tiene nada que ver contigo.

 

-Tengo que saberlo… ustedes eran amantes ¿verdad?

 

-No, Gregory. Te lo diré una sola vez: no, no éramos amantes. No

 

me vuelvas a tocar el tema, porque si lo haces no te veré nunca

 

más, ¿me has entendido?

 

Gregory tenía tanta necesidad de creerle que no hizo más preguntas

 

.

 

A partir de esa tarde el mundo cambió de color para él, visitaba a

 

 

 

Olga casi todos los días y, como un alumno esforzado, aprendió lo

 

 

 

que ella tuvo a bien revelarle, hurgó en sus escondrijos, se atrevió a

 

decir en murmullos todas las obsce nidades posibles y descubrió ma-

 

ravillado que no estaba completamente solo en el universo y que ya

 

no tenía ningunas ganas de morirse. Tal como se le esponjó el alma,

 

se le desarrolló el cuerpo y en pocas semanas dejó de parecer un

 

chiquillo y se fijó en su rostro una expresión de hombre contento.

 

Cuando Olga se dio cuenta que de puro agradecido se estaba enamo-

 

rando, lo zarandeó furiosa y lo obligó a mirarla desnuda y hacer un

 

inventario meticuloso de su gord ura, sus canas y arrugas, su fatiga

 

de tantos años de andar a palos con el destino, y lo amenazó solem-

 

nemente con echarlo de su lado si persistía en ideas torcidas. Le hizo

 

ver con claridad los límites de su relación y agregó que se die

 

ra con

 

una piedra en el pecho, porque tenía una suerte brutal, no encontra-

 

ría otra mujer que le ofreciera sexo gratis y seguro, le planchara las

 

camisas, le metiera plata en los bolsillos y no le exigiera nada a

 

cambio, que todavía era un mocoso y cuando dejara de serlo ella es-

 

taría convertida en una anciana, que se concentrara en estudiar, a

 

ver si lograba salir del hoyo donde había crecido y convertirse en al-

 

guien, que vivía en la tierra de las oportunidades y si no las aprove-

 

chaba era un imbécil sin remedio.

 

Sus notas mejoraron, hizo nuevos amigos, empezó a colaborar en el

 

periódico de la escuela y pronto se encontró escribiendo artículos en-

 

cendidos y encabezando mítines de alumnos por diversas causas, al-

 

gunas burocráticas, como el horario de deportes, y otras de princi-

 

pios, como la discriminación contra negros y latinos. Lo heredaste de

 

tu padre, suspiraba Nora algo pr eocupada, porque no quería verlo

 

convertido en predicador. Apaciguado por Olga pudo tomar el gusto

 

 74

 

 

 

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a la lectura, aprovechaba todo moment o libre para ir a la biblioteca

 

municipal, donde hizo amistad con Cyrus, un viejo ascensorista. El

 

hombre movía los controles con una mano y con la otra sostenía un

 

libro, tan absorto que el ascensor funcionaba a su antojo, como una

 

máquina desquiciada. Sólo levantaba los ojos cuando llegaba Grego-

 

ry, entonces por unos segundos se iluminaba su anémica cara de

 

profeta y una sonrisa leve cambiaba el rictus huraño de su boca, pe-

 

ro dominaba el gesto de inmediato y lo saludaba con un gruñido para

 

dejar muy en claro que sólo los unía una cierta afinidad intelectual.

 

El muchacho aparecía por lo gene ral a media tarde, después de la

 

escuela, y se quedaba sólo una media hora, porque debía trabajar. El

 

anciano lo aguardaba desde temprano y a medida que se acercaba la

 

hora se sorprendía mirando el relo j, siempre en guardia para domi-

 

nar afectos innecesarios, pero si fallaba era como si no hubiera salido

 

el sol.

 

Se hicieron buenos amigos. A Reev es le gustaba pasar los sábados

 

en su compañía, lo visitaba en el sórdido cuarto de la pensión donde

 

vivía, otras veces salían de paseo al cine, y al caer la tarde se

 

des-

 

pedía para ir con Carmen a los salones de baile. Tiempo después Cy-

 

rus lo citó en un parque con el pr etexto de discutir filosofía y com-

 

partir una merienda. Lo esperaba con una cesta donde asomaba un

 

pan y el cuello de una botella, lo condujo del brazo a un sitio aislado,

 

donde nadie pudiera escucharlos, y allí le anunció en susurros que

 

 

 

estaba dispuesto a revelarle un se creto de vida y muerte. Después

 

de hacerlo jurar que jamás lo traicionaría, le confesó solemne su afi-

 

liación al Partido Comunista. El much acho no tenía claro el significa-

 

do de tal confidencia, a pesar de que estaban en plena época de la

 

caza de brujas desencadenada contra las ideas liberales, pero imagi-

 

nó que debía ser algo contagioso y de tan mala reputación como las

 

enfermedades venéreas. Hizo algunas indagaciones que sólo contri-

 

buyeron a oscurecer más el panorama. Su madre le ofreció una res-

 

puesta vaga sobre Rusia y la masa cre de una cierta familia real en

 

un palacio de invierno, todo tan distante que le resultó imposible re-

 

lacionarlo con su lugar y su tiempo . Cuando lo mencionó donde los

 

Morales, Inmaculada se persignó es pantada, Pedro le prohibió decir

 

groserías en su casa y lo previno contra el desatino de meterse en

 

asuntos que no eran de su incumbencia. La política es un vicio, la

 

gente honesta y trabajadora no la necesita para nada, -determinó- El

 

 

 

Padre Larraguibel, cuya inclinació n hacia lo tremebundo aumentaba

 

con los años, acusó a los comunistas de ser el AntiCristo en persona

 

y enemigos naturales de los Esta dos Unidos. Aseguró que hablar a

 

uno de ellos constituía una automática traición a la cultura cristiana y

 

 75

 

 

 

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a la patria, puesto que todo lo di cho era de inmediato remitido a

 

Moscú para fines diabólicos. Cuidado, puedes verte en líos con

 

la au-

 

toridad y acabar en la silla eléctrica, en cuyo caso bien merecido lo

 

tendrías, por ser tan pendejo, los rojos son ateos, bolcheviques y

 

mala gente, no tienen nada que ha cer en este país; que se vayan a

 

Rusia si eso es lo que les gusta -concluyó con un puñetazo sobre l

 

a

 

mesa que hizo saltar su taza de café con brandy-. Gregory compren-

 

dió que Cyrus le había dado la mayo r prueba de amistad al contarle

 

su secreto y a cambio se dispuso a no defraudarlo en el camino inte-

 

lectual recién emprendido. El hombre, cultivó en él la pasión por cier-

 

tos autores y cada vez que Greg ory formulaba una pregunta, lo

 

mandaba a buscar la información por sí mismo, así aprendió a

 

 usar

 

enciclopedias, diccionarios y otros recursos de la biblioteca. Si todo l

 

o

 

demás falla, revisa los periódicos antiguos, le aconsejó. Ante sus

 

ojos se abrió un vasto horizonte, po r primera vez le pareció posible

 

salir del barrio, no estaba condenado a permanecer allí enterrado por

 

el resto de sus días, el mundo era enorme, se le despertó la curio

 

si-

 

dad y el deseo de vivir las aventura s que antes le bastaba ver en el

 

cine. Cuando estaba libre de la escuela y del trabajo permanecía

 

horas con su maestro, subiendo y bajando en el ascensor, hasta que

 

lo vencía el mareo y salía a trastabillones a respirar aire puro.

 

 

 

En las noches cenaba con los Mor ales y de paso ayudaba a Carmen

 

en sus tareas, porque era pésima alumna, luego iba donde Olga y

 

llegaba a su casa cuando Judy y su madre estaban dormidas. A ve-

 

ces, durante los fines de semana, buscaba la compañía de Nora para

 

 

 

comentar sus lecturas, pero su re lación se enfriaba día a día y no

 

volvieron a disfrutar las conversaci ones de los tiempos del camión

 

bohemio, cuando ella le contaba argumentos de óperas y le descifra-

 

ba los misterios del firmamento en las noches estrelladas. Con su

 

hermana tenía muy poco en común y habría debido ser muy distraí-

 

do para no percibir su firme hostilidad. En esos años la cabaña se

 

 

 

había vuelto a deteriorar, las maderas crujían y se llovía el techo, pe-

 

ro el terreno se había valorizado con el avance de la ciudad en esa

 

dirección. Pedro Morales sugirió ve nder la propiedad y que los Ree-

 

ves se instalaran en un apartamento pequeño, donde los gastos serí-

 

an menores y la manutención más fácil, pero Nora temía que su ma-

 

rido se perdiera en el traslado.

 

-Los muertos necesitan un hogar fijo, no pueden estar mudándose

 

de un lado para otro. También las casas necesitan un muerto y un

 

nacimiento. Un día nacerán aquí mis nietos -decía.

 

Aparte de Olga, con quien compartía la prodigiosa intimidad de los

 

amantes impúdicos, Carmen Morales era la persona más cercana a

 

 76

 

 

 

Page No 77

 

 

 

Gregory. Una vez que Olga le tran quilizó los instintos, pudo contem-

 

plar las prominencias de su amig a sin sufrir incómodos descalabros.

 

Deseaba para ella un destino menos sórdido que el de las mujeres de

 

su barrio, maltratadas por los mari dos, abatidas por los hijos y po-

 

bres de solemnidad. creía que con un poco de ayuda podría terminar

 

la escuela y estudiar un oficio. Trató de iniciarla en la lectura, pe

 

ro

 

ella se aburría en la biblioteca, detestaba los estudios y no demos-

 

traba el menor interés en las noticias de los periódicos.

 

 -Si leo más de media página me duele la cabeza. Mejor lees tú y

 

 me

 

cuentas… -se disculpaba cuando la acorralaba entre un libro y la pa-

 

red.

 

 -Es porque tiene los pechos gran des. A más senos, menos cerebro,

 

es una ley de la naturaleza, por eso las desdichadas mujeres son

 

como son -le explicó Cyrus a Gregory.

 

-¡Ese viejo es un cretino! -estalló Carmen cuando lo supo, y a par

 

tir

 

de ese día usaba sostenes con relle nos por simple espíritu de desa-

 

fió, con tan espectaculares resultados que nadie en el vecindario dejó

 

de comentar lo bien que se estaba desarrollando la menor de los Mo-

 

rales.

 

No sólo sus senos llamaban la atención, había dejado atrás su aspec-

 

to de ratón diligente y se estaba convirtiendo en una muchacha ex-

 

plosiva en torno a quien revoloteab an los pretendientes, pero sin

 

atreverse a cruzar la delicada frontera del honor, porque al otro lado

 

estaban Pedro Morales y sus cuatro hijos, todos macizos, determina-

 

dos y celosos. En apariencia no er a distinta a otras chicas de su

 

edad, le gustaban las fiestas, e scribía pensamientos románticos y

 

versos copiados en un diario de vida, se enamoraba de los actores de

 

cine y coqueteaba con cuanto muchacho se encontraba a su alcance,

 

siempre que lograra eludir la vigilancia de su familia y de Gregory,

 

posesionado del papel de caballero andante. Sin embargo, a diferen-

 

cia de otras jóvenes, poseía una turbulenta imaginación que más

 

tarde la salvaría de una existencia banal.

 

Un jueves, a la salida de la escuela, Gregory y Carmen se encontra-

 

ron en la calle frente a Martínez y tr es de sus pandilleros. El flujo de

 

jóvenes que salía del edificio se detuvo un instante y luego se desvió

 

para evitarlos, no fueran a considerarlo una provocación, pero Martí-

 

nez había visto a la muchacha el sábado anterior en un salón de bai-

 

le y la estaba esperando con la sobe rbia de quien se sabe más fuer-

 

te. Ella se detuvo en seco y lo mismo hicieron los otros alumnos a su

 

alrededor, que percibieron la amenaz a en el aire y fueron incapaces

 

de reaccionar; Martínez había cr ecido mucho para su edad, era un

 

gigante insolente con bigotillo de galán, algunos tatuajes a la vista

 

,

 

 77

 

 

 

Page No 78

 

 

 

vestido de pachuco, el pelo pegado de pomada en dos copetes levan-

 

tados, pantalones con pliegues en la cintura, zapatos con remaches

 

de metal en las puntas, chaqueta de cuero y camisa morada.

 

-Ándale, chulita, dame un beso… -dio un par de pasos y tomó a

 

Carmen por la barbilla.

 

De un manotazo ella lo apartó y los ojos del otro se achicaron al ta-

 

maño de dos rayas. Gregory cogió a su amiga del brazo y trató de

 

sacarla de aquella encerrona cobarde, pero la pandilla bloqueaba el

 

paso y no había a quién recurrir; en la calle se había abierto un terri-

 

ble vacío, los otros muchachos retrocedieron a distancia prudente en

 

un amplio semicírculo y al centro sólo quedaron ellos y los agreso

 

res.

 

-A ti te conozco, hijo de la chingada -se burló Martínez empujando

 

 

 

ligeramente a Gregory, y agregó pa ra sus secuaces-: Este es el pin-

 

che gringo maricón que les conté.

 

Sin soltar a Carmen, Gregory volvió a intentar una maniobra de es-

 

cape, pero Martínez avanzó amenazante y entonces comprendió que

 

había llegado el momento tan temido, ya no era posible evadir aque-

 

lla amenaza que siempre estuvo acechándolo. Respiró profundo, tra-

 

tando de controlar su terror, obligándose a pensar, calculando que se

 

encontraba solo, porque ninguno de sus camaradas acudiría en su

 

defensa y que los otros eran cuat ro y seguro tenían cuchillos o ma-

 

noplas. El odio le volvió como una oleada caliente, desde el fondo del

 

vientre hacia la garganta, los recu erdos acudieron en tropel, atur-

 

diéndolo, y por un momento perdió la visión y el entendimiento

 

y se

 

hundió en un lodazal oscuro. La voz de Carmen lo devolvió a la cal

 

le.

 

-No me toques, cabrón -y se de fendía de las manos de Martínez

 

mientras los otros se reían.

 

Gregory empujó a Carmen a un lado y se enfrentó con su enemigo,

 

las caras a pocos centímetros, los puños listos, los ojos llenos de

 

rencor, jadeando.

 

-¿Qué es lo que quieres, gringo puto … ? ¿Tienes ganas de que

 

 te

 

culee de nuevo o prefieres tirar chingazos conmigo? -musitó Martínez

 

con voz lenta y suave, como si le hablara de amor.

 

-¡Chinga tu madre! Cuatro de tu s matones contra uno solo y desar-

 

mado es bien fácil -replicó Gregory.

 

-¡Ja! órale, pues, carnales. Esto será entre los dos solos -ordenó

 

Martínez a los suyos.

 

-No quiero una pelea de chavos. Lo que yo quiero es un duelo a

 

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Thursday, May 10, 2007

muerte -masculló Gregory con los dientes apretados.

 

-¿Qué chingadera es ésa?

 

 78

 

 

 

Page No 79

 

 

 

-Lo que oíste, pocho desgraciado -y Gregory levantó la voz para que

 

todos en la calle pudieran escucharlo-. Dentro de tres días, detrás de

 

la fábrica de cauchos, a las siete de la tarde.

 

Martínez lanzó unas miradas a su alrededor, sin comprender muy

 

bien de qué se trataba y los pand illeros se encogieron de hombros,

 

todavía burlones, mientras el círculo de curiosos se cerraba un poco,

 

porque nadie quería perder palabra de lo que estaba sucediendo.

 

-¿Cuchillo, garrote, cadena o pistola? -preguntó Martínez incrédulo.

 

-El tren -replicó Gregory.

 

-¿Y qué hay con el chingado tren?

 

-Vamos a ver quién tiene más huevos.

 

Y Gregory cogió a Carmen de la mano y se alejó por la calle, dándole

 

la espalda con el fingido desprecio de un torero por la bestia que aú

 

n

 

no ha derrotado, caminando de pris a, para que nadie oyera el re-

 

tumbar de su corazón.

 

Hacía varios años que yo corría co ntra el tren, primero con la inten-

 

ción de morirme y después nada más que para tomarle el gusto a la

 

vida. Pasaba rugiendo cuatro veces al día como un dragón en estam-

 

pida, alborotando el viento y el s ilencio. Lo esperaba siempre en el

 

mismo lugar, un terreno baldío y plano, donde en algunas tempora-

 

das se acumulaban chatarra y bas ura y en otras, cuando lo limpia-

 

ban, iban los niños a jugar a la pe lota. Primero me llegaba el pitazo

 

lejano y el rumor de las máquinas, después lo veía aparecer, un for-

 

midable culebrón de hierro y ruido. Mi desafió era calcular el mom

 

en-

 

to exacto para cruzar la línea de lante de la locomotora, aguardar

 

hasta el último instante, tenerlo casi encima, correr entonces como

 

un desesperado y alcanzar el otro lado de un salto. La vida dependía

 

del menor error, una leve vacilación, un tropiezo en el riel, la destre-

 

za de mis piernas y mi sangre fría. Podía distinguir los diferentes tre-

 

nes por el estrépito de las máquinas, sabía que el primero de la ma-

 

ñana era el más lento y el de las siete quince el más veloz. Me sentía

 

bastante seguro, pero como no lo había toreado en un buen tiempo,

 

fui a ensayar con cada uno que pasó en los días siguientes, acompa-

 

ñado por Carmen y Juan José, para medir los resultados. La primera

 

 

 

vez que me vieron hacerlo se les ca yó el cronómetro de las manos y

 

Carmen se puso a gritar sin contro l, por suerte no la oí hasta des-

 

pués que pasó la máquina, porque seguro habría titubeado y ahora

 

no estaría contando el cuento. De scubrimos el mejor lugar para la

 

carrera, allí donde los rieles se veían con claridad; quitamos las

 

 pie-

 

dras y marcamos la distancia con una raya en el suelo, acortándola

 

en cada intento, hasta que no fue posible reducirla más, el tren me

 

rozaba la espalda. En la tarde era más difícil porque a esa hora esta-

 

 79

 

 

 

Page No 80

 

 

 

ba casi oscuro y las luces de la locomotora encandilaban. Supongo

 

que Martínez también se ejercitó en otra parte, donde nadie lo vio y

 

su orgullo desmesurado quedó a salvo; delante de sus compinches

 

no podía demostrar la menor preocu pación por el duelo, debía apa-

 

rentar desprecio absoluto por el peligro, a lo mero macho. Yo conta-

 

ba con ello para sacarle ventaja, porque durante mis años en la jun-

 

gla del barrio aprendí a aceptar con humildad el miedo, ese incendio

 

en el estómago que a veces me atormentaba durante varios días se-

 

guidos.

 

El domingo señalado ya se había co rrido la voz en la escuela y a las

 

seis y media había una hilera de automóviles, motos y bicicletas e

 

s-

 

tacionados en el sitio baldío y una cincuentena de mis compañeros,

 

 

 

sentados en el suelo cerca de las líneas esperaban el comienzo del

 

espectáculo. La fábrica de caucho s estaba cerrada, pero en el aire

 

todavía flotaba el olor nauseabundo de la goma caliente. Había un

 

 

 

ambiente de fiesta. algunos habían llevado meriendas, unos cuantos

 

bebían whisky y ginebra disimulados en botellas de refresco, varios

 

cargaban cámaras fotográficas. Carmen evitó la algazara, se mantu-

 

vo apartada de los demás, rezando. Me había rogado que no lo hicie-

 

ra, es preferible pasar por cobarde que perder la vida en un suspiro,

 

después de todo Martínez no me hizo nada, este duelo es una abe-

 

rración, un pecado, Dios nos va a castigar a todos, me suplicó. Le

 

 

 

expliqué que esto nada tenía que ve r con el incidente en la calle; no

 

era ella la causante sino sólo el pr etexto, se trataba de deudas muy

 

antiguas imposibles de contar, cosas de hombres. Me colgó al cuello

 

un pequeño rectángulo de trapo bordado.

 

-Es el escapulario de la Virgen de Guadalupe que mi madre traía

 

puesto cuando vino de Zacatecas. Es muy milagroso…

 

A las siete en punto aparecieron cu atro destartalados automóviles,

 

pintarrajeados con el color morado de los los Carniceros, acarreando

 

a la pandilla, que acudió a respaldar a Martínez. Pasaron entre noso-

 

tros haciendo el saludo de la ma no engarfiada ante la cara y tocán-

 

dose el sexo, en gesto de provocac ión. Imaginé que si las cosas no

 

resultaban bien se armaría un tremendo lío y mi grupo de amigos,

 

aunque más numeroso, no era en ningún caso un adversario temible

 

para ellos, habituados a dar gue rra y armados. Tuve que mirar dos

 

veces para distinguir a Martínez, po rque todos parecían iguales. Los

 

mismos peinados a la gomina, chaq uetas, adornos y balanceos pro-

 

vocativos al caminar. No había renunciado a su ropa de chulo, ni si-

 

quiera a sus zapatos de tacón alto, en cambio yo vestía con comodi-

 

dad -en ese tiempo sólo podía comp rar ropa de segunda mano en el

 

bazar de la iglesia- y me había puesto zapatillas de gimnasia. Revisé

 

 80

 

 

 

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mis ventajas: yo era más rápido y liviano, en realidad en una carr

 

era

 

mano a mano no podía ganarme, pero esto era un desafió a la muer-

 

te y en el último instante contaba más el atrevimiento que la destre-

 

za. En la escuela primaria él era bu en atleta, en cambio yo siempre

 

fui mediocre en los deportes, pero traté de no pensar en ello.

 

-A las siete quince en punto pasa el expreso. Corremos al mismo

 

tiempo separados por tres pasos largos para que no puedas empu-

 

jarme, cabrón, yo más cerca del tren, te doy ese regalito si quieres -

 

grité para que todos escucharan.

 

-No necesito ventaja, pinche gringo mariposa.

 

-Elige entonces: corres más cerca de l tren o partes más atrás.

 

-Salgo más atrás.

 

Con un palo marqué dos rayas en el suelo, mientras tres pandilleros

 

y algunos de mis compañeros, encabe zados por Juan José Morales,

 

cruzaban el riel para controlar el duelo desde el otro lado.

 

-Tan cerca? ¿Tienes miedo, maricón? -se burló desdeñoso Mart

 

ínez.

 

Había calculado su reacción, borré las rayas con el pie y las tracé de

 

nuevo más atrás. Juan José Morales y un pandillero midieron los pa-

 

sos de separación y en ese moment o escuchamos el pitazo del tren.

 

Todos los espectadores se adelantaron, la pandilla a la izquierda, en

 

un bloque compacto, mis compañeros a la derecha. Carmen me dio

 

una última mirada animosa, pero la vi descompuesta. Nos colocamos

 

en las marcas, toqué el escapular io disimuladamente y luego cerré

 

por completo la mente a todo lo que me rodeaba, concentrándome

 

en mí mismo y en esa mole de hie rro que se precipitaba, contando

 

los segundos, el cuerpo tenso, atento al estrépito que crecía, yo solo

 

frente al tren, como tantas veces antes había estado. Tres, dos, uno

 

¡ahora! y sin tener conciencia de lo que hacía sentí un bramido sal-

 

vaje en las entrañas, las piernas salieron disparadas por impulso au-

 

 

 

tónomo, un corrientazo formidable me recorrió por completo, los

 

músculos estallaron en el esfuerzo y el pavor me cegó con un velo de

 

sangre. El clamor del tren y mi propio alarido se me metieron bajo la

 

piel, invadiéndome enteramente, me convertí en un solo terrible ru

 

-

 

gido. Vislumbré las luces inmensas que se me venían encima, me ar-

 

dió la piel con el calor de los mo tores y del aire partido en dos por

 

esa gigantesca flecha, las chispas de las ruedas metálicas contra los

 

 

 

rieles me dieron en la cara. Hubo un instante que duró un milenio,

 

una fracción de tiempo congelada para siempre, y quedé suspendido

 

en un abismo inconmensurable, fl otando delante de la locomotora,

 

un pájaro petrificado en pleno vuel o, cada partícula del cuerpo ex-

 

tendida en el último salto hacía adelante, la mente detenida en la

 

certeza de la muerte.

 

 81

 

 

 

Page No 82

 

 

 

No sé lo que ocurrió enseguida. Sólo recuerdo que desperté rodando

 

al otro lado de los rieles con náus eas, extenuado, aspirando a todo

 

pulmón el olor a metal caliente, at urdido por el fragor furioso de la

 

enorme bestia que pasaba y pasaba, larguísima, interminable, y

 

cuando acabó por fin de alejarse, sentí un silencio anormal, un vacío

 

absoluto. y la oscuridad me envolvió entero. Un siglo después Car-

 

 

 

men y Juan José me tomaron de los brazos para ponerme de pie.

 

-Levántate. Gregory, vámonos de aquí antes que llegue la policí

 

a…

 

Y entonces tuve un chispazo de lucidez y alcancé a ver en la penum-

 

bra de la tarde cómo los muchachos escapaban corriendo hacia la ca-

 

rretera, cómo salían disparados lo s coches morados de los pandílle-

 

ros, cómo no quedaba un alma en el lugar más que Carmen, Juan

 

José y yo, salpicado de sangre, y lo s pedazos de Martínez repartidos

 

por todos lados.

 

Segunda Parte

 

Tanto se repitió de boca en boca el duelo del tren, adornado hasta

 

alcanzar proporciones fantásticas, que Gregory Reeves pasó a ser u

 

n

 

héroe entre sus compañeros. Algo fundamental cambió en su carác-

 

ter entonces, creció de golpe y pe rdió esa especie de candor angéli-

 

co, causante de tantos sinsabores y palizas, adquirió seguridad y por

 

 

 

primera vez en años se sintió bien en su piel, ya no deseaba ser mo-

 

reno como los demás del barrio, empezaba a evaluar las ventajas de

 

no serlo. En la escuela secundaria había cerca de cuatro mil alumnos

 

provenientes de diferentes sectores de la ciudad, casi todos blancos

 

de clase media. Las muchachas usaban el pelo recogido en cola de

 

caballo, no decían malas palabras ni se pintaban las uñas, frecuenta-

 

ban la iglesia y algunas ya tenían aire de inamovibles matronas, co-

 

mo sus madres. No perdían ocasión de besarse con el novio de turno

 

en la última fila del cine o en el asiento trasero de un coche, pero no

 

lo comentaban. Ellas soñaban con un diamante en el anular y entre-

 

tanto los muchachos aprovechaban su libertad mientras pudieran,

 

antes de que el rayo fulminante de l amor los domesticara. Vivían su

 

última oportunidad de relajo, de juegos y deportes bruscos, de atur-

 

dirse de alcohol y velocidad, un período de travesuras viriles, algunas

 

inocuas como robarse el busto de Lincoln de la oficina del rector, y

 

otras no tanto, como atrapar a un negro, un mexicano o un homo-

 

sexual para embadurnarlo de excrem ento. Se burlaban del romanti-

 

cismo, pero lo utilizaban para conseguir pareja. Entre ellos hablaban

 

de sexo sin parar, pero muy pocos tenían ocasión de practicarlo. Por

 

pudor Gregory Reeves nunca mencionó a Olga entre sus amigos. En

 

 82

 

 

 

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la escuela se sentía a sus anchas, ya no estaba segregado por su co-

 

lor, nadie conocía su casa ni su familia, se ignoraba que su madre

 

recibía un cheque de la Beneficencia Social. Era de los más pobres

 

,

 

pero siempre tenía algo de dinero en el bolsillo porque trabajaba,

 

podía invitar a una chica al cine, no le faltaba para una ronda de cer-

 

vezas o una apuesta y en el último año la bonanza le alcanzó para un

 

automóvil bastante machucado, pero con un buen motor. La escasez

 

sólo se percibía en los pantalones brillosos, las camisas gastadas

 

 y la

 

falta de tiempo libre. Parecía mayor, era delgado, ágil y tan fuer

 

te

 

como lo había sido su padre, se creía guapo y actuaba como si lo

 

fuera. En los años siguientes sacó provecho a la leyenda de Martínez

 

y su conocimiento de las dos culturas en las cuales había crecido. Las

 

extravagancias intelectuales de su familia y su amistad con el ascen-

 

sorista de la biblioteca le desa rrollaron la curiosidad; en un lugar

 

donde los hombres apenas leían la página deportiva de los periódicos

 

y las mujeres preferían los chismes de artistas de Hollywood, él

 

había leído por orden alfabético a los más notables pensador

 

es desde

 

Aristóteles hasta Zoroastro. Tenía una visión del mundo deformada,

 

pero en cualquier caso más amplia que la de los demás estudiantes

 

y

 

de varios profesores. Cada nueva idea lo deslumbraba, creía haber

 

descubierto algo único y sentía el deber de revelarlo al resto de la

 

humanidad, pero pronto se dio cuenta de que la exhibición de cono-

 

cimientos caía como una patada de mula entre sus compañeros. Con

 

ellos se cuidaba, pero ante las muchachas no podía evitar la tenta-

 

ción de lucirse como un funámbul o de la palabra. Las infatigables

 

discusiones con Cyrus le enseñaron a defender sus ideas con pasión,

 

su maestro le desbarataba todo in tento de marearlo a punta de elo-

 

cuencia, más fundamento y menos retórica, hijo, le decía, pero Gre-

 

gory comprobó que sus trucos de orador funcionaban bien con otras

 

personas. Sabía colocarse siempre a la cabeza del grupo, los otros se

 

acostumbraron a abrirle paso y como la modestia no era una de sus

 

virtudes, naturalmente se imaginó lanzado en una carrera política.

 

 

 

-No es mala idea. De aquí a unos añ os el socialismo habrá triunfado

 

en el mundo y podrás ser el primer senador comunista de este país

 

-

 

lo entusiasmaba Cyrus en cuchicheos secretos en la bodega de la bi-

 

blioteca, donde por años había intentado, sin grandes resultados,

 

 

 

sembrar en la mente de su discípulo su encendida pasión por Marx y

 

Lenin. A Reeves esas teorías le resultaban incuestionables desde el

 

punto de vista de la justicia y la ló gica, pero intuía que no tenían la

 

menor posibilidad de triunfar, por lo menos en su mitad del planeta.

 

Por otra parte, la idea de hacer fortuna le parecía más seductora que

 

 83

 

 

 

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la de compartir la pobreza por igual, pero jamás se habría atrevido a

 

confesar tan mezquinos pensamientos.

 

-No estoy seguro de que quiero ser comunista -se defendía con pru-

 

dencia.

 

-¿Y qué vas a ser entonces, hijo?

 

-Demócrata, por ejemplo…

 

-No hay ninguna diferencia entre demócratas y republicanos ¿cuá

 

n-

 

tas veces tengo que explicártelo? En fin, si quieres llegar al Senado

 

debes empezar ahora mismo. Camarón que se duerme, se lo lleva la

 

corriente. Tienes que ser presidente de los estudiantes.

 

-Estás loco, Cyrus, soy el más pobre de la clase y hablo inglés como

 

un chicano. ¿Quién votaría por mí? No soy ni gringo ni latin

 

o, no re-

 

presento a nadie.

 

-Por eso mismo puedes representarlos a todos -y el viejo le prestó El

 

Príncipe, y otras obras de Nicolás Maquiavelo para que aprendiera

 

sobre la naturaleza humana. A las tres semanas de lectura superficial

 

Gregory Reeves regresó bastante confundido.

 

-Esto no me sirve de nada, Cyrus. ¿Qué relación hay entre los italia-

 

nos del siglo XV y los atorrantes de mí escuela?

 

-¿Es todo lo que me puedes decir de Maquiavelo? No has entendido

 

nada, eres un ignorante. No mereces ser secretario de un preescolar,

 

mucho menos presidente de los alumnos de la secundaria.

 

El muchacho volvió a meter la nariz en los libracos, esta vez con ma-

 

yor dedicación, y poco a poco el rayo iluminador del estadista floren-

 

tino atravesó cinco siglos de hist oria, la distancia de medio mundo,

 

las barreras culturales y las brumas de un cerebro juvenil para reve-

 

larle el arte del poder. Tomó notas en un cuaderno que tituló mode

 

s-

 

tamente Yo Presidente” y que result ó profético, porque gracias a las

 

estrategias de Maquiavelo, a los consejos de su maestro y a las ma-

 

nipulaciones de inspiración propia logró ser elegido por una abrum

 

a-

 

dora mayoría. Ése fue el primer año sin problemas raciales en la es-

 

cuela, porque alumnos y profesores trabajaron al unísono, convenci-

 

dos por Reeves de que navegaban en el mismo bote y a nadie le

 

convenía remar en direcciones contrarias. También organizó el p

 

ri-

 

mer baile en calcetines, ante el escándalo de la Junta Directiva, que

 

 

 

lo consideró el paso definitivo hacia una orgía romana, pero nada pe-

 

caminoso ocurrió, fue una fiesta inocente donde sólo los zapatos s

 

e

 

quitaron los participantes. El nuevo presidente estaba decidido a de-

 

jar un recuerdo imborrable en los anales de la institución y a iniciarse

 

en el camino hacia la Casa Blanca, pero la tarea resultó más ardua

 

 

 

de lo calculado. Además de las responsabilidades del cargo ayudaba

 

en la cocina de una taquería hasta muy entrada la noche, los fines de

 

 

 

 84

 

 

 

Page No 85

 

 

 

semana reparaba cauchos en el ga raje de Pedro Morales y los vera-

 

nos partía de bracero a recoger fruta en los campos. Su existencia

 

transcurría tan ocupada que se salvó del alcohol, las drogas, las

 

 

 

apuestas en el juego y las competencias de velocidad en las que va-

 

rios de sus amigos dejaron buena pa rte de su inocencia, cuando no

 

la salud y hasta la vida.

 

Las muchachas se convirtieron en su idea fija, manifestada a veces

 

como un aturdimiento feliz capaz de hacerlo olvidar hasta su propio

 

nombre, pero en general era sólo un martirio de sopa caliente en las

 

venas y de obscenidades comunes en la mente. Con delicadeza, por-

 

que le tenía mucho cariño, pero con determinación irrevocable,

 

Olga

 

lo desterró de su cama con el pretexto de que ya era hora de buscar

 

otros consuelos. Se sentía muy vieja para esos trotes, dijo, pero en

 

 

 

realidad se había enamorado de un camionero, diez años más joven

 

que ella, quien solía visitarla entre viaje y viaje. Esa matrona de in-

 

dómito espíritu acabó zurciéndole las calcetas y aguantándole las

 

mañas durante varios años a un amante de mala catadura, hasta

 

que en una de sus travesías el hombre se desvió del camino para se-

 

guir a otro amor y nunca más regresó. Por otra parte, los encuentr

 

os

 

entre Olga y Gregory habían perdid o el atractivo de la novedad y el

 

encanto de lo inconfesable, habían degenerado en una discreta gim-

 

nasia entre una abuela y su nieto. Olga fue reemplazada por Ernesti-

 

na Pereda, compañera de Gregory en la primaria que ahora trabaja-

 

ba en un restaurante. Con ella imaginaba el amor, ilusión que se di-

 

sipaba a los pocos minutos, dejándole un sabor de culpa. Posible-

 

mente era el único amante de Erne stina con tales escrúpulos, pero

 

para derrotarlos habría tenido que traicionar su naturaleza romántica

 

y los principios de caballerosidad aprendidos de su madre y de sus

 

lecturas, no deseaba aprovecharse de ella, como tantos otros, pero

 

tampoco era capaz de mentirle am or. Aún no se perfilaban en el

 

horizonte los cambios en las costumbr es que convertirían el sexo en

 

un saludable ejercicio sin riesgo de embarazo ni obstáculo de culpa.

 

Ernestina Pereda era uno de esos seres destinados a explorar el

 

abismo de los sentidos, pero le tocó nacer quince años demasiado

 

pronto cuando las mujeres debían escoger entre la decencia y el pla-

 

cer y ella no tenía valor para renunciar a ninguno de los dos. Desde

 

 

 

que podía acordarse vivió deslumbr ada por las posibilidades de su

 

cuerpo, a los siete años había convertido el baño de la escuela en su

 

primer laboratorio y a sus compañer os en conejillos de indias, con

 

los que investigó, hizo experimentos y llegó a sorprendentes conclu-

 

siones. Gregory no escapó a semejante afán científico. los dos se es-

 

cabullían a la sórdida intimidad del baño para explorarse con la me-

 

 85

 

 

 

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jor buena voluntad, juego que habr ía continuado indefinidamente si

 

la brutalidad de Martínez y su band a no lo hubiera cortado en seco.

 

En un recreo se treparon en un cajón para espiarlos, los descubrieron

 

jugando al doctor y armaron tal escándalo de burlas, que Gregory

 

cayó enfermo de vergüenza por una semana y no volvió a intentar

 

esas diversiones hasta que Olga lo rescató de su turbación. Para en-

 

tonces Ernestina Pereda había teni do innumerables experiencias, no

 

quedaba muchacho en el barrio que no hiciera alarde de conocerla,

 

algunos con justificada razón, pero muchos por simple fanfarronada.

 

Gregory procuraba no pensar en tal promiscuidad, sus encuentros

 

carecían de artificios sentimentale s, pero siempre contaron con una

 

elemental cortesía. El amor se le presentaba a cada rato en forma de

 

pasiones efímeras por algunas chicas de los alrededores, con quienes

 

 

 

no podía practicar las piruetas de pe rdición del repertorio de Olga ni

 

los caracoleos frenéticos de Ernest ina Pereda. No tenía dificultad en

 

conseguir mujeres, pero nunca se sentía suficientemente amado, el

 

afecto que recibía era apenas un re flejo deslucido de la pasión total

 

en que se consumía. Le gustaban delgadas y altas, pero cedía sin

 

oponer mayor resistencia ante cualq uier tentación del sexo opuesto,

 

aunque fuera más bien rechoncha, como era el caso de las latinas

 

del barrio. Sólo a Carmen descartaba como inspiración de sus desva-

 

ríos eróticos, a ella la consideraba su compinche y sus atributos fe-

 

meninos no alteraban en nada su prístina camaradería. Sin embargo

 

eran de temperamentos diferentes y poco a poco se había creado un

 

abismo intelectual entre ambos. Con ella compartía confidencias, bai-

 

les y cine, pero resultaba inútil co mentarle sus lecturas o las inquie-

 

tudes sociales y metafisicas semb radas en su corazón por Cyrus.

 

Cuando excursionaba por esos senderos su amiga no se daba el tra-

 

bajo de halagarlo con fingido inte rés, lo congelaba con una mirada

 

de hielo y le ordenaba dejarse de pendejadas. Con otras mujeres no

 

tenía mejor acogida, las atraía al comienzo por su prestigio de sa

 

lva-

 

je y de buen bailarín, pero pronto se cansaban de sus apremios y

 

partían comentando que era un peda nte lleno de aires, incapaz de

 

tener las manos quietas, cuidado con aceptarle un paseo a solas en

 

su cacharro, primero te aburre con una jerigonza de candidato y lue-

 

go intenta sacarte el sostén, pero aun así a Reeves no le faltaban

 

aventuras amorosas. Juan José Morales opinaba que no valía la pena

 

intentar comprender a las mujeres, eran objetos de lujuria y perdi-

 

ción, como aseguraban el cancione ro latino y el Padre Larraguibel

 

cuando se inflamaba de celo cató lico. Para los machos del barrio

 

había sólo dos clases de mujeres, unas como Ernestina Pereda y

 

otras intocables destinadas a la ma ternidad y el hogar, pero de nin-

 

 86

 

 

 

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guna había que enamorarse, eso convierte al hombre en esclavo,

 

cuando no en cornudo. Gregory jamás se conformó con esas premi-

 

sas y en los treinta años siguientes persiguió sin tregua la quime

 

ra

 

del amor perfecto, tropezando incontables veces, cayendo y volvien-

 

do a levantarse, en una interminab le carrera de obstáculos, hasta

 

que renunció a la búsqueda y aprendió a vivir en soledad. Y ent

 

on-

 

ces, por una de esas irónicas sorp resas de la existencia, encontró el

 

amor cuando ya no pensaba hallarlo. Pero ésa es otra historia.

 

Las aspiraciones senatoriales de Gregory Reeves terminaron abrup-

 

tamente al día siguiente de su grad uación de la secundaria, cuando

 

Judy le preguntó qué pensaba hacer con su destino porque ya era

 

hora de salir de la casa de su madr e, donde los tres vivían bastante

 

incómodos.

 

-Hace tiempo que deberías vivir en otro lado, aquí no cabemos, es-

 

tamos muy incómodos.

 

-Está bien, buscaré dónde irme -r eplicó Gregory con una mezcla de

 

tristeza por esa brusca manera de ser expulsado de la familia y de

 

alivio por salir de un hogar donde nunca se sintió querido.

 

-Debemos arreglarle los dientes a mamá, no podemos postergarlo

 

más.

 

-¿Hay algo ahorrado?

 

-No alcanza. Faltan trescientos dólares. Y además le prometimos un

 

 

 

televisor para Navidad.

 

Judy había pasado por una adolescencia infeliz y se había convertido

 

en una mujer devastada por una indignación sorda. Su rostro todavía

 

era de una belleza sorprendente y su cabello, aunque cortado a tije-

 

retazos, tenía el mismo color oro b lanco de la primera infancia. Per-

 

niciosas capas de grasa se le habían asentado en el esqueleto, pero

 

no la deformaban del todo porque aún era muy joven; a pesar de la

 

obesidad se adivinaban las formas originales de su cuerpo y en las

 

escasas ocasiones en que dejaba de detestarse a sí misma y se reía

 

,

 

recuperaba su encanto. Había te nido algunos amores con hombres

 

blancos que encontraba en su trabajo o en otros barrios, sus vecinos

 

hispanos habían abandonado hacia mucho tiempo la cacería, conven-

 

cidos de que era una presa inalcanzable. Ella se encargaba de espan-

 

tar a los esforzados pretendientes con sus arrebatos de altanería o

 

sus largos silencios.

 

-Esta pobre niña nunca se casará, está visto que odia a los hom

 

bres

 

-diagnosticó Olga.

 

-Mientras no adelgace está fregada -apuntó Gregory.

 

-El peso no tiene nada que ver, Gregory. No se quedará solterona

 

por gorda, sino porque tiene ganas de serlo, de pura rabia.

 

 87

 

 

 

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Por una vez a Olga le falló la clarividencia. A pesar de su aspecto,

 

 

 

Judy se casó tres veces y tuvo incontables enamorados, algunos de

 

los cuales perdieron la paz del alm a persiguiendo un amor que ella

 

no pudo o no quiso dar. Tuvo vari os hijos de diferentes maridos y

 

adoptó otras criaturas, a quienes crió con cariño. Esa ternura natu-

 

ral, que marcó los primeros años de la vida de Gregory y que intentó

 

muchas veces recuperar a lo largo de la tormentosa relación con su

 

hermana, permaneció congelada en el alma de Judy hasta que pudo

 

encauzarla hacia los afanes de la maternidad. Los hijos propios y

 

ajenos la ayudaron a superar la parálisis emocional de su juventud y

 

a sobrellevar con fortaleza el trágico secreto oculto en su pasado. En

 

esa época había abandonado la escu ela y trabajaba en una fábrica

 

de ropa, la situación de la familia er a precaria, sus aportes y los de

 

Gregory no alcanzaban. Después de un año limpiando casas en sus

 

horas libres, con las manos despe llejadas y la certidumbre de que

 

por ese camino no llegaría a ning una parte, decidió emplearse a

 

tiempo completo como obrera. Junto a otras mujeres mal pagadas y

 

mal tratadas cosía en un sucucho oscuro y sin ventilación, donde pa-

 

seaban orondas las cucarachas. En ese oficio las leyes se violaban

 

con impunidad y las trabajadoras eran explotadas por patrones sin

 

escrúpulos. Regresaba a casa con paquetes de telas y pasaba buena

 

parte de la noche ante la máquina de coser de su madre. Le pagaban

 

las horas extras al mismo precio de las normales, pero necesitaba el

 

dinero y ante el menor reclamo la ponían en la puerta sin más trámi-

 

tes: había muchos desesperados esperando turno.

 

Por su parte Gregory también esta ba habituado al trabajo y había

 

contribuido al presupuesto de la casa desde los siete años. Con sus

 

ahorros hizo algunos cambios, cambió la antigua nevera por una

 

moderna, la cocina a queroseno por una de gas y el gramófono por

 

un tocadiscos eléctrico para que su madre escuchara su música favo-

 

rita. No lo asustaba la idea de vivir solo. Su amigo Cyrus y Olga pro-

 

curaron convencerlo de que en ve z de emplearse para sobrevivir

 

buscara la forma de pagarse la unive rsidad, pero esa alternativa no

 

se planteaba entre los muchachos de su medio, sobre sus cabezas

 

había un techo invisible que los mantenía mirando el suelo. Al termi-

 

nar la escuela Gregory se encontró de golpe limitado otra vez por el

 

chato horizonte del barrio. Durante once años había hecho lo posible

 

por ser aceptado como uno más del vecindario y a pesar de su color

 

casi lo consigue. Aunque no pudo ponerlo en palabras, tal vez la ver-

 

dadera razón para convertirse en ob rero fue su deseo de pertenecer

 

al ambiente donde le tocó crecer, la idea de elevarse por encima de

 

los demás a través del estudio le pareció una traición. En los años fe-

 

 88

 

 

 

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lices de la secundaria tuvo la breve ilusión de escapar a su suerte,

 

pero en el fondo había asumido su condición de marginal y a la hora

 

de enfrentarse al futuro lo aplastó el peso de la realidad. Alquiló un

 

cuarto y allí se instaló con sus pocas pertenencias en cajas, los

 

libros

 

prestados por Cyrus y con Oliver por única compañía. El perro e

 

staba

 

muy viejo y medio ciego, había perdido varios dientes y buena parte

 

del pelo y apenas podía con su pesado esqueleto de bestia bastarda;

 

pero seguía siendo un amigo discr eto y fiel. Pocas semanas traba-

 

jando como lomo mojado le bastaron a Reeves para comprender que

 

el sueño americano no alcanzaba para todos. Cuando regresaba a su

 

cuarto en la noche y se echaba ex tenuado sobre la cama a mirar el

 

techo, sacaba la cuenta de su de sesperanza y se sentía preso en un

 

cepo. Pasó el verano en una empresa de transporte donde debía

 

echarse bultos pesados a la espald a, le salieron músculos donde no

 

sabía que los hubiera y estaba a dquiriendo la tosca catadura de un

 

gladiador, cuando un accidente lo obligó a cambiar de rumbo. Subían

 

entre dos un refrigerador sostenido por cinchas que cada uno llevaba

 

al hombro, hacía un calor sofocante, el hueco de la escalera era es-

 

trecho y en cada peldaño el peso descansaba por completo en un la-

 

do del cuerpo. De pronto, en la pi erna derecha sintió una ardiente

 

descarga eléctrica, tuvo que echar mano de toda su voluntad para no

 

soltar la carga, que hubiera aplastado a su compañero. Se le escapó

 

 

 

un bramido seguido por una retahíla de maldiciones y cuando pudo

 

asentar el refrigerador y mirars e vio un árbol morado de grueso

 

tronco y ramificaciones, se le habían reventado las venas y en pocos

 

minutos se le deformó la pierna. Fue a dar al hospital, donde des-

 

pués de examinarlo le aconsejaron reposo absoluto y le advirtieron

 

que las venas dañadas tomarían el aspecto de várices, sólo la cirugía

 

podría eliminarlas. Su empleador le pagó una semana y Reeves pasó

 

la convalecencia en su cuarto, suda ndo bajo el ventilador, con el

 

consuelo de la lealtad de Oliver, algunos masajes terapéuticos de Ol-

 

ga y los platos criollos preparados por Inmaculada Morales. Los libros

 

de Cyrus, la música clásica y las visitas de algunos amigos fueron

 

 su

 

entretención. Carmen aparecía por su cuarto muy seguido y le con-

 

taba con detalle las películas en cartelera; tenía el don de narrar y al

 

oírla le parecía encontrarse frente a la pantalla. Juan José Morales,

 

quien también había cumplido dieciocho años, pasó a despedirse an-

 

tes de enrolarse en las Fuerzas Armadas y le dejó de recuerdo su ál-

 

bum de fotografías de mujeres des nudas, que prefirió no examinar

 

para evitar mayores suplicios, ba stante tenía con la canícula, la in-

 

movilidad y el fastidio. Cyrus iba a verlo a diario y le comentaba las

 

noticias en un tono sepulcral, la humanidad estaba al borde de una

 

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catástrofe, la guerra fría ponía en peligro al planeta, existían dema-

 

siadas bombas atómicas listas para ser activadas y demasiados ge-

 

nerales arrogantes dispuestos a hacerlo; en cualquier momento al-

 

guien apretaría el botón fatídico, reventaría el mundo en una hogue-

 

ra final y todo se iría definitivamente al carajo.

 

-Se ha perdido la ética, vivimos en un mundo de valores mezquinos,

 

de placeres sin alegría y de acciones sin sentido.

 

-¡Vaya, Cyrus! ¿No me has prevenid o muchas veces contra el pesi-

 

mismo burgués? -replicaba burlón su discípulo.

 

Su madre se materializaba de pron to, discreta y tenue. Le llevaba

 

unas galletas y un hueso para Oliver, se sentaba junto a la puerta en

 

el borde de la silla y conversaba con la mayor formalidad de los

 

mismos temas de siempre: histor ia, recuerdos del padre, música.

 

Cada día parecía más etérea y borrosa. Los sábados escuchaban jun-

 

tos el programa de ópera de la radio y Nora, conmovida hasta las lá-

 

grimas, comentaba que esas eran voces de seres sobrenaturales, los

 

humanos no podían alcanzar tal pe rfección. Con sus habituales bue-

 

nas maneras miraba de lejos el mo ntón de libros junto a la cama y

 

preguntaba cortésmente qué estaba leyendo.

 

-Filosofía, mamá.

 

-No me gustan los filósofos, Greg, están contra Dios. Tratan de ra

 

-

 

cionalizar la Creación, que es un acto de amor y de magia. Para en-

 

tender la vida es más útil la fe que la filosofía.

 

-A usted le gustarían esos libros, mamá.

 

-Si, supongo que sí. Hay que leer mucho, Greg. Con conocimiento y

 

sabiduría sería posible derrotar al mal en la tierra.

 

-Estos libros dicen con otras palabras lo mismo que usted me ha en-

 

señado, que hay una sola humanidad , que nadie debe poseer la tie-

 

rra porque pertenece a todos, qu e un día habrá justicia e igualdad

 

entre los hombres.

 

-¿Y ésos no son libros religiosos?

 

-Todo lo contrario, no son libros sobre dioses, sino sobre hombres.

 

Hablan de economía, de política, de historia…

 

-Ojalá no sean libros comunistas, hijo.

 

Al despedirse le dejaba un folleto sobre su fe Bahai o sobre algún

 

novedoso guía espiritual de los tantos que brotaban por esos lados, y

 

partía con un gesto suave de la mano , sin tocar a su hijo. Su paso

 

por el cuarto era tan ligero que Gregory quedaba con la duda de si

 

realmente había estado allí o si esa señora de cabello color niebla y

 

vestido antiguo había sido sólo una broma de su imaginación. Sentía

 

por ella un cariño doloroso, le parecía una criatura seráfica, intocada

 

por la maldad, fina y delicada como las apariciones de los cuentos.

 

 90

 

 

 

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En algunos momentos lo agobiaba la ira contra ella, quería arrancarla

 

 

 

a sacudones de su persistente duer mevela, gritarle que abriera los

 

ojos de una vez y lo mirara de frente, míreme, madre, aquí estoy

 

¿no me ve? pero en general deseaba sólo acercarse, tocarla, reírse

 

con ella y contarle sus secretos.

 

Una tarde Pedro Morales cerró el ga raje temprano para ir a verlo.

 

Desde la muerte de Charles Reeves había asumido tácitamente la ta-

 

 

 

rea de velar por la familia de su maestro.

 

-Este es un accidente del trabajo. Deben darte una indemnización -le

 

explicó.

 

-Me dijeron que no tengo derecho a nada, don Pedro.

 

-Tu patrón tiene un seguro ¿no?

 

-El patrón dijo que él no es el patrón y que nosotros no somos

 

sus

 

empleados, somos contratistas independientes. Nos pagan en efecti-

 

vo, nos echan en cualquier momento y no estamos asegurados. Us-

 

ted sabe cómo son las cosas.

 

-Eso es ilegal. Un abogado puede ayudarte, hijo.

 

Pero Reeves no tenía dinero para abogados y lo desanimó la idea de

 

 

 

empantanarse por años en engorrosos trámites. Apenas pudo poner-

 

se de pie consiguió un trabajo me nos esforzado, aunque no más

 

agradable, en una fábrica de muebles, donde el fino polvo de aserrín

 

que flotaba en el ambiente y los ef luvios de cola de pegar, barniz y

 

disolvente mantenían a los trabajad ores en permanente estado de

 

ofuscación. Durante varios meses hizo patas de sillas, todas exacta-

 

mente iguales. El accidente de la pierna lo puso sobre aviso y tantas

 

veces enfrentó al capataz reclamando derechos escritos en los con-

 

tratos e ignorados en la práctica, que terminaron por calificarlo de

 

revoltoso incurable y lo despidieron. De allí dio bote por diferentes

 

 

 

empleos y de todos salía en mala forma a las pocas semanas.

 

-Para qué alborotas tanto, Greg? No estás en la secundaria, ya no

 

eres el presidente de nada. Si te pagan lo tuyo no reclames. Quédate

 

tranquilo -le aconsejaba Olga si n esperanza de ser escuchada.

 

 -Haces bien, hijo, hay que tener solidaridad de clase. En la unión es-

 

tá la fuerza -exclamaba Cyrus, apuntando a una invisible bandera ro-

 

ja con un índice tembleque-. El trabajo eleva al hombre, y todos los

 

 

 

trabajos son igualmente dignos y debieran recibir la misma paga, pe-

 

ro no todos los hombres tienen las mismas habilidades. Tú no sirves

 

para esto, Greg, es un esfuerzo inút il, no te conduce a ninguna par-

 

te, es como echarle arena al mar.

 

-¿Por qué no te dedicas al arte, mejor? Tu padre era artista ¿no? -le

 

aconsejaba Carmen.

 

 91

 

 

 

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-Y se murió en la miseria dejándon os a cargo de la beneficencia pú-

 

blica. No gracias, estoy harto de se r pobre. La pobreza es una mier-

 

da.

 

 -Nadie se hace rico de obrero en una fábrica. Además tú no sabes

 

obedecer órdenes y te aburres pronto. Para lo único que sirves es

 

 

 

para ser tu propio jefe -insistía su amiga, quien aplicaba los mismos

 

principios para ella.

 

La joven ya no tenía edad para malabarismos callejeros vestida de

 

trapos multicolores, pero tampoco quería ganarse la vida en un em-

 

pleo, le producía horror la idea de pasar el día encerrada en una ofi-

 

cina o en un galpón ante una máquina de coser, ganaba algún dinero

 

haciendo artesanías para vender en tiendas de regalos y ferias am-

 

bulantes. Como Judy y muchas otras muchachas del barrio, tampoco

 

había terminado la secundaria; no tenía preparación pero le sobraba

 

inventiva y en secreto contaba con la complicidad de su padre para

 

escapar del martirio de un trabajo rutinario. A Pedro Morales le fla-

 

queaba la voluntad ante esa chica extravagante y le permitía algunas

 

 

 

licencias que no toleró en otros hijos.

 

En la fábrica de latas el trabajo era sencillo, pero cualquier distrac-

 

ción podía costar un par de dedos. La máquina a cargo de Gregory

 

Reeves sellaba el interminable desf ile de tarros que pasaba en una

 

correa transportadora. El ruido er a enloquecedor, un clamor de pa-

 

lancas y de láminas metálicas, un rugido de selladoras y de ruedas

 

 

 

dentadas, un chirriar de hierros m al aceitados, un tronar de marti-

 

llos, un rasguñar de cuchillas un cloqueteo de rodillos. Gregory, pro

 

-

 

visto de bolas de cera en las orejas, apenas soportaba el estrépito en

 

su cabeza; se sentía dentro de un escandaloso campanario, el ruido

 

lo dejaba exhausto, al salir a la c alle estaba tan aturdido que no se

 

percataba del bullicio del tráfico y por un buen rato le parecía encon-

 

trarse sumido en un silencio de fo ndo de mar. Lo único importante

 

era la producción y cada obrero es taba obligado a llegar al límite de

 

sus fuerzas y a menudo cruzarlo a tientas, si deseaba mantener el

 

empleo. Los lunes los hombres llega ban lánguidos por la resaca de

 

las parrandas de fin de semana y apenas lograban mantenerse des-

 

piertos. Al sonar el silbato de la tarde el ruido cesaba de pronto y por

 

algunos minutos Gregory perdía asidero y creía flotar en el vacío. Los

 

trabajadores se lavaban en los grifos del patio, se cambiaban de ropa

 

y salían en tropel rumbo a los bares. Al principio intentó acompañar-

 

los, inmerso en el humo saturado de tequila barata y cerveza negra,

 

riéndose de los chistes groseros y cantando rancheras desafinadas,

 

más aburrido que alegre; podía imaginar por algunos momentos que

 

tenía amigos, pero apenas salía al aire libre y se le despejaban u

 

n

 

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poco las brumas del bar, comprend ía que se estaba consolando con

 

engañifas de despechado. Nada te nía en común con los demás, los

 

mexicanos desconfiaban de él, tal como hacían de todos los gringos.

 

Pronto renunció a esa camaradería ilusoria y de la fábrica partía a su

 

cuarto, donde se encerraba a leer y a escuchar música. Para ganar la

 

confianza de los otros obreros se colocaba a la cabeza de las protes-

 

tas; era el primero en armar guerra cuando alguien se accidentaba o

 

se cometía un atropello, pero en la pr áctica resultaba difícil difundir

 

las ideas de Cyrus sobre justicia social, porque no contaba con el

 

apoyo de los supuestos beneficiados.

 

-Quieren seguridad, Cyrus. Tienen miedo. Cada uno se ocupa de lo

 

suyo, a nadie le importan los demás.

 

-Se puede vencer el temor, Gregor y. Debes enseñarles a sacrificar

 

los intereses individuales por causas comunes.

 

-En la vida real parece que cada uno defiende su palo del gallinero.

 

Vivimos en una sociedad muy egoísta.

 

-Debes hablarles, Greg. El hombre es el único animal que se guía por

 

una ética y que puede ir más allá del instinto. Si no fuera así todavía

 

estaríamos en la Edad de Piedra . Este es un momento crucial de la

 

historia, si nos salvamos de un cataclismo atómico los elementos es-

 

tán dados para el nacimiento del Hombre Nuevo. -explicaba incansa-

 

ble el ascensorista en su elaborada jerga.

 

-Ojalá tengas razón, pero me temo que el Hombre Nuevo nacerá en

 

otra parte, Cyrus, no por estos lados. En este barrio nadie piensa en

 

saltos biológicos, sino en sobrevivir.

 

Así era, ninguno deseaba llamar la atención. Los hispanos, ilegales

 

en su mayoría, habían llegado al norte venciendo incontables obstá-

 

culos y no tenían la menor intenció n de provocar nuevas desgracias

 

con martingalas políticas que podían atraer a los temibles agentes de

 

la “Migra”. El capataz de la fábr ica, un hombronazo de barba roja,

 

había observado a Reeves durante meses. No lo había despedido

 

porque era uno de los pacientes admiradores de Judy, soñaba con

 

desnudarla algún día para recorrer sus carnes generosas, y por un

 

tiempo pensó ablandarle el corazón sirviéndose de su hermano. No

 

dejaba pasar ocasión de tomarse unos tragos con Gregory, siempre a

 

la espera de ser correspondido con una invitación a casa de los Ree-

 

ves. No quiero verlo por aquí, gruñó Judy cuando su hermano se lo

 

insinuó, sin imaginar que el pelirrojo ganaría la partida a punta

 

de

 

tenacidad y con el tiempo llegaría a ser su primer marido. Cierta vez

 

 

 

el hombre sorprendió a Gregory re partiendo unas hojas mal escritas

 

en español y quiso saber de qué diablos se trataba.

 

-Son artículos de la Ley del Trabajo -replicó desafiante.

 

 93

 

 

 

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-¿Qué pendejada es ésa?-Las condiciones de este galpón son insalu-

 

bres y nos deben muchas horas extraordinarias.

 

-Ven a la oficina, Reeves.

 

Una vez a solas le ofreció asiento y un trago de una botella de gine-

 

 

 

bra que guardaba en el botiquín de primeros auxilios. Durante un

 

momento muy largo lo observó en silencio, buscando la forma de

 

explicarle sus razones. Era de pocas palabras y jamás se hubiera to-

 

mado esa molestia si Judy no estuviera de por medio.

 

-Aquí puedes llegar lejos, hombre. Tal como veo la cosa, puedes ser

 

capataz en menos de cinco años. Tienes educación y sabes mandar.

 

-Y también soy blanco, ¿verdad? -apuntó Reeves.

 

-También. Hasta en eso tienes suerte.

 

-Por lo visto ninguno de mis co mpañeros saldrá nunca de la correa

 

transportadora…

 

-Esos indios pulguientos son mala ge nte, Reeves. Pelean, roban, no

 

se puede confiar en ellos. Además son tontos, no entienden nada, no

 

aprenden inglés, son flojos.

 

-No sabes lo que dices. Tienen más habilidad y sentido del honor que

 

tú y yo. Has vivido en este barrio toda tu vida y no sabes una pala-

 

bra de español, en cambio cualquier a de ellos aprende inglés en po-

 

cas semanas. Tampoco son flojos, trabajan más que cualquier blanco

 

por la mitad del pago.

 

-¿Qué te importa esa gentuza? No tienes nada que ver con ellos.

 

eres diferente. Créeme, serás capataz y quién sabe si un día

 

 serás

 

dueño de tu propia fábrica, tienes buena pasta, debes pensar en tu

 

futuro. Te ayudaré, pero no quiero peloteras. No te conviene. Por

 

otra parte estos indios no se quej an de nada, están de lo más con-

 

tentos.

 

-Pregúntales, a ver cuán contentos están…

 

-Si no les gusta que se vayan a su país, nadie les pidió que vinie

 

ran

 

aquí.

 

Reeves había oído esa frase muchas veces y salió de la oficina indig-

 

nado. En el patio donde los obreros se lavaban vio el tarro de basura

 

lleno a rebasar con sus panfletos, lo volteó de una patada y partió

 

maldiciendo.

 

Para pasar el mal rato se fue al ci ne a ver dos películas de horror,

 

después se comió una hamburguesa de pie en un mesón y a media-

 

noche volvió caminando a su pieza. Entretanto la rabia se le había

 

transformado en un angustioso sent imiento de impotencia. Al llegar

 

encontró un mensaje en su puerta: Cyrus estaba en el hospital.

 

El anciano ascensorista agonizó dos días sin más compañía que Gre-

 

gory Reeves. No tenía familia y no quiso avisar a ninguno de sus

 

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amigos porque consideraba la muer te como un asunto privado. De-

 

testaba los sentimentalismos y advi rtió a Gregory que a la primera

 

lágrima mejor se iba, porque no estaba dispuesto a pasar los últimos

 

momentos en esta tierra consolan do a un llorón. Lo había llamado,

 

explicó, porque le quedaban alg unas cosas por enseñarle y no de-

 

seaba partir con el remordimiento de una tarea inconclusa. En esos

 

días su corazón se fue apagando con rapidez, pasaba muchas horas

 

concentrado en el fatigoso proces o de despedirse de la vida y des-

 

prenderse de su cuerpo. A ratos di sponía de fuerzas para hablar y

 

tuvo suficiente lucidez para preven ir a su discípulo una vez más so-

 

bre los peligros del individualismo y dictarle una lista de autores in-

 

eludibles con instrucciones de leerlos en el orden señalado. Luego le

 

 

 

entregó la llave de una casilla de la estación de trenes y con muchas

 

pausas para sujetar el aliento le dio sus disposiciones finales.

 

-Ahí encontrarás ochocientos diez dólares en billetes. Nadie sabe que

 

los tengo, el hospital no podrá reclamarlos para pagar mis gastos. La

 

caridad pública o la biblioteca se ha rán cargo de mi funeral; no me

 

echarán a la basura, estoy seguro. Ese dinero es para ti, hijo, para

 

 

 

que vayas a la universidad. Se pued e empezar por abajo, pero es

 

mucho mejor empezar por arriba y sin un diploma te costará mucho

 

salir de este agujero. Mientras más alto te encuentres, más podrás

 

hacer por cambiar las cosas de este condenado capitalismo ¿me en-

 

tiendes?, Cyrus…

 

-No me interrumpas, se me van las fuerzas. ¿Para qué te he llenado

 

el cerebro de lectura durante tantos años? ¡Para que lo uses! Cuando

 

uno se gana el sustento en lo que no le gusta se siente como un es-

 

clavo, cuando uno lo hace en lo que ama se siente como un príncipe.

 

Coge el dinero y te vas lejos de esta ciudad ¿me has oído? Tuviste

 

buenas notas en la escuela, te admitirán sin problemas en cualquier

 

universidad. Júrame que lo harás.

 

-Pero…

 

-¡Júramelo!

 

-Te juro que lo intentaré…

 

-No me basta.

 

-Júrame que lo harás.

 

-Está bien, lo haré -y Gregory Reev es tuvo que salir al pasillo para

 

que su amigo no lo viera llorar. Como un zarpazo le había vuelto un

 

miedo antiguo. Después de ver a Martínez destrozado en la línea

 

 del

 

tren creyó que había superado su obsesión con la muerte y en ver-

 

dad no pensó en ella por años, pero al sentir en el aire del cuarto de

 

Cyrus ese tenue aroma de almendras amargas, el terror le volvió con

 

la misma intensidad de su infancia. Se preguntó por qué ese olor le

 

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producía náuseas, pero no pudo recordarlo. Esa noche Cyrus murió

 

con discreción y dignidad, tal como había vivido, acompañado del

 

hombre a quien consideraba su hijo. Poco antes del fin sacaron al

 

moribundo de la sala común y lo tr asladaron a un cuarto privado.

 

Advertido por Carmen Morales el Padre Larraguibel se presentó a

 

ofrecer los consuelos de su fe, pero el enfermo ya estaba inconscien-

 

te y Gregory consideró una falta de respeto molestar a Cyrus, agnós-

 

tico, irrestricto, con aspersiones de agua bendita y latinazgos.

 

-Esto no puede hacerle mal y quién sabe si le haga bien -razonó el

 

 

 

cura.

 

-Lo siento Padre, a Cyrus no le gustaría, usted perdone.

 

-No te toca a ti decidir, muchacho -replicó el otro, categórico, y

 

 sin

 

más dilaciones lo apartó de un empujón, extrajo de su maletí

 

n la es-

 

tola de su autoridad y el óleo santo de la extremaunción y procedió a

 

cumplir su cometido aprovechando que el enfermo no estaba en con-

 

dición de defenderse.

 

La muerte fue tranquila y pasaron varios minutos antes de que Gre-

 

gory se diera cuenta de lo ocurri do. Se quedó un largo rato sentado

 

junto al cuerpo de su amigo hablándole por primera vez, agradecién-

 

dole lo que debía agradecer, pidiéndole que no lo abandonara y vela-

 

ra por él desde el cielo de los in crédulos, mira qué tonto soy, Cyrus,

 

pedirte esto justamente a ti, que si no crees en Dios menos debes

 

creer en los ángeles de la guarda. A la mañana siguiente sacó e

 

l mo-

 

desto tesoro de la casilla y le agregó algunos ahorros propios para fi-

 

nanciar un solemne funeral con músi ca de órgano y profusión de

 

gardenias, al cual invitó al personal de la biblioteca y a otras perso-

 

nas que desconocían la existencia de Cyrus y asistieron sólo porque

 

se los pidió, como su madre, Judy y la tribu de los Morales, incluyen

 

-

 

do a la abuela chiflada, quien se ac ercaba a los cien años y aún era

 

capaz de regocijarse con un sepelio ajeno, feliz de no ser ella quien

 

iba en el ataúd. El día del entie rro amaneció un sol radiante, hacía

 

calor y Gregory sudaba en su traje oscuro alquilado. Al marchar tras

 

el féretro por el sendero del cementerio se despedía calladamente de

 

su viejo maestro, de la primera etapa de su vida, de esa ciudad y de

 

los amigos. Una semana más tarde to mó el tren a Berkeley. Llevaba

 

noventa dólares en el bolsillo y muy pocos buenos recuerdos.

 

Salté del tren con la anticipación de quien abre un cuaderno en blan-

 

co; mi vida empezaba de nuevo. Había oído tanto de aquella ciudad

 

 

 

profana, subversiva, y visionaria, donde convivían los lunáticos junto

 

a los Premios Nobel, que me pareci ó sentir el aire cargado de ener-

 

gía, aletazos de un viento contagioso sacudiéndome de encima vein-

 

te años de rutinas, fatiga y asfixia. Ya no daba más, Cyrus tenía ra-

 

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zón, se me estaba pudriendo el alma. Vi una hilera de luces amarillas

 

en la niebla lunar, un andén algo de sportillado, sombras de viajeros

 

silenciosos cargando maletas y bu ltos, oí los ladridos de un perro.

 

Había una impalpable humedad fría y un extraño olor, mezcla de hie-

 

rros de la locomotora y tufillo de ca fé. Era una estación tristona co-

 

mo muchas, pero eso no derrotó mi entusiasmo, me eché el saco de

 

lona a la espalda y partí dando brincos de mocoso y gritando a pleno

 

pulmón que ésa era la primera noch e de todos los demás días estu-

 

pendos de mi fantástica vida. Nadi e se volteó a mirarme, como si

 

aquel arrebato de súbita demencia fuera de lo más normal, y así

 

 era

 

en verdad, como comprobé a la ma ñana siguiente apenas salí del

 

hostal de jóvenes y puse los pies en la calle para emprender la aven-

 

tura de inscribirme en la universidad, conseguir un empleo y encon-

 

trar un lugar donde vivir. Era otro planeta. A mí, que había creci

 

do

 

en una especie de ghetto, la atmó sfera cosmopolita y libertaria de

 

Berkeley me emborrachó. En un muro estaba escrito a brochazos con

 

pintura verde: “todo se tolera me nos la intolerancia”. Los años que

 

pasé allí fueron intensos y espléndidos, todavía cuando voy de visita,

 

cosa que hago a menudo, siento que pertenezco a esa ciudad. Cuan-

 

do llegué, al comienzo de la década de los sesenta, no era ni sombra

 

del circo indescriptible que llegó a ser en la época en que me fui al

 

otro lado de la bahía, pero ya era extravagante, cuna de movimien-

 

tos radicales y atrevidas formas de rebelión. Me tocó asistir a la

 

 

 

transformación del gusano en capullo al insecto de grandes alas mul-

 

ticolores que alborotó a una generación. De los cuatro puntos card

 

i-

 

nales llegaban jóvenes tras ideas nuevas que aún no tenían nombre,

 

pero se percibían en el aire como pulsaciones de un tambor en sordi-

 

na. Era la Meca de los peregrinos sin dios, el otro extremo del conti-

 

nente, donde se iba escapando de viejas desilusiones o en busca de

 

alguna utopía, la esencia misma de C alifornia, el alma de este vasto

 

territorio iluminado y sin memoria, una Torre de Babel de blancos,

 

asiáticos, negros, algunos latinos, niños, viejos, jóvenes, sob

 

re todo

 

jóvenes: No confíes en nadie mayor de treinta. Estaba de moda ser

 

pobre, o al menos aparentar serlo, y siguió estándolo en las dé

 

cadas

 

futuras, cuando el país entero se abandonó a la embriaguez de la co-

 

dicia y del éxito. Sus habitantes me parecieron todos algo andrajo-

 

sos, con frecuencia el mendigo de la esquina tenía un aspecto menos

 

lamentable que el pasante generoso que le daba una limosna. Yo ob-

 

servaba con curiosidad de provinc iano. En mi barrio de Los Ángeles

 

no había un solo hippie, los machos mexicanos lo habrían destroza-

 

do, y aunque había visto algunos en la playa, en el centro o por tele

 

-

 

visión, nada era comparable a ese espectáculo. En torno a la univer-

 

 97

 

 

 

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sidad los herederos de los Beatles se habían tomado las calles con

 

sus melenas, barbas y patillas, flor es, collares, túnicas de la India,

 

bluyines pintarrajeados y sandalias de fraile. El olor de la marihuana

 

se mezclaba con el del tráfico, inci enso, café y oleadas de especias

 

de las cocinerías orientales. En la universidad todavía se usaba el pe-

 

lo corto y la ropa convencional, pero creo que ya se vislumbraban los

 

cambios que un par de años más tarde acabarían con esa prudente

 

 

 

monotonía. En los jardines los estu diantes se quitaban los zapatos y

 

las camisas para tomar sol, como anticipo de la época cercana en

 

que hombres y mujeres se desnudarían por completo festejando la

 

revolución del amor comunitario. “Jóvenes para siempre”, decía el

 

graffiti de un muro, y cada hora el despiadado carillón del Campanile

 

nos recordaba el paso inexorable del tiempo. Me había tocado ver de

 

cerca varios rostros del racismo, soy de los pocos blancos que lo ha

 

sufrido en carne propia. Cuando la hija mayor de los Morales se la-

 

mentó de sus pómulos indígenas y su color canela, su padre la cogió

 

por un brazo, la arrastró ante un es pejo y le ordenó que se mirara

 

bien mirada y agradeciera a la Santísima Virgen de Guadalupe no ser

 

una negra cochina. En esa ocasión pensé que a don Pedro Morales le

 

había servido de muy poco el diplom a del Plan Infinito colgado en la

 

pared certificando la superioridad de su alma; en el fondo tenia los

 

mismos prejuicios de otros latinos que detestan a negros y asiáticos.

 

A la universidad no entraban hisp anos en ese tiempo, todos eran

 

blancos excepto unos pocos descendientes de los inmigrantes chinos.

 

Tampoco había negros en las salas de clases, apenas unos cuantos

 

en los equipos deportivos. Se veían muy pocos en oficinas, tiendas y

 

restaurantes, en cambio atestaban cárceles y hospitales. Es cierto

 

que había segregación. pero los negros no tenían la condición de ex-

 

tranjeros, tan humillante para mi s amigos latinos, al menos ellos

 

caminaban sobre su propio suelo y muchos empezaban a hacerlo con

 

grandes trancos ruidosos.

 

Recorrí las oficinas tratando de ubicarme en el laberinto del campus,

 

calculando cuánto dinero necesitaba para sobrevivir y cómo conse-

 

guir un empleo. Me mandaban de una ventanilla a otra en trámites

 

circulares que se pillaban la cola, la burocracia me aplastó, nadie te-

 

nía idea de nada, los recién llega dos éramos considerados una mo-

 

lestia inevitable de la cual procuraba n sacudirse. No supe si a todos

 

nos trataban como basura para curtirnos el ánimo o si solamente yo

 

andaba tan perdido; llegué a sospechar que me discriminaban por mi

 

acento chicano. De vez en cuando algún estudiante de buena volun-

 

tad, sobreviviente de otros obst áculos, me soplaba alguna informa-

 

ción para guiarme en la dirección correcta, sin esa ayuda habría pa-

 

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sado un mes dándome vueltas como un pánfilo. En los dormitorios

 

no había vacantes y no me interesa ban las fraternidades, son antros

 

conservadores y clasistas donde un tipo como yo no tiene cabida. Un

 

muchacho con quien me topé varias veces durante las engorrosas di-

 

ligencias de esos días, me dijo que había conseguido un cuarto de

 

 

 

alquiler y estaba dispuesto a compartirlo conmigo. Se llamaba Ti-

 

mothy Duane y, según supe después, era considerado por las chicas

 

 

 

el hombre más buen mozo de la Univ ersidad. Cuando Carmen lo co-

 

noció, muchos años más tarde, dijo que parecía una estatua g

 

riega.

 

De griego no tiene nada, es un irlandés de ojos claros y pelo negro,

 

 

 

igual a tantos. Me contó que su abuelo escapó de Dublín a comienzos

 

del siglo perseguido por la justicia inglesa, llegó a Nueva York con

 

una mano por delante y otra por de trás y en pocos años dedicado a

 

oscuros negocios hizo una fortuna. En la vejez se convirtió en bene-

 

factor de las artes y nadie se acor dó de sus comienzos algo turbios;

 

al morir le dejó a su descendenc ia un montón de dinero y un buen

 

nombre. Timothy se crió interno en colegios católicos para niño

 

s ri-

 

cos, donde aprendió algunos deportes y le cultivaron un oprimente

 

sentido de culpa que, de todos modos, estoy seguro que ya traía

 

desde la cuna. En el fondo de su alma deseaba ser actor, pero su

 

padre consideraba que sólo había dos profesiones respetables: mé

 

di-

 

co o abogado; todo lo demás era burumballa para truhanes y con

 

mayor razón lo relacionado con el teatro, que a sus ojos era cosa de

 

homosexuales y pervertidos. Distraía la mitad de sus impuestos con

 

la fundación para las artes inventada por el abuelo Duane, pero eso

 

no le desarrolló simpatía por los artistas. Se mantuvo autoritario

 

 y en

 

buena salud durante casi un siglo, privando a la humanidad de la

 

figura perfecta de su hijo en la pantalla sobre un escenario. Timothy

 

se convirtió en un médico que detesta su profesión y asegura que se

 

dedicó a la patología porque al menos a los muertos no tiene necesi-

 

dad de escucharles sus quejas ni consolarlos. Al renunciar a sus sue-

 

ños histriónicos y cambiar las tablas por heladas salas de disecci

 

ón,

 

se convirtió en un solitario atormentado por tenaces demonios. Mu-

 

chas mujeres lo han perseguido, pe ro todos sus amores fracasaron

 

por el camino dejándole un reconcomio de pesadumbre y desconfian-

 

za, hasta que tarde en su vida, cuando había perdido la risa, la espe

 

-

 

ranza y buena parte de su apostura, apareció alguien que lo salvó de

 

sí mismo. Pero me estoy adelan tando, eso ocurrió mucho después.

 

En la época en que lo conocí engañaba a su padre con la promesa de

 

estudiar leyes o medicina, mientras a escondidas se dedicaba al tea-

 

tro, su verdadera pasión. Había llegado esa semana a la ciudad y to-

 

davía estaba en la fase exploratoria, pero a diferencia de mí, con

 

taba

 

 99

 

 

 

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con experiencia en el mundo de la educación para blancos, tenia el

 

respaldo de un padre rico y una acti tud que le abría las puertas. Por

 

su aplomo parecía el dueño de la universidad. Aquí se estudia poco,

 

pero se aprende mucho; abre los ojos y cierra la boca, me aconsejó.

 

Yo aún andaba como espultado. Su cuarto resultó ser el ático de una

 

casa vieja, una sola pieza con tech os de catedral y dos claraboyas

 

por donde se vislumbraba- la torre del Campanile. Me me demostró

 

que también se podían ver otras cosas; trepándonos en una silla

 

, di-

 

visábamos el baño de un dormitor io, donde cada mañana desfilaban

 

hileras de muchachas en ropa interior camino a las duchas. Al descu-

 

brir poco después que las observábamos, varias se paseaban desnu-

 

das. En la habitación había muy po cos muebles, apenas dos camas,

 

una mesa grande y una repisa para libros. Tendimos un trozo de ca-

 

ñería entre dos vigas para colgar la ropa y lo demás fue a parar a

 

unas cajas de cartón en el suelo. El resto de la casa estaba ocupado

 

por dos mujeres encantadoras, Joan y Susan, que con el tiempo se

 

convirtieron en muy buenas amigas mías. Tenían una amplia cocina

 

donde preparaban las recetas de un libro que pensaban escribir; el

 

aroma de sus guisos me hacía agua la boca, gracias a ellas aprendí a

 

cocinar. Poco después serían famosas, no tanto por su talento culina-

 

rio o por el libro que jamás llegó a publicarse, sino porque pusie

 

ron

 

de moda la idea de quemar el sostén en protestas públicas. Ese ges-

 

to, producto de un arrebato de inspiración cuando les negaron la en-

 

trada a un bar para hombres solos y captado casualmente por la

 

máquina fotográfica de un turista japo nés, salió en el noticiario de

 

televisión, fue imitado por otras mu jeres y pronto se convirtió en la

 

contraseña de las feministas del mundo. La casa resultó ideal, estaba

 

a un paso de la universidad y era muy cómoda. Además me gustaba

 

su aire señorial; comparada con los otros sitios donde había vivido

 

parecía un palacio. Años después alb ergaría a una de las más céle-

 

bres comunidades hippies de la ci udad, veintitantas personas en

 

amable promiscuidad bajo el mismo techo, y el jardín se convertirla

 

en una enmalezada plantación de marihuana, pero para entonces yo

 

me había mudado a otra parte.

 

Tim me obligó a desprenderme de mis camisas, dijo que parecía un

 

pájaro tropical con esa moda del sur de California; en Berkeley nadie

 

se vestía así, no podía salir a protestar con esa facha. Me explicó que

 

si no protestábamos no éramos na die y no conseguíamos mujeres.

 

Yo había notado los letreros y af iches anunciando diversas causas:

 

hambrunas, dictaduras y revoluciones en puntos del planeta imposi-

 

bles de ubicar en un mapa, derechos de las minorías, de las mujeres,

 

los bosques y las especies en peligro, paz y fraternidad. No se podía

 

 

 

 100

 

 

 

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avanzar una cuadra sin poner la firma en algún manifiesto ni tomar-

 

se un café sin donar veinticinco céntimos a una colecta para algún fin

 

tan altruista como distante. El tiempo del estudio era mínimo compa-

 

rado con el dedicado a reclamar por los males ajenos, denunciar al

 

gobierno, los militares, la política ex terior, los abusos raciales, los

 

crímenes ecológicos y las injustic ias sempiternas. Esa preocupación

 

obsesiva por los asuntos del mund o, aun los más disparatados, fue

 

una revelación. Cyrus me había se mbrado por años preguntas en la

 

mente, pero hasta entonces me parecían material de libros y de

 

ejercicios intelectuales sin aplicac ión práctica en la existencia coti-

 

diana, cosas que sólo podía discuti r con él porque el resto de los

 

mortales resultaba impermeable a tales temas. Ahora compartía esas

 

inquietudes con los amigos; nos se ntíamos parte de una compleja

 

red donde cada acción repercutía con imprevisibles consecuencias en

 

el destino futuro de la humanidad. Según mis compinches de los ca-

 

fés había una revolución en marcha que nadie podría detener, nues-

 

tras teorías y costumbres serían pronto universalmente imitadas, te-

 

níamos la responsabilidad histórica de estar al lado de los buenos, y

 

los buenos eran, por supuesto, los extremistas. Nada debía quedar

 

en pie, era necesario allanar el terreno para la nueva sociedad. Escu-

 

ché por primera vez la palabra política en susurros en el ascensor

 

 de

 

la biblioteca y sabía que ser llamado liberal o radical era un insult

 

o

 

apenas menos ofensivo que comunista. Ahora estaba en la única ciu-

 

dad de los Estados Unidos donde es to era al revés, allí lo único peor

 

que ser conservador, era ser neutral o indiferente. Una semana mas

 

tarde me encontraba instalado en el desván con mi amigo Duane,

 

asistía regularmente a clases y hab ía conseguido dos trabajos para

 

mantenerme a flote. El estudio no me pesaba, todavía esa universi-

 

dad no se convertía en el terrible colador de cerebros que llegó a ser

 

después, me pareció como la escuela secundaria, pero más desorde-

 

nada. Había obligación de asistir a cursos militares por dos años. Me

 

divertía tanto en los ejercicios y en los campamentos de verano, y

 

me gustaba tanto el uniforme, que lo hice por cuatro y obtuve grado

 

de oficial. Al inscribirme me hicieron firmar una declaración jurada de

 

que no era comunista. Mientras co locaba mi firma al pie del docu-

 

mento sentí la mirada irónica de Cy rus en mi nuca tan vívidamente,

 

que me volví para saludarlo.

 

El capataz de la fábrica de latas soñaba cada noche con Judy Reeves

 

y despierto lo perseguía sin tregua la visión de esa mujer. No era

 

uno de aquellos hombres obsesionad os por las gordas, ni siquiera

 

había notado que ella lo fuera. A su s ojos era perfecta, no le faltaba

 

ni le sobraba nada, y si alguien le hubiera dicho que tenía prácti

 

ca-

 

 101

 

 

 

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mente el doble de su peso normal se hubiera sorprendido de veras.

 

No se fijaba en el tamaño de sus defectos, sino en la calidad de sus

 

virtudes, amaba sus senos redondos y su trasero ampuloso y le gus-

 

taba que fueran grandes, Así había más para coger a dos manos. Lo

 

deslumbraba la piel de bebé, las manos dañadas por la costura y los

 

quehaceres de la casa, pero de no ble forma, la radiante sonrisa que

 

había vislumbrado en un par de ocasiones y su cabello fino y tan ru-

 

bio como hilos de plata. La determinación de la joven para rechazarlo

 

sólo aumentaba su deseo. Buscaba oportunidades para acercarse a

 

pesar de la arrogancia con que ella lo ignoraba una y otra vez. Re-

 

cién lavado, con camisa limpia y rociado con agua de colonia para di-

 

sipar el ácido olor de la fábrica, se apostaba cada tarde en la parada

 

del bus a esperar que su amada re gresara del trabajo, le tendía la

 

mano para ayudarla a bajar del vehí culo y no se molestaba cuando

 

ella prefería descender a trastabillo nes antes que apoyarse en él.

 

Caminaba a su lado hablándole en un tono cotidiano, como si fueran

 

íntimos amigos, sin desanimarse por el taimado silencio de Judy; le

 

contaba pormenores de su jornada, noticias de personas desconoci-

 

das para ella y resultados del béisbol. La acompañaba hasta la puer-

 

ta de su casa, la invitaba a cenar -seguro de su negativa silenciosa-

 

y se despedía con la promesa de ve rla al día siguiente en el mismo

 

sitio. Este paciente asedio se mantuvo sin variaciones durante dos

 

meses.

 

-¿Quién es ese hombre que viene todos los días? -preguntó Nora

 

Reeves por fin.

 

-Nadie, mamá.

 

-¿Cómo se llama?

 

-No le he preguntado, ni me interesa.

 

Al día siguiente Nora aguardó at isbando por la ventana y antes que

 

Judy alcanzara a cerrar la puerta en las narices del gigante pelirrojo,

 

le salió al encuentro y lo invitó a tomar una cerveza, a pesar de la

 

mirada asesina de su hija. Sentado en la minúscula sala en una silla

 

 

 

demasiado frágil para su enorme co rpachón, el pretendiente perma-

 

neció callado apretándose las manos para hacer sonar los nudillos

 

 

 

mientras Nora lo observaba sin di simulo desde el sillón de mimbre.

 

Judy había desaparecido en el dorm itorio y a través de las delgadas

 

paredes se oían sus furiosos resoplidos.

 

-Permítame agradecerle sus finas at enciones con mi hija -dijo Nora

 

Reeves.

 

-Ajá -replicó el hombre, incapaz de discurrir una respuesta más labo-

 

riosa, porque no estaba acostumb rado a ese lenguaje rebuscado.

 

-Usted parece buena persona.

 

 102

 

 

 

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-Ajá…

 

 -¿Lo es?

 

-¿Qué?

 

-Si acaso es usted buena persona.

 

-No sé, señora.

 

-¿Cómo se llama?

 

-Jim Morgan.

 

-Yo me llamo Nora y mi marido es Charles Reeves, Maestro Funcio-

 

nario y Doctor en Ciencias Divinas, seguramente usted ha oído

 

hablar de él, es muy conocido…

 

Judy, que escuchaba la conversación desde el otro cuarto, no aguan-

 

tó más y entró como un tifón a la s ala, enfrentando a su tímido ad-

 

mirador con los brazos en jarra.

 

-¡Qué diablos quieres de mí! ¡Por qué no me dejas en paz!

 

 

 

-No puedo… creo, que me estoy en amorando, verdad lo siento… -

 

balbuceó el desdichado galán, la cara tan encendida como su pelo. -

 

¡Está bien, si la única forma de lib rarme de esta pesadilla es acos-

 

tándome contigo, vamos de una vez!

 

Nora Reeves lanzó una exclamación de espanto y se levantó con t

 

al

 

sobresaltó que el sillón se volcó; su hija nunca había usado ese vo-

 

cabulario en su presencia. Morgan también se puso de pie, se despi-

 

dió con un gesto de Nora, se encasquetó su gorra y salió.

 

-Veo que me equivoqué contigo. Lo que yo quiero es matrimonio -le

 

dijo secamente desde el umbral.

 

Al bajar del bus al otro día Judy no encontró a nadie dispuesto a ten-

 

derle la mano para ayudarla. Suspiró aliviada y echó a andar con s

 

u

 

lento bamboleo de fragata observando el quehacer de la calle, las

 

gentes en sus afanes, los gatos esca rbando en los basureros. los ni-

 

ños morenos correteando en juegos de vaqueros y bandidos. El ca-

 

mino se le hizo largo y cuando llegó a su casa la alegría se le había

 

disipado y en su lugar sentía un áspero despecho. Esa noche no pudo

 

dormir; se retorcía entre las sábanas como una ballena varada en la

 

marea baja, desesperada. Se levantó al amanecer, se comió dos plá

 

-

 

tanos, una taza de chocolate, tres huevos fritos con tocino y ocho

 

tostadas untadas con mantequilla y mermelada. Su madre la encon-

 

tró en el porche con bigotes de chocolate y yema de huevo y dos

 

hilos de lágrimas cayéndole por las mejillas.

 

-Anoche vino tu padre de nuevo. Manda decir que entierres hígados

 

de pollo a los pies del sauce.

 

-No me hables de él, mamá.

 

-Es por las hormigas. Dice que así se irán dé la casa.

 

 103

 

 

 

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Ese día Judy no fue a trabajar y en cambio fue a visitar a Olga. La

 

adivina la miró de pies a cabeza, evaluando los rollos, las piernas

 

hinchadas, la respiración jadeante, el horrible vestido cosido de prisa

 

en una tela ordinaria, la tremenda desolación en los ojos absoluta-

 

mente azules de la muchacha y no tuvo necesidad de su bola de cris-

 

tal para improvisar un consejo.

 

-¿Qué es lo que más te gustaría tener, Judy?

 

-Hijos -replicó ella sin vacilar.

 

-Para eso necesitas un hombre. Y ya que estás en eso, es mejor que

 

sea un marido.

 

La joven se dirigió a la pastelería de la esquina y devoró tres paste-

 

les de mil hojas y dos vasos de si dra de manzana, de allí partió a la

 

peluquería, donde no había puesto jamás los pies, y en las tres horas

 

siguientes una mexicana chaparri ta y simpática le hizo una perma-

 

nente, le pintó las uñas de las manos y de los pies de un rosa fulmi-

 

nante y le depiló las piernas con ce ra, mientras ella se comía un kilo

 

de bombones con paciente determinación. Luego tomó el bus al cen-

 

tro con la intención de comprar un vestido en la única tienda para

 

gordas que había entonces en el es tado de California. Consiguió una

 

falda celeste y un blusón floreado que disimulaban un poco su volu-

 

men y resaltaban la frescura infantil de su piel y sus ojos. Así atavia-

 

da a las cinco de la tarde se apos tó de brazos cruzados y con una

 

tremebunda expresión en la puerta de la fábrica donde trabajaba su

 

 

 

enamorado. Sonó el silbato, vio s alir al tropel de obreros latinos y

 

veinte minutos más tarde apareció el capataz sin afeitarse, sudado y

 

con una camiseta grasienta. Al verla se detuvo boquiabierto.

 

-¿Cómo dijiste que te llamabas? -le preguntó Judy con un vozarr

 

ón

 

poco amable para ocultar su vergüenza.

 

-Jim. Jim Morgan… Te ves muy bonita.

 

-¿Todavía quieres casarte conmigo?

 

-¡Claro que sí!

 

El Padre Larraguibel celebró la ceremonia en la parroquia de Lourdes,

 

a pesar de que Judy era bahai co mo su madre y Jim pertenecía a la

 

Iglesia de los Santos Apóstoles, pe ro sus amigos eran católicos y en

 

ese barrio el único matrimonio válido era con los ritos del Vatica

 

no.

 

Gregory viajó especialmente para conducir a su hermana del brazo al

 

altar. Pedro Morales financió la fiesta, mientras Inmaculada, sus hijas

 

y amigas pasaron dos días cocinando platos mexicanos y fabricando

 

galletas de boda. El novio se encargó del licor y de la música, arma-

 

ron una parranda en el medio de la calle con el mejor grupo de ma-

 

riachis y más de cien invitados que bailaron toda la noche los ritmos

 

 

 

latinos. Nora Reeves fabricó para su hija un primoroso vestido de

 

 104

 

 

 

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novia con tantos vuelos de organdí que de lejos parecía un velero de

 

piratas y de cerca la cuna de un príncipe heredero. Jim Morgan tení

 

a

 

algunos ahorros y pudo instalar a su mujer en una casa pequeña, pe-

 

ro cómoda, y comprarle un juego de dormitorio nuevo con una cama

 

de medidas especiales capaz de contenerlos a ambos y de resistir los

 

encontronazos de rinoceronte con que se amaron de buena fe la pri-

 

mera semana. El viernes siguiente el marido no llegó a dormir a la

 

casa. Su esposa lo esperó hasta el domingo, cuando apareció tan

 

embriagado que no podía recordar dónde había estado ni con quié

 

n.

 

Judy cogió una botella de leche y se la partió en la cabeza. A otro

 

más débil el golpe tal vez lo habr ía matado, pero a Jim Morgan ape-

 

nas le fracturó la frente y, lejos de apabullarlo, lo puso en un frenéti-

 

co estado de excitación. Se secó la sangre de los ojos con la manga,

 

se lanzó encima de Judy y a pesar de sus furiosos pataleos esa no-

 

che gestaron al primer hijo, un rozagante niño que pesó cinco kilos al

 

nacer. Judy Reeves, iluminada po r una felicidad que jamás imaginó

 

posible, se lo puso al pecho, de terminada a dar a esa criatura el

 

amor que ella nunca tuvo. Había descubierto su vocación de madre.

 

 

 

Para Carmen Morales la partida de Gregory fue una ofensa personal.

 

En el fondo de su corazón siempr e supo que él no pertenecía al ba-

 

rrio y tarde o temprano emprendería otros rumbos, pero suponía que

 

 

 

cuando llegara ese momento partirían juntos, tal vez a correr aven-

 

turas con un circo ambulante, como tantas veces habían planeado.

 

No podía imaginar su existencia si n él. Desde que podía recordar lo

 

había visto casi a diario, nada gr ande o pequeño le había sucedido

 

nunca sin compartirlo con su amigo. Él le reveló los misterios de la

 

infancia, que Santa Claus no exist ía y los bebés no crecían en repo-

 

llos ni los traía la cigüeña de París, fue el primero en enterarse de la

 

novedad cuando ella descubrió a los once años una mancha roja en

 

sus calzones. Estaba más cerca su yo que de su propia madre o de

 

sus hermanos, habían crecido juntos, se contaban incluso aquellas

 

cosas vedadas por el pudor en el cual la habían educado. Como Gre-

 

gory, ella también se enamoraba a cada rato con pasiones fulminan-

 

tes y de corto aliento. pero a dife rencia de él, estaba atada por las

 

tradiciones patriarcales de su familia y de su ambiente. Su apasiona-

 

da naturaleza se estrellaba contra el doble código moral que conver-

 

tía a las mujeres en prisioneras y en cambio otorgaba licencia de ca-

 

za a los hombres. Debía cuidar su reputación porque cualquier som-

 

bra podía desencadenar una traged ia; su padre y sus hermanos la

 

vigilaban celosamente, dispuestos a defender el honor de la casa,

 

mientras al mismo tiempo intentaban hacer con otras mujeres lo que

 

jamás les permitirían a las de su misma sangre. Carmen tenía un es-

 

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píritu indómito, pero en ese tiempo todavía estaba enredada en las

 

telarañas del qué dirán. Temía sobre todo a su padre, luego al explo-

 

sivo cura Larraguibel y a Dios, en este orden, y finalmente a las ma-

 

las lenguas, capaces de destrozarle el futuro. Como tantas otras mu-

 

chachas de su generación, fue cr iada con el axioma de que el

 

matrimonio y la maternidad eran el más perfecto destino “–se-

 

casaron-tuvieron-muchos-hijos-y-fueron-muy-felices-“ pero a su

 

alrededor no había un solo ejemplo de dicha doméstica, ni siquiera

 

sus padres, que permanecían juntos porque no podían imaginar otra

 

alternativa, pero estaban lejos de imitar a las románticas parejas del

 

cine. Nunca los había visto hacers e una caricia y se rumoreaba que

 

Pedro Morales tenía un hijo con otra mujer. No, no era eso lo que

 

deseaba para sí misma. Seguía soña ndo, como en la niñez, con una

 

vida diferente y aventurera, pero no tenía el coraje de romper con su

 

ambiente y salir de allí. Sabía qu e a sus espaldas corrían muchos

 

chismes ¿qué se ha creído la me nor de los Morales? no tiene un

 

trabajo fijo, anda sola de noche, se pinta demasiado los ojos ¿no es

 

una pulsera eso que lleva en un tobillo?, sale demasiado con Gregory

 

Reeves, después de todo no son parientes, los Morales debieran

 

ocuparse más de su hija, ya está en edad de casarse, pero no le será

 

fácil conseguir marido con esos modales de gringa suelta. Sin

 

embargo a Carmen no le habían f altado vehementes candidatos al

 

matrimonio. La primera proposició n la recibió a los quince años

 

recién cumplidos y a los diecinueve ya había tenido cinco pretendi

 

en-

 

tes desesperados