EL PLAN INFINITO - ISABEL ALLENDE
Primera Parte
Iban por los caminos del oeste si n prisa y sin rumbo obligatorio,
cambiando la ruta de acuerdo al ca pricho de un instante, al signo
premonitorio de una bandada de pájaros, a la tentación de un nom-
bre desconocido. Los Reeves interrum pían su errático peregrinaje
donde los sorprendiera el cansancio o encontraran a alguien dispues-
to a comprar su intangible mercadería. Vendían esperanza. Así r
eco-
rrieron el desierto en una y otra dirección, cruzaron las montañas y
una madrugada vieron aparecer el día en una playa del Pacífico. Cua-
renta y tantos años más tarde, durante una larga confesión en l
a que
pasó revista a su existencia y sacó la cuenta de sus errores y sus
aciertos, Gregory Reeves me describ ió su recuerdo más antiguo: un
niño de cuatro años, él mismo, orinando sobre una colina al atarde-
cer, el horizonte teñido de rojo y ámbar por los últimos rayos del sol,
a su espalda los picachos de los cerros y más abajo, una extensa
planicie donde su vista se pierde. El liquido caliente se escurre como
algo esencial de su cuerpo y de su espíritu, cada gota, al hundirse en
la tierra, marca el territorio con su firma. Demora el placer, juega
con el chorro, trazando un círculo color topacio sobre el polvo, perci-
be la paz intacta de la tarde, lo conmueve la inmensidad del mundo
con un sentimiento de euforia. porque él es parte de ese paisaje lim-
pio y pleno de maravillas, una inconmensurable geografía a explorar.
A poca distancia lo aguarda su fa milia. Todo está bien, por primera
vez tiene conciencia de la felicidad ; es un momento que jamás olvi-
dará. A lo largo de su vida Gregory Reeves sintió en varias ocasiones
ese deslumbramiento ante las sorp resas del mundo, esa sensación
de pertenecer a un lugar espléndido donde todo es posible y cada
cosa, desde lo más sublime hasta lo más horrendo, tiene una razón
de ser, nada sucede por azar, nada es inútil, como predicaba a gritos
su padre, ardiendo de fervor mesiánico, con una serpiente enroscada
a sus pies. Y cada vez que tuvo ese chispazo de comprensión recor-
daba aquella puesta de sol en la co lina. Su niñez fue una época de-
masiado larga de confusiones y pe numbras, excepto esos años via-
jando con su familia. Su padre, Charles Reeves, guiaba a la pequeña
tribu con severidad y reglas claras, todos juntos, cada uno cumplien-
do con sus deberes, premio y cast igo, causa y efecto, disciplina ba-
sada en una escala de valores inmutable. El padre vigilaba como el
ojo de Dios. Los viajes determinaban la suerte de los Reeves sin alte-
rarles la estabilidad, porque las rut inas y las normas eran precisas.
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Ése fue el único período en que Gr egory se sintió seguro. La rabia
empezó más tarde, cuando desapa reció el padre y la realidad co-
menzó a deteriorarse de manera irreparable.
El soldado inició la marcha en la mañana con su mochila a la espalda
y a media tarde ya estaba arrepent ido de no haber tomado el bus.
Partió silbando contento, pero con el paso de las horas le dolía la cin-
tura y la canción se le enredaba con palabrotas. Eran sus primeras
vacaciones después de un año de serv icio en el Pacífico y regresaba
a su pueblo con una cicatriz en el vientre, los resabios de un ataque
de malaria y tan pobre como siempre había sido. llevaba la camisa
suspendida de una rama para impr ovisar sombra, sudaba y su piel
tenía el brillo de un espejo oscuro.
Pensaba aprovechar cada instante de ese par de semanas de liber-
tad, pasar las noches jugando b illar con los amigos y bailando con
las chicas que contestaron sus ca rtas, dormir a pierna suelta,
despertar con el olor del café reci én colado y de los panqueques de
su madre, único plato apetitoso de su cocina, lo demás olía a caucho
quemado, pero a quién podía impo rtarle la habilidad culinaria de la
mujer más hermosa en cien millas a la redonda, una leyenda viviente
con largos huesos de escultura y oj os amarillos de leopardo. Hacía
mucho que no pasaba un alma por es as soledades, cuando sintió a
su espalda los estertores de un mo tor y divisó a lo lejos la silueta
imprecisa de un camión temblequ eando como un esforzado espejis-
mo en la reverberación de la luz. Esperó que se aproximara para pe-
dirle un levantón, pero al tenerlo má s cerca cambió de idea, asusta-
do por aquella inusitada aparición, un cacharro pintado de colores in
-
solentes, cargado hasta el tope co n una montaña de bártulos, coro-
nado por una jaula con pollos, un perro atado de una cuerda, y sobre
el techo un megáfono y un cartel donde se leía en grandes letras “
El
Plan Infinito”. Se apartó para de jarlo pasar, lo vio detenerse pocos
metros más adelante y por la ve ntanilla asomó una mujer de pelo
color tomate que le hizo señas para llevarlo. No supo si alegrarse; se
acercó cauteloso, calculando que se ria imposible entrar en la cabina
donde viajaban apretados tres adultos y dos niños, y se requería pe-
ricia de acróbata para trepar en la parte trasera. Se abrió la puerta y
el conductor saltó al camino.
-Charles Reeves -se presentó cortés, pero con inequívoca autoridad.
-Benedict… señor… King Benedict -replicó el joven secándose la
frente.
-Vamos un poco incómodos, como ve, pero donde caben cinco caben
seis.
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El resto de los pasajeros también descendió, la mujer de greñas ro-
jas se alejó en dirección a unos arbustos, seguida por una chiquil
la
de unos seis años quien para ganar tiempo iba bajándose los calzo-
nes, mientras el niño menor le sacaba la lengua al desconocido, me-
dio oculto tras la otra viajera. Ch arles Reeves desató una escalera
del costado del camión, se subió sobre la carga con agilidad y soltó al
perro, que se bajó de un brinco temerario y echó a correr por los
al-
rededores olisqueando las matas.
-A los niños les gusta viajar atrás, pero es peligroso, no pueden
ir
solos. Olga y usted los cuidarán. Pondremos a Oliver delante para
que no lo moleste, es todavía un cachorro, pero ya tiene mañas de
animal viejo -decidió Charles Reeves, indicándole que subiera.
El soldado lanzó su mochila sobre el cerro de bártulos y se trepó,
luego estiró los brazos para recibi r al niño menor, que Reeves había
alzado sobre su cabeza, un chico flac o, de orejas salidas y una irre-
sistible sonrisa que le llenaba la ca ra de dientes. Cuando regresaron
la mujer y la niña se subieron también atrás, los otros dos entraron a
la cabina y poco después el camión se puso en marcha.
-Yo me llamo Olga y éstos son Judy y Gregory -se Presentó la de ca-
bello imposible, esponjando sus faldas mientras repartía manzanas y
galletas-.
-No se siente sobre esa caja, ahí va la boa y no hay que taparle los
huecos de ventilación -agregó.
El pequeño Gregory dejó de sacar la lengua apenas se dio cuenta de
que el viajero venía de la guerra, entonces una expresión reverent
e
reemplazó las morisquetas burlonas y comenzó a interrogarlo sobre
aviones de combate, hasta que lo venció la modorra. El soldado in-
tentó conversar con la pelirroja, pe ro ella contestaba con monosíla-
bos y no se atrevió a insistir. Se puso a canturrear canciones de su
pueblo, mirando de reojo la misteriosa caja, hasta que los demás se
durmieron sobre la pila de bultos, entonces pudo observarlos a su
antojo. Los niños eran de pelo casi blanco y los ojos tan claros que
de perfil parecían ciegos; en cambio la mujer tenía el color aceit
una-
do de algunas razas mediterráneas. Llevaba abiertos los primeros
botones de la blusa, gotas de sudor mojaban su escote y descendían
como un lento hilo por la hendidura entre los senos. Había levantado
un brazo para apoyar la cabeza sobre un cajón, revelando unos ve-
llos oscuros en la axila y una mancha húmeda en la tela. Desvió lo
s
ojos,temeroso de ser sorprendido y de que ella interpretara mal su
curiosidad; hasta entonces esas pe rsonas habían sido amables, de-
masiado amables, pensó, pero nunc a se puede estar seguro con los
blancos. Dedujo que los chiquillos eran de la otra pareja, aunque a
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juzgar por las edades aparentes de los Reeves también podrían ser
sus nietos. Pasó revista a la carga y llegó a la conclusión de que esa
gente no se estaba mudando de casa, como había supuesto al prin-
cipio, sino que viajaban en su vivienda permanente. Notó que lleva-
ban un tambor con varios galones de agua y otro con combustible y
se preguntó cómo conseguían gasolina, racionada por la guerra
des-
de hacía ya un buen tiempo. Todo estaba dispuesto en un orden
meticuloso; de garfios y ganchos colgaban utensilios y herramien-
tas, compartimentos exactos conten ían las maletas, nada quedaba
suelto. Cada bulto estaba marcado y había varias cajas con libros.
Pronto el calor y el vapuleo del viaje lo agotaron y se adormeció re-
costado contra la jaula de pollos.
Despertó a media tarde al sentir que se detenían. El cuerpo del mu-
chacho sobre sus piernas no pesaba casi nada, pero la inmovilidad
le había acalambrado los músculos y sentía la garganta seca. P
or
unos instantes no supo dónde estaba, echó mano al bolsillo del pan-
talón en busca de su cantimplora de whisky y se bebió un largo sor-
bo para aclarar la mente. La muje r y los niños estaban cubiertos de
polvo y el sudor les marcaba líneas por las mejillas y el cuello. Char-
les Reeves se había desviado del camino y se encontraban bajo un
grupo de árboles, única sombra en esa desolación, allí acamparían
para que se enfriara el motor, pero al día siguiente podría lleva
rlo
hasta su casa, le explicó al soldado, quien para entonces estaba más
tranquilo; esa extraña familia empeza ba a inspirarle simpatía. Ree-
ves y Olga bajaron algunos bultos del camión y armaron dos gasta-
das tiendas de campaña, mientras la otra mujer, que se presentó
como Nora Reeves, preparaba la comida en un armatoste a querose-
no con ayuda de su hija Judy, y el muchacho buscaba palos para una
fogata, con el perro tras sus talones.
-¿Vamos a cazar liebres, papá? -suplicó tironeando los pantalones de
su padre.
-Hoy no hay tiempo para eso, Greg -replicó Charles Reeves sacando
un pollo de la jaula y desnucándolo con un tirón firme del pescuezo.
-No se consigue carne. Guardamo s los pollos para ocasiones espe-
ciales… -explicó Nora, como pidiendo disculpas.
-¿Hoy es un día especial, mamá? -preguntó Judy.
-Sí. hija, el señor King Benedict es nuestro invitado.
Al atardecer el campamento estaba listo, el ave hervía en una olla y
cada uno se dedicaba a lo suyo a la luz de las lámparas de carburo y
al calor del fuego: Nora y los mu chachos hacían tareas escolares,
Charles Reeves hojeaba una manoseada copia del National Geo-
graphic y Olga fabricaba collares con cuentas de colores.
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-Son para la buena fortuna -le notificó al huésped.
-Y también para la invisibilidad -dijo la niña.
-¿Cómo?-Si usted empieza a volverse invisible se pone uno de estos
collares y todos pueden verlo -aclaró Judy.
-No le haga caso, son cosas de niños -se rió Nora Reeves.
-¡Es verdad, mamá!-No contradiga s a tu madre -la cortó Charles
Reeves secamente.
Las mujeres instalaron la mesa, un tablón cubierto con un mantel,
platos de loza, vasos de vidrio e impecables servilletas. Aquel des-
pliegue le pareció al soldado poco práctico para un campamento; en
su propia casa comían con vajilla de latón, pero se abstuvo de hacer
comentarios. Sacó de su bolsa una conserva de carne y se la pasó
tímidamente a su anfitrión, no qu ería aparecer como pagando la ce-
na, pero tampoco podía aprovechar la hospitalidad sin contribuir con
algo. Charles Reeves la colocó al centro de la mesa, junto a los frijo-
les, el arroz, y la fuente con el pollo. Se tomaron de las manos y el
padre bendijo la tierra que los acog ía y el don de los alimentos. No
había bebidas alcohólicas a la vista y el huésped no se atrevió a sa-
car su frasco de whisky pensando que tal vez los Reeves eran abs-
temios por motivos religiosos. Le llamó la atención que en su breve
oración el padre no nombrara a Dios. Notó que comían con delicade-
za, cogiendo los cubiertos con las puntas de los dedos, pero no había
nada pretencioso en sus modales. Después de cenar trasladaron los
tiestos a una batea con agua para lavarlos al día siguiente, taparon
la cocina y le dieron las sobras de los platos a Oliver. Para entonces
ya era noche cerrada, la densa osc uridad derrotaba las luces de las
lámparas y la familia se instaló alred edor del fuego que iluminaba el
centro del campamento. Nora Reev es cogió un libro y leyó en alta
voz una enredada historia de egipci os que por lo visto los niños ya
conocían porque Gregory la interrumpió.
-No quiero que Aida se muera encerrada en la tumba, mamá.
-Es sólo una ópera, hijo.
-¡No quiero que se muera!
-Esta vez no morirá, Greg -determinó Olga.
-¿Cómo lo sabes?
-Lo vi en mi bola.
-¿Estás segura?
-Completamente segura.
Nora Reeves se quedó mirando el libro con cierto aire de consterna-
ción, como sí cambiar el final fu era para ella un inconveniente insu-
perable.
-¿Qué bola es ésa? -preguntó el soldado.
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-La bola de cristal donde Olga ve todo lo que nadie más puede ver
explicó Judy en el tono de quien le habla a un retardado.
-No todo, sólo algunas cosas -aclaró Olga.
-¿Puede ver mi futuro? -pidió Bene dict con tal ansiedad que hasta
Charles Reeves levantó la mirada de su revista.
-¿Qué quiere saber?
-¿Viviré hasta el fin de la guerra? ¿Volveré entero?
Olga partió al camión y poco desp ués regresó con una esfera de vi-
drio y un desteñido paño de terciopelo bordado, que colocó sobr
e la
mesa. El hombre sintió un escalofrío supersticioso y se preguntó
si
acaso habría caído en una secta maldita, como esas que raptaban
criaturas para arrancarles el corazón en sus misas satánicas, sobre
todo niños negros, como aseguraban las comadres en su pueblo. Ju-
dy y Gregory se acercaron curiosos, pero Nora y Charles Reeves vol-
vieron a sus lecturas. Olga indicó al soldado que se sentara al frente,
rodeó la bola con sus dedos de uñas mal pintadas, escrutó la esfera
por un buen rato, luego tornó las manos de su cliente y examinó con
gran atención las palmas claras cruzadas de líneas oscuras.
-Usted vivirá dos veces -dijo al fin.
-¿Cómo dos veces?-No lo sé. Sólo puedo decirle que vivirá
dos veces
o dos vidas.
-O sea que no moriré en la guerra.
-Si se muere seguro resucita -dijo Judy.
-¡Moriré o no?!
-Supongo que no -dijo Olga.
-Gracias. señora, muchas gracias… -se le iluminó la cara como si ella
le hubiera entregado un certificado irrevocable de permanencia en el
mundo.
-Bueno, ya es hora de dormir, mañana saldremos temprano inte-
rrumpió Charles Reeves.
Olga ayudó a los niños a ponerse su s piyamas y pronto se retiró con
ellos a la carpa más pequeña, seguidos por Oliver. Al poco rato Nora
Reeves se asomó a gatas en el umbral para dar una última mirada a
sus hijos antes de irse a la cama. Tendido cerca del fuego, King Be-
nedict escuchó sus voces.
-Mamá, ese hombre me da miedo -susurró Judy.
-Por qué, hija?
-Porque es negro como un zapato.
-No es el primero que ves, Judy, ya sabes que hay gente de muchos
colores y es bueno que así sea. Los blancos somos los menos.
-Yo veo más blancos -que negros, mamá.
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-Éste es sólo un pedazo del mundo, Judy. En África hay más negros
que blancos. En China tienen la piel amarilla. Si nosotros viviéramos
al sur de la frontera seríamos unos bichos raros en ¡a calle; la gente
quedaría atónita ante tu pelo blanco.
-De todos modos ese hombre me asusta.
-La piel no importa nada. Mírale los ojos. Parece un hombre bueno.
-Tiene los mismos ojos de Oliver -anotó Greg con un bostezo.
Hacia el final de la Segunda Gue rra Mundial la vida era dura. Los
hombres todavía partían al frente co n cierto entusiasmo aventurero,
pero a las mujeres la propaganda patriótica no les hacía más ll
evade-
ra la soledad, para ellas Europa era una pesadilla remota, estaban
hartas de trabajar para mantener la casa, de criar solas a sus hijos y
del racionamiento. No se veía la pobreza generalizada de la década
anterior, pero tampoco había prosperidad y aún deambulaban por las
carreteras algunos campesinos en busca de nuevas tierras; la basura
blanca, como los llamaban para di ferenciarlos de otros tan pobres
como ellos, pero mucho más humillad os: los negros, los indios y los
braceros mexicanos. Aunque las úni cas posesiones terrenales de los
Reeves eran el camión y su conten ido, gozaban de mejor situación,
parecían menos toscos y desesperad os, tenían las manos libres de
callos y la piel, aunque curtida po r la intemperie, no era una suela
seca, como la de los trabajadores de la tierra. Al cruzar las fronteras
estatales los policías los trataban sin altanería, porque sabía
n distin-
guir los sutiles niveles de la pobrez a y en esos viajeros no detecta-
ban asomo de humildad. No los obligaban a descargar el camión y
abrir sus bultos. como a los campesinos expulsados de sus propieda-
des por las tormentas de polvo, las sequías o las máquinas del pro-
greso, ni los provocaban con insultos buscando pretexto para violen-
tarlos, como a los latinos, los negr os y los pocos indios sobrevivien-
tes de las masacres y el alcohol; se limitaban a preguntarles adónde
se dirigían. Charles Reeves, un sujeto de rostro ascético y mirada ar-
diente que se imponía por presenc ia, replicaba que era artista y lle-
vaba sus cuadros a vender a una ciudad cercana. No mencionaba su
otra mercancía para no crear confusión y verse obligado a dar largas
explicaciones. Había nacido en Australia y después de dar vueltas por
medio mundo en buques de contra bandistas y traficantes, desem-
barcó una noche en San Francisco. De aquí ya no me muevo, deci-
dió, pero su naturaleza errante le impedía permanecer quieto en un
lugar determinado, y apenas se le agotaron las sorpresas emprendió
la marcha por el resto del país. Su padre, un ladrón de caballos q
ue
cumplió condena deportado a Sidney, cultivó en él la pasión por esos
animales y por los espacios abiertos ; el aire libre se lleva en la san-
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gre, decía. Enamorado de los vastos paisajes y de la leyenda heroica
de la conquista del oeste, pintaba tierras inmensas, indios y vaque-
ros. De su pequeña industria de cu adros y de las adivinanzas de Ol-
ga, vivía la familia.
Charles Reeves, Doctor en Ciencias Divinas, como él mismo se pre-
sentaba, había descubierto el significado de la vida en una revelación
mística. Contaba que se hallaba solo en el desierto, como Jesús de
Nazaret, cuando un Maestro se mate rializó en forma de víbora y le
mordió un tobillo, vean la cicatriz. Agonizó por dos días y cua
ndo sin-
tió el hielo de la muerte subirle del vientre al corazón, su inteligencia
se expandió de súbito y ante sus ojos afiebrados apareció el ma
pa
perfecto del universo con sus leyes y secretos. Al despertar estaba
curado del veneno y su mente ha bía entrado en un plano superior
del cual no pensaba descender. Dura nte aquel radiante delirio el
Maestro le ordenó divulgar La única Verdad del Plan Infinito y él lo
hizo con disciplina y dedicación, a pesar de los graves inconveniente
s
que esa misión representaba, como decía siempre a sus oyentes.
Tantas veces repitió la historia que acabó creyéndola y no se acorda-
ba de que adquirió la cicatriz en una caída de bicicleta. Sus sermones
y libros aportaban muy poco dinero, apenas suficiente para alquilar
el local de las reuniones y publicar sus obras en breves ediciones or-
dinarias. El predicador no contaminaba su labor espiritual con grose-
ros propósitos comerciales, como er a el caso de tantos charlatanes
que en esa época recorrían el país aterrorizando a la gente con la ira
de Dios para esquilmarla de sus escasos ahorros. Tampoco usaba el
infame recurso de amedrentar a la audiencia hasta crear un clima de
histeria, incitando a los participantes a expulsar al Maligno mediante
espumarajos y revolcones, principalmente porque negaba la existen-
cia de Satanás y esos escándalos le repugnaban. Cobraba un dólar
por entrar a sus prédicas y otros dos por salir, porque en la puerta
montaban guardia Nora y Olga con una pila de sus libros y nadie
osaba pasar por delante sin adquirir un ejemplar. Tres dólares no era
una suma exagerada, considerando los beneficios recibidos por los
oyentes, que partían reconfortados en la certeza de que sus desgra-
cias eran parte de un diseño divino, tal como sus almas eran partícu-
las de la energía universal, no esta ban desamparados, ni el cosmos
era un negro espacio donde prevalecía el caos; existía un Gran Esp
í-
ritu Unificador que le daba sentido a la existencia. Para preparar sus
sermones Reeves echaba mano de las briznas de información a su
alcance, de su experiencia y su cert era intuición, amén de las lectu-
ras de su mujer y de sus propias indagaciones en la Biblia y en el
Reader’s Digest.
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Durante la Gran Depresión se ganó la vida pintando murales en las
oficinas postales; así conoció casi todo el país, desde las tie
rras
húmedas y calientes donde todavía se escuchaban ecos del llanto de
los esclavos, hasta las montañas de hielo y los altos bosques; pero
siempre volvía al oeste. Le había prometido a su mujer que su pere-
grinación terminaría en San Francisco, donde arribarían un lumi
noso
día de verano en un futuro hipotético, y allí descargarían e
l camión
por última vez y se instalarían para siempre. Aunque el trabajo de
los murales para el correo había terminado hacía mucho, todavía
conseguía de vez en cuando pint ar un letrero comercial para una
tienda o un cuadro alegórico para una parroquia, en cuyo caso los
viajeros se detenían por un tiempo en el mismo sitio y los niños tení-
an oportunidad de hacer amigos. Fanfarroneaban ante otras criaturas
enredándose en tantas exageracio nes y mentiras que ellos mismos
acababan temblando ante la visión pavorosa de osos y coyotes que
los asaltaban de noche, indios que los perseguían para arrancarles el
cuero cabelludo y bandoleros que su padre combatía a escopetazos.
De las brochas y pinceles de Charles Reeves brotaban con asombro-
sa facilidad desde una rubia opulenta con una botella de cerveza en
la mano, hasta un tremebundo Moisés aferrado a las Tablas de la
Ley, pero esos trabajos importante s no eran frecuentes, en general
sólo lograba vender modestas telas fabricadas a medias con Olga.
Prefería pintar la naturaleza que lo apasionaba, rojas catedrales de
roca viva, secas planicies del desier to y costas abruptas, pero nadie
compraba lo que podía mirar con su s propios ojos y le recordaba las
asperezas de su suerte. ¿Para qué colgar en la pared lo mismo que
se divisaba por la ventana? El c liente seleccionaba en el National
Geographic el paisaje más próximo a sus fantasías o aquel cuyo colo-
rido hiciera juego con los gastados muebles de su sala. Otros cuatro
dólares le daban derecho a un indio o un vaquero, y el resultado era
un piel roja emplumado en las gélidas cumbres del Tibet o un par de
vaqueros con sombrero de alas y botas de tacón batiéndose en duelo
sobre las arenas nacaradas de una playa polinésica. Olga no demo-
raba mucho en copiar el paisaje de la revista, Reeves hacía la figura
humana de memoria en pocos minutos y los clientes pagaban al con-
tado y partían con el óleo aún fresco.
Gregory Reeves hubiera jurado que Olga siempre estuvo con ellos.
Mucho más tarde preguntó cuál era su papel en la familia, pero nadie
pudo contestarle porque en esos entonces su padre había muerto y
del tema no se hablaba. Nora y Olga se conocieron en el barco de re-
fugiados que las trajo de Odesa a través del Atlántico hasta Nortea-
mérica, se perdieron de vista por muchos años y la casualidad las
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reunió cuando Nora ya estaba casa da y la otra había consolidado su
vocación de curandera. Entre ellas hablaban en ruso. Eran totalmen-
te diferentes, tan introvertida y tímida la primera como exuberante
la segunda. Nora, de huesos largos y movimientos lentos, tenía ros-
tro de gato y peinaba en un moño sus largos cabellos pálidos, no
usaba maquillaje ni adornos y siem pre parecía recién aseada. En
esos viajes polvorientos donde escaseaba el agua para lavarse y re-
sultaba imposible planchar un vestido, ella se las arreglaba para pre-
sentarse tan pulcra como el blanco mantel almidonado de su mesa.
Su carácter reservado se acentuó con los años, poco a poco se des-
prendió de la tierra, elevándose a una dimensión donde nadie pu
do
darle alcance. Oiga, varios años menor, era una morena bien planta-
da, baja de estatura, con redondos volúmenes, cintura apretada y
piernas cortas, pero bien formadas e insolentes. Una mata de pelo
salvaje teñido con henna caía sobr e sus hombros como una estrafa-
laria peluca en diversos tonos de bermellón; se colgaba tantos abalo-
rios que parecía un ídolo cubierto de baratijas, aspecto que la ay
u-
daba en sus tareas divinatorias; la bola de vidrio y las cartas del Ta-
rot brotaban como extensiones na turales de sus manos con anillos
en todos los dedos. No tenía la menor curiosidad intelectual, sólo leía
los crímenes en la prensa amarilla y una que otra novela romántica;
también cultivaba la clarividencia con algún estudio sistematizado
,
porque la consideraba un talento visceral. O se tiene o no se tiene.
es inútil tratar de adquirirla en lo s libros, decía. Nada Sabía de ma-
gia, astrología, cábala y otros temas propios de su oficio, apenas co-
nocía los nombres de los signos zodiacales, pero a la hora de usar su
bola de maga o sus naipes marcados resultaba un portento. Lo suyo
no era una ciencia oculta, sino ar te de fantasía, compuesto en su
mayor parte de intuición y astucia. Estaba genuinamente convencida
de sus poderes sobrenaturales; hubiera apostado la cabeza en favor
de sus profecías y si le fallaban siempre tenía a flor de labios una
disculpa razonable, por lo general se trataba de una mala interpreta-
ción de sus palabras. Cobraba un dólar por adelantado para adivina
r
el sexo de los niños en el vientr e de la madre. Acostaba a la mujer
en el suelo, con la cabeza hacia el norte, le colocaba una moneda en
el ombligo y balanceaba sobre su barriga un trozo de plomo atado a
un hilo de pescar. Si ese improvis ado péndulo se movía en la direc-
ción de las agujas del reloj nacería un niño y al revés una
niña. El
mismo sistema aplicaba con vacas y yeguas preñadas, apuntando a
las ancas del animal. Daba su veredicto, lo escribía en un papel y lo
guardaba como prueba contundente. Cierta vez regresaron a un ca-
serío donde habían estado meses antes y una mujer acudió, acom-
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pañada por una procesión de curiosos mal dispuestos, a reclamar su
dólar.
-Usted me aseguró que iba a tene r un niño y mire lo que me salió,
otra chiquilla. ¡Y ya tengo tres!- No puede ser ¿está segura que le
pronostiqué un varón?-¡Claro. Cómo no voy a saber lo que usted me
dijo, si para eso le pagué!-Me entendió mal -replicó Olga termi
nante.
Se encaramó al camión, hurgó un rato en su baúl y produjo un trozo
de papel que mostró a los presen tes, donde había una sola palabra
escrita: niña. Un hondo suspiro de admiración recorrió a los visitan-
tes, incluyendo a la madre, que se rascó la cabeza, confundida. Olga
no tuvo que devolverle el dólar y además fortaleció su reputaci
ón de
adivina, no le alcanzó la tarde y parte de la noche para atender a la
fila de clientes dispuestos a verse la suerte. Entre los amuletos y po-
tiches que ofrecía, lo más solicitado era su “agua magnetizada, mila-
groso líquido envasado en toscos fr ascos de vidrio verde. Explicaba
que se trataba sólo de agua común, pero dotada de poderes curati-
vos porque estaba impregnada de fluidos psíquicos. Realizaba esta
operación en noche de luna llena y, según habían comprobado Jud
y y
Gregory, consistía simplemente en llenar los frascos, taparlos con un
corcho y ponerles las etiquetas. pero ella aseguraba que al hacerlo
cargaba el agua de fuerza positiva, y así debía ser, porque las bo
te-
llas se vendían como pan caliente y los usuarios nunca se quejaron
de los resultados. Según cómo se empleara prestaba diversos servi
-
cios: bebiéndola lavaba los riñones, frotándola aliviaba dolores de ar-
tritis y en el peinado mejoraba la concentración mental, pero no te-
nía efecto en dramas pasionales, como celos, adulterio o involuntaria
soltería, en este punto la hechicera era muy clara y así se lo advertía
a los compradores.
Tan escrupulosa era en sus recetas como en asuntos de dinero, sos-
tenía que no existe buen remedio gratuito; sin embargo no cobraba
por ayudar en un parto, le gustaba traer criaturas a este mundo, na-
da podía compararse al instante en que aparecía la cabeza del recién
nacido en la sangrante abertura de su madre. Ofrecía sus servicios
de comadrona en las fincas aisladas y los sectores más pobres de los
pueblos, en especial los barrios de negros, donde la idea de dar a luz
en un hospital era todavía una novedad. Mientras esperaba junto a la
futura madre, cosía pañales y tejía botines para el niño y sólo en
esas raras ocasiones se dulcificaba su pintarrajeado rostro de hechi-
cera. Cambiaba el tono de su voz para animar a su paciente durante
las horas más difíciles y para cant ar la primera canción de cuna a la
criatura que había traído al mundo. A los pocos días, cuando madre e
hijo habían aprendido a conocerse mutuamente, se reunía con los
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Reeves, que acampaban cerca. Al despedirse anotaba en un cuader-
no el nombre del niño, la lista er a extensa y a todos los llamaba su-
sahijados. Los nacimientos traen bu ena suerte, era su brusca expli-
cación por no cobrar sus servicios. Tenía una relación de herma
na
con Nora y de tía regañona con Judy y Gregory a quienes considera-
ba sus sobrinos. A Charles Reeves lo trataba como a un socio, con
una mezcla de petulancia y buen humor. Nunca se tocaban, parecían
no mirarse siquiera, pero actuaban en equipo, no sólo en el negocio
de los cuadros, sino en todo o que hacían juntos. Ambos disponían
del dinero y los recursos de la familia, consultaban los mapas y deci-
dían los caminos; salían a cazar, perdiéndose durante horas bosque
adentro. Se respetaban y se reían de las mismas cosas, ella era in-
dependiente, aventurera y de carácter tan decidido como el predica-
dor; estaba fabricada de su mismo acero, por lo mismo no la impre-
sionaban el carisma ni el talento artístico de ese hombre. Era la re-
ciedumbre masculina de Charles Reeves, que más tarde sería tam-
bién la característica de su hijo Gregory, lo único que en algunos
momentos la subyugaba.
Nora, la mujer de Charles Reeves, era uno de esos seres predestina-
dos al silencio. Sus padres, Judíos rusos, le dieron la mejor educa-
ción que pudieron costear, se grad uó de maestra y aunque dejó su
profesión al casarse, se mantenía en forma estudiando historia, ge
o-
grafía y matemáticas para enseñarles a sus hijos, porque resultaba
imposible enviarlos a la escuela con la vida de bohemios que lleva-
ban. Durante los viajes leía revist as y libros esotéricos, pero sin la
presunción de analizar esas lecturas; se limitaba a entregar la infor
-
mación al Doctor en Ciencias Divina s para que él la utilizara. No le
cabía la menor duda de que su marido estaba dotado de poderes
psíquicos para ver lo oculto y descubrir la verdad allí donde el r
esto
de las personas sólo encontraban sombras. Se habían conocido
cuando ninguno de los dos era muy joven y su relación siempre tuvo
un tono educado y maduro. Nora estaba incapacitada para la vida
práctica; su mente se perdía en sueños de otro mundo, más preocu-
pada de las posibilidades del espíri tu que de las vicisitudes cotidia-
nas. Amaba la música, y los momentos más espléndidos de su ano-
dina existencia fueron unas cuantas óperas a las que asistió en su
juventud; atesoraba cada detalle de esos espectáculos, podía cerrar
los ojos y escuchar las voces magi strales, conmoverse con las trági-
cas pasiones de los personajes y ap reciar el colorido y las texturas
del decorado y el vestuario. Leía partituras imaginando cada escena
como parte de su propia vida, y los primeros cuentos que escucharon
sus hijos fueron los amores maldit os y las muertes inevitables de la
13
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lírica universal. En ese ámbito ex agerado y romántico se refugiaba
cuando las vulgaridades de la re alidad la agobiaban. Por su parte
Charles Reeves había recorrido todos los mares y se había ganado la
subsistencia en diversos oficios; tenía a su haber más aventuras de
las que alcanzaba a contar, varios amores fracasados a la espalda y
algunos hijos sembrados por aquí y por allá, de quienes nada sabía.
Al verlo arengar a un grupo de atónitos feligreses, Nora se prendó de
él. Estaba resignada a su suerte de solterona, como tantas otras mu-
jeres de su generación a quienes el azar no les puso un novio por de-
lante y no tuvieron el coraje de salir a buscarlo, pero ese enamora-
miento repentino a edad tardía le dio valor para vencer su natural
modestia. El predicador había alq uilado una sala cerca de la escuela
donde ella enseñaba y distribuía propaganda para su charla cuando
ella le echó la primera mirada. La impresionaron su rostro noble y su
actitud decidida y por curiosidad fue a escucharlo, anticipando un
charlatán como tantos que pasaban por allí sin dejar más rastro que
unos papeles descoloridos pegados en los muros, pero se llevó una
sorpresa. De pie ante su auditorio, frente a una naranja colgada por
un hilo del techo, Reeves explicaba la posición del hombre en el uni-
verso y en El Plan Infinito. No amenazaba con castigos ni proponía
salvación eterna, se limitaba a ofrecer soluciones prácticas para
me-
jorar la convivencia, aquietar la angustia y preservar los recursos del
planeta. Todas las criaturas pueden y deben vivir en armonía, Asegu-
raba; y para probarlo destapaba el cajón de la boa y se la enrollaba
en el cuerpo, como una manguera de bombero, ante el asombro de
sus oyentes que no habían visto nunca una culebra tan larga ni tan
gorda. Esa noche Charles Reeves pu so en palabras los sentimientos
confusos que a Nora la agobiaban y no sabía expresar. Había descu-
bierto las enseñanzas de Bahai U llah y adoptado la religión Bahai.
Esos conceptos orientales de amorosa tolerancia, de unidad entre los
hombres, de búsqueda de la verdad y de rechazo de los prejuicios,
se estrellaban contra su rígida fo rmación judía y contra la estrechez
provinciana de su medio, pero al oír a Reeves todo le pareció fá
cil;
no había necesidad de calentarse el cerebro con aquellas contradic-
ciones fundamentales puesto que ese hombre conocía las respuestas
y podía servirle de guía. Deslumbrada por la elocuencia del discu
rso
no puso atención en las vaguedades del contenido. Se sintió tan
conmovida que logró vencer su timidez y acercarse a él cuando lo vio
solo, con la intención de preguntarle si estaba enterado de la fe Ba-
hai y en caso de que no lo estuviera, ofrecerle las obras de Shogi Ef-
fendi. El Doctor en Ciencias Divi nas conocía el efecto excitante de
sus sermones sobre algunas mujeres y no vacilaba en hacer uso de
14
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tal ventaja. Sin embargo la maestra lo atrajo de manera diferente;
había algo límpido en ella, una cualidad transparente que no era sólo
inocencia, sino auténtica rectitud, un rasgo luminoso, frío e inconta-
minado, como el hielo. No sólo deseó tomarla en sus brazos, aunque
ése fue su primer impulso al ver su extraño rostro triangular y la piel
cubierta de pecas, sino también pe netrar en la materia cristalina de
esa desconocida y encender las bras as dormidas de su espíritu. Le
propuso seguir viaje con él y ella aceptó de inmediato con la sensa-
ción de haber sido tomada de la ma no de una vez para siempre. En
ese momento, cuando imaginó la posi bilidad de entregarle su alma,
comenzó el proceso de abandono que marcaría su destino. Partió
sin
despedirse de nadie, con una bols a de libros como único equipaje.
Meses después, cuando descubrió que estaba embarazada, se casa-
ron. Si acaso existía en verdad un fuego potencial bajo su flemática
apariencia sólo su marido lo su po. Gregory vivió intrigado por la
misma curiosidad que atrajo a Ch arles Reeves en aquella sala alqui-
lada en un pueblo pobre del medio este, intentó mil veces derribar
los muros que aislaban a su madre y tocar sus sentimientos, pero
como nunca lo consiguió decidió que en su interior no había nad
a,
estaba vacía y era incapaz de amar a nadie con certeza; a lo más
manifestaba una imprecisa simpatía por la humanidad en general.
Nora se acostumbró a depender de su marido, transformándose en
una criatura pasiva que cumplía sus funciones por reflejo mientras su
alma se evadía de los asuntos mate riales. Era tan fuerte la persona-
lidad de ese hombre, que para darle espacio ella se fue borrando del
mundo, convirtiéndose en una sombra. Participaba en las rutinas de
la convivencia, pero aportaba poco a la energía del pequeño grupo;
sólo intervenía en los estudios de los niños y en asuntos de higiene y
buena salud. Llegó al país en un ba rco de inmigrantes. y durante los
primeros años, hasta que su fam ilia logró vencer a la mala fortuna,
se alimentó poco y mal, esa época de miseria le dejó para siemp
re el
aguijón del hambre en la memoria, tenía la manía de los alimentos
nutritivos y las píldoras de vitami nas. A sus hijos les comentaba al-
gunos aspectos de su fe Bahai en el mismo tono empleado para en-
señarles a leer o para nombrar las estrellas, sin el menor ánimo de
convencerlos, sólo se apasionaba al hablar de música, únicas oc
asio-
nes en que acentuaba la voz y el rubor teñía sus mejillas. Más
tarde
aceptó criar a los niños en la Igles ia Católica, como era usual en el
barrio hispano donde les tocó vivir, porque comprendió la necesidad
de que Judy y Gregory se integrar an al medio. Debían soportar de-
masiadas diferencias de raza y de costumbres como para mortificar-
los además con creencias ignotas como su fe Bahai. Por otra parte,
15
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consideraba las religiones básicamente iguales; sólo le preocupaba
n
los valores morales, de cualquier manera Dios se encontraba por en-
cima de la comprensión humana, bastaba saber que el cielo y el in-
fierno eran símbolos de la relac ión del alma con Dios, la cercanía al
Creador conduce a la bondad y al go ce apacible, la lejanía produce
maldad y sufrimiento. En contraste con su tolerancia religiosa no ce-
día un ápice en los principios de decencia y cortesía; a sus hijos les
lavaba la boca con jabón cuando pr oferían palabrotas y los dejaba
sin comer si usaban mal el tenedor, pero los demás castigos corrían
por cuenta del padre, ella se limitab a a acusarlos. Un día sorprendió
a Gregory robando un lápiz en una ti enda y se lo dijo a su marido,
quien obligó al niño a devolverlo y a pedir disculpas y luego le q
uemó
la palma de la mano con la llama de un fósforo, ante la mirada impa-
sible de Nora. Gregory anduvo una semana con la llaga viva, pronto
olvidó el motivo del escarmiento y quien se lo había infligido, lo único
que guardó en su mente fue la rabia contra su madre. Muchas déca-
das después, cuando se reconcilió con la imagen de ella, pudo agra-
decerle calladamente los tres bienes capitales que le dejó: amor por
la música, tolerancia y sentido del honor.
Hace un calor implacable, el paisaje está seco, no ha llovido desde el
comienzo de los tiempos y el mundo parece cubierto de un fino talco
rojizo. Una luz inclemente distorsiona el contorno de las cosas, el
horizonte se pierde en la polvareda.
Es uno de esos pueblos sin nombre , igual a tantos otros, una calle
larga, una cafetería, una solitaria bomba de gasolina, un retén de po-
licía, los mismos míseros comercios y casas de madera, una escuela
en cuyo techo flota una bandera de steñida por el sol. Polvo y más
polvo. Mis padres han ido al almacén a comprar las provisiones de la
semana, Olga ha quedado a cargo de Judy y de mí. Nadie anda por
la calle, las persianas están cerrada s, la gente espera que refresque
para volver a la vida. Mi hermana y Olga dormitan en un banco en el
porche de la tienda, aturdidas por el calor, las moscas las acosan,
pero ya no se defienden y dejan que les caminen por la cara.
En el aire flota un aroma inesperado de azúcar tostada. Grandes la-
gartijas azules y verdes se asolea n inmóviles, pero cuando trato de
atraparlas huyen a refugiarse bajo las casas. Estoy descalzo y siento
la tierra caliente en la planta de los pies. Juego con Oliver, le tiro una
gastada pelota de trapo, me la trae, la lanzo de nuevo, y así me ale-
jo del lugar; doblo una esquina y me encuentro en un callejón estre-
cho, en parte sombreado por los rús ticos aleros de las casas. Veo a
dos hombres, uno es rollizo y tiene la piel de un rosado encendido, el
otro es de pelo amarillo, visten ov eroles de trabajo, están sudando,
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tienen las camisas y los cabellos empapados. El gordo mantiene
atrapada a una chiquilla negra, no debe tener más de diez o doce
años, con una mano le tapa la boca y con el otro brazo la inmoviliza
en el aire, ella patea un poco y lueg o se queda quieta, tiene los ojos
enrojecidos por el esfuerzo de resp irar a través de la mano que la
amordaza. El otro me da la espald a y forcejea con sus pantalones.
Ambos están muy serios, concentrad os, tensos, jadeando. Silencio,
sólo oigo esos resoplidos ajenos y el latido de mi propio corazón. Oli-
ver ha desaparecido, las casas tamb ién, sólo quedan ellos suspendi-
dos en el polvo, moviéndose como en cámara lenta, y yo, paralizado.
El de pelo amarillo escupe dos veces en su mano y se acerca, separa
las piernas de la niña, dos palillos delgados y oscuros que cuelgan
inertes, ahora no puedo verla a ella, aplastada entre los cuerpos ma-
cizos de los violadores. Quiero escapar, estoy aterrorizado, pero
también deseo mirar, sé que está sucediendo algo fundamental y
prohibido, soy partícipe de un violen to secreto. Se me va el aliento,
trato de llamar a mi padre. abro la boca y la voz no me sale, trago
fuego, un alarido me llena por dentro y me ahoga. Debo hacer algo,
todo está en mis manos, la decisión justa nos salvará a los dos, a la
chica negra y a mí, que me estoy muriendo, pero no se me ocurre
nada y tampoco puedo hacer ningún ge sto, me he vuelto de piedra.
En ese instante oigo a lo lejos mi nombre, Greg, Greg y aparece Olga
en el callejón. Hay una larga paus a, un minuto eterno en el cual na-
da sucede, todo está quieto. Entonces vibra el aire con el largo grito,
el ronco y terrible grito de Olga y enseguida los ladridos de Oliver y
la voz de mi hermana como un chillid o de rata, y por fin logro sacar
la respiración y empiezo a gritar también, desesperado. Sorprendi-
dos, los hombres sueltan a la chica, que toca el suelo y echa a correr
como un conejo despavorido. Nos observan, el de pelo amarillo tiene
algo morado en la mano, algo que no parece parte de su propio
cuerpo, y trata de introducirlo dentro de los pantalones, por último
dan media vuelta y se alejan, no están turbados, se ríen y hacen
gestos obscenos, no quieres un poco tú también, puta loca, le gritan
a Olga, ven que te lo metemos. En la calle queda la braga de la mu-
chacha. Olga nos agarra de la ma no a Judy y a mí, llama al perro y
caminamos de prisa; no, corremos hacia el camión. El pueblo ha
despertado y la gente nos mira.
El Doctor en Ciencias Divinas esta ba resignado a difundir sus ideas
entre campesinos incultos y trab ajadores pobres que no siempre
eran capaces de seguir el hilo de su complicado discurso, sin embar-
go no le faltaban seguidores. Muy pocos asistían a sus prédicas por
fe, la mayoría iba por simple curios idad, por esos lados eran pocas
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las diversiones y la llegada del Plan Infinito no pasaba inadvertida.
Después de armar el campamento salía a buscar un local. Solía con-
seguirlo gratis si contaba con alg unos conocidos, en caso contrario
debía alquilar una sala o acondicionar una bodega o un granero. Co-
mo no tenía dinero, entregaba en garantía el collar de perlas con
broche de diamantes de Nora, única herencia de su madre, con el
compromiso de pagar al final de cada función. Entretanto su mujer
almidonaba la pechera y el cuello de la camisa de su marido, plan-
chaba su traje negro, reluciente por el mucho uso, lustraba sus zapa-
tos, cepillaba su sombrero de copa y preparaba los libros, mientras
Olga y los niños salían a repartir casa por casa unos volantes impre-
sos invitando al Curso que cambiaría su vida, Charles Reeves, Doctor
en Ciencias Divinas, lo ayudará a alcanzar la dicha y obtener prospe-
ridad.
Olga bañaba a los niños y les ponía sus ropas de domingo y Nora
se
vestía con su traje azul con cuello de encaje, severo y pasado de
moda, pero aún decente. La guerra había cambiado el aspecto de las
mujeres, se usaban las faldas estrechas a la rodilla, chaquetas con
hombreras, zapatos de plataforma, moños elaborados, sombreros
adornados con plumas y velos. Con su vestido monjil Nora semejaba
una pulcra abuelita de comienzos de siglo. Olga tampoco seguía la
moda, pero en su caso nadie pod ía acusarla de mojigatería, parecía
más bien un papagayo. Por lo demás en esos pueblos ignoraban refi-
namientos de ese tipo, la existenc ia transcurría trabajando de sol a
sol; los placeres consistían en uno s cuantos tragos de alcohol, toda-
vía clandestino en algunos estados, rodeos, cine, un baile de vez en
cuando y seguir por la radio los pormenores de la guerra y del béis-
bol, Por lo mismo cualquier nove dad atraía a los curiosos. Charles
Reeves debía competir con los Re vivals que pregonaban el nuevo
despertar del cristianismo, la vuelta a los principios fundamentales
de los doce apóstoles y a la letra exacta de la Biblia, evangelistas
que recorrían el país con sus carpas , orquestas, fuegos de artificio,
gigantescas cruces iluminadas, co ros de hermanos y hermanas ata-
viados como ángeles y bocinas para pregonar a los cuatro vientos el
nombre del Nazareno, exhortando a los pecadores a arrepentirse
porque Jesús estaba en camino látigo en mano para azotar a los far
i-
seos del templo, y llamando a combatir las doctrinas de Satanás,
como la teoría de la evolución, inve nto maléfico de Darwin. ¡Sacrile-
gio! ¡El hombre está hecho a imag en y semejanza de Dios y no de
los monos! ¡Compra un bono por Je sús! ¡¡Aleluya, aleluya.! aullaban
los altoparlantes. En las carpas se aglomeraban feligreses en busca
de redención y circo, todos cantando, muchos bailando y de vez en
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cuando alguno contorsionando en los estertores del éxtasis, mientras
los baldes de la colecta se llenaban hasta el tope con las dádivas de
quienes adquirían boletos para el cielo. Nada tan grandilocuente
ofrecía Charles Reeves, pero era mucha su carisma, su poder de
convicción y el fuego de su discurso. Imposible ignorarlo. A veces al-
guien avanzaba hasta la plataforma rogando que lo liberara del dolor
o de insoportables remordimientos, entonces Reeves, sin ningún as-
paviento de santón, con sencillez pe ro también con gran autoridad,
colocaba sus manos en torno a la ca beza del penitente y se concen-
traba en aliviarlo. Muchos creían ver chispas en sus palmas y los be-
neficiados por el tratamiento as eguraban haber sido sacudidos por
un corrientazo en el cerebro. A la mayoría del público le bastaba
es-
cucharlo una vez para engancharse en el Curso, adquirir sus libros y
convertirse en adepto.
-La Creación se rige mediante el Plan Infinito. Nada sucede por azar.
Los seres humanos somos parte fundamental de ese plan porque es-
tamos colocados en la escala de la ev olución entre los Maestros y el
resto de las criaturas, somos intermediarios. Debemos conocer nues-
tro lugar en el cosmos -comenzaba Charles Reeves galvanizando a
su auditorio con su voz profunda, vestido de pies a cabeza en su ne-
gro atavío, solemne ante la naranja colgada del techo y con la boa a
sus pies como un grueso rollo de cuerda marinera. El animal era to-
talmente abúlico y salvo alguna provocación directa permanecía
siempre inmóvil-. Presten mucha atención, para que comprendan los
principios del Plan Infinito, pero si no los entienden no importa, basta
con que cumplan mis mandamientos. El universo entero pertenece a
la Suprema Inteligencia, que lo creó y es tan inmensa y perfecta que
el ser humano jamás podrá conocerla. Por debajo de ella están l
os
Logi, delegados de la luz y encargad os de llevar partículas de la Su-
prema Inteligencia a todas las galax ias. Los Logi se comunican con
los Maestros Funcionarios a través de quienes hacen llegar los men-
sajes y las normas del Plan Infinito a los hombres. El ser humano se
compone de Cuerpo Físico, Cuerpo Mental y Alma. Lo más importan-
te es el Alma, que no pertenece a la atmósfera terrestre, sino que
opera desde la distancia; no está dentro de nosotros, pero domina
nuestra vida.
En este punto, cuando los oyente s, algo aturdidos por su retórica,
comenzaban a intercambiar mirada s de temor o de burla, Reeves
galvanizaba a la audiencia de nuevo señalando la naranja para expli-
car el aspecto del Alma flotando en el éter, como un borroso ecto-
plasma que sólo algunos expertos ocultistas podían ver. Para probar-
lo invitaba a varias personas del público a mirar fijamente la naranja
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y describir su aspecto. Invariablemente describían una esfera amari-
lla, es decir, una naranja vulgar, él en cambio, veía el Alma. Ens
e-
guida presentaba los Logi que se encontraban en la sala en estado
gaseoso y por lo tanto invisible, y explicaba que ellos mantenían en
marcha la maquinaria precisa del universo. En cada época y en cada
región los Logi elegían Maestros Funcionarios para comunicarse con
los hombres y divulgar los propósitos de la Suprema Inteligencia. Él,
Charles Reeves, Doctor en Ciencias Divinas, era uno de ellos. Su mi-
sión consistía en enseñar las paut as a los simples mortales, y una
vez cumplida esa etapa pasaría a formar parte del privilegiado con-
tingente de los Logi. Decía que to do acto y pensamiento humano es
importante, porque pesa en el equilibrio perfecto del universo, por lo
tanto cada persona es responsable de cumplir los mandamientos del
Plan Infinito al pie de la letra. Luego enumeraba las reglas de la sa-
biduría mínima, mediante las cuales se evitaban errores gafarrales
,
capaces de descalabrar el proyec to de la Suprema Inteligencia.
Quienes no captaban todo esto en una sola charla, podían tomar el
curso de seis sesiones, donde apre nderían las normas de una buena
vida, incluyendo dieta, ejercicios físicos y mentales, sueños dirigidos
y diversos sistemas para recargar las baterías energéticas del Cuerpo
Físico y el Cuerpo Mental, así se asegurarían un destino decoroso y la
paz del Alma después de la muerte.
Charles Reeves era un adelantado pa ra su época. Veinte años más
tarde varias de sus ideas serían divulgadas por diversos mentalistas
a lo largo y ancho de California, la última frontera, donde llegan los
aventureros, los desesperados, los inconformistas, los fugitivos de la
justicia, los genios desconocidos, los pecadores impenitentes y los
locos sin remedio, y donde prolifer an todavía todas las fórmulas po-
sibles para evitar la angustia de vi vir. Sin embargo no se puede cul-
par a Charles Reeves de haber iniciado estos estrafalarios movimien-
tos. Hay algo en ese territorio que alborota los espíritus. O tal vez
quienes llegaron a poblar esa región iban tan apurados en busca de
fortuna o de olvido fácil, que se les quedó el alma rezagada y todavía
la están buscando. Incontables charlatanes se han beneficiado ofre-
ciendo fórmulas mágicas para llena r ese vacío doloroso que deja el
espíritu ausente. Cuando Reeves predicaba, muchos ya habían des-
cubierto allí la manera de enriquecerse vendiendo intangibles benefi-
cios para la salud del cuerpo y consuelos para el alma, pero él no era
de ésos, tenía a honor su austeridad y decoro y así ganó el respeto
de sus seguidores. Olga, en cambio, vislumbró la posibilidad de utili-
zar a los Logi y a los Maestros Funcionarios en algo más rentable, tal
vez adquirir un local y formar una ig lesia propia, pero ni Charles ni
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Nora compartieron jamás esa codiciosa idea, para ellos la divulgación
de su verdad era sólo una pesada e inevitable carga moral y en nin-
gún caso un negocio de mercachifes.
Nora Reeves podía señalar el día exacto en que perdió la fe en la
bondad humana y comenzaron sus silenciosas dudas sobre el signifi-
cado de la existencia. Era de esas personas capaces de recordar fe-
chas insignificantes, así es que con mayor razón se le grabaron la
s
dos bombas de proporciones cataclísmicas que pusieron punto final a
la guerra con el Japón. En los años venideros se vistió de luto
para
ese aniversario justamente cuando el resto del país se volcaba en ce-
lebraciones. Se agotó su interés hasta por las personas más cerca-
nas, es cierto que el instinto maternal nunca fue su principal caracte-
rística, pero a partir de ese momento pareció desprenderse por com-
pleto de sus dos hijos. También se alejó de su marido sin el menor
alboroto, con tanta discreción que no pudo reprocharle nada. Se aisló
en un claustro secreto donde se las arregló para permanecer intoca-
da por la realidad hasta el final de sus días; cuarenta y tantos años
más tarde murió convertida en princesa de los Urales sin haber parti-
cipado jamás de la vida. Aquel día se festejaba la derrota final d
el
enemigo de ojos oblicuos y piel amarilla, tal como meses antes se
había celebrado la de los alemanes. Era el fin de una larga contienda,
los japoneses habían sido vencidos por el arma más contundente de
la historia, que mató en pocos mi nutos ciento treinta mil seres
humanos y condenó a una lenta agon ía a otros tantos. La noticia de
lo ocurrido produjo un silencio de horror en el mundo, pero los ven-
cedores ahogaron las visiones de cadáveres chamuscados y ciudades
pulverizadas en una algazara de banderas, desfiles y bandas de mú-
sica, anticipando el regreso de los combatientes.
-¿Se acuerda de ese soldado negr o que recogimos por el camino?
¿Vivirá todavía? ¿Volverá a su casa él también? -pr
eguntó Gregory a
su madre antes de ir a ver los fuegos artificiales.
Nora no respondió. Estaban en una ciudad de paso y mientras su
familia bailaba con la muchedumbre, ella se quedó sola en la cabina
del camión. En los últimos meses las noticias provenientes de Europa
habían minado su sistema nervio so y la devastación atómica acabó
de sumirla en la incertidumbre. Por la radio no se hablaba de otra
cosa, los periódicos y el cine mo straban dantescas imágenes de los
campos de concentración. Seguía paso a paso el relato minucioso de
las atrocidades cometidas y de los sufrimientos acumulados, pensan-
do que en Europa los trenes no se detenían, llevando implacables su
carga a los hornos crematorios, y también calcinados perecían milla-
res en el Japón en nombre de otra ideología. Nunca debí traer hijos a
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este mundo, murmuraba espantada. Cuando Charles Reeves llegó
eufórico con la noticia de la bomba, ella consideró obsceno alegrarse
por semejante masacre; también su marido parecía haber perdido el
juicio, como los demás.
-Nada volverá a ser como antes, Charles. La humanidad ha cometido
algo más grave que el pecado origin al. Esto es el fin del mundo -
comentó descompuesta, pero sin alter ar su largo hábito de buenas
maneras.
-No digas tonterías. Debemos aplaudir los progresos de la ciencia.
Menos mal las bombas no están en manos enemigas, sino en las
nuestras. Ahora nadie se atreverá a hacernos frente.
-¡Volverán a usarlas y acabarán co n la vida en la tierra!-Terminó la
guerra y se evitaron males peor es. Muchos más hubieran sido los
muertos si no lanzamos las bombas.
-Pero murieron cientos de miles, Charles.
-Ésos no cuentan, eran todos japoneses -se rió su marido.
Por primera vez Nora dudó de la calidad de su alma y se preguntó si
era realmente un Maestro, como decía. Muy tarde en la noche regre-
só su familia. Gregory venía dormid o en brazos de su padre y Judy
traía un globo pintado con estrellas y rayas. -Por fin se terminó la
guerra. Ahora tendremos mantequilla, carne y gasolina -anunció Ol-
ga radiante agitando los restos de una bandera de papel.
Aunque pasó casi un año entre la depresión de su madre y la agonía
de su padre, Gregory recordaría ambos eventos como uno solo; en
su memoria ambos hechos estarían siempre relacionados. fue el co-
mienzo del estropicio que acabó con la época feliz de su niñez. Poco
después, cuando Nora parecía recu perada y ya no hablaba de los
campos de concentración y de, las bombas, se enfermó Charles Ree-
ves. Desde un principio los síntomas fueron alarmantes, pero conta-
ba con su fortaleza y no quiso ac eptar la traición de su cuerpo. Se
sentía joven, todavía era capaz de cambiar una rueda del camión en
pocos minutos o pasar varias hora s sobre una escalera pintando un
mural sin calambres en la espalda. Cuando se le llenó la boca de
sangre lo atribuyó a una espina de pescado que probablemente se le
había clavado en la garganta y la segunda vez que le ocurrió no se lo
dijo a nadie, compró un frasco de Leche de Magnesia y empezó a
tomarla cuando sentía el estómago en llamas. Pronto dejó de comer
y subsistía con pan remojado en le che, sopas aguadas y papillas de
recién nacido; perdió peso, se le llenaron los ojos de niebla, no podía
ver con claridad el camino y Olga debió tomar el volante. La mujer
adivinaba cuando el enfermo ya no podía más con los sobresaltos del
viaje, entonces se detenía y acam paban. Las horas se hacían muy
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largas, los niños se entretenían correteando por los alrededores,
porque su madre había guardado los cuadernos y ya no les hacía cla
-
ses. Nora no se había puesto en el caso de que Charles Reeves fuera
mortal, no lograba entender por qué se apagaba su energía, que era
también la suya. Por muchos años su marido había controlado todos
los aspectos de su existencia y la de sus hijos, los reglamentos mi-
nuciosos del Plan Infinito, que admi nistraba a su antojo, no dejaban
espacio para dudas. A su lado cier tamente no tenían libertad, pero
tampoco los asediaban inquietudes o temores. No hay razón para
alarmarse, se decía, en verdad Charles nunca tuvo mucho pelo y
esas arrugas profundas no son nuevas, se las marcó el sol desde
hace tiempo. está más delgado, es cierto, pero se recuperará en
po-
cos días apenas empiece a comer co mo antes, seguro esto es una
indigestión ¿verdad que hoy está mucho mejor? preguntaba a nadie
en particular. Olga observaba sin hacer comentarios. No intentó cu-
rar a Reeves con sus bebedizos y ca taplasmas, se limitaba a ponerle
paños húmedos en la frente para bajarle la fiebre. A medida que el
enfermo empeoraba, el miedo entr ó inexorable en la familia; por
primera vez se sintieron a la deriva y percibieron el tamaño de su
pobreza y su vulnerabilidad. Nora se encogió como un animal apa-
leado, incapaz de pensar en alguna solución; buscó consuelo en su fe
Bahai y dejó a Olga a cargo de los problemas, incluyendo el cuidado
de su marido. Ella no se atrevía a tocar a ese viejo sufriente, era un
desconocido, imposible reconocer al hombre que la había seducido
con su vitalidad. Se desmoronaron la admiración y la dependencia,
bases de su amor, y como no supo construir otras, el respeto se le
transformó en repugnancia. Apenas encontró una buena disculpa se
instaló en la tienda de los niños y Olga se fue a dormir con Charles
Reeves para atenderlo durante la noche, según dijo. Gregory y Judy
se acostumbraron a verla casi desnuda en la cama de su padre, pero
Nora ignoró la situación, dispuesta a fingir indefinidamente que nada
había cambiado.
Por un tiempo se suspendió la divulgación del Plan Infinito, porque el
Doctor en Ciencias Divinas carecía de ánimo para dar esperanza a
otros, si él mismo comenzaba a pe rder la suya y a preguntarse en
secreto si acaso el espíritu realmente trasciende o basta un dolor de
vientre para hacerlo añicos. Tamp oco podía dedicarse a pintar. Los
viajes continuaron con grandes penurias y sin un propósito determi-
nado, como si buscaran algo que siempre estaba en otra parte. Olga
ocupó con naturalidad el lugar del padre y los demás no se pregunta-
ron si era esa la mejor solución; decidía la ruta, manejaba el camión,
se echaba al hombro los bultos más pesados, reparaba el motor
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cuando daba guerra, cazaba liebres y pájaros y con la misma autori-
dad impartía órdenes a Nora o prop inaba un par de nalgadas a los
niños cuando se sublevaban. Evit aba las grandes ciudades por la
competencia despiadada y el celo de la policía, salvo que pudiera
acampar en zonas industriales o cerca de los muelles, donde siempre
encontraba clientes. Dejaba a los Reeves instalados en las carpas,
cogía sus bártulos de nigromante y partía a vender sus artes. P
ara
viajar usaba toscos pantalones de obrero, camiseta y gorra; pero pa-
ra ejercer su oficio de clarividente rescataba de su baúl chillona falda
de flores, blusa escotada, ruidosos collares y botas amarillas. Se ma-
quillaba a brochazos, sin el menor cuidado: las mejillas de payaso, la
boca roja, los párpados azules, el efecto de esa máscara, esos vesti-
dos y el incendio de su pelo era atemorizante y pocos se atrevían a
rechazarla por miedo a que de una mo risqueta los convirtiera en es-
tatuas de sal. Abrían la puerta, se encontraban ante esa grotesca
aparición con una bola de vidrio en la mano y el estupor los dejaba
boquiabiertos, vacilación que ella ap rovechaba para introducirse en
la casa. Era muy simpática si tenía necesidad de serlo; a menudo re-
gresaba al campamento con un trozo de pastel o carne, regalos de
clientes satisfechos no sólo por el futuro prometido en los naipes
mágicos, sino sobre todo por el chispazo de buen humor que encen-
día en el aburrimiento perenne de sus vidas. En ese período de tan
-
tas incertidumbres la maga afinó el talento; apremiada por las cir-
cunstancias desarrolló fuerzas desconocidas y creció hasta convertir-
se en ese mujerón formidable que tanta influencia tendría en la ju-
ventud de Gregory. Al entrar a una vivienda le bastaba olisquear el
aire por unos segundos para impreg narse del clima, sentir las pre-
sencias invisibles, captar las huellas de la desgracia, adivinar los
sueños, oír los susurros de los muertos y comprender las necesida-
des de los vivos. Pronto aprendió que las historias se repiten con
muy pocos cambios, las personas se parecen mucho, todos sienten
amor, odio, codicia, sufrimiento, alegría y temor de la misma mane-
ra. Negros, blancos, amarillos, todos iguales bajo la piel, como decía
Nora Reeves, la bola de cristal no di stinguía razas, sólo dolores. To-
dos querían escuchar la misma buena fortuna, no porque la creyeran
posible, sino porque imaginarla servía de consuelo. Olga descubrió
también que hay sólo dos clases de enfermedades: las mortales y las
que se curan solas a su debido ti empo. Echaba mano de sus frascos
de píldoras de azúcar pintadas de colores diversos, de su bolsa de
hierbas y de su caja de amuletos para vender salud a los recupera-
bles, convencida de que si el paci ente ponía su mente a trabajar en
favor de sanarse, lo más probable es que eso ocurriera. La gente
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confiaba más en ella que en los gélid os cirujanos de los hospitales.
Sus únicas intervenciones importantes eran casi todas ilegales: abor-
tos, extracciones de muelas, costuras de heridas, pero tenía buen ojo
y buena mano, de modo que nunca se metió en un lío serio. Le bas-
taba una mirada para percibir las señales de la muerte y en tal caso
no recetaba en parte por escrúpulo y en parte para no perjudicar su
propia reputación de curandera. Su práctica en asuntos de salud no
sirvió para ayudar a Charles Reev es, porque estaba demasiado cer-
ca, y si vio síntomas fatídicos no quiso admitirlos.
Por orgullo o por temor el predicador se negó a ver un médico, dis
-
puesto a vencer el sufrimiento a fu erza de obstinación, pero un día
se desmayó y desde entonces el poco mando que le quedaba pasó
por completo a manos de Olga. Estaban al este de Los Ángeles, don-
de se concentraba la población latina, y ella tomó la decisión de con-
ducirlo a un hospital. En esa época la atmósfera de la ciudad ya e
s-
taba cargada de cierto tinte mexicano, a pesar de la obsesión única-
mente americana de vivir en perfecta salud, belleza y felicidad. Cen-
tenares de miles de inmigrantes ma rcaban el ambiente con su des-
precio por el dolor y la muerte, su pobreza, fatalismo y desconfianza,
sus violentas pasiones, y también la música, comidas picantes y
atrevidos colores. Los hispanos estaban relegados a un ghetto, pero
por todas partes flotaba su influencia, no pertenecían a ese país y en
apariencia no deseaban pertenecer, pero en secreto aspiraban a que
sus hijos se integraran.
Aprendían inglés a medias y lo transformaban en un Spánglish de
raíces tan firmes que con el tiempo acabó aceptado como la lengua
chicana. Aferrados a su tradición católica y el culto a las ánimas, a
un enmohecido sentimiento patriótico y al machismo, no se asimila-
ban y permanecían relegados por una o dos generaciones a los servi-
cios más humildes. Los americanos los consideraban gente malévola,
impredecible, peligrosa y muchos reclamaban que cómo diablos no
era posible atajarlos en la frontera, para qué sirve la maldita polic
ía,
carajo, pero los empleaban como mano de obra barata, aunque
siempre vigilados. Los inmigrantes asumían su papel de marginales
con una dosis de soberbia: doblados si, pero partidos nunca, herma-
no. Olga había frecuentado ese ba rrio en varias oportunidades y allí
se sentía a sus anchas, chapuceaba el español con desfachatez y casi
no se notaba que la mitad de su vocabulario se componía de pala-
bras inventadas. Pensó que allí podía ganarse la vida con su ar
te.
Llegaron en el camión hasta la puerta del hospital y mientras Nora y
Olga ayudaban a bajar al enfermo, los niños, aterrados, enfrentaban
las miradas curiosas de quienes se asomaron a observar aquel ex-
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traño carromato con símbolos esotéricos pintados a todo color e
n la
carrocería.
-¿Qué es esto? -inquirió alguien.
-El Plan Infinito, ¿no lo ve? -replic ó Judy señalando el letrero en la
parte superior del parabrisas. Nadie preguntó más.
Charles Reeves quedó interno en el hospital, donde pocos días des-
pués le quitaron la mitad del estó mago y le suturaron los agujeros
que tenía en la otra mitad. Entre tanto Nora y Olga se acomodaron
temporalmente con los niños, el perro, la boa y sus bultos, en el pa-
tio de Pedro Morales, un mexicano generoso que había estudiado
años atrás el curso completo de las doctrinas de Charles Reeves y
ostentaba en la pared de su casa un diploma acreditándolo como al-
ma superior. El hombre era maci zo como un ladrillo, con firmes ras-
gos de mestizo y una máscara orgullosa que se transformaba en una
expresión bonachona cuando estaba de buen humor. En su sonrisa
flameaban varios dientes de oro qu e se había puesto por elegancia
después de hacerse arrancar los sanos. No permitió que la familia
de
su maestro quedara a la deriva. -Las mujeres no pueden estar sin
protección, hay muchos bandidos por estos lados -dijo-, pero no
había espacio en su casa para tantos huéspedes, porque tenía se
is
hijos, una suegra desquiciada y algunos parientes allegados bajo su
techo. Ayudó a armar las carpas e instalar la cocina a queroseno de
los Reeves en su patio, y se prep aró para socorrerlos sin ofender su
dignidad. Trataba a Nora de doña con gran deferencia, pero a Oiga, a
quien consideraba más cercana a su propia condición, la llamaba sólo
señora. Inmaculada Morales, su mujer, permanecía impermeable a
las costumbres extranjeras y a diferencia de muchas de sus compa-
triotas en esa tierra ajena, que andaban maquilladas, equilibrándose
en tacones de estilete y con rizos quemados por las permanentes y
el agua oxigenada, ella se mantenía fiel a su tradición indígena. Era
pequeña, delgada y fuerte, con un rostro plácido y sin arrugas, lleva-
ba el cabello en una trenza que le colgaba a la espalda hasta más
abajo de la cintura, usaba delantale s sencillos y alpargatas, excepto
en las fiestas religiosas cuando lu cía un vestido negro y sus aros de
oro. Inmaculada representaba el pilar de la casa y el alma de la
familia Morales. Cuando se le llenó el patio de visitas no se inmutó
,
simplemente aumentó la comida co n trucos generosos echándole
más agua a los frijoles, como decía, y cada tarde invitaba a los R
ee-
ves a cenar, órale comadre, venga con los chamacos para que prue-
ben estos burritos, o para que no se pierda el chile, miren que hay
mucho, bendito Dios, ofrecía tímida. Algo avergonzados, sus hué
spe-
des se sentaban a la hospitalaria mesa de los Morales.
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Varios meses costó a Judy y Gregory comprender las reglas de la vi-
da sedentaria. Se vieron rodeados por una calurosa tribu de chiqui-
llos morenos que hablaban un inglés chapuceado y no tardaron en
enseñarles su lengua, comenzando por “chingada” la palabra má
s
sonora y útil de su vocabulario, aunque no era prudente mencionarla
delante de Inmaculada. Con los Morales aprendieron a ubicarse en el
laberinto de las calles, a regatear, distinguir de una mirada a los mu-
chachos enemigos, esconderse y e scapar. Con ellos iban a jugar al
cementerio y a observar de lejos a las prostitutas y de cerca a las
víctimas de accidentes fatales. Juan José, de la misma edad de Gre-
gory, tenía un olfato infalible para la desgracia, siempre sabía d
ónde
ocurrían los choques de automóviles, los atropellos, las peleas a na-
vajazos y las muertes. Él se enca rgó de averiguar en pocos minutos
el sitio exacto donde un marido a quien su mujer abandonó por se-
guir a un vendedor viajero, se su icidó parándose delante del tren,
porque no pudo con la vergüenza de ser llamado cornudo. Alguien lo
vio fumando calmadamente de pie entre las dos líneas y le gritó que
se apartara porque venía la máquina, pero él no se movió. El chisme
llegó a oídos de Juan José antes de que ocurriera la tragedia. Los ni-
ños Morales y los Reeves fueron los primeros en aparecer en el sitio
de la muerte y, una vez superado el espanto inicial, ayudaron a re-
coger los pedazos, hasta que la policía los sacó de allí. Juan José se
guardó un dedo como recuerdo, pero cuando comenzó a ver al difun-
to por todas partes comprendió que debía desprenderse de su trofeo.
Sin embargo, ya era tarde para de volverlo a los deudos porque los
fragmentos del suicida habían sido sepultados hacía días. El mucha-
cho, aterrorizado por el alma en pena, no supo cómo disponer del
dedo, lanzarlo a la basura o dárselo a la boa de los Reeves no le pa-
reció una forma respetuosa de repa rar el mal. Gregory consultó en
secreto a Olga y ella sugirió la so lución perfecta: dejarlo discreta-
mente sobre el altar de la igles ia, lugar consagrado donde ningún
ánima en su sano juicio podría sent irse ofendida. Allí lo encontró el
Padre Larraguibel, a quien todos llamaban simplemente Padre por la
dificultad de pronunciar su apellido, un cura vasco de alma atormen-
tada, pero gran sentido práctico, quien lo echó al excusado sin co-
mentarios. Bastantes problemas te nía con sus numerosos feligreses
como para perder tiempo indagando el origen de un dedo solitario.
Los hermanos Reeves fueron a la e scuela por primera vez en sus vi-
das. Eran los únicos rubios de ojos azules en una población de inmi-
grantes latinos donde la regla de so brevivencia era hablar español y
correr rápido. Los alumnos tenían prohibición de usar su lengua nati-
va, se trataba de aprender inglés para integrarse pronto. Cuando a
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alguien se le salía una palabra castiza al alcance del oído de la
maes-
tra, recibía un par de palmetazos en el trasero. Si a Cristo le bastó el
inglés para escribir la Biblia, no se necesita otro idioma en el mundo,
era la explicación para tan drásti ca medida. Por desafío los niños
hablaban castellano en toda ocasió n posible y quien no lo hacía era
calificado de besa-culo, el peor ep íteto del repertorio escolar. Judy y
Gregory no tardaron en percibir el odio racial y temieron ser conver-
tidos en papilla en cualquier descuido. El primer día de clases Grego-
ry estaba tan asustado que no le salía la voz ni para decir su nom-
bre.
-Tenemos dos nuevos alumnos -s onrió la maestra, encantada de
contar con un par de chicos blanco s entre tantos morenos-. Quiero
que los traten bien, los ayuden a es tudiar y a conocer las reglas de
esta institución.
-¿Cómo se llaman, queridos?
Gregory se quedó mudo, aferrado al vestido de su hermana. Por fin
Judy lo sacó del apuro.
-Yo soy Judy Reeves y éste es el tonto de mi hermano -anunció. To-
da la clase, incluyendo a la profesor a, se echó a reír. Gregory sintió
algo caliente y pegajoso en los pantalones.
-Está bien, vayan a sentarse -les ordenó. Dos minutos más tarde
Ju-
dy empezó a apretarse la nariz y a mirar a su hermano con expre-
sión poco amable. Gregory fijó la vista en el suelo y trató de
imagi-
nar que no estaba allí, que iba en el camión por los caminos, al aire
libre, que su padre nunca se había enfermado y esa escuela maldita
no existía, era sólo una pesadilla. Pronto el resto de los niños perci-
bió el olor y se armó un jaleo.
-Vamos a ver… ¿quién fue? -pre guntó la profesora con esa sonrisa
falsa que parecía tener pegada en los dientes-. No hay nada de qué
avergonzarse, es un accidente, le puede ocurrir a cualquiera…
¿quién fue?-¡Yo no me cagué y mi hermano tampoco, lo juro! -gritó
Judy desafiante. Un coro de burlas y carcajadas acogió su declara-
ción.
La maestra se acercó a Gregory y le sopló al oído que saliera de la
clase, pero él se agarró a dos manos del pupitre, con la cabeza me
ti-
da entre los hombros y los párpados apretados, rojo de bochorno. La
mujer trató de sacarlo de un brazo, primero sin violencia y luego a
tirones, pero el niño estaba adherido a su silla con la fuerza de la de-
sesperación.
-¡Váyase a la chingada! -aulló Judy a la profesora en su reciente es-
pañol-. ¡Esta escuela es una mierda! -agregó en inglés.
La mujer se quedó pasmada de sorpresa y enmudeció la clase.
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-¡Chingada. Chingada. Chingada! Vámonos, Greg, -Y los dos herma-
nos salieron de la sala tomados de la mano, ella con la barbilla en al-
to y él con la suya pegada al pecho.
Judy se llevó a Gregory a una estación de gasolina, lo escondió entre
unos tambores de aceite y se las arregló para lavarle los pantalones
con una manguera sin que nadie los viera. Volvieron a la casa en si-
lencio.
-¿Cómo les fue? -preguntó Nora Reeves extrañada de verlos de
vuel-
ta tan temprano.
-La maestra dijo que no tenemos que volver. Nosotros somos mucho
más inteligentes que los otros alumn os. Esos mocosos ni siquiera
hablan como la gente, mamá. ¡No saben inglés!
-¿Qué cuento es ése? -interrumpió Olga-
-¿y por qué Gregory tiene la ropa empapada?
De manera que al día siguiente debieron regresar a la escuela, arras-
trados de un brazo por Olga, quien los acompañó hasta la sala, los
obligó a pedir disculpas a la maestra por los insultos proferidos y de
paso advirtió a los demás niños que tuvieran mucho cuidado con
mo-
lestar a los Reeves. Antes de salir enfrentó a la compacta masa de
chiquillos morenos haciendo el ge sto de maldecir, ambos puños ce-
rrados y el índice y el meñique apuntando como cuernos. Su aspecto
extraño, su acento ruso y aquel gesto tuvieron el poder de aplacar a
las fieras, al menos por un tiempo.
Una semana después Gregory cumplió siete años. No lo celebraron;
en verdad nadie ce acordó, porque la atención de la familia estaba
puesta en el padre. Olga, la única que iba a diario al hospital, trajo la
noticia de que Charles Reeves se encontraba por fin fuera de peligro
y había sido trasladado a una sala común donde podían visitarlo
. No-
ra e Inmaculada Morales lavaron a los niños hasta sacarles lustre, les
pusieron sus mejores ropas, pein aron con gomina a los varones y
con cintas en los moños a las niñas. En procesión partieron al
hospi-
tal con modestos ramos de margarit as del jardín de la casa y una
fuente con tacos de pollo y frijoles refritos con queso, preparada por
Inmaculada. La sala era tan gran de como un hangar, con camas
idénticas a ambos lados y un eterno pasillo al centro que recorrieron
en puntillas hasta el lugar donde se encontraba el enfermo. El nom-
bre de Charles Reeves escrito en un cartón a los pies de la cama les
permitió identificarlo; de otro modo no lo hubieran reconocido. Esta-
ba transformado en un extraño, se había envejecido mil años, te
nía
la piel color de cera, los ojos hund idos en las órbitas y olía a almen-
dras. Los niños, apretados codo a codo, se quedaron con las flores
en las manos, sin saber dónde ponerlas. Inmaculada Morales, rubori-
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zada, cubrió la fuente de tacos con su chal, y Nora Reeves comenzó
a temblar. Gregory presintió que alg o irreparable había sucedido en
su vida.
-Está mucho mejor, pronto podrá comer -dijo Olga acomodando la
aguja del suero en la vena del enfermo.
Gregory retrocedió hasta el pasillo, bajó las escaleras a saltos y lue-
go echó a correr hacia la calle. En la puerta del hospital se acurrucó,
con la cabeza entre las rodillas, abrazado a sus piernas como un ovi-
llo, repitiendo chingada, chingada, como una letanía.
Al llegar los inmigrantes mexicanos caían en casas de amigos o pa-
rientes, donde se hacinaban a me nudo varias familias. Las leyes de
la hospitalidad eran inviolables, a nadie se negaba techo y comida en
los primeros días, pero después cada uno debía valerse solo. Ve
nían
de todos los pueblos al sur de la fr ontera en busca de trabajo, sin
más bienes que la ropa puesta, un atado a la espalda y las mejores
intenciones de salir adelante en esa Tierra Prometida, donde les
habían dicho que el dinero crecía en los árboles y cualquiera bien lis-
to podía convertirse en empresario, con un Cadillac propio y una ru-
bia colgada del brazo. No les hab ían contado, sin embargo, que por
cada afortunado cincuenta quedaban por el camino y otros cincuenta
regresaban vencidos, que no serían ellos los beneficiados, estaban
destinados a abrir paso a los hijos y los nietos nacidos en ese suelo
hostil. No sospechaban las penurias del destierro, cómo abusarían de
ellos los patrones y los perseguirían las autoridades, cuánto esfuerzo
costaría reunir a la familia, traer a los niños y a los viejos, el dolor de
decir adiós a los amigos y dejar atrás a sus muertos. Tampoco les
advirtieron que pronto perderían su s tradiciones y el corrosivo des-
gaste de la memoria los dejaría sin recuerdos, ni que serían los más
humillados entre los humildes. Pero si lo hubieran sabido, tal vez de
todos modos habrían emprendido el viaje al norte. Inmaculada y Pe-
dro Morales se llamaban a sí mism os “alambristas mojados”, combi-
nación de “alambre” y de “lomo mo jado”, como se designaba a los
inmigrantes ilegales, y contaban, mu ertos de la risa, cómo cruzaron
la frontera muchas veces, algunas atravesando a nado el Río Grande
y otras cortando los alambres del ce rco. Habían ido de vacaciones a
su tierra en más de una ocasión, entrando y saliendo con hijos de
todas las edades y hasta con la abuela, a quien trajeron desde su al-
dea cuando enviudó y se le descompuso el cerebro. Al cabo de varios
años, lograron legalizar, sus papeles y sus hijos era ciudadanos ame-
ricanos. No faltaba un puesto en su mesa para los recién llegados y
los niños crecieron oyendo historias de pobres diablos que cruzaban
la frontera escondidos como fardos en el doble fondo de un camión,
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saltaban de trenes en marcha, o se arrastraban bajo tierra por viejas
alcantarillas. siempre con el terror de ser sorprendidos por la policí
a,
la temida «Migra», y enviados de vuelta a su país en grillos, d
espués
de ser fichados como criminales. Muchos morían baleados por los
guardias, también de hambre y de sed. otros se asfixiaban en com-
partimentos secretos de los vehículos de los “coyotes”, cuyo negocio
consistía en transportar a los desesperados desde México hasta un
pueblo al otro lado. En la época en que Pedro Morales hizo el primer
viaje todavía existía entre los latin os el sentimiento de recuperar un
territorio que siempre fue suyo. Para ellos violar la frontera no cons-
tituía un delito sino una aventura de justicia. Pedro Morales tenía en-
tonces veinte años. acababa de terminar el servicio militar y como no
deseaba seguir los pasos del padre y del abuelo, míseros campesinos
de una hacienda de Zacatecas, prefirió emprender la marcha hacia el
norte. Así llegó a Tijuana, donde esperaba conseguir un contrato c
o-
mo ‘bracero” para trabajar en el campo, porque los agricultores ame-
ricanos necesitaban mano de obra barata, pero se encontró sin dine-
ro. no pudo esperar que se cumplieran las formalidades o sobornar a
los funcionarios y policías, ni le gustó ese pueblo de paso, donde se-
gún él los hombres carecían de ho nor y las mujeres de respeto. Es-
taba cansado de ir de acá para allá buscando trabajo y no quiso pe
-
dir ayuda ni aceptar caridad. Por fin se decidió a cruzar el cerco para
ganado que limitaba la frontera, cortando los alambres con un alica-
te, y echó a andar en línea recta en dirección al sol, siguiend
o las in-
dicaciones de un amigo con más experiencia. Así llegó al sur de Cali-
fornia. Los primeros meses lo pasó mal, no le resultó fácil ganarse la
vida como le habían dicho. Fue de granja en granja cosechando fru-
ta, frijoles o algodón, durmiendo en los caminos. en las estaciones
de trenes, en los cementerios de carros viejos, alimentándose de pan
y cerveza, compartiendo penurias con miles de hombres en la misma
situación. Los patrones pagaban menos de lo ofrecido y al primer re-
clamo acudían a la policía, siempre ale rta tras los ilegales. Pedro no
podía establecerse en ningún sitio por mucho tiempo, la «Migra
an-
daba pisándole los talones, pero fi nalmente se quitó el sombrero y
los huaraches, adoptó el bluyin y la cachucha y aprendió a chapucear
unas cuantas frases en inglés. Apenas se ubicó en la nueva tierra re-
gresó a su pueblo en busca de la novia de infancia. Inmaculada lo
esperaba con el traje de boda almidonado.
-Los gringos están todos chiflados , le ponen duraznos a la carne y
mermelada a los huevos fritos, mandan los perros a la peluquería, no
creen en la Virgen María, los hombres friegan los platos en la casa y
las mujeres lavan los automóviles en la calle, con sostén y calzones
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cortos, se les ve todito, pero si no nos metemos con ellos, se puede
vivir de lo mejor -informó Pedro a su prometida.
Se casaron con las ceremonias y fiestas habituales, durmieron la
primera noche de esposos en la cama de los padres de la muchacha,
prestada para la ocasión, y al día siguiente cogieron el bus rumbo al
norte. Pedro llevaba algo de dinero y ya era experto en cruzar la
frontera, estaba en mejores condiciones que la primera vez, pero
igual iba asustado; no deseaba exponer a su mujer a ningún peligro.
Se contaban historias espeluznantes de robos y matanzas de bandi-
dos, corrupción de la policía mexica na y maltratos de la americana,
historias capaces de escarmenta r al más macho. Inmaculada, en
cambio, marchaba feliz un paso detrás de su marido, con el bulto de
sus pertenencias equilibrado en la cabeza, protegida de la mala suer-
te por el escapulario de la Virgen de Guadalupe, una oración en los
labios y los ojos bien abiertos para ver el mundo que se extendía an-
te ella como un magnífico cofre repleto de sorpresas. No había salido
nunca de su aldea y no sospechaba que los caminos podían ser in-
terminables; pero nada logró desanimarla, ni humillaciones ni fatigas
ni las trampas de la nostalgia, y cuando por fin se encontró instalada
con su hombre en un mísero cuarto de pensión al otro lado del lí
mi-
te, creyó haber atravesado el umbral del cielo. Un año más tarde na-
ció el primer niño, Pedro consiguió un puesto en una fábrica de cau-
chos en Los Ángeles y tomó un c urso nocturno de mecánica. Para
ayudar a su marido, Inmaculada se empleó enseguida en una indus-
tria de ropa y luego para servicio doméstico, hasta que los embara-
zos y las criaturas la obligaron a qu edarse en la casa. Los Morales
eran gente ordenada y sin vicios, estiraban el dinero y aprendieron a
utilizar los beneficios de ese país donde ellos siempre serían extran-
jeros, pero en el cual sus hijos tendrían un lugar. Estaban siempre
dispuestos a abrir su puerta para amparar a otros, su casa se convir-
tió en un pasadero de gente. Hoy por ti, mañana por mí, a veces
to-
ca dar y otras recibir, es la ley na tural de la vida, decía Inmaculada.
Comprobaron que la generosidad tien e efecto multiplicador, no les
falló la buena fortuna ni el trabajo, los hijos resultaron sanos y las
amistades agradecidas; con el ti empo superaron las pobrezas del
comienzo. Cinco años después de lle gar a la ciudad Pedro instaló su
propio taller de automóviles. Para la época en que los Reeves fueron
a vivir en su patio eran la fam ilia más digna del barrio, Inmaculada
se había convertido en una madr e universal y Pedro era consultado
como hombre justo de la comunida d. En ese ambiente, donde a na-
die le pasaba por la mente acudir a la policía o la justicia para res
ol-
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ver sus conflictos, él actuaba como árbitro en los malentendidos y
juez en las disputas.
Olga tenía razón, al menos en parte. Un mes después de la operación
Charles Reeves salió del hospital por sus propios pies, pero su idea
de volver a deambular por los caminos resultaba absurda porque era
evidente que la convalecencia sería muy larga. El médico ordenó
tranquilidad, dieta y control permanen te, ni pensar en una vida nó-
mada por un buen tiempo, tal vez años. El dinero de los ahorros se
había terminado hacía mucho y la familia le debía una suma resp
eta-
ble a los Morales. Pedro no quiso oír hablar de ese asunto pues tenía
con su Maestro una deuda espiritual imposible de pagar. Charles
Reeves no era hombre capaz de ac eptar caridad, ni siquiera de un
buen amigo y discípulo, tampoco podían seguir acampando en el pa-
tio de una casa ajena y a pesar de las súplicas de los niños, que veí-
an alejarse para siempre la posibilidad de abandonar la opresión de
la escuela, el camión fue vendido luego de quitarle el letrero y el
megáfono. Con el dinero recaudado y otro tanto conseguido en prés-
tamos, los Reeves pudieron comprar una cabaña en ruinas en los lí-
mites del barrio mexicano.
Los Morales movilizaron a sus parientes para ayudar a reconstruir la
choza. Ése fue un fin de semana indeleble para Gregory Reeves, la
música y la comida latinas quedarían para siempre unidas en su
mente con la idea de amistad. El sábado en la madrugada apareció
en el lugar una caravana de diversos vehículos, desde una camioneta
manejada por un hombronazo de co ntagiosa sonrisa, hermano de
Inmaculada, hasta una columna de bicicletas en las cuales se trasla-
daron primos, sobrinos y amigos, todos provistos de herramientas y
materiales de construcción. Las mujeres instalaron mesones en el te-
rreno y arremangadas cocinaron para esa multitud. Volaban las ca-
bezas decapitadas de los pollos, se apilaban los trozos de cerdo y va-
cuno, hervían las mazorcas, los frij oles y las papas, se asaban las
tortillas, bailaban los cuchillos picando, partiendo y pelando, relucían
al sol las fuentes con fruta y aguardaban en la sombra las de jitoma-
te con cebolla, salsa brava y guac amole. De las ollas escapaban
aromas de guisos suculentos, de garrafas y botellas escanciaban el
tequila y la cerveza, y de las guita rras brotaban las canciones de la
tierra generosa del otro lado de la frontera. Los niños correteaban
con los perros entre las mesa, las niñas, muy compuestas, ayudaban
en el servicio; un primo retardado de plácido rostro asiático lava
ba
los platos, la abuela chiflada, sentada bajo un árbol contribuía al coro
de rancheras con su voz de jilgue ro; Olga repartía tacos entre los
hombres y mantenía a raya a los chiq uillos. Durante todo el fin de
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semana, hasta muy tarde en la noch e, trabajaron alegremente bajo
las órdenes de Charles Reeves y Pedro Morales, aserruchando, cla-
vando y soldando. Fue una parrand a de sudor y canto y el lunes
amaneció la casa con las paredes bien apuntaladas, las ventanas en
sus goznes, las planchas de zinc en el techo, y un piso de tablas
nuevas. Los mexicanos desarmaron las mesas de la comilona, reco-
gieron sus herramientas, sus guita rras y sus hijos, subieron a sus
vehículos y desaparecieron por donde habían llegado, discretamente
para que nadie les diera las gracias.
Cuando los Reeves entraron en su nuevo hogar Gregory preguntó si
esa casa no se desarmaba, incrédulo ante la firmeza de las paredes.
A los niños ese par de modestas habitaciones les pareció un palace-
te, nunca antes habían dispuesto de un techo sólido sobre sus cabe
-
zas, sólo la tela de una carpa o el cielo. Nora instaló su cocina a que-
roseno, puso en su cuarto la vieja máquina de escribir y en la sala,
en un sitio de honor, su fonógrafo a manivela para escuchar ópera y
música clásica; enseguida se dispuso a iniciar una nueva etapa.
Olga, sin muchas explicaciones, decidió separarse de ellos. Al princi-
pio se quedó en el patio de los Morales con el pretexto de que la casa
de los Reeves estaba muy lejos y hasta allí no llegaría su clientela, y
poco después consiguió un cuarto de alquiler en los altos de un gara-
je, en el otro extremo del barrio, donde colgó un letrero ofreciendo
sus servicios de adivina, comadrona y curandera. El rumor de su ta-
lento se regó rápidamente y conf irmó su reputación cuando hizo
desaparecer para siempre la barba y los bigotes de la dueña del al-
macén. En ese lugar, donde ni lo s hombres tenían mucho pelo en la
cara, la almacenera era blanco de las burlas más crueles hasta que
Olga intervino liberándola con una pócima de su invención; la m
isma
que recetaba para curar la sarna. Cuando por fin la barbuda pudo lu-
cir sus mejillas a plena luz del d ía las malas lenguas dijeron que al
menos los pelos le daban un aire interesante; en cambio sin ellos era
sólo una señora con cara de pirata. Se corrió la voz de que así
como
la curandera sanaba con sus ens almos y ungüentos, igual podía
hacer mal con sus brujerías; y la gente le tuvo respeto. Judy y Gre-
gory iban a verla seguido y ella ap arecía de vez en cuando a almor-
zar los domingos donde los Reeves, pero sus visitas se espaciaron y
al fin se suspendieron del todo. Poco a poco su nombre dejó de men-
cionarse en la familia porque al hace rlo el aire se cargaba de tensio-
nes. Judy, distraída con tantas no vedades, no la echaba de menos,
pero Gregory no perdió contacto con ella.
Charles Reeves volvió a ganarse la vida pintando. A partir de una fo-
tografía podía producir una imagen bastante fiel en el caso de los
34
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hombres y muy mejorada en el de las señoras, a quienes les borraba
las huellas de la edad, les atenuaba la herencia indígena o africana,
les aclaraba la piel y el cabello y las vestía de gala. Apenas se sintió
con fuerzas suficientes regresó tamb ién a sus prédicas y a escribir
sus libros, que él mismo imprimía. A pesar de los obstáculos ec
onó-
micos de la empresa, El Plan Infinito siguió su curso a trastabillones,
pero con tenacidad. El público se componía principalmente de obre-
ros y sus familias, muchos de los cuales apenas entendían inglés, pe-
ro el predicador aprendió algunas palabras claves en español y cuan-
do le fallaba el vocabulario recurría a un pizarrón donde dibujaba sus
ideas. Al comienzo asistían sólo am igos y parientes de los Morales,
más interesados en ver de cerca a la boa que en los aspectos filosófi-
cos de la conferencia; pero pronto se supo que el Doctor en Ciencias
Divinas era muy elocuente y podía tr azar a gran velocidad unas ca-
ricaturas de lo más chulas, fíjese, hay que ver cómo las hace, así no
más, sin mirar siquiera, y los Mor ales no tuvieron necesidad de pre-
sionar a nadie para llenar la sala. Al enterarse de las precarias condi-
ciones en que vivían sus vecinos, Reeves pasó semanas en la Biblio-
teca, estudiando las leyes; así pu do ofrecer a sus oyentes, además
de apoyo espiritual, consejos para navegar en las aguas desconoci-
das del sistema. Gracias a él los inmigrantes supieron que a pesar de
ser ilegales gozaban de algunos dere chos ciudadanos, podían acudir
al hospital, enterrar a sus muertos en el cementerio del condado
aunque siempre preferían enviarlos a su pueblo de origen y un sin-
número de otras ventajas que hast a entonces desconocían. En ese
barrio El Plan Infinito competía con los oropeles del ceremonial cató-
lico, los bombos y platillos del Ejército de Salvación, la novedos
a po-
ligamia de los mormones y los ritos de las siete iglesias protestantes
del vecindario, incluyendo a los ba utistas que se sumergían vestidos
en el río, los adventistas que reg alaban tarta de limón los domingos
y los pentecostales que andaban co n las manos levantadas para re-
cibir al Espíritu Santo. Como no era necesario renunciar a la propia
religión, porque en el Curso de Charles Reeves se acomodaban todas
las doctrinas, el Padre Larraguibel de la Iglesia de Lourdes y los pas-
tores de las otras creencias no pudieron objetar, aunque por una vez
estuvieron todos de acuerdo y ca da uno desde su púlpito acusó al
predicador de ser un charlatán sin fundamento.
Desde el primer encuentro, cuando el camión de los Reeves desem-
barcó su cargamento en el patio de los Morales, Gregory y Carmen,
la hija menor de la familia, se hici eron íntimos amigos. Una mirada
les bastó para establecer la complicidad que habría de durarles to
da
la vida. La niña era un año menor, pero en los aspectos prácticos re-
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sultaba mucho más avispada, a ella le tocaría revelarle al otro las
claves y los trucos de la sobrevivencia en el barrio. Gregory era alto,
delgado, muy rubio, y ella pequeña, rechoncha, color azúcar dorada.
El muchacho había adquirido conoci mientos poco usuales, podía lu-
cirse contando argumentos de óper a, describiendo paisajes del Na-
tional Geographic o recitando versos de Byron: sabía cazar un pato,
destripar un pescado y calcular en un instante cuánto recorre un ca-
mión en cuarenta y Cinco minutos si viaja a treinta millas por hora,
todo de escasa utilidad en su nue va situación. Sabía meter una boa
en un saco, pero no podía ir a la esquina a comprar pan; no había
convivido con otras criaturas ni había entrado a una sala de clases,
nada sospechaba de la maldad de los niños ni de las tremendas ba-
rreras raciales, porque Nora le ha bía inculcado que las personas son
buenas -lo contrario es un vicio de la naturaleza- y todas son iguales.
Hasta que fue a la escuela Gregory lo creyó. El color de su piel y su
absoluta falta de malicia irritaban a los demás, que le caían encima
cuando podían, por lo general en el baño, y lo dejaban medio aturdi-
do a golpes. No siempre inocente , a menudo provocaba los enfren-
tamientos. Con Juan José y Carmen Morales inventaban bromas pe-
sadas, como quitar con una jeringa el relleno de menta a unos bom-
bones de chocolate, reemplazarlo por la salsa más picante de la coci-
na de Inmaculada y ofrecerlo a la ba nda de Martínez como quien fu-
ma una pipa de la paz, para que seamos amigos ¿okey? Después de-
bieron ocultarse por una semana.
Cada día, apenas tocaban la campana de salida, Gregory corría como
un celaje hasta su casa, perseguido por una jauría de muchachos
dispuestos a liquidarlo. Era de piernas tan veloces que solía detener-
se en medio de la carrera para in sultar a sus enemigos. Cuando su
familia acampaba en el patio de los Morales no pasaba susto, porque
la casa quedaba cerca, Juan José lo acompañaba y nadie podía al-
canzarlo en un trecho corto, pero cuando se trasladaron a la nueva
propiedad la distancia era diez ve ces mayor y las posibilidades de
llegar a la meta a tiempo se reducían en forma alarmante. Cambiaba
el recorrido, cogía por diversos atajos y conocía escondites donde so-
lía esperar agazapado hasta que se aburrían de buscarlo. Una vez se
deslizó en la parroquia, porque en clase de religión el Padre contó
que desde la Edad Media existía la tr adición de asilo dentro de las
iglesias. Pero la pandilla de Martínez lo persiguió al interior del edifi-
cio y después de una escandalosa carrera saltando bancos, lo agarra-
ron frente al altar y procedieron a darle una pateadura ante la mira-
da, impávida de los santos de bulto bajo sus aureolas de latón dora-
36
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do. A los gritos acudió el enérgico cura, quien se encargó de quitar a
Gregory los enemigos de encima tirándolos de los pelos.
-¡Dios no me salvó! -gritaba el niño más furioso que adolorido seña-
lando al Cristo ensangrentado que precedía el altar.
-¿Cómo que no? ¿Y no llegué yo a ayudarte, mal agradecido? -rugió
el párroco.
-¡Demasiado tarde! ¡Mire cómo me tienen! -aullaba señalando sus
moretones.
-Dios no tiene tiempo para pendejadas. Ponte de pie y límpiate la
nariz -le ordenó el Padre.
-Usted dijo que aquí uno está seguro…
-Claro, siempre que el enemigo sepa que se trata de un lugar sagra-
do, pero estos atorrantes no sospechan el sacrilegio que han cometi-
do.
-¡Su pinche iglesia no sirve para nada!
-¡Cuidado con lo que dices, mira que te vuelo los dientes, muchacho
desgraciado! -lo amenazó con la mano en alto el Padre.
-¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! -alcanzó a recordarle Reeves y eso tuvo la
virtud de aplacar el hervor de la sangre vasca en las venas del sa-
cerdote, que respiró profundo para despejar la ira y trató de hablar
en un tono más apropiado a sus santas vestiduras.
-Escucha, hijo, tienes que aprender a defenderte. Ayúdate, que Dios
te ayudará, como dice el refrán.
Y a partir de ese día el buen homb re, que en su juventud había sido
un campesino pendenciero, se encerraba con Gregory en el patio de
la sacristía para enseñarle a boxear sin mayores contemplaciones por
las reglas de la caballerosidad. Su primera lección consistió en tres
principios inapelables: lo único im portante es ganar, el que pega
primero pega dos veces y dale dire cto a las bolas, hijo, y que Dios
nos perdone. De todos modos el chico decidió que el templo era me-
nos seguro que el firme regazo de Inmaculada Morales, fortaleció la
confianza en sus puños en la misma medida en que tambaleaba su fe
en la intervención divina. Desde entonces, si estaba en apuros corría
a la casa de sus amigos, saltaba la cerca del patio y se metía a la co-
cina, donde aguardaba que Judy ac udiera en su rescate. Con su
hermana podía caminar a salvo porq ue era la niña más bonita de la
escuela; todos los muchachos estaban enamorados de ella y ninguno
habría cometido la estupidez de hacerle una barrabasada a Gregory
en su presencia. Carmen y Juan Jo sé Morales trataban de servir de
enlace entre su nuevo amigo y el resto de la chiquillería, pero no
siempre lo lograban porque Gregor y resultaba extraño, no sólo por
su color, sino porque era orgulloso, testarudo y taimado. Tenía la ca-
37
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beza repleta de cuentos de indios , de animales salvajes, protagonis-
tas de ópera y de teorías de almas en forma de naranjas flotantes y
Logi, y Maestros Funcionarios, de las cuales ni el Padre ni las profe-
soras deseaban oír detalles. Adem ás, perdía el control a la menor
provocación y se lanzaba de frente, con los ojos cerrados y los puños
listos; peleaba a ciegas y casi siempre perdía, era el más golpead
o
de la escuela. Se reían de él, de su perro -un bastardo de patas cor-
tas y mala catadura- y hasta del aspecto de su madre, que se vestía
a la antigua y repartía folletos de la religión Bahai o del Plan Infinito.
Pero las peores burlas se centra ban en su temperamento sentimen-
tal. El resto de los muchachos ha bía interiorizado las lecciones ma-
chistas de su medio: los hombre s deben ser despiadados, valientes,
dominantes, solitarios, rápidos con las armas y superiores a las mu-
jeres en todo sentido. Las dos reg las básicas, aprendidas por los ni-
ños en la cuna, son que los hombres no confían jamás en nadie y no
lloran por ningún motivo. Pero Gregory escuchaba a la maestra
hablar de las focas de Canadá ex terminadas a palos por los cazado-
res de pieles o al Padre referirse a los leprosos de Calcuta y, con los
ojos aguados, decidía de inmediato irse al norte a defender a las po-
bres bestias o al Lejano Oriente de misionero. En cambio lo aturdían
a golpes sin arrancarle lágrimas; por soberbio prefería que lo chinga-
ran antes que pedir clemencia, sólo por eso los otros muchachos no
lo consideraban maricón perdido. A pesar de todo era un chico ale-
gre, capaz de sacarle música a cualquier instrumento, con una me-
moria infalible para los chistes, el favorito de las niñas en el recr
eo.
A cambio de sus lecciones de boxeo el Padre le exigió ayuda en las
misas del domingo. Cuando Gregory lo comentó en casa de los Mora-
les tuvo que soportar una andanada de bromas de Juan José y sus
hermanos. hasta que Inmaculada los interrumpió para anunciar que
por burlarse, su hijo Juan José también sería monaguillo y a mucha
honra, bendito Dios. Los dos amigos pasaban horas a regañadientes
en la iglesia esparciendo incienso, tocando campanillas y recitando
latinazgos, ante la mirada atenta del sacerdote, quien aun en los
momentos álgidos los vigilaba con su famoso tercer ojo, ese que la
gente decía que tenía en la nuca pa ra ver los pecados ajenos. Al
hombre le gustaba que uno de sus ayudantes fuera moreno y el otro
rubio; consideraba que esa integración racial sin duda complacía a
l
Creador. Antes de la misa los niños preparaban el altar y después
ordenaban la sacristía; al irse recibían un pan de anís de regalo, pero
el verdadero premio eran unos sorb os clandestinos del vino ceremo-
nial, un licor añejo, dulce y fuerte como jerez. Una mañana fue tanto
el entusiasmo que sin medirse de spacharon la botella y se quedaron
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sin vino para la última misa. Gregor y tuvo la inspiración de sustraer
unos centavos de la colecta y salir disparado a comprar Coca-Cola.
La revolvieron para quitarle el gas y enseguida llenaron la vinajera.
Durante el oficio estaban hechos unos payasos y ni siquiera las mira-
das asesinas del sacerdote lograron impedir cuchicheos, carcajadas,
tropezones y campanillazos a destiempo. Cuando el Padre levantó el
copón para consagrar la Coca-Cola, los muchachos se sentaron en
las gradas del altar porque no se tenían en pie de la risa. Minutos
más tarde el sacerdote bebió el líquido con reverencia, absorto en las
palabras litúrgicas y al primer sorbo se dio cuenta de que el diablo
había metido mano en el Cáliz, a menos que por una vez la consa-
gración hubiera producido un cambio verificable en las moléculas d
el
vino, idea que su sentido práctico descartó de inmediato. Tenía un
largo entrenamiento en las vicisitu des de la vida y continuó la misa
impertérrito, sin un gesto que reve lara lo ocurrido. Terminó el ritual
sin prisa, salió dignamente seguido por sus dos monaguillos a trasta-
billones, y una vez en la sacristía se quitó una de sus pesadas sanda-
lias de suela y procedió a darles una contundente paliza.
Ése fue el primero de muchos años difíciles para Gregory Reeves; fue
un tiempo de inseguridad y temore s en el cual muchas cosas cam-
biaron, pero también de travesura s, amistad, sorpresas y descubri-
mientos.
Apenas mi familia se organizó en las nuevas rutinas y mi padre se
sintió más fuerte, se iniciaron los arreglos de la cabaña. Con
la ayuda
de los Morales y sus amigos ya no se veía en ruinas, pero todavía
faltaban algunas comodidades esenciales. Mi padre instaló un primi-
tivo sistema de luz eléctrica, levantó una casucha para el excusado y
entre él y yo limpiamos el terreno de piedras y malezas para que mi
madre plantara la huerta de vegetales y flores que siempre había de-
seado. Construyó también una pequ eña bodega en el borde mismo
del barranco donde terminaba la propiedad, para guardar sus herra-
mientas y el equipo de viaje, no perdía la ilusión de volver algún día
a sus travesías en otro camión. Después me ordenó hacer un hoyo;
afirmaba que de acuerdo a un filósofo griego antes de morir todo
hombre debe procrear un hijo, escribir un libro, construir una casa y
plantar un árbol y él ya había cumplido con los tres primeros requisi-
tos. Cavé donde me indicó sin ni ngún entusiasmo, pues no deseaba
contribuir a su muerte, pero no me atreví a negarme ni a dejar la la-
bor a medias. En una ocasión, cuan do yo viajaba en el plano astral
fui conducido a una habitación muy grande, como una fábrica, expli-
caba Charles Reeves a sus oyentes. Allí vi muchas máquinas intere-
santes, algunas no estaban terminad as y otras eran absurdas, los
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principios mecánicos estaban equivocados y nunca funcionarían bien
.
Le pregunté a un Logi a quién pert enecían. Éstas son tus obras in-
completas, me explicó. Recordé que en mi juventud tuve la ambición
de convertirme en inventor. Esas máquinas grotescas eran productos
de aquel tiempo y desde entonc es estaban almacenadas allí espe-
rando que yo dispusiera de ellas . Los pensamientos toman forma,
mientras mas definida una idea, mas concreta es la forma. No se de-
ben dejar ideas ni proyectos inac abados, deben ser destruidos, por-
que sino se malgasta energía que estaría mejor empleada en otro
asunto. Hay que pensar de manera constructiva, pero cuidadosa. Yo
había escuchado este cuento a me nudo, me fastidiaba esa obsesión
por completar todo y por dar a cada objeto y a cada pensamiento un
lugar preciso, porque a juzgar po r lo que veía a mi alrededor, el
mundo era un puro desorden.
Mi padre salió temprano y regresó con Pedro Morales en la camione-
ta cargando un sauce de buen tamaño. Entre los dos lo arrastraron a
duras penas y lo plantaron en el hoyo. Durante varios días observé al
árbol y a mi padre, esperando que en cualquier instante el primero
se secara o el segundo cayera fu lminado, pero como nada de eso
ocurrió, supuse que los antiguos filósofos eran unos pelafustanes.
El
temor de quedar huérfano me ven ía a la mente con frecuencia. En
sueños Charles Reeves se me ap arecía como un crujiente esqueleto
de ropajes oscuros con una gruesa serpiente enrollada a los pies, y
despierto lo recordaba reducido a una piltrafa, tal como lo vi en el
hospital. La idea de la muerte me aterrorizaba. Desde que nos insta-
lamos en la ciudad me perseguía un presentimiento de peligro, las
normas conocidas se me descalabraron, hasta las palabras perdieron
sus significados habituales y tuve que aprender nuevos códigos,
otros gestos, una lengua extraña de erres y jotas sonoras. Los cami-
nos sin fin y los vastos paisajes fueron reemplazados por un hacina-
miento de callejuelas ruidosas, sucias, malolientes, pero también
fascinantes, donde las aventuras salían a cada paso. Imposible resis-
tir la atracción de las calles; en ellas transcurría la existencia, eran
escenario de peleas, amores y ne gocios. Me embelesaba con la mú-
sica latina y la costumbre de contar historias. La gente hablaba de
sus vidas en tono de leyenda. Creo que aprendí español sólo para no
perder palabra de aquellos cuentos. Mi lugar preferido era la cocina
de Inmaculada Morales entre las frag ancias de las ollas y los afanes
de la familia. No me cansaba de es e circo eterno, pero también sen-
tía la secreta necesidad de recuperar el silencio de la naturaleza en la
cual me criaron, buscaba árboles, caminaba horas para subir a una
pequeña colina donde por unos minutos volvía a sentir el placer de
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existir en mi propia piel. El resto del tiempo mi cuerpo resultaba un
estorbo; debía protegerlo de am enazas permanentes, me pesaban
como lastres mi pelo claro, el color de mi piel y mis ojos, mi esquele-
to de pájaro. Dice Inmaculada Morales que yo era un niño ale-
gre,lleno de fuerza y energía, con un tremendo gusto por la vida, pe-
ro no me recuerdo así; en el ghetto experimenté la desazón de ser
diferente, no me integraba, deseaba ser como los otros, diluirme en
la multitud, volverme invisible y así moverme tranquilo por las calles
o jugar en el patio de la escuela, libre de las pandillas de muchachos
morenos que descargaban en mi las agresiones que ellos mismos re-
cibían de los blancos apenas asom aban las narices fuera de su ba-
rrio.
Cuando mi padre salió del hospital reiniciamos en apariencia una vi-
da normal, pero el equilibrio de la familia estaba roto. También pe-
saba en el ambiente la ausencia de Olga y echaba de menos su baúl
de tesoros, sus utensilios de nigr omante, sus vestidos escandalosos,
su risa descarada, sus cuentos, su infatigable diligencia, la casa sin
ella era como una mesa coja. Mis padres cubrieron el asunto de si-
lencio y no me atreví a pedir exp licaciones. Mi mamá se tornaba por
momentos más silenciosa y apartada, mientras mi padre, quien
siempre tuvo buen dominio sobre su carácter, se volvió rabioso, im-
predecible, violento. Es culpa de la operación, la química de su Cuer-
po Físico está alterada, por eso su aura se ha oscurecido, pero pron-
to estará bien, lo justificaba mi mamá en la jerga del Plan Infinito,
pero sin la menor convicción en su tono. Nunca me sentí cómodo con
ella, ese ser descolorido y amable era muy diferente a las madres de
otros niños. Las decisiones, los pe rmisos y los castigos provenían
siempre de mi padre; el consuelo y la risa de Olga, las confidencias
eran con Judy. A mi madre sólo me unían libros y cuadernos escola-
res, música y la afición por observ ar las constelaciones del cielo. Ja-
más me tocaba, me acostumbré a su distancia física y a su tempe-
ramento reservado.
Un día perdí a Judy, entonces experimenté el pánico de la so
ledad
absoluta que no logré superar hasta varias décadas más tarde cuan-
do un amor inesperado revocó esa especie de maldición. Judy había
sido una niña abierta y simpática, que me protegía, me mandaba,
me llevaba prendido de sus faldas. Por las noches me deslizaba en su
cama y ella me contaba cuentos o me inventaba sueños con instruc-
ciones precisas sobre cómo soñarlos. Las formas de mi hermana
dormida, su calor y el ritmo de su respiración acompañaron la prime-
ra parte de mi infancia; encogido a su lado olvidaba el miedo, junto a
ella nada podía hacerme daño. Una noche de abril, cuando Judy iba a
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cumplir nueve años y yo tenía siete, esperé que todo estuviera en si-
lencio y salí de mi saco de dormir para introducirme en el suyo, co-
mo siempre hacía, pero me encontré ante una resistencia feroz. Ta-
pada hasta la barbilla y con las manos enzañadas sujetando su saco,
me zampó que no me quería, que nunca más me dejaría dormir c
on
ella, que se acabaron los cuentos, los sueños inventados y todo lo
demás y que yo estaba muy grande para esas tonterías.
-¿Qué te pasa, Judy? -le supliqué espantado, no tanto por sus pala-
bras como por el rencor en su voz.
-¡Ándate al carajo y no vuelvas a tocarme en los días de tu vid
a! -y
rompió a llorar con la cara vuelta a la pared.
Me senté a su lado en el suelo sin saber qué decir, mucho más triste
por su llanto que por el rechazo. Un buen rato después me levanté
en puntillas y abrí la puerta a Oliver ; a partir de ese día dormí abra-
zado a mi perro. En los meses siguientes tuve la sensación de que
existía un misterio en mi casa del cual yo estaba excluido; un secreto
entre mi padre y mi hermana, o tal vez entre ellos y mi madre, o en-
tre todos y Olga. Presentí que era mejor ignorar la verdad y no traté
de averiguarla. El ambiente estaba tan cargado que procuraba au-
sentarme de la casa lo más posible, visitaba a Olga o a los Morales,
daba largas caminatas por los camp os cercanos, me alejaba varias
millas y regresaba al anochecer; me escondía en la pequeña bodega,
entre herramientas y bultos, y llora ba durante horas sin saber por
qué. Nadie me hizo preguntas.
La imagen de mi padre comenzó a borrarse y fue reemplazada por la
de un desconocido, un hombre injusto y rabioso, que mientras acari-
ciaba a Judy a mí me golpeaba al menor pretexto y me empujaba de
su lado, vete a jugar fuera, los muchachos deben hacerse fuertes en
la calle, me gruñía. Ninguna semeja nza había entre el pulcro y ca-
rismático predicador de antes y aquel anciano asqueroso que pasaba
el día escuchando la radio en un sillón, a medio vestir y sin afeitarse.
Para entonces ya no pintaba y ta mpoco podía dedicarse al Plan Infi-
nito; la situación en la casa desm ejoró a ojos vista y nuevamente
Inmaculada Morales se hizo presente con sus picantes comistrajos,
su sonrisa generosa y su buen ojo para captar las necesidades aje-
nas. Olga me daba dinero con inst rucciones de ponerlo con disimulo
en la cartera de mi madre. Esta inusitada forma de ingresos se man-
tuvo por muchos años, sin que mi madre hiciera jamás el menor co-
mentario, como si no percibiera es a multiplicación misteriosa, de bi-
lletes.
Olga tenía el talento de marcar su entorno con su sello extravagante.
Era un pájaro migratorio y aventure ro, pero donde se detenía, aun-
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que fuera por unas horas, lograba crear la ilusión de un nido perma-
nente. Poseía pocos bienes, pero sabía distribuirlos a su alrededor de
tal modo que si el espacio era pequ eño se contenían en un baúl y si
era más grande se esponjaban ha sta llenarlo. Bajo una carpa en
cualquier recodo del camino, en una choza o en la cárcel, donde fue
a parar más tarde, ella era reina en su palacio. Cuando se separó
de
los Reeves consiguió una habitación alquilada a un precio módic
o, un
cuchitril algo sórdido con la pátina melancólica del resto del barrio,
pero logró realzarlo con colores propios, trasformándolo en poco
tiempo en punto de referencia pa ra quienes solicitaban una direc-
ción: tres cuadras para adelante, doble a la derecha y donde vea una
casa pintarrajeada le da a la izquierda, y ya está. La escalera de ac
-
ceso y las dos ventanas fueron deco radas en su estilo, colgajos de
conchas y cristales llamaban a los pasantes con su sonajera de cam-
panas, luces multicolores evocab an una Navidad interrumpida y su
nombre en letras cursivas coro naba aquella extraña pagoda. Los
dueños de la propiedad se cansaron de exigir un poco de discreción y
por último se resignaron a los chirimbolos en el edificio. A poco nadie
en varias millas a la redonda igno raba dónde vivía Olga. Puertas
adentro la vivienda presentaba un aspecto igualmente estrafalario,
con una cortina separó la habitación en dos partes, una para atend
er
a su clientela y otra donde puso su cama y su ropa colgada de clavos
en la pared. Aprovechando sus dote s artísticas y la caja de pinturas
al óleo de los tiempos de su empr esa con Charles Reeves, cubrió las
paredes de signos del Zodiaco y palabras en alfabeto cirílico, que
producían gran impresión en los vi sitantes. Compró un mobiliario de
segunda mano y en un pase de imaginación lo convirtió en divanes
orientales; en estanterías se alineaban estatuillas de santos y magos,
potiches con sus pócimas, velas y amuletos; del techo colgaban ata-
dos de hierbas secas y resultaba difícil desplazarse entre las mesas
enanas donde atesoraba pebeteros con incienso de dudosa calidad,
comprado en las tiendas de los pakistanos. Esa fragancia dulzona lu-
chaba eternamente con la de planta s y pócimas medicinales, esen-
cias para el amor y cirios de ensalmo. Cubrió las lámparas de chales
con flecos, tiró por el suelo una apolillada piel de cebra y cerca de
la
ventana reinaba orondo un gran Buda de yeso dorado. En aquella
cueva se las ingeniaba para cocinar, vivir y ejercer su oficio, todo en
un espacio mínimo que por arte de fantasía se acomodaba a sus ne-
cesidades y caprichos. Concluida la decoración de su casa echó a co-
rrer la voz de que hay mujeres capa ces de desviar el curso de las
desgracias y ver en la oscuridad del alma y ella era una de ésas.
Luego se sentó a esperar, pero no por mucho porque la gente ya es-
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taba enterada de la curación de la almacenera barbuda y pronto los
clientes se apiñaban para contratar sus servicios.
Gregory visitaba a Olga a cada rato. Al término de las clases salía es-
capando, perseguido por la patota de Martínez, un muchacho algo
mayor que todavía estaba en segundo grado, no había aprendido a
leer y no le entraba el inglés en el cerebro, pero ya tenía el cuerpo y
la actitud de un matón. Oliver ag uardaba ladrando junto al quiosco
de periódicos en un valiente afán de detener a los enemigos y dar
ventaja a su amo, para después seguirlo como flecha a su destino fi-
nal. Para despistar a Martínez el niño solía desviarse a casa de Olga.
Sus visitas a la adivina eran una fies ta. En cierta ocasión se deslizó
bajo la cama sin que ella lo viera y desde su escondite presenció una
de sus extraordinarias consultas. El dueño del bar “Los tres Amigos”,
mujeriego y vanidoso con bigotillo de actor de cine y un faja elástic
a
para contenerse la barriga, se pr esentó turbado donde la hechicera
en busca de alivio para un mal secr eto. Ella lo recibió envuelta en
una túnica de astróloga en el cuarto apenas iluminado por bombillo
s
rojos y perfumado de incienso. El hombre se sentó ante la mesa re-
donda donde ella atendía a sus c lientes, y contó con titubeantes
preámbulos y rogando la mayor di screción, que sufría de un ardor
constante en los genitales.
-A ver, muéstremelo -ordenó Olga y procedió a examinarlo larga-
mente con una linterna de bolsillo y una lupa, mientras Gregory se
mordía las manos para no estallar de risa bajo la cama.
-Me hice los remedios que me rece taron en el hospital, pero nada.
Hace cuatro meses que me estoy muriendo, doña.
-Hay enfermedades del cuerpo y enfermedades del alma -diagnosticó
la maga volviendo a su trono a la ca becera de la mesa-. Esta es una
enfermedad del alma, por eso no se cura con medicinas normales.
Por donde pecas, pagas.
-¿Ah?-Usted le ha dado mal uso a su órgano. A veces las faltas se
pagan con pestes y otras con pica zón moral -explicó Olga, que esta-
ba al tanto de todos los chismes del barrio, conocía la mala reputa-
ción del cliente y la semana anterior le había vendido polvos para
la
fidelidad a la desconsolada esposa del tabernero-. Puedo ayudarlo,
pero le advierto que cada consulta le costará cinco dólares y que no
va a ser muy agradable. Al ojo puedo calcular que necesitará cinco
sesiones por lo menos.
-Si con eso me voy a mejorar…
-Tiene que pagarme quince dólares al empezar. Así nos aseguramos
de que no se arrepienta por el camino; mire que una vez comenzado
el ensalmo debe terminarse o si no se le seca el miembro y le queda
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como un ciruela pasa ¿me entiende ?-Cómo no, doñita, usted manda
-accedió aterrorizado el galán.
-Quítese todo para abajo, puede dejarse la camisa -ordenó ella antes
de desaparecer tras el biombo a preparar los elementos necesarios
para la curación.
Colocó al hombre de pie al centro del cuarto, lo rodeó con un cí
rculo
de velas encendidas, le echó uno s polvos blancos en la cabeza, al
tiempo que recitaba una letanía en lengua desconocida, enseguida
untó la zona afectada con algo que Gregory no pudo ver, pero sin
duda era de gran efectividad, porque a los pocos segundos el infeliz
daba saltos de mono y gritaba a todo pulmón.
-No se me salga del circulo -indic ó Olga mientras esperaba calma-
damente a que se le pasara la picazón.
-¡Ay qué chingadera, madrecita! Esto es peor que salsa de chile pi-
quín… -gimió el paciente cuando recuperó la respiración.
-Si no duele no cura -determinó e lla, conocedora de los beneficios
del castigo para quitar la culpa, lavar la conciencia y aliviar las en-
fermedades nerviosas-. Ahora le voy a poner algo fresquecito y lo
pintó a brochazos con tintura azul de metileno, luego le ató una cinta
rosada y le ordenó regresar a la semana siguiente sin quitarse la cin-
ta por ningún motivo y echarse la tintura todas las mañanas.
-Pero cómo voy a… bueno, usted me entiende, con ese lazo ahí…
-Tendrá que portarse como un santo no más. Esto le pasó por and
ar
de picaflor ¿por qué no se conforma con su esposa? Esa pobre mujer
tiene ganado el cielo, usted no la merece -y con esa última recomen-
dación de buena conducta lo despachó.
Gregory le apostó un dólar a Juan José y a Carmen Morales que el
dueño del bar tenía el pirulo azul decorado con una cinta de cum-
pleaños. Los muchachos pasaron una mañana trepados al techo de
“Los Tres Amigos” espiando el baño por un agujero hasta comprob
ar
con sus propios ojos el fenómeno.
Poco después todo el barrio sabía el cuento y desde entonces el ta-
bernero debió soportar el apodo de Pito-de-lirio, que había de acom-
pañarlo hasta su tumba.
Como Olga no siempre le abría la puerta porque solía estar ocupada
con algún cliente, Gregory se sentaba en la escalera a hacer un in-
ventario de los nuevos adornos de la fachada, maravillado del talento
de la mujer para renovarse cada día. En algunas ocasiones ella se
asomaba, apenas cubierta por una bata, con el pelo revuelto como
una maraña de algas rojas, y le daba galletas o una moneda; no
puedo verte hoy, Greg, tengo trabajo, regresa mañana, le decía con
un beso fugaz en la mejilla. El chic o partía frustrado, pero compren-
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día que ella tenía deberes ineludible s. Los clientes eran de muchos
tipos: desesperados en busca de mejorar su fortuna, mujeres preña-
das dispuestas a utilizar cualquier recurso para derrotar a la natura-
leza, enfermos desalentados por la medicina tradicional, amantes
despechados y ansiosos de venganza, solitarios atormentados por el
silencio y gente ordinaria que sólo quería un masaje, un fetiche,
una
lectura de la palma de las manos o té de flores orientales para el do-
lor de cabeza. Para cada uno Oiga disponía de una dosis de magia e
ilusión, sin detenerse a considerar la legitimidad de sus métodos,
porque en ese barrio nadie entendía y ni daba importancia a las le-
yes de los gringos.
La adivina no tuvo hijos propios y adoptó en su corazón a los de
Charles Reeves. No se ofendió con los desaires de Judy, porque sabí
a
que apenas la niña la necesitara estaría de nuevo a su lado, y agr
a-
deció calladamente la fidelidad de Gregory, a quien premiaba con
mimos y regalos. Por él se enteraba del destino de los Reeves. Mu-
chas veces el chiquillo le preguntó por qué no visitaba la casa, pero
sólo obtuvo respuestas vagas. En una de aquellas oportunidades en
que la adivina no pudo recibirlo, creyó escuchar la voz de su padre a
través de la puerta y el corazón casi le revienta en el pecho; se
vio
de pie al borde de un abismo sin fondo, a punto de destapar una caja
de horrores. Disparó corriendo, sin deseos de averiguar lo que temía,
pero la curiosidad pudo más y a medio camino volvió para esconder-
se en la calle a esperar que saliera el cliente de Olga. Cayó la noche
sin que la puerta se abriera y por fin debió regresar a su casa. Al lle-
gar encontró a Charles Reeves leye ndo el periódico en su sillón de
mimbre.¿Cuánto vivió mi padre en realidad? ¿Cuándo empezó a mo-
rirse? En los meses finales ya no era él, su cuerpo había cambiado
tanto que era difícil reconocerlo y su espíritu tampoco estaba allí. Un
soplo maléfico animaba a ese vi ejo que seguía llamándose Charles
Reeves, pero no era mi padre. Por eso yo no tengo malos recuerdos.
Judy, en cambio, está llena de odio. Hemos hablado de esto y no co-
incidimos en los hechos ni en los personajes, como si cada uno fuera
protagonista de un cuento diferent e. Vivíamos juntos en la misma
casa al mismo tiempo, sin embargo su memoria no registró lo mismo
que la mía. Mi hermana no compre nde por qué sigo aferrado a la
imagen de un padre sabio y a una época dichosa acampando al aire
libre bajo la cúpula profunda de un ci elo lleno de estrellas o cazando
patos agazapado entre unos juncos al amanecer. Jura que las cosas
nunca fueron así; que siempre hubo violencia en nuestra familia, que
Charles Reeves fue un charlatán de poca monta, un vendedor de
mentiras, un degenerado que murió de puro vicioso y no nos dejó
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nada bueno. Me acusa de haber bl oqueado el pasado; dice que pre-
fiero ignorar sus vicios; debe ser verdad porque no sabía que fuera
alcohólico y lleno de maldad, como ella sostiene. ¿No te acuerdas
cómo te azotaba por cualquier tontería con un cinturón de cuero
? me
repite Judy. Sí, pero no le guardo rencor por eso, en aquellos tiem-
pos a todos los muchachos les pegaban, era parte de la educación. A
Judy la trataba mejor, no se acostumbraba golpear tanto a las niñas,
parece. Además yo era muy inquieto y testarudo; mi madre nunca
pudo doblegarme, por eso intentó deshacerse de mí en más de una
ocasión. Poco antes de morir, en uno de esos raros encuentros en
que pudimos hablar sin herirnos, me aseguró que no lo hizo por falta
de cariño; siempre me quiso mucho, dijo, pero no podía mantener a
dos niños y naturalmente prefirió quedarse con mi hermana, que era
más dócil, en cambio a mí no era capaz de controlarme. A veces
sueño con el patio del orfelinato. Judy era mucho mejor que yo, de
eso no hay duda, una chiquilla mansa y simpática, siempre estaba
dispuesta a obedecer y tenía esa co quetería natural de las niñas bo-
nitas. Así fue como hasta los trece o catorce años, después se
trans-
formó.
Lo primero fue el olor a almendras . Volvió solapadamente, casi im-
perceptible al principio, una ráfaga tenue que pasaba sin dejar ras-
tros, tan leve que me resultaba imposible determinar si la había sen-
tido en realidad o si era sólo el recuerdo de la visita al hospital,
cuando operaron a mi padre, Después fue el ruido. El cambio más
notable fue ese ruido. Antes. en los tiempos de los viajes en el ca-
mión, el silencio era parte de la vida, cada sonido tenía su espac
io
preciso. En la ruta sólo se escuchaba el motor del vehículo y a veces
la voz de mi madre leyendo; al acampar percibíamos el crepitar de la
leña en el fuego, el cucharón en la olla, las lecciones escolares, bre-
ves diálogos, la risa de mi herman a jugando con Olga, el ladrido de
Oliver. En la noche el silencio era tan denso que el graznido de una
lechuza o el aullar de un coyote parecían escandalosos. De acuerdo a
mi padre, tal como cada cosa tien e su lugar, cada sonido tiene su
momento. Se indignaba cuando alg uien interrumpía en la conversa-
ción; en sus sermones se debía retener el aire, porque hasta una tos
involuntaria provocaba su mirada de hielo. Al final, todo se desorde-
nó en la mente de Charles Reeves . En sus peregrinaciones astrales
debe haber encontrado no sólo aquel hangar lleno de artefactos ma-
logrados y de inventos demenciales, sino también cuartos atiborra-
dos de olores, sabores, gestos y palabras sin sentido, otros llenos a
reventar de intenciones disparatadas y uno donde los ruidos del des-
calabro retumbaban como el repique de una monstruosa campana de
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hierro. No me refiero a los sonidos del barrio; el tráfico en la calle,
los gritos de la gente, las máquinas de los obreros construyendo la
gasolinera, sino a esa confusión que marcó sus últimos meses. La
radio, que antes sólo se encendía para escuchar noticias de la guerra
y música clásica, atronaba ahora día y noche con toda suerte de
mensajes inútiles, juegos de pelota y canciones vulgares. Por encima
de ese estrépito mi padre reclamab a a gritos por nimiedades, daba
órdenes contradictorias, nos llamaba a cada rato, leía en alta voz sus
propios sermones o pasajes de la Biblia, tosía, escupía sin cesar y se
soplaba la nariz con un alboroto injustificado, martillaba clavos en las
paredes y jugaba con sus herramientas como si estuviera arreglando
algún desperfecto, pero en realidad esos frenéticos quehaceres no
tenían un fin preciso. Hasta dormido era ruidoso. Ese hombre, antes
tan pulcro en sus modales y en sus hábitos, se dormía de pronto en
la mesa, con la boca llena de comida, sacudido por un ronquido pro-
fundo, jadeando y murmurando perdido en el laberinto de quién sabe
qué desvaríos lujuriosos. Basta, Ch arles, lo despertaba mi madre
azorada cuando lo sorprendía manose ándose el sexo en sueños; es
la fiebre, niños; agregaba para tranquilizamos. Mi padre deliraba, no
hay duda, la fiebre lo atacaba a mansalva en cualquier momento del
día, pero durante la noche no te nía descanso, amanecía empapado
de transpiración. Mi madre lavaba las sábanas cada mañana, no sólo
por el sudor de la agonía, también por las manchas de sangre y pus
de los forúnculos. En sus piernas crecían abscesos purulentos, que él
trataba con árnica y compresas de agua calientes. Desde que co-
menzó su enfermedad mi madre no dormía en su cama, pasaba la
noche recostada en un sillón cubierta con un chal.
Hacia el final, cuando mi padre ya no podía levantarse, Judy se ne-
gaba a entrar a su cuarto, no qu ería verlo, y ninguna amenaza o re-
compensa lograban acercarla al enfe rmo; entonces yo pude aproxi-
marme poco a poco, primero a observarlo desde el umbral y después
a sentarme en el borde de la cama. Estaba demacrado, la piel verdo-
sa pegada a los huesos, los ojos hund idos en las órbitas, sólo el ru-
mor asmático de su respiración in dicaba que aún vivía. Tocaba su
mano, él abría los párpados y su mi rada no me reconocía. A ratos le
bajaba la fiebre y parecía resuci tar de una larga muerte, bebía un
poco de té, pedía que encendieran la radio, se levantaba y daba unos
pasos vacilantes. Una mañana salió medio desnudo al patio a ver el
sauce y me mostró las ramas tierna s; está creciendo y vivirá para
llorarme, dijo. Ese día, al regresar de la escuela, Judy y yo vimos
desde lejos la ambulancia en el c allejón de nuestra casa. Yo corrí,
pero mi hermana se sentó en la ac era, abrazada a su bolsón de li-
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bros. Ya se habían juntado algunos curiosos en el patio, Inmaculada
Morales estaba en el porche ayudando a dos enfermeros a pasar una
camilla a través del umbral demasiado estrecho. Entré a la casa y me
aferré al vestido de mi madre, pero me rechazó descompuesta, como
si tuviera náuseas, En ese momento sentí una bocanada intensa de
olor a almendras y un anciano escuálido apareció de pie, en la puerta
del cuarto; llevaba sólo una camiseta, iba descalzo, revuelto el poco
cabello que aún le quedaba en la cabeza, los ojos llameantes por la
locura de la fiebre, y un hilo de saliva escurriendo por las comisuras
de la boca. Con la mano izquierda se apoyaba en la pared, con la de-
recha se masturbaba.
-¡Basta, Charles, deja eso! -le or denó mi madre-. Basta, por favor
basta -suplicó ocultando la cara entre las manos.
Inmaculada Morales abrazó a mí madr e mientras los enfermeros co-
gían a mi padre, lo sacaban al po rche y lo colocaban en la camilla
cubierto con una sábana y atado con dos correas, Lanzaba maldicio-
nes y terribles palabrotas, un lenguaje que hasta entonces yo nunca
le había oído, Lo acompañé a la ambulancia, pero mi madre no
me
permitió ir con ellos; el vehículo se alejó aullando en una nub
e de
polvo; Inmaculada Morales cerró la puerta de la casa, me cogió de la
mano, llamó a Oliver con un silbido y echó a andar. Por el camino
encontramos a Judy, que seguía inmóvil en el mismo sitio, sonriendo
de una extraña manera,-Vamos, niños, les compraré algodones de
azúcar -dijo Inmaculada Morales, aguantando las lágrimas.
Ésa fue la última vez que vi a mi padre con vida; horas después mu-
rió en el hospital, derrotado por incontenibles hemorragias internas.
Esa noche dormirnos con Judy en casa de los amigos mexicanos, Pe-
dro Morales estuvo ausente, acompañaba a mi madre en los trámites
de la muerte. Antes de sentarnos a cenar, Inmaculada nos llevó
aparte a mi hermana y a mí y nos explicó lo mejor que pudo que ya
no debíamos preocuparnos, el Cuerpo Físico de nuestro padre habí
a
dejado de sufrir y su Cuerpo Mental había volado al plano astral,
donde seguramente se había reunido con los Logi y los Maestros
Funcionarios, a los cuales pertenecía,
-Es decir, se fue al cielo con los ángeles –agregó suavemente, mucho
más cómoda con los términos de su fe católica que con los del Plan
Infinito.
Judy y yo nos quedamos con los ni ños Morales, que dormían de dos
o tres por cama, todos en la mism a habitación; Inmaculada permitió
entrar a Oliver que estaba mal acostumbrado y si se quedaba afuera
armaba un escándalo de gemidos. Yo empezaba a cabecear, agotado
por emociones contradictorias, cuan do oí en la oscuridad la voz de
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Carmen susurrando que le hiciera un hueco y sentí su cuerpo peque-
ño y tibio deslizarse a mi lado. Abre la boca y cierra los ojos, me d
i-
jo, y sentí que me ponía un dedo en los labios, un dedo untado con
algo viscoso y dulce, que chupé como un caramelo. Era leche con-
densada. Me incorporé un poco y metí también el dedo en el tarr
o
para darle a ella y así estuvimos lamiéndonos y chupándonos, hasta
que se terminó el dulce. Despué s me dormí tranquilo, empalagado
de azúcar, con la cara y las manos pegajosas, abrazado a ella, con
Oliver a los pies, acompañado por la respiración y el calor de los
otros niños y el ronquido de la abuela chiflada atada con una larga
cuerda a la cintura de Inmaculada Morales, en el cuarto contiguo.
La muerte del padre desquició a la familia; en poco tiempo se perdió
el rumbo y cada uno debió navegar solo. Para Nora la viudez fue una
traición, se consideró abandonada en un medio bárbaro, con dos
hijos y sin recursos, pero al mismo tiempo sintió un inconfesable ali-
vio, porque en los últimos tiempos su compañero no era el mismo
hombre que había amado y la convivencia con él se había convertido
en un martirio. Sin embargo, poco después del funeral comenzó a ol-
vidar su decrepitud final y a acar iciar recuerdos anteriores, imagina-
ba que estaban unidos por un hilo invisible, como aquel del cual col-
gaba la naranja del Plan Infinito; esa imagen le devolvió la segurida
d
de antaño, cuando su marido rein aba sobre el destino de la familia
con su firmeza de Maestro. Nora se rindió a la languidez de su tem-
peramento, se acentuó el letargo iniciado por el horror de la guerra,
un deterioro de la voluntad que creció solapadamente y se manifestó
en toda su magnitud al enviudar. Nunca hablaba del difunto en pasa-
do, aludía a su ausencia en términos vagos, como si hubiera partido
a un prolongado viaje astral, y má s tarde, cuando comenzó a comu-
nicarse con él en sueños, se refe ría al asunto con el tono de quien
comenta una conversación telefóni ca. Sus hijos, avergonzados, no
querían oír hablar de esos delirio s, temiendo que la condujeran a la
locura. Se quedó sola. Era extranje ra en ese medio, apenas mascu-
llaba un poco de español y se veía muy diferente a las demás muje-
res. La amistad con Olga había te rminado, con sus hijos se relacio-
naba apenas, no intimó con Inma culada Morales o con alguna otra
persona del barrio, era amable, pero la gente la evitaba porque pare-
cía extraña; nadie quería oír sus desv aríos de óperas o del Plan Infi-
nito. La costumbre de la dependencia estaba tan arraigada en ella
que al perder a Charles Reeves quedó como aturdida. Realizó algu-
nos intentos de ganarse el sustento con dactilografía y costura, pero
nada le resultó. Tampoco pudo traducir del hebreo o del ruso, como
pretendió, porque nadie necesitaba esos servicios en el barrio y la
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perspectiva de aventurarse al centro de la ciudad para buscar trabajo
la aterrorizaba. No se inquietó de masiado por mantener a sus hijos
porque no los consideraba comple tamente suyos; tenía la teoría de
que las criaturas pertenecen a la es pecie en general y a nadie en
particular. Se sentó en el porche de su casa a mirar el sauce, inmóvil
durante horas, con una expresión ausente y apacible en su hermoso
rostro eslavo, que ya comenzaba a decolorarse. En los años siguien-
tes desaparecieron sus pecas, se desdibujaron sus facciones y toda
ella pareció borrarse de a poco. En la vejez llegó a ser tan tenue que
costaba recordarla y como a nadie se le ocurrió tomarle fotografía
s,
después de su muerte Gregory llegó a temer que tal vez su madre no
había existido nunca. Pedro Morales trató de convencer a Nora de
que se ocupara en algo, recortó avisos de diversos empleos y la
acompañó en las primeras entrevistas. hasta que se convenció de su
incapacidad para enfrentar los pr oblemas reales. Tres meses más
tarde, cuando la situación se tornó insostenible, la llevó a las oficinas
de la Beneficencia Social para conseguirle ayuda como indigente,
agradecido de que su maestro Charles Reeves no estuviera vivo para
presenciar semejante humillación. El cheque de la caridad pública,
apenas suficiente para cubrir los gastos mínimos, fue el único ingreso
seguro de la familia por muchos años; el resto provino del trabajo de
los hijos, de los billetes que Olga mandaba colocar en la cartera de
Nora y de la ayuda discreta de los Morales. Surgió un comprador pa-
ra la boa y el pobre animal acabó ex puesto a las miradas de los cu-
riosos en un teatro de mala reputación, junto a unas coristas livianas
de ropas, un ventrílocuo obsceno y diversos números artísticos de
poca monta que divertían a los em brutecidos espectadores. Allí so-
brevivió algunos años, alimentada con ratas y ardillas vivas y los
desperdicios que echaban en la jaula sólo para verla abrir sus fauces
de bestia aburrida; creció y engordó hasta adquirir aspecto terrorífi-
co, aunque no se alteró la mansedumbre de su carácter.
Los chicos Reeves sobrevivieron solos, cada uno en su estilo. Judy se
empleó en una panadería, donde trabajaba cuatro horas diarias des-
pués de la escuela, y por las noches solía cuidar niños o limpiar ofici-
nas. Era muy buena estudiante; apre ndió a imitar cualquier tipo de
caligrafía, y por una suma razonable hacía las tareas de otros alum-
nos. Mantuvo ese negocio clandestin o sin ser sorprendida, mientras
seguía portándose como una muchac ha ejemplar, siempre sonriente
y dócil, sin revelar jamás los demo nios de su alma, hasta que los
primeros síntomas de la pubertad le trastornaron el carácter. Cuando
le brotaron dos firmes cerezas en los senos, se le marcó la cintura y
sus facciones de bebé se afinaron, todo cambió para ella. En ese ba-
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rrio de gente morena y más bien baja, su color de oro y sus propor-
ciones de walkiria llamaban de tal manera la atención que le era im-
posible pasar inadvertida. Siempre había sido bonita, pero cuando
cruzó el umbral de la infancia y lo s hombres de todas las edades y
condiciones comenzaron a asediarla, esa niña dulce se transformó en
un animal rabioso. Sentía las mirada s de deseo como una violación,
llegaba a menudo a su casa gritan do maldiciones, golpeando las
puertas, a veces llorando de impotencia porque en la calle la silbaban
o le hacían gestos procaces. Desarrolló un lenguaje de filibustero
pa-
ra replicar a los piropos y si alguien intentaba tocarla se defendía con
un largo alfiler de sombrero, que siempre llevaba al alcance de la
mano como una daga, y que no tenía el menor escrúpulo en clavár
-
selo a su admirador en la parte má s vulnerable. En la escuela arre-
metía contra los varones por sus miradas maliciosas y contra sus
compañeras por rencores de raza y por los celos que inevitablemente
provocaba. Gregory vio varias veces a su hermana en esas extrañas
riñas de muchachas -revolcones, ar añazos, tirones de pelo, insultos
tan diferentes a las peleas de los hombres, por lo general breves, si-
lenciosas y contundentes. Las mu jeres buscaban humillar a su ene-
miga, los hombres parecían dispuestos a matar o morir. Judy no ne-
cesitaba ayuda para defenderse, co n la práctica se convirtió en un
verdadero luchador. Mientras otra s jóvenes de su edad ensayaban
los primeros maquillajes, practicaban besos franceses y contaban el
tiempo que les faltaba para poners e tacones altos, ella se cortó el
cabello como un presidiario, se vistió con ropa de hombre y devoraba
con ansias las sobras de masa y de dulce de la panadería. Se le llenó
la cara de granos y cuando entr ó a la secundaria había aumentado
tanto de peso que nada quedaba de la delicada muñeca de porcelana
que fue en la infancia; parecía un león marino, como ella misma de-
cía buscando denigrarse.
A los siete años Gregory se lanzó a la calle. No estaba unido a su
madre por sentimentalismos, sino apenas por algunas rutinas com-
partidas y por una tradición de honor sacada de cuentos edificantes
sobre hijos abnegados que reciben recompensa y de ingratos que
van a parar al horno de una bruja. Le tenía lástima, estaba seguro de
que sin Judy y él, Nora moriría de inanición sentada en el sill
ón de
mimbre contemplando el vacío. Ni nguno de los dos niños considera-
ba la indolencia de su madre como un vicio, sino como una enferme-
dad del espíritu, tal vez su Cuerpo Mental había partido en busca del
padre y se había perdido en el laberinto de algún plano cósmico, o se
había quedado rezagado en uno de es os vastos espacios repletos de
máquinas estrafalarias y de almas desconcertadas. La intimidad con
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Judy había desaparecido y cuando Gregory se cansó de buscar cami-
nos de encuentro con ella, reemplazó a su hermana por Carmen Mo-
rales, con quien compartía el cariño brusco, las peleas y la lealtad de
los buenos compinches. Era travieso e inquieto, en la escuela se por-
taba pésimo y se le iba la mitad del tiempo cumpliendo diversos cas-
tigos, desde pararse de cara al rincón con orejas de burro, hasta so-
portar los palmetazos en el trasero propinados por la directora. En su
casa actuaba como pensionista, llegaba a dormir lo más tarde posi-
ble, prefería ir donde los Morales o a visitar a Olga. El resto de su
vi-
da transcurría en la jungla del barri o, que llegó a conocer hasta en
sus últimos secretos. Lo llamaban “el gringo” y a pesar de los
renco-
res de raza, muchos lo querían porque era alegre y servicial. Contaba
con varios amigos: el cocinero de la taquería, quien siempre tenía al-
gún plato sabroso para ofrecerle, la dueña del almacén, donde leía
las revistas de historietas sin paga r, el acomodador del cine, quien
de vez en cuando lo introducía por la puerta trasera y le permitía ver
la película. Hasta Pito-de-Lirio, quien jamás sospechó su intervención
en el apodo, solía ofrecerle una gase osa de vez en cuando en el bar
“Los Tres Amigos”. Tratando de aprender español perdió buena
parte
del inglés y terminó hablando mal los dos idiomas. Por un tiempo se
puso tartamudo y la directora llamó a Nora Reeves para recomendar-
le que colocara a su hijo en la escuela para retardados de las monjas
del barrio; pero intervino su maes tra, Miss June, quien se compro-
metió a ayudarlo con las tareas. Los estudios le interesaban poco, su
mundo eran las calles, allí aprend ía mucho más. El barrio era una
ciudadela dentro de la ciudad, un ghetto tosco y pobre, nacido por
impulso espontáneo en torno a la zona industrial, donde los inmi-
grantes ilegales podían emplearse sin que nadie les hiciera pregun-
tas. El aire estaba infectado por el olor de la fábrica de cauchos; en
días de semana se sumaban el humo del tráfico y de las cocinerías y
se formaba una nube espesa flotando sobre las casas como un man-
to visible. Los viernes y los sába dos resultaba peligroso aventurarse
al oscurecer, cuando pululaban los borrachos y los drogados prontos
a estallar en batallas mortales. Por las noches se oían disputas de
parejas, gritos de mujeres, llantos de niños, riñas de hombres, a ve-
ces balazos y sirenas de la policía. En el día las calles hervían de ac-
tividad, mientras en las esquinas languidecían hombres sin trabajo,
ociosos, bebiendo, molestando a las mujeres, jugando dados y espe-
rando que se cumplieran las horas con un fatalismo de cinco siglos a
la espalda. Las tiendas exhibían los mismos productos baratos de
cualquier pueblo mexicano, los restaurantes servían platos típicos
y
los bares tequila y cerveza; en el salón de baile se tocaba música la-
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tina y en las celebraciones no faltaban las bandas de mariachis con
sus enormes sombreros y trajes de luces cantándole a la honra y al
despecho. Gregory, que los conoc ía a todos y no se perdía ninguna
fiesta, entraba a la saga de los mú sicos como la mascota del grupo;
los acompañaba en el canto y lanza ba el inevitable ayayay de las
rancheras como un experto, provoc ando entusiasmo en el público
que no había visto a un gringo con tales aptitudes. Saludaba a medio
mundo por su nombre y gracias a su expresión de angelote se ganó
la confianza de mucha gente. Se se ntía mejor que en su casa en el
laberinto de callejuelas y pasajes, en los sitios baldíos y en los edifi-
cios abandonados, donde jugaba con los hermanos Morales y media
docena de otros niños de su edad, evitando siempre el encuentro con
las pandillas mayores. Tal como ocurría con los jóvenes negros,
orientales o blancos pobres en otros puntos de la ciudad, para los
hispanos el barrio era más importante que la familia, era su territorio
inviolable. Cada pandilla se identifi caba por su lenguaje de signos,
sus colores, su graffiti en los muros. De lejos todas parecían iguales,
muchachos desarrapados, agresivos, incapaces de articular un pen-
samiento; de cerca eran diferentes , cada una con sus ritos y su in-
trincado lenguaje simbólico de gestos. Para Gregory el aprendizaje
de los códigos fue asunto de primera necesidad, podía distinguir a
los
miembros de las diferentes bandas por el tipo de chaquetas o de go-
rras, por los signos de las manos con los cuales se enviaban mensa-
jes o se provocaban para la guerra; le bastaba ver el color de una le-
tra solitaria en la pared para sabe r quiénes la habían trazado y qué
significaba. El graffiti marcaba los límites y cualquiera que se aven
tu-
rara en el ámbito ajeno por ignora ncia o por atrevimiento lo pagaba
caro. Por eso debía dar largos rodeos en cada una de sus salidas. La
única banda de niños de la escue la primaria era la de Martínez, que
se entrenaba para pertenecer un día a Los Carniceros, la más temi-
ble pandilla del barrio. Sus miembros se identificaban por el color
morado y la letra C, su bebida era tequila con refresco de uva, por el
color, y su saludo la mano dere cha engarfiada tapando la boca y la
nariz. En guerra eterna contra otros grupos y con la policía, tenía
como único propósito dar un sentido de identidad a los jóvenes,
la
mayoría de los cuales había abandonado la escuela, carecía de traba-
jo y vivían en la calle o en cuar tos comunitarios. Los pandilleros es-
taban fichados por múltiples ingresos a la cárcel por raterías, tráfico
de marihuana, borracheras, asaltos y robos de coches. Unos pocos
andaban armados con pistolas artesanales fabricadas con un pedazo
de cañería, un mango de madera y un detonante, pero en general
usaban cuchillos, cadenas, navajas y garrotes, lo que no impedía que
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en cada batalla callejera la ambulancia se llevara a dos o tres en es-
tado grave. Las pandillas representaban la mayor amenaza para
Gregory, nunca podría incorporarse a ninguna, aquello también era
una cuestión de raza, y enfrentarlas constituía un acto de locura. No
se trataba de adquirir fama de valiente, sino de sobrevivir, pero
tampoco podía pasar por un cobarde, porque se ensañarían con él.
Bastaron algunas palizas para hacerle comprender que los héroes so-
litarios sólo triunfan en las pelícu las, que debía aprender a negociar
con astucia, no llamar la atención, conocer al enemigo para sacar
ventaja de sus debilidades y eludir peleas, porque tal como decía el
pragmático Padre Larraguibel, Dios ayuda a los buenos cuando son
más que los malos.
La casa de los Morales se convirtió en el verdadero hogar de Gregory
adonde llegaba en calidad de hijo en cualquier momento. En el tu-
multo de muchachos era uno más y la misma Inmaculada se pregun-
taba distraída cómo le había salido un niño rubio. En esa tribu nadie
se quejaba de soledad o de aburrimiento; todo se compartía, desde
las angustias asistenciales hasta el único baño, y lo intrascendental
se discutía a gritos, pero los asunt os importantes se mantenían en
estricto secreto familiar de acuerd o a un milenario código de honor.
La autoridad del padre no se cues tionaba; los pantalones los llevo
yo, rugía Pedro Morales cada vez que alguien le movía el piso bajo
los pies, pero en el fondo, Inma culada era el verdadero jefe de la
familia. Nadie se dirigía directamen te al padre y preferían pasar por
la burocracia materna. Ella no contradecía a su marido ante testigos,
pero se las arreglaba para salirse con la suya. La primera vez que el
hijo mayor apareció vestido de pa chuco, Pedro Morales le dio una
tunda de correazos y lo echó de la casa. El muchacho estaba harto
de trabajar el doble que cualquier americano por la mitad del pago y
vagaba gran parte del día con su s compinches por boliches y bares
de mala muerte, sin más dinero en los bolsillos que el ganado en
apuestas y el que su madre le pasa ba a escondidas. Para evitar dis-
cusiones con su mujer, Pedro Mo rales hizo la vista gorda mientras
pudo, pero cuando se presentó ante sus ojos emperifollado como un
chulo y con una lágrima tatuada en una mejilla, lo molió a golpes.
Esa noche, cuando los demás estaban ya en la cama, se escuchó por
horas el murmullo de la voz de Inmaculada ablandando la resistencia
de su marido. Al día siguiente Pedr o salió a buscar a su hijo, lo en-
contró parado en una esquina piropeando a las mujeres que pasa-
ban, lo cogió del cuello y se lo llevó a su garaje; le quitó a tirones su
atuendo de pachuco, le puso un pantalón engrasado y lo obligó a
trabajar de sol a sol durante varios años, hasta convertirlo en el me-
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jor mecánico de los alrededores y dejarlo instalado por su cuenta en
un taller propio. Cuando Pedro Morale s cumplió medio siglo, su hijo
casado, con tres niños y una casa propia en los suburbios, se hizo
quitar la lágrima de la mejilla como regalo de cumpleaños para su
padre; la cicatriz fue el único recuerdo que quedó de su época de re-
beldía. Inmaculada pasaba la existencia atendiendo como una escla-
va a los hombres de su familia, de niña debió hacerlo con su padre y
hermanos y más tarde lo hizo con su marido y sus hijos. Se levanta-
ba al alba para cocinar un desayuno contundente a Pedro, quien de-
bía abrir el taller muy temprano; nunca sirvió en su mesa tortillas
añejas, pues habría desacreditado su dignidad. El resto del día se le
iba en mil tareas ingratas incluyen do la preparación de tres comidas
completas y diferentes, convencida de que los hombres necesitan
alimentarse con platos enormes y siempre variados.
Jamás se le ocurrió pedir ayuda a sus hijos, cuatro fornidos hombro-
nazos, para raspar los pisos, sacu dir los colchones o lavar la tosca
ropa del taller, tiesa de aceite de motor, que refregaba a mano. A las
dos niñas, en cambio, les exigía que sirvieran a los varones porque lo
consideraba su obligación. Dios quiso que naciéramos mujeres; mala
suerte; estamos destinadas al trab ajo y al dolor, decía en tono
pragmático, sin asomo de autocompasión.
Ya en esos años Carmen Morales era un bálsamo para las asperezas
de la existencia de Gregory Reeves y una luz en sus momentos de
aturdimiento, tal como lo sería siem pre en el futuro. La niña parecía
una comadreja inquieta, infatigable y hábil, con un tremendo sentido
práctico que le permitía evadir las severas tradiciones familiares
sin
enfrentarse con su padre quien tenía ideas muy claras sobre la posi-
ción de las mujeres: calladas y en la casa; y no vacilaba en propinar
una zurra a cualquier sublevado in cluyendo sus dos hijas. Carmen
era su preferida, pero no ambici onaba para ella un destino diferente
al de las niñas sumisas de su aldea en Zacatecas; en cambio traba-
jaba sin respiro para educar a sus cuatro hijos varones, en quienes
había puesto esperanzas desproporcionadas, y deseaba verlos eleva-
dos muy por encima de sus humildes abuelos y de sí mismo. Con
una tenacidad inagotable, a punta de sermones, castigos y buen
ejemplo, mantuvo a la familia unida y logró salvar a sus muchachos
del alcohol y la delincuencia, oblig arlos a terminar la secundaria y
encaminarlos en diversos oficios. Con excepción de Juan José, que
murió en Vietnam, todos tuvieron cierto éxito. Al final de sus dí
as
Pedro Morales, rodeado de nietos que no hablaban palabra de caste-
llano, se felicitaba por su descendencia, orgulloso de ser el tronco de
esa tribu, aunque bromeaba dicien do que ninguno llegó a millonario
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ni se hizo famoso. Carmen estuvo a punto de lograrlo, pero a ella
nunca le reconoció mérito en público; eso habría sido una ca
pitula-
ción de sus principios de macho. Envió a las dos niñas a la esc
uela
porque era obligatorio y no se trat aba de dejarlas sumidas en la ig-
norancia, pero no esperaba que tomaran en serio los estudios sino
que aprendieran oficios domésticos, ayudaran a su madre y cuidaran
su virginidad hasta el día del matrimonio, única meta para una joven
decente.
-Yo no pienso casarme, quiero trabajar en un circo con fieras
amaestradas y un trapecio bien alt o para columpiarme de cabeza y
mostrarle a todo el mundo los c alzones -susurraba secretamente
Carmen a Gregory.
-Mis hijas serán buenas madres y esposas o irán al convento -
alardeaba Pedro Morales cada vez que alguien venía con el cuento de
una muchacha soltera que quedaba preñada antes de terminar la se-
cundaria.
-¡Que encuentren un buen marido, San Antonio bendito! -clamaba
Inmaculada Morales, colgando la estatua del santo patas arriba para
obligarlo a escuchar sus modestas súplicas. Para ella era evidente
que ninguna de sus hijas tenía vocación de monja y no deseaba ima-
ginar la tragedia de verlas comporta rse como esas perdidas que re-
tozaban sin casarse y dejaban un desp erdicio de condones en el ce-
menterio.
Pero todo eso fue mucho después. En los tiempos de la escuela pri-
maria, cuando Carmen y Gregory sellaron su pacto de hermandad
todavía esas cuestiones no se planteaban y nadie esgrimió argumen-
tos de virtud para impedirles juga r sin vigilancia. Tanto se acostum-
braron a verlos juntos que después, cuando los amigos estaban en
plena pubertad, los Morales confiab an en Gregory más que en sus
propios hijos para acompañar a Carmen. Cuando la muchacha pedía
permiso para ir a una fiesta la pr imera pregunta era si él iba tam-
bién, en cuyo caso los padres se sentían seguros. Lo acogieron sin
reservas desde el primer día y en los años futuros hicieron oídos sor-
dos a las murmuraciones inevitables de las vecinas, convencidos, co-
ntra toda lógica y experiencia, de la pureza de sentimientos de los
muchachos. Trece años más tarde, cuando Gregory dejó para siem-
pre esa ciudad, la única nostalgia que nunca lo abandonó fue la del
hogar de los Morales.
La caja de lustrar de Gregory co ntenía betún negro, café, amarillo y
rojo oscuro, pero faltaban cera neutra para el cuero gris o azul, tam-
bién de moda, y tinta para repasar las peladuras. Se había propuesto
juntar dinero para completar sus materiales de trabajo, pero le falla-
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ba la determinación apenas aparecía una nueva película. El cine era
su adicción secreta, en la oscuridad era uno más del montón de chi-
quillos ruidosos, no se perdía función de la sala del barrio, dond
e pa-
saban películas mexicanas, y los sábados iba con Juan José y Car-
men al centro de la ciudad a ver las seriales americanas.
El espectáculo terminaba con el pr otagonista atado de pies y manos
en un galpón lleno de dinamita al cual el villano había encendido una
mecha; en el momento culminante la pantalla se volvía negra y una
voz invitaba a ver la continuación el próximo sábado. A veces Grego-
ry se sentía tan desdichado que de seaba morir, pero postergaba el
suicidio hasta la semana siguiente; imposible abandonar este mundo
sin saber cómo diablos su héroe escapaba de la trampa. Y siempre
se salvaba; en verdad era asombr oso que pudiera arrastrarse entre
las llamas y salir ileso, con el somb rero puesto y la ropa limpia. La
película transportaba a Gregory a otra dimensión y por un par de
horas se convertía en El Zorro o el Llanero Solitario, y todos sus sue-
ños se cumplían; por arte de magia el bueno se recuperaba de ma-
chucones y heridas, se soltaba de las amarras y los cepos, triunfaba
sobre sus enemigos por sus propios méritos y se quedaba con la chi-
ca, los dos besándose en primer plano mientras a su espalda brillaba
el sol o la luna y una orquesta de cuerdas y vientos dejaba oír su
música lánguida. No había que preocu parse; el cine no era como su
barrio; en las películas sólo cabían sorpresas agradables y el malo
era siempre vencido por el buen o y pagaba sus crímenes con la
muerte o la prisión. A veces se a rrepentía y después de una inevita-
ble humillación reconocía sus errores, se alejaba escoltado por un
a
música de escarmiento, por lo general trompetas y timbales. Gregory
sentía que la vida era hermosa y Amér ica la tierra de los libres y el
hogar de los bravos, donde alguien como él podía convertirse en pre-
sidente; todo era cuestión de mantener el corazón puro, amar a Dios
y a su madre, ser eternamente fiel a una sola novia, respetar las le-
yes, defender a los desvalidos y de spreciar el dinero, porque los
héroes nunca esperan recompensa. Sus incertidumbres se esfuma-
ban en ese formidable universo en blanco y negro. Salía del teatro
reconciliado con la vida, pletórico de amables intenciones que le du-
raban un par de minutos, cuando el impacto de la calle le devolvía el
sentido de la realidad. Olga se encargó de informarle que las pelí
cu-
las se hacían en Hollywood a poca distancia de su propia casa y que
todo era una monumental mentira; lo único cierto eran los bailes y
cantos de las comedias musicales y lo demás eran trucos de la cáma-
ra; pero el chiquillo no permitió que esa revelación lo perturbara
.
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Trabajaba lejos de su casa, en una zona de oficinas, bares y peque-
ños comercios. Su radio de acción eran cinco cuadras que recorrí
a en
ambas direcciones ofreciendo sus mo desto servicios, la vista fija en
el suelo, observando los zapatos de la gente, tan gastados y defor-
mes como los de sus vecinos latin os. Allí tampoco usaban calzado
nuevo, excepto algunos pandilleros y traficantes con mocasines de
charol, botas con remaches de p lata o calzado de dos colores muy
difíciles de lustrar. Adivinaba la cara de las personas por la forma de
caminar y por los zapatos; los hisp anos usaban rojos con tacón, los
negros y mulatos preferían amarillos puntiagudos, los chinos eran de
pies pequeños, los blancos tenían las puntas levantadas y los tacos
gastados. Lustrar le resultaba fácil; lo más arduo era conseguir clien-
tes dispuestos a pagar diez céntim os y perder cinco minutos en el
aspecto de su calzado. ¡Bien lustrado, bien recibido! pregonaba hasta
desgañitarse, pero pocos le hacían caso. Con suerte hacía cincuenta
céntimos en una tarde, el equiv alente a un pito de marihuana. Las
pocas veces que fumó yerba calculó que no valía la pena lustrar tan-
tas horas para financiar esa porquería que le dejaba el estómago re-
vuelto y la cabeza resonando como un tambor, pero en público fingí
a
que lo elevaba al cielo, como aseg uraban los demás, para no pasar
por tonto. Para los mexicanos, que la habían visto crecer como male-
za en los campos de su país, era sólo un pasto, pero para los gringos
fumarla era signo de hombría. Por imitación y para impresionar a las
rubias, los muchachos del barrio la usaban a destajo. Dado su escaso
éxito con la marihuana y para dars e aires, Gregory se acostumbró a
lucir un cigarrillo pegado en los labios, copiando a los villanos del ci-
ne. Tenía tanta práctica que podía conversar y masticar chicle
sin
perder el cigarro. Cuando necesitaba posar de macho delante de los
amigos sacaba una pipa de manufactura casera y la llenaba con una
mezcla de su invención: restos de cigarros recogidos en la calle, algo
de aserrín y aspirina molida, que según el rumor popular hacía volar
tanto como cualquier droga conocida. Los sábados trabajaba todo el
día y por lo general ganaba algo más de un dólar, que entregaba casi
completo a su madre, dejando sólo diez céntimos para el cine de la
semana y a veces otros cinco para la caja de los misioneros en la
China. Si juntaba cinco dólares, el Padre le entregaba un certificado
de adopción de una niña china, pero la gracia era reunir diez, lo
cual
le daba derecho a un niño. Que el Señor te bendiga, decía el cura
cuando Gregory llegaba con sus cinco centavos para la alcancía, y en
una ocasión Dios no sólo lo bendijo, también lo premió con u
na bille-
tera con quince dólares que puso en el cementerio para que la en-
contrara. Ése era el lugar preferid o de las parejas clandestinas al
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atardecer, allí se escondían entre las tumbas para retozar a gusto
espiadas por los niños del barrio que no se perdían el espectác
ulo
tumultuoso de aquellos escarceos de amor. Ay, qué miedo. Aquí an-
dan penando, lloriqueaban las muje res, confundiendo las risas sofo-
cadas de los mirones con susurros de ánimas, pero igual se dejaban
levantar los vestidos para rodar entre lápidas y cruces. Nuestro ce-
menterio es el mejor de la ciudad , mucho más bonito que el de los
millonarios y las actrices de Holly wood, que sólo tiene pasto y árbo-
les; parece una cancha de golf y no un camposanto; dónde se ha vis-
to que los difuntos no tengan ni una estatua para acompañarlos? -
opinaba Inmaculada Morales-. Aunque en realidad sólo los ricos po-
dían pagar los mausoleos y los án geles de piedra, los inmigrantes
apenas alcanzaban financiar una lápida con una inscripción sencill
a.
En noviembre, para la celebración del Día de los Muertos, los mexi-
canos visitaban a los parientes fallecidos que no habían podido man-
dar de vuelta a sus pueblos, llevándoles música, flores de papel y
dulces. Desde la madrugada se escu chaban las rancheras, las guita-
rras y los brindis, y al anochecer todos estaban achispados, inclu-
yendo a las almas del purgatorio a quienes escanciaban tequila en la
tierra. Los niños Reeves iban al camposanto con Olga, quien les
compraba calaveras y esqueletos de azúcar para comer sobre la
tumba de su padre. Nora se quedaba en casa, decía que no le gusta-
ban esas fiestas paganas, buen pretexto para parranda y vicio; pero
Gregory sospechaba que la verdadera razón era su deseo de evitar el
encuentro con Olga, o tal vez negaba que su marido estuviera ente-
rrado. Para ella Charles Reeves se encontraba en otro ámbito ocupa-
do del Plan Infinito. La billetera con los quince dólares estaba disimu-
lada debajo de unos arbustos. Greg ory andaba buscando arañas de
agujero; en esa época todavía le atraían más las maravillosa
s tram-
pas para cazar insectos tejidas po r las arañas y sus bolsas con un
centenar de minúsculas crías, que los torpes sacudones y los incom-
prensibles gemidos de las parejas. También recogía unos globos de
goma blanca, que quedaban por allí y al inflarlos tomaban la forma
de largas salchichas.
Vio la cartera al inclinarse sobre un agujero y sintió una estampida
en el corazón y en las sienes, nunc a había encontrado nada de valor
y no supo si se trataba de una dádiva celestial o una tentación del
diablo. Echó una mirada alrededor para asegurarse de que estaba
solo, la cogió apresuradamente y corrió a ocultarse tras un mausol
eo
para revisar su tesoro. La abrió con manos temblorosas y extrajo
tres flamantes billetes de cinco dólares, más dinero del que habí
a
visto junto en toda su existencia. Pensó en el Padre Larraguibel,
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quien le diría que el Señor los co locó allí para ponerlo a prueba y
comprobar si se quedaba con el botí n o lo depositaba en la caja de
las Misiones para adoptar de un tirón a dos niños. No había nad
ie tan
rico en la escuela como para pagar por un chino de cada sexo, eso lo
convertiría en una celebridad; sin embargo decidió que una bicicle
ta
era mucho más práctica que dos remotas criaturas orientales a quie-
nes de todos modos jamás conoce ría. Tenía echado el ojo a la
bicicleta desde hacía meses, un veci no de Olga se la había ofrecido
por veinte dólares, un precio exorbitante, pero esperaba que ante los
billetes se tentaría. Era un aparato primitivo y en estado calamitoso,
pero aún en condiciones de rodar. Pertenecía a un indio envilecido
por una vida de tráficos inconfesables, a quien Gregory temía porque
con diversos pretextos lo llevaba a un garaje donde intentaba meter-
le la mano dentro de los pantalones, así es qué le pidió a Olga que lo
acompañara.
-No muestres la plata, no abras la boca y déjame a mí hacer el tra
-
bajo -le indicó ella. Tan bien regateó que por doce dólares y un amu-
leto contra el mal de ojo obtuvo la bicicleta. Los tres que sobraron se
los das a tu madre ¿me oíste? -le ordenó al despedirse.
Partió pedaleando entusiasmado po r la mitad de la calle y no vio a
un camión de refresco que venía en sentido contrarío. Se estrelló de
frente. El impacto no lo despachurró por milagro, pero de la bicicleta
quedaron apenas unos pedazos de hierro torcidos y las astillas de las
ruedas. El chofer del camión se ba jó maldiciendo, lo cogió de la ca-
misa, lo puso de pie, lo sacudi ó corno un plumero y enseguida lo
mandó a su casa con un dólar de consuelo.
-¡Agradece que no te meto preso por andar con la boca abierta en la
vía pública, chiquillo condenado! -masculló el hombre, más asustado
que su, víctima.
-Jamás he visto a nadie más tonto que tú, debiste cobrarle dos
dóla-
res por lo menos -lo increpó Judy al saberlo.
-Esto te pasa por desobediente, te he dicho mil veces que no te me-
tas en el cementerio, dinero m al habido no tiene buen fin -
diagnosticó Nora Reeves mientras le echaba whisky en las peladuras
de rodillas y codos.
-Jesús bendito, menos mal que estás con vida -lo abrazó Inmacul
ada
Morales.
Conseguir dinero se convirtió en una obsesión para Gregory. Estaba
dispuesto a hacer cualquier trabajo, incluso pelar los granos de maíz
para hacer tortillas, un tedioso proceso que le despellejaba las ma-
nos y cuyo olor lo dejaba con náuseas por varias horas. Después op-
tó por robar, pero nunca se le ocurrió robar plata; eso era una aven-
61
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tura, un deporte, no una forma de ganarse la vida. De noche se me-
tía por un hueco a través de la cerc a de la escuela, se trepaba al te-
cho del quiosco de golosinas, leva ntaba una plancha de zinc y se
deslizaba adentro para sacar helados; se tomaba dos o tres y le lle-
vaba otro a Carmen. Esas excurs iones nocturnas le producían una
mezcla de exaltación y culpa; las rí gidas normas de honestidad im-
puestas por su madre le martillaban la cabeza, se sentía perverso no
tanto por desafiarla sino porque la dueña del quiosco era una vieja
bonachona que lo distinguía entre los demás niños y siempre estaba
dispuesta a regalarle un dulce. Una noche la mujer regresó a buscar
algo, abrió la puerta, encendió la lu z antes que él alcanzara a huir y
lo sorprendió con la evidencia del delito en la mano. Quedó parali
za-
do, mientras ella gimoteaba ¡cómo puedes hacerme esto a mí, que
he sido tan buena contigo! Gregor y se echó a llorar pidiéndole per-
dón y jurando pagar todo lo que le había robado. ¡Cómo! ¿Esta no es
la primera vez? Y el otro debió confesar que le debía más de seis dó-
lares en helados. A partir de ese d ía sólo se le acercaba para cance-
lar su deuda que pagó de a poco. Aunque la mujer lo perdonó, no
volvió a sentirse cómodo en su pr esencia. Fue menos afortunado en
la tienda de deshechos del Ejército , donde robaba despojos de gue-
rra que no le servían para nada. En la bodega de las herramientas
juntaba sus tesoros dentro de un saco: cantimploras, botones, go-
rras y hasta un par de enormes botas que se llevó escondidas en el
bolsón de la escuela, sin sospechar que el dueño de la tienda lo tenía
en la mira. Una tarde sustrajo una linterna, se la metió bajo la cami-
sa y ya iba por la puerta cuando lle gó el carro de la policía. Fue im-
posible escapar, se lo llevaron al re tén y lo colocaron en una celda,
desde donde pudo ver la feroz golpiza que le propinaron a un mu-
chacho moreno. Esperó su turno, aterrorizado; sin embargo lo trata-
ron bien, se limitaron a registrar sus datos, darle una reprimenda y
obligarlo a devolver lo que oculta ba en su casa. Fueron a buscar a
Nora Reeves, a pesar de que les im ploró casi histérico que no lo
hicieran, porque le partirían el co razón. Ella se presentó con su ves-
tido azul de cuello de encaje, como una aparición escapada de un re-
trato antiguo, firmó el libro, oyó lo s cargos en silencio y del mismo
modo salió seguida por su hijo. Ag radece que eres blanco, Greg, si
fueras del color de mis hijos te habrían dado duro, le dijo Inmaculada
Morales cuando se enteró. Nora estaba tan avergonzada que enmu-
deció por varias semanas y cuando habló fue para decirle que se la
-
vara y se pusiera su único traje, el del funeral de su padre, que ya
le
quedaba bastante estrecho, porque iban a una diligencia importante.
Se lo llevó al orfelinato de las monjas, para rogar a la madre superio-
62
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ra que lo aceptara, porque se sentía incapaz de sacar adelante a ese
hijo de mala índole. De pie detrás de su madre, con los ojos clavados
en sus propios zapatos, mascullando no voy a llorar, no voy a llorar,
mientras las lágrimas le caían a raud ales. Gregory se juró que si lo
dejaban allí se treparía a la torre de la Iglesia y se lanzaría
de cabe-
za. No fue necesario, porque las monjas lo rechazaron. había dema-
siadas criaturas huérfanas a quienes recoger y él tenía familia, vivía
en una casa propia y recibía ayuda de la Beneficencia Social, no cali-
ficaba para el orfelinato. Cuatro días después su madre puso sus co-
sas en una bolsa y lo llevó en bus fuera de la ciudad, a casa de unos
granjeros dispuestos a adoptarlo. Se despidió de su hijo con un beso
triste en la frente, asegurándole que le escribiría, y se fue sin mirar
hacia atrás. Esa noche Gregory se sentó a cenar con su nueva fami-
lia, sin decir palabra y sin levantar los ojos, pensando en que nadie
le daría de comer a Oliver, que nunca más vería a Carmen Morales y
que había dejado su cortaplumas en la bodega.
-Nuestro único hijo se murió hace once años -dijo el granjero-. Noso-
tros somos gente de Dios, gente de trabajo. Aquí no tendrás tiempo
para divertirte, la escuela, la iglesia y ayudarme en el campo. Eso es
todo. Pero la comida es buena y si te portas bien recibirás buen tra-
to.
-Mañana te haré flan de leche -dijo la mujer-. Debes estar cansado
,
seguro quieres acostarte. Te mostra ré tu cuarto, era el de nuestro
hijo, no hemos cambiado nada desde que se fue.
Por primera vez Gregory disponía de una habitación propia y una
cama; hasta entonces había usado un saco de dormir. Era un cuarto
pequeño con una ventana abierta hacia el horizonte de campos culti-
vados, amoblado con lo indispensable. Las paredes lucían fotos de
veteranos jugadores de béisbol y de antiguos aviones de guerra,
muy diferentes a los que aparec ían en los modernos documentales
del cine. Pasó revista sin atreverse a tocar nada, acordándose de
su
padre, de la boa, de los collares para la invisibilidad de Olga y de la
cocina de Inmaculada, de Carmen Morales y del empalagoso sabor
de la leche condensada, mientras le crecía dentro del pecho una te-
rrible bola de hielo. Sentado sobre la cama, con la bolsa de sus mo-
destas pertenencias sobre las rod illas, esperó que la casa estuviera
dormida, luego salió silenciosamente, cerrando con cuidado la puer-
ta. Los perros ladraron, pero los ig noró. Echó a andar en dirección a
la ciudad, por el mismo camino por donde había llegado en el bus y
que retuvo como un mapa en su mente. Caminó toda la noche y
temprano en la mañana se presentó ante la puerta de su casa exte-
nuado. Oliver lo recibió con ruidosa alegría y Nora Reeves apareció
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en el umbral, tomó el atado de ropa de su hijo y estiró la otra ma
no
para hacerle una caricia, pero el gesto se detuvo en el aire.
-Trata de crecer pronto -fue todo lo que dijo.
Esa tarde a Gregory se le ocurrió to rear al tren. Corro colina arriba
seguido por Oliver, buscando los ár boles, jadeando, las ramas me
arañan las piernas, me caigo y me rompo la rodilla, mierda, grito
mierda y dejo que el perro me lama la sangre; casi no veo dónde
pongo los pies, pero sigo corriendo hasta mi refugio verde, donde
siempre me escondo. No necesito ver las marcas en los troncos para
encontrar mi camino, he estado tantas veces allí que puedo llegar a
ciegas, conozco cada eucalipto, cada mata de moras salvajes, cada
peñasco. Levanto una rama y aparece la entrada, un estrecho túnel
bajo un arbusto espinudo, debe haber sido una madriguera de zo-
rros, justo el ancho de mi cuerpo; si me arrastrocon los codos, desli-
zándome con cuidado y calculando bien la curva, con la cara entre
los brazos, puedo pasar sin espinarm e; afuera Oliver espera que lo
llame; conoce la rutina. Ha llovido en la semana y el suelo está blan-
do, hace frío, pero tengo fiebre por todo el cuerpo desde hace horas,
desde la mañana en el cuarto de las escobas en la escuela, un fuego
que nunca terminará, estoy seguro. Algo me sujeta por atrás y me
sale un grito, son sólo las espina s de las ramas en mi chaleco. Así
me cogió Martínez, por la espalda, todavía siento la punta del
cuchi-
llo en el cuello, pero parece que ya no me sale sangre, si te mueves
te mato pinche gringo hijo de la chingada, y no pude defenderme, lo
único que hice fue llorar y maldecir mientras me lo hacía. Ahora co-
rre a contárselo a la Miss June y ah í mismo le corto la cara a tu her-
mana y ya sabes lo que te hago a ti, me dijo después, mientras se
acomodaba los pantalones. Se fue riéndose. Si los demás se enteran
estoy jodido, me llamarán maricón para el resto de mi vida. ¡Na
die
tiene que saberlo Jamás! ¿Y si Mart ínez lo cuenta? ¡Quiero matarlo!
Tengo las manos, la ropa y la cara manchadas de barro, mi madre se
pondrá furiosa, más vale que se me ocurra alguna disculpa: me
atropelló un auto o me agarró la pandilla de nuevo, pero entonces
me acuerdo que no será necesario inventar ninguna mentira porque
voy a morir y cuando encuentren mi cuerpo no le importará la mu-
gre, así lo espero; estará desesperada, no pensará en mis malda
des,
sólo en mi lado bueno, que lavo los platos y le doy casi todo lo que
gano lustrando, y por fin se dará cuenta de que soy un buen hijo y
lamentará no haber sido más cariñosa conmigo, haber querido rega-
larme a las monjas y a los granjeros y no haberme hecho huevos al
desayuno ni una sola vez, y no es que eso sea tan difícil, doña Inma-
culada los hace a ojos cerrados, hasta un retardado puede freír un
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par de huevos, se arrepentirá pero será tarde porque yo estaré
muerto. Habrá un acto en la escuela, me rendirán homenaje como a
Zárate, que se ahogó en el mar, dirán que yo era el mejor compañe-
ro y tenía un gran futuro; pondrán a los alumnos en fila y los obliga-
rán a pasar delante de mi ataúd pa ra besarme en la frente, los más
chicos se echarán a llorar y las niñas seguro se desmayan, las muj
e-
res no aguantan ver sangre, to das chillarán menos Carmen, que
abrazará mi cadáver sin asco. Ojalá en el funeral no se le ocurra a la
Miss June leer la carta que le escribí, híjole, para qué hice eso, nunca
más podré mirarla a la cara, es tan chula, parece un hada o una ac-
triz de cine. Si ella supiera las co sas que se me ocurren en la clase,
ella allá adelante, explicando las sumas en el pizarrón y yo en mi
pu-
pitre mirándola como un cretino, co n la cabeza en las nubes ¡quién
puede pensar en números con ella! Pienso, por ejemplo, que me de-
cía te voy a ayudar en las tareas, Greg, porque tus notas son un de-
sastre, entonces yo me quedaba después de clases, los demás se
iban y estábamos solos en el edificio, y sin que yo le dijera nada co-
mo que se volvía loca y se acostaba en el suelo y yo hacía pipí entre
sus piernas. Nunca, en todos los días de mi vida le voy a confesar al
Padre estas porquerías que se me ocurren, soy un degenerado, un
inmundo. ¡Mira que escribirle esa carta de despedida a Miss June!
Hay que ser bien pendejo.
Bueno, al menos no tendré que so portar la vergüenza de volver a
verla, estaré completamente muer to cuando ella la lea. Y Carmen,
pobre Carmen… por lo único que me da pena de morirme es porque
no volveré a verla. Si supiera lo que me hizo Martínez me acompaña-
ría para morirse aquí conmigo; pero no se lo puedo decir a nadie,
mucho menos a ella.
Esto es lo más terrible que me ha pasado en toda mi vida, es la mal-
dad más grande que me ha hecho el desgraciado de Martínez, peor
que en la Primera Comunión, cuan do me obligó a comer un pedazo
de pan antes de comulgar, para que al tragarme la hostia me partie-
ra un rayo y me fuera de cabeza al infierno; pero no me pasó nada.
no sentí ninguna cosa porque el pecado no fue mío, sino suyo, y
quien hervirá en las pailas de Satanás será él y no yo, por inducirme
al pecado, lo cual es más grave que el pecado mismo, como nos ex-
plicó el Padre Larraguibel cuando nos contó lo de Adán y Eva. Esa
vez tuve que escribir quinientas ve ces no debo blasfemar porque le
dije al cura que el pecado era de Dios, puesto que le había colocado
la manzana en el Jardín del Edén sa biendo que Adán se la iba a co-
mer de todos modos, y si eso no era inducir al pecado ¿qué era?
Peor que cuando Martínez me desnudó en el gimnasio y me escondió
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la ropa, si no llega la señora de la limpieza y me ayuda habría pa
sa-
do la noche en la ducha y al otro día toda la escuela me habría vi
sto
en pelotas. Peor que cuando anunc ió a gritos en el patio que me
había visto en el baño jugando al doctor con Ernestina Pereda. Lo
odio, desde el fondo de mi alma lo odio, ojalá se muera, pero no de
enfermedad, sino que alguien lo mate , pero primero le corte el pito,
para que el cabrón de Martínez me las pague todas, lo odio, lo odi
o.
Ya estoy en mi guarida. Le silbo a Oliver y lo oigo arrastrarse por el
túnel, lo abrazo y se queda quieto, acezando, con la lengua afuera,
me mira con sus ojos de miel y co mprende; es el único que conoce
todos mis secretos. Oliver es un perro bastante feo, Judy lo detesta,
es mezcla de varias razas y salió con una cola gorda y larga como
bate de béisbol. Además es mañoso, se come la ropa, se revuelca
en
la caca de otros perros y después se echa en las camas, le gustan las
peleas y a veces llega todo mordido, pero es caliente y cuando no se
ha metido en porquerías huele rico . Meto la nariz en su cuello, por
encima tiene el pelo duro y corto, junto a la piel encuentro una pelu-
sa suave, como de algodón, y allí me gusta olisquearlo, no hay nada
mejor que el olor a perro. Se ha pu esto el sol y está lleno de som-
bras, hace frío, es una de esas ra ras tardes invernales, y a pesar de
que estoy ardiendo puedo sentir qu e se me hielan las orejas y las
manos, una sensación limpia. Deci do no rebanarme el pescuezo con
mi cortaplumas, como tenía planea do; me voy a morir de frío, me
voy a helar de a poco durante la noche y mañana estaré tieso, una
muerte lenta pero más tranquila que el tren. Esa fue la primera idea,
pero siempre que corro delante del tr en me acobardo y en el último
instante pego el salto y me salvo por un pelo. No sé cuántas veces lo
he intentado y no me decido a mo rir así, debe doler mucho, y ade-
más me repugna ese desparrame de tripas, no quiero que me reco-
jan con una pala ni que algún gracio so guarde mis dedos de recuer-
do. Empujo a Oliver para que no me abrigue, o no me congelaré
nunca, escarbo un poco el suelo pa ra acomodarme y me tiendo de
espalda. Permanezco inmóvil, co n ese dolor allí -maldito Martínez
maricón desgraciado- y la cabeza llena de pensamientos, de visiones,
de palabras, pero después de un rato muy largo se me terminan las
lágrimas y empiezo a respirar como siempre y entonces percibo la
tierra blanda y fresca acogiéndome como el abrazo de doña Inmacu-
lada, me hundo, me abandono y pienso en el planeta, redondo, flo-
tando sin gravedad en el abismo negro del cosmos, girando y giran-
do, y también en las estrellas de la Vía Láctea y en cómo se
rá el fin
del mundo, cuando todo explote y salgan las partículas disparadas
como los fuegos artificiales del 4 de Julio y siento que yo soy parte
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de la tierra, estoy hecho del mismo material, cuando me muera me
desintegraré, me volveré puras migajas como un queque y seré par-
te del suelo y crecerán árboles de mi cuerpo. Se me ocurre que no
estoy solo en el universo, que ni siquiera soy algo especial, debo ser
apenas un trozo de barro, tal vez no tengo un alma propia, de repen-
te existe una sola alma grande para todos los seres vivientes, incluso
Oliver, y no hay cielo, infierno ni purgatorio, deben ser pamplinas del
Padre, que de puro viejo tiene la mente aturdida, y los Logi y los
Maestros de mi papá tampoco ex isten y la única que anda más o
menos cerca de la verdad es mi mamá con su religión Bahai, aunque
ella se enreda con unas chingaderas que están buenas para Persia,
pero cómo las vamos a usar aquí. La idea de ser una partícula me
gusta, ser un grano de arena cósmic a. Dice Miss June que el rabo
errante de los cometas está form ado por polvo estelar, millares de
piedrecillas que reflejan la luz. Me invade una calma profunda, se me
olvidan Martínez, el miedo, el dolor y el cuarto de las escobas, estoy
en paz, me elevo y me voy volando con los ojos abiertos hacia el va-
cío sideral, me voy volando, volando con Oliver.
Desde pequeña Carmen Morales tuvo la misma habilidad manual que
la caracterizó el resto de su vida, cualquier objeto entre sus dedos
perdía la forma original y se transf ormaba. Podía fabricar collares
con fideos de sopa, soldados con tu bos de papel higiénico, juguetes
con carretes de hilo y cajas de fósforo. Un día, jugando con tres
manzanas, descubrió que podía mantenerlas todas en el aire sin nin-
guna dificultad, pronto hacía malabarismo con cinco huevos y de eso
pasó naturalmente a objetos más exóticos.
-Lustrando zapatos se suda mucho y se gana poco, Greg. Aprende
alguna gracia y trabajamos juntos. Yo necesito un socio -le ofreció a
su amigo.
Después de innumerables huevos re ventados quedó en evidencia la
torpeza de Gregory. No logró dominar ningún truco interesante, fue-
ra de mover las orejas y comer moscas vivas, pero tocaba la armóni-
ca con buen oído. Oliver resultó más talentoso, le enseñaron a cami-
nar en dos patas con un sombrero en el hocico y a sacar papeles de
una caja. Al comienzo se los tragab a, pero después aprendió a pa-
sarlos con delicadeza al cliente. Carmen y Gregory prepararon cuida-
dosamente los detalles del espectáculo y partieron lo más lejos posi-
ble para escapar de las miradas de sus amigos y vecinos, pues sabí-
an que si el asunto llegaba a oídos de Pedro o Inmaculada Morales
nadie los salvaría de una buena paliza, como la que se llevaron
cuando tuvieron la idea de pedir limosna por el barrio. La chica fabri-
có una falda con pañuelos multicolores y un bonete con plumas de
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gallina, y consiguió prestadas las botas amarillas de Olga. Gregory
sustrajo el sombrero de copa y el corbatín de mariposa que su padre
usaba para predicar y que Nora pr eservaba como reliquias. Solicita-
ron ayuda de Oiga para la redacción de los papeles de la suerte, ase-
gurándole que se trataba de un juego para la fiesta de fin de curso;
ella les lanzó una de sus miradas más penetrantes, pero no pidió ex-
plicaciones y procedió a dictarles una retahila de profecías al estilo
de las galletas chinas de la fortuna. Completaron su equipo con hue-
vos, velas y cinco cuchillos de coci na escondidos en una bolsa, por-
que no podían salir con ese cargam ento de sus casas sin levantar
sospechas. A Oliver le dieron un ba ño de manguera y le ataron una
cinta en el cogote con intención de atenuar en algo su aspecto de fie-
ra. Se instalaron en una esquina bien alejada del barrio, vistieron sus
ropas de juglares y enseguida iniciar on el acto. Pronto se congregó
una pequeña multitud alrededor del par de niños y el perro. Carmen
,
con su diminuta figura, sus trapos estrafalarios y su increíble habili-
dad para lanzar al aire velas encendidas y cuchillos afilados, resulta-
ba una atracción irresistible, mien tras Gregory se perdía en las can-
ciones de su armónica. En una pa usa de la malabarista el muchacho
abandonó la música e invitó a los presentes a probar suerte. Por una
módica suma el perro escogía un papelillo doblado y se lo pasaba a
l
cliente, algo baboseado, es cierto, pero perfectamente legible. En un
par de horas los chiquillos juntaron tanto dinero como un obrero en
una jornada completa de trabajo en cualquiera de las fábricas de los
alrededores. Cuando comenzó a oscure cer se quitaron los disfraces,
guardaron sus bártulos, se repartieron las utilidades y regresaron a
sus casas después de jurar que ni bajo tortura revelarían el asunto.
Carmen enterró su botín en una caja en el patio y Gregory lo entregó
de a poco en su casa, para evitar preguntas incómodas, guardándose
una parte para el cine.
-Si aquí ganamos tanto, imagínate cuánto podemos hacer en la Pl
aza
Pershing. Nos haríamos millonarios . Ahí va mucha gente a oír a los
locos y también están los ricos qu e entran y salen del hotel -dijo
Carmen.
Tamaño atrevimiento no había pasado por la mente de Gregory, para
quien existía una frontera invisible que no sobrepasaban las personas
de su condición: al otro lado el mundo era diferente, los hombres
caminaban de prisa porque tenían trabajo y proyectos urgentes, las
mujeres paseaban con guantes, las tiendas eran lujosas y los auto-
móviles relucientes. Había estado allí un par de veces, acompañando
a su madre a tramitar papeles, pero no se le habría ocurrido aventu-
rarse solo. Carmen le reveló en un instante las posibilidades del mer-
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cado: llevaba tres años lustrando zapatos por diez céntimos entre
los
más pobres de los pobres, sin pe nsar que pocas cuadras más lejos
podía cobrar el triple y conseguir más clientela. Pero enseguida d
es-
cartó la idea asustado.
-Estás loca.
-¿Porqué eres tan pajarón, Greg ory? Apuesto que no conoces el
hotel.
-¿El hotel? ¿Has entrado al hotel?-Claro. Es como un palacio, con di-
bujos en los techos y en las puer tas, cortinas con pompones, y unas
lámparas que ni te cuento, parecen barcos llenos de luces. En las al-
fombras se hunden los pies, como en la playa, y todo el mundo se
viste elegante y sirven té con pasteles.
-Tomaste té en el hotel?
-Bueno, no exactamente, pero he visto las bandejas.
Hay que entrar sin mirar a nadie, como si la mamá nos estuviera es-
perando en una mesa ¿entiendes?
-¿Y si te pillan?
-Nunca hay que confesar nada. Por pr incipio. Si alguien te dice algo
tú te haces el niño rico, levantas la nariz y contestas una grosería.
Un día te voy a llevar. En todo caso, por ahí es el mejor lugar pa
ra
trabajar.
-No podemos ir con Oliver en el tr anvía -alegó. débilmente Gregory.
-Caminaremos -replicó ella.
A partir de ese día fueron a la plaza Pershing cada vez que Carmen
Morales lograba escapar a la vigilancia materna.
Atraían más público que los predic adores encaramados en sus cajo-
nes hablando con pasión inútil de cosas que a nadie le importaban.
Sin las pruebas de malabarismo el espectáculo carecía de novedad,
de modo que sí su amiga no podía acompañarlo, Gregory volvía a su
rutina de lustrar, aunque ahora lo hacía en las calles del distrito c
o-
mercial. Los niños estaban unidos por la necesidad mutua y el secre-
to compartido, además de muchas otras complicidades.
A los dieciséis años Gregory estaba en la secundaria con Juan José
Morales, Carmen estudiaba un c urso mas abajo y Martínez había
abandonado la escuela y formaba pa rte de la banda de Los Carnice-
ros. Reeves no lo tenía cerca y mi entras pudiera evitarlo se sentía a
salvo. Para entonces se había atenuado la rebeldía que antes lo ma
n-
tenía en permanente movimiento, pero otras angustias silenciosas lo
martirizaban. En la secundaría hab ía una mayoría de alumnos blan-
cos, ya no se sentía señalado con el dedo ni debía disparar corriendo
apenas tocaran la campana para eludir a sus enemigos. La educación
obligatoria no siempre se cumplía entre los pobres y menos entre los
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latinos, que apenas finalizada la pr imaria debían ganarse la vida en
un empleo. Su padre había inculcado a Gregory la ambición de estu-
diar, que él nunca pudo satisfacer porque desde los trece años reco-
rría los campos de Australia esquilando ovejas. Su madre también le
alimentaba la idea de adquirir una profesión para que no se partiera
la espalda en los oficios más humildes, saca la cuenta, hijo, un tercio
de las horas de tu vida se gastarán durmiendo, un tercio trasladán
-
dote de un lado para otro y cumpliendo rutinas, y el tercio más inte-
resante se te irá trabajando, por eso es mejor hacerlo en algo que te
guste, decía. La única ocasión en que habló de dejar la escuela para
buscar trabajo, Olga le vio la suerte en las barajas y le salió la ca
rta
de la Ley.
-Ni se te ocurra. Serás bandido o policía y en ambos casos es mejor
tener estudios -determinó.
-No quiero ser ninguna de las dos cosas.
-Esta carta dice claramente que estarás metido con la ley.
-¿No dice si voy a ser rico?
-A veces rico y a veces pobre.
-Pero llegaré a ser alguien importante ¿verdad?
-En la vida no se llega a ninguna parte, Gregory. Se vive no más.
Con Carmen Morales aprendieron a bailar los ritmos americanos y
llegaron a ser tan expertos en pasos ornamentales que la gente
hacía rueda para aplaudirlos en sus exhibiciones de jitter bug y
rock’n roll. Ella volaba con las pie rnas en el aire y cuando estaba a
punto de estrellarse de cabeza, él le daba una vuelta imposible por
encima del hombro, se la pasaba en tre las piernas arrastrándola por
el suelo y de un tirón la dejaba de pie sana y salva, todo esto sin
perder el ritmo ni los dientes. Gregory ahorró durante meses para
comprarse una chaqueta de cuero negro y trató de cultivar un rizo
sobre los ojos, pero como ningún exceso de gomina lograba evitar el
triste aspecto de fleco de su pe lo, optó por un peinado corto hacia
atrás, más cómodo pero menos ad ecuado a la imagen de rebelde
que hacía temblar de temor y de gusto a las chicas. Carmen tampoco
se parecía a las protagonistas de las películas para adolescentes, ru-
bia, virtuosa y algo tonta, por quien suspiraban los muchachos y a
quien intentaban inútilmente imitar las morenas y rechonchas niñas
mexicanas que se decoloraban el pelo con agua oxigenada. Ella era
pura pólvora. Los fines de semana los dos amigos se emperifollaban
con sus mejores ropas, él siempre con su chaqueta de cuero negro
aunque hiciera un calor de infie rno, ella con pantalones ajustados
que escondía en una bolsa y se colocaba en un baño público, por
que
si su padre los hubiera visto se lo s arrancaba del cuerpo, y partían a
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los salones donde ya los conocían y no pagaban la entrada, porque
eran la mejor atracción de la noch e. Bailaban incansables sin consu-
mir siquiera un refresco porque no podían pagarlo. Carmen se había
convertido en una intrépida joven de melena negra y rostro simpáti-
co con cejas y labios gruesos, era de risa fácil y curvas firmes, con
los senos demasiado grandes para su estatura y su edad, protube-
rancias que detestaba como una de formación, pero Gregory los ob-
servaba crecer calculando que cada día estaban más llenos. Al bailar
la zarandeaba sólo para ver aquellos pechos de cortesana desafiar
las leyes de la gravedad y de la decencia, pero al comprobar que no
era el único en admirarlos, sentía una rabia sorda. Su amiga no lo
atraía con un deseo concreto, la sola idea lo habría horrorizado como
pecado de incesto. La consideraba tan hermana suya como Judy, sin
embargo a veces sus buenas inte nciones se tambaleaban bajo la
traición de sus hormonas, que lo mantenían en permanente estado
de emergencia. El Padre Larraguibel se encargó de llenarle la cabeza
de apocalípticos pronósticos respecto a las consecuencias de pensar
con malicia en mujeres y de tocarse el cuerpo. Amenazaba a los las-
civos con rayos fulminantes, aseguraba que salían pelos en la palma
de las manos, aparecían granos purulentos, el pene se gangrenaba y
finalmente el culpable moría en medio de atroces sufrimientos, amén
de irse de cabeza al infierno, en ca so de morir sin confesión. El mu-
chacho dudaba del rayo divino y de los pelos en la palma de las ma-
nos, pero estaba seguro de que los otros males eran ciertos, los
había visto en su padre, recordaba cómo se llenó de pústulas y cómo
se murió por manosearse. Ni pensar tampoco en buscar consuelo en-
tre las niñas de la escuela o del barri o, que para él estaban fuera de
los límites alcanzables, ni recurrir a prostitutas, que le parecían casi
tan temibles como Martínez. Andaba desesperado de amor, encendi-
do por un calor brutal e incomprensib le, asustado del tambor de su
corazón, de la miel pegajosa en su saco de dormir, de los sueños
turbulentos y de las sorpresas de su cuerpo; se le estiraban los hue-
sos, le aparecían músculos, le crecían vellos y se le cocinaba la san-
gre en una calentura pertinaz. Bastaba un estímulo insignificante pa-
ra estallar en un placer súbito, qu e lo dejaba consternado y medio
desvanecido. El roce de una mujer en la calle, la vista de una pierna
femenina, una escena del cine, una frase en un libro, hasta el trému-
lo asiento del tranvía, todo lo ex citaba. Además de estudiar debía
trabajar, sin embargo el cansancio no anulaba el deseo insondable
de hundirse en un pantano, de perd erse en el pecado, de padecer
otra vez ese goce y esa muerte siempre demasiado breves. Los de-
portes y el baile lo ayudaban a lib erar energía, pero se requería algo
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más drástico para acallar el bullicio de sus instintos. Tal como en la
infancia se enamoró como un deme nte de Miss June, en la adoles-
cencia padecía unos súbitos arreba tos pasionales por muchachas in-
accesibles por lo general mayores, a quienes no se atrevía a acercar-
se y se conformaba con adorar a la distancia. Un año más tarde al-
canzó de un tirón su tamaño y peso definitivos, pero a los dieciséis
era todavía un adolescente delgado, con las rodillas y las orejas de-
masiado grandes, algo patético, aunque se podía adivinar su buena
pasta.
-Si te escapas de ser bandido o policía, serás actor de cine y las mu-
jeres te adorarán -le prometía Olga para consolarlo cuando lo veía
sufrir en el cilicio de su propia piel.
Fue ella quien lo rescató finalmente de los incandescentes suplicios
de la castidad. Desde que Martínez lo acorraló en el cuarto de las es-
cobas en la escuela primaria, lo asediaban dudas inconfesables res-
pecto a su virilidad. No había vuelto a explorar a Ernestina Pereda ni
a ninguna otra chica con el pretex to de jugar al médico y sus cono-
cimientos sobre ese lado misterioso de la existencia eran vagos y
contradictorios. Las migajas de información obtenidas a hurtadillas
en la biblioteca sólo contribuían a desconcertarlo más, porque se es-
trellaban contra la experiencia de la calle, las chiligotas de los her-
manos Morales y otros amigos, las pr édicas del Padre, las revelacio-
nes del cine y los sobresaltos de sus fantasías. Se encerró en la sole-
dad, negando con terca determinación las perturbaciones de su cora-
zón y el desasosiego de su cuerpo, tratando de imitar a los castos
caballeros de la Tabla Redonda o a los héroes del Lejano Oeste, pero
a cada instante el ímpetu de su naturaleza lo traicionaba. Ese dolor
sordo y esa confusión sin nombre lo doblegaron por un tiempo eter-
no, hasta que ya no pudo seguir so portando aquel martirio y si Olga
no acude en su socorro habría terminado medio loco. La mujer lo vio
nacer, había estado presente en todos los momentos importantes de
su infancia, lo conocía como a un hijo, nada referente al muchacho
escapaba a sus ojos y lo que no deducía por simple sentido común,
lo adivinaba mediante su talent o de nigromante, que en buenas
cuentas consistía en el conocimien to del alma ajena, buen ojo para
observar y el estado de desfachatez para improvisar consejos y pro-
fecías. En todo caso, no se requer ían dotes de clarividencia para ver
de desamparo de Gregory. En aquella época Olga estaba en la cua-
rentena de su vida, las redondeces de la juventud se habían conver-
tido en grasa y los trastrueques de su vocación gitana le habían m
ar-
chitado la piel, pero mantenía su gr acia y su estilo, el follaje de cri-
nes rojizos, el rumor de sus faldas y la risa vehemente. Todavía vivía
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en el mismo lugar, pero ya no ocupaba sólo una habitación, había
comprado la propiedad para convertirla en su templo particular, don-
de disponía de un cuarto para las medicinas, el agua magnetizada y
toda clase de hierbas, otro para masajes terapéuticos y abortos y
una sala de buen tamaño para sesiones de espiritismo, magia y adi-
vinación. A Gregory lo recibía siempre en la pieza encima del garaje.
Ese día lo encontró demacrado y volvió a conmoverla esa ruda com-
pasión que en los últimos tiempo s era su sentimiento primordial
hacia él.
-¿De quién estás enamorado ahora? -se rió.
-Quiero irme de este lugar de mierda -masculló Gregory con la ca-
beza entre las manos, derrotado por ese enemigo en el bajo vientre.
-¿Adónde piensas irte?
-A cualquier parte; al carajo; no me importa.
-Aquí no pasa nada, no se puede respirar, siento que me estoy aho-
gando.
-No es el barrio, eres tú. Te estás ahogando en tu propio pellejo.
La adivina sacó del armario una botella de whisky, le escanció un
buen chorro en el vaso y otro para ella, esperó que lo bebiera y le
sirvió más. El muchacho no esta ba acostumbrado al licor fuerte,
hacía calor, las ventanas estaban cerradas y el aroma de incienso,
hierbas medicinales y patchulí espesaba el aire. Aspiró el olor de Ol-
ga con un estremecimiento. En un in stante de inspiración caritativa,
la mujerona se le aproximó por detr ás y lo envolvió en sus brazos,
sus senos ya tristes se aplastaron contra su espalda, sus dedos cu-
biertos de baratijas desabotonaron a ciegas su camisa, mientras él
se convertía en piedra, paralizado por la sorpresa y el miedo, pero
entonces ella comenzó a besarlo en el cuello, a meterle la lengua en
las orejas, a susurrarle palabras en ruso, a explorarlo con sus manos
expertas, a tocarlo allí donde nadie lo había tocado nunca, hasta
que
él se abandonó con un sollozo, pr ecipitándose por un acantilado sin
fondo, sacudido de pavor y de anticipada dicha, y sin saber lo que
hacía ni por qué lo hacía se volvió hacia ella, desesperado,
rompién-
dole la ropa en la urgencia, asalt ándola como un animal en celo, ro-
dando con ella por el suelo, patean do para quitarse los pantalones,
abriéndose camino entre las enaguas, penetrándola en un impulso de
desolación y desplomándose enseguida con un grito, a tiempo que se
vaciaba a borbotones, como si una arteria se le hubiera reventado en
las entrañas. Olga lo dejó descansar un rato sobre su pecho, rascán-
dole la espalda, como muchas veces lo había hecho cuando era niño,
y apenas calculó que le empezaban los remordimientos se levantó y
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fue a cerrar las cortinas. Enseguida procedió a quitarse reposada-
mente la blusa rota y la falda arrugada.
-Ahora te enseñaré lo que nos gu sta a ¡as mujeres -le dijo con una
sonrisa nueva-. Lo primero es no apurarse, hijo…
-Necesito saber algo Olga, júrame que me vas a decir la verdad.
-¿Qué quieres saber?
-Mi padre y tú… quiero decir, ustedes…
-Eso no te incumbe, no tiene nada que ver contigo.
-Tengo que saberlo… ustedes eran amantes ¿verdad?
-No, Gregory. Te lo diré una sola vez: no, no éramos amantes. No
me vuelvas a tocar el tema, porque si lo haces no te veré nunca
más, ¿me has entendido?
Gregory tenía tanta necesidad de creerle que no hizo más preguntas
.
A partir de esa tarde el mundo cambió de color para él, visitaba a
Olga casi todos los días y, como un alumno esforzado, aprendió lo
que ella tuvo a bien revelarle, hurgó en sus escondrijos, se atrevió a
decir en murmullos todas las obsce nidades posibles y descubrió ma-
ravillado que no estaba completamente solo en el universo y que ya
no tenía ningunas ganas de morirse. Tal como se le esponjó el alma,
se le desarrolló el cuerpo y en pocas semanas dejó de parecer un
chiquillo y se fijó en su rostro una expresión de hombre contento.
Cuando Olga se dio cuenta que de puro agradecido se estaba enamo-
rando, lo zarandeó furiosa y lo obligó a mirarla desnuda y hacer un
inventario meticuloso de su gord ura, sus canas y arrugas, su fatiga
de tantos años de andar a palos con el destino, y lo amenazó solem-
nemente con echarlo de su lado si persistía en ideas torcidas. Le hizo
ver con claridad los límites de su relación y agregó que se die
ra con
una piedra en el pecho, porque tenía una suerte brutal, no encontra-
ría otra mujer que le ofreciera sexo gratis y seguro, le planchara las
camisas, le metiera plata en los bolsillos y no le exigiera nada a
cambio, que todavía era un mocoso y cuando dejara de serlo ella es-
taría convertida en una anciana, que se concentrara en estudiar, a
ver si lograba salir del hoyo donde había crecido y convertirse en al-
guien, que vivía en la tierra de las oportunidades y si no las aprove-
chaba era un imbécil sin remedio.
Sus notas mejoraron, hizo nuevos amigos, empezó a colaborar en el
periódico de la escuela y pronto se encontró escribiendo artículos en-
cendidos y encabezando mítines de alumnos por diversas causas, al-
gunas burocráticas, como el horario de deportes, y otras de princi-
pios, como la discriminación contra negros y latinos. Lo heredaste de
tu padre, suspiraba Nora algo pr eocupada, porque no quería verlo
convertido en predicador. Apaciguado por Olga pudo tomar el gusto
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a la lectura, aprovechaba todo moment o libre para ir a la biblioteca
municipal, donde hizo amistad con Cyrus, un viejo ascensorista. El
hombre movía los controles con una mano y con la otra sostenía un
libro, tan absorto que el ascensor funcionaba a su antojo, como una
máquina desquiciada. Sólo levantaba los ojos cuando llegaba Grego-
ry, entonces por unos segundos se iluminaba su anémica cara de
profeta y una sonrisa leve cambiaba el rictus huraño de su boca, pe-
ro dominaba el gesto de inmediato y lo saludaba con un gruñido para
dejar muy en claro que sólo los unía una cierta afinidad intelectual.
El muchacho aparecía por lo gene ral a media tarde, después de la
escuela, y se quedaba sólo una media hora, porque debía trabajar. El
anciano lo aguardaba desde temprano y a medida que se acercaba la
hora se sorprendía mirando el relo j, siempre en guardia para domi-
nar afectos innecesarios, pero si fallaba era como si no hubiera salido
el sol.
Se hicieron buenos amigos. A Reev es le gustaba pasar los sábados
en su compañía, lo visitaba en el sórdido cuarto de la pensión donde
vivía, otras veces salían de paseo al cine, y al caer la tarde se
des-
pedía para ir con Carmen a los salones de baile. Tiempo después Cy-
rus lo citó en un parque con el pr etexto de discutir filosofía y com-
partir una merienda. Lo esperaba con una cesta donde asomaba un
pan y el cuello de una botella, lo condujo del brazo a un sitio aislado,
donde nadie pudiera escucharlos, y allí le anunció en susurros que
estaba dispuesto a revelarle un se creto de vida y muerte. Después
de hacerlo jurar que jamás lo traicionaría, le confesó solemne su afi-
liación al Partido Comunista. El much acho no tenía claro el significa-
do de tal confidencia, a pesar de que estaban en plena época de la
caza de brujas desencadenada contra las ideas liberales, pero imagi-
nó que debía ser algo contagioso y de tan mala reputación como las
enfermedades venéreas. Hizo algunas indagaciones que sólo contri-
buyeron a oscurecer más el panorama. Su madre le ofreció una res-
puesta vaga sobre Rusia y la masa cre de una cierta familia real en
un palacio de invierno, todo tan distante que le resultó imposible re-
lacionarlo con su lugar y su tiempo . Cuando lo mencionó donde los
Morales, Inmaculada se persignó es pantada, Pedro le prohibió decir
groserías en su casa y lo previno contra el desatino de meterse en
asuntos que no eran de su incumbencia. La política es un vicio, la
gente honesta y trabajadora no la necesita para nada, -determinó- El
Padre Larraguibel, cuya inclinació n hacia lo tremebundo aumentaba
con los años, acusó a los comunistas de ser el AntiCristo en persona
y enemigos naturales de los Esta dos Unidos. Aseguró que hablar a
uno de ellos constituía una automática traición a la cultura cristiana y
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a la patria, puesto que todo lo di cho era de inmediato remitido a
Moscú para fines diabólicos. Cuidado, puedes verte en líos con
la au-
toridad y acabar en la silla eléctrica, en cuyo caso bien merecido lo
tendrías, por ser tan pendejo, los rojos son ateos, bolcheviques y
mala gente, no tienen nada que ha cer en este país; que se vayan a
Rusia si eso es lo que les gusta -concluyó con un puñetazo sobre l
a
mesa que hizo saltar su taza de café con brandy-. Gregory compren-
dió que Cyrus le había dado la mayo r prueba de amistad al contarle
su secreto y a cambio se dispuso a no defraudarlo en el camino inte-
lectual recién emprendido. El hombre, cultivó en él la pasión por cier-
tos autores y cada vez que Greg ory formulaba una pregunta, lo
mandaba a buscar la información por sí mismo, así aprendió a
usar
enciclopedias, diccionarios y otros recursos de la biblioteca. Si todo l
o
demás falla, revisa los periódicos antiguos, le aconsejó. Ante sus
ojos se abrió un vasto horizonte, po r primera vez le pareció posible
salir del barrio, no estaba condenado a permanecer allí enterrado por
el resto de sus días, el mundo era enorme, se le despertó la curio
si-
dad y el deseo de vivir las aventura s que antes le bastaba ver en el
cine. Cuando estaba libre de la escuela y del trabajo permanecía
horas con su maestro, subiendo y bajando en el ascensor, hasta que
lo vencía el mareo y salía a trastabillones a respirar aire puro.
En las noches cenaba con los Mor ales y de paso ayudaba a Carmen
en sus tareas, porque era pésima alumna, luego iba donde Olga y
llegaba a su casa cuando Judy y su madre estaban dormidas. A ve-
ces, durante los fines de semana, buscaba la compañía de Nora para
comentar sus lecturas, pero su re lación se enfriaba día a día y no
volvieron a disfrutar las conversaci ones de los tiempos del camión
bohemio, cuando ella le contaba argumentos de óperas y le descifra-
ba los misterios del firmamento en las noches estrelladas. Con su
hermana tenía muy poco en común y habría debido ser muy distraí-
do para no percibir su firme hostilidad. En esos años la cabaña se
había vuelto a deteriorar, las maderas crujían y se llovía el techo, pe-
ro el terreno se había valorizado con el avance de la ciudad en esa
dirección. Pedro Morales sugirió ve nder la propiedad y que los Ree-
ves se instalaran en un apartamento pequeño, donde los gastos serí-
an menores y la manutención más fácil, pero Nora temía que su ma-
rido se perdiera en el traslado.
-Los muertos necesitan un hogar fijo, no pueden estar mudándose
de un lado para otro. También las casas necesitan un muerto y un
nacimiento. Un día nacerán aquí mis nietos -decía.
Aparte de Olga, con quien compartía la prodigiosa intimidad de los
amantes impúdicos, Carmen Morales era la persona más cercana a
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Gregory. Una vez que Olga le tran quilizó los instintos, pudo contem-
plar las prominencias de su amig a sin sufrir incómodos descalabros.
Deseaba para ella un destino menos sórdido que el de las mujeres de
su barrio, maltratadas por los mari dos, abatidas por los hijos y po-
bres de solemnidad. creía que con un poco de ayuda podría terminar
la escuela y estudiar un oficio. Trató de iniciarla en la lectura, pe
ro
ella se aburría en la biblioteca, detestaba los estudios y no demos-
traba el menor interés en las noticias de los periódicos.
-Si leo más de media página me duele la cabeza. Mejor lees tú y
me
cuentas… -se disculpaba cuando la acorralaba entre un libro y la pa-
red.
-Es porque tiene los pechos gran des. A más senos, menos cerebro,
es una ley de la naturaleza, por eso las desdichadas mujeres son
como son -le explicó Cyrus a Gregory.
-¡Ese viejo es un cretino! -estalló Carmen cuando lo supo, y a par
tir
de ese día usaba sostenes con relle nos por simple espíritu de desa-
fió, con tan espectaculares resultados que nadie en el vecindario dejó
de comentar lo bien que se estaba desarrollando la menor de los Mo-
rales.
No sólo sus senos llamaban la atención, había dejado atrás su aspec-
to de ratón diligente y se estaba convirtiendo en una muchacha ex-
plosiva en torno a quien revoloteab an los pretendientes, pero sin
atreverse a cruzar la delicada frontera del honor, porque al otro lado
estaban Pedro Morales y sus cuatro hijos, todos macizos, determina-
dos y celosos. En apariencia no er a distinta a otras chicas de su
edad, le gustaban las fiestas, e scribía pensamientos románticos y
versos copiados en un diario de vida, se enamoraba de los actores de
cine y coqueteaba con cuanto muchacho se encontraba a su alcance,
siempre que lograra eludir la vigilancia de su familia y de Gregory,
posesionado del papel de caballero andante. Sin embargo, a diferen-
cia de otras jóvenes, poseía una turbulenta imaginación que más
tarde la salvaría de una existencia banal.
Un jueves, a la salida de la escuela, Gregory y Carmen se encontra-
ron en la calle frente a Martínez y tr es de sus pandilleros. El flujo de
jóvenes que salía del edificio se detuvo un instante y luego se desvió
para evitarlos, no fueran a considerarlo una provocación, pero Martí-
nez había visto a la muchacha el sábado anterior en un salón de bai-
le y la estaba esperando con la sobe rbia de quien se sabe más fuer-
te. Ella se detuvo en seco y lo mismo hicieron los otros alumnos a su
alrededor, que percibieron la amenaz a en el aire y fueron incapaces
de reaccionar; Martínez había cr ecido mucho para su edad, era un
gigante insolente con bigotillo de galán, algunos tatuajes a la vista
,
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vestido de pachuco, el pelo pegado de pomada en dos copetes levan-
tados, pantalones con pliegues en la cintura, zapatos con remaches
de metal en las puntas, chaqueta de cuero y camisa morada.
-Ándale, chulita, dame un beso… -dio un par de pasos y tomó a
Carmen por la barbilla.
De un manotazo ella lo apartó y los ojos del otro se achicaron al ta-
maño de dos rayas. Gregory cogió a su amiga del brazo y trató de
sacarla de aquella encerrona cobarde, pero la pandilla bloqueaba el
paso y no había a quién recurrir; en la calle se había abierto un terri-
ble vacío, los otros muchachos retrocedieron a distancia prudente en
un amplio semicírculo y al centro sólo quedaron ellos y los agreso
res.
-A ti te conozco, hijo de la chingada -se burló Martínez empujando
ligeramente a Gregory, y agregó pa ra sus secuaces-: Este es el pin-
che gringo maricón que les conté.
Sin soltar a Carmen, Gregory volvió a intentar una maniobra de es-
cape, pero Martínez avanzó amenazante y entonces comprendió que
había llegado el momento tan temido, ya no era posible evadir aque-
lla amenaza que siempre estuvo acechándolo. Respiró profundo, tra-
tando de controlar su terror, obligándose a pensar, calculando que se
encontraba solo, porque ninguno de sus camaradas acudiría en su
defensa y que los otros eran cuat ro y seguro tenían cuchillos o ma-
noplas. El odio le volvió como una oleada caliente, desde el fondo del
vientre hacia la garganta, los recu erdos acudieron en tropel, atur-
diéndolo, y por un momento perdió la visión y el entendimiento
y se
hundió en un lodazal oscuro. La voz de Carmen lo devolvió a la cal
le.
-No me toques, cabrón -y se de fendía de las manos de Martínez
mientras los otros se reían.
Gregory empujó a Carmen a un lado y se enfrentó con su enemigo,
las caras a pocos centímetros, los puños listos, los ojos llenos de
rencor, jadeando.
-¿Qué es lo que quieres, gringo puto … ? ¿Tienes ganas de que
te
culee de nuevo o prefieres tirar chingazos conmigo? -musitó Martínez
con voz lenta y suave, como si le hablara de amor.
-¡Chinga tu madre! Cuatro de tu s matones contra uno solo y desar-
mado es bien fácil -replicó Gregory.
-¡Ja! órale, pues, carnales. Esto será entre los dos solos -ordenó
Martínez a los suyos.
-No quiero una pelea de chavos. Lo que yo quiero es un duelo a